sábado, 16 de noviembre de 2024

Un artículo que habla de usted Por Javier Cercas

ILUSTRACIÓN DE MONTSE BERNAL

París es la única ciudad del mundo donde leen hasta los mendigos. O eso es al menos lo que pensé la mañana de un lunes de principios de este otoño, cuando llegué a la ciudad para pasar allí una semana y vi a un mendigo leyendo en la esquina de la Rue Saint-Jacques y la Rue Des Ecoles. Como si hubiera querido infligirme un sarcasmo con el que bajarme los humos, mi editor francés me había instalado en el Hotel des Grands Hommes, en la plaza del Panteón, y cada día caminaba hasta la Rue Seguier, bajando por la Rue Saint-Jacques, torciendo a la izquierda por la Rue Des Écoles y cruzando el Boulevard Saint-Germain y la Rue Saint-André-des-Arts. El mendigo estaba ovillado en un cartón, apoyado en la pared y con las piernas envueltas en una manta; tenía el pelo largo y gris, una gran barba gris, una edad indefinida, y parecía que llevase siglos sentado en esa misma esquina. El primer día que lo vi leía un libro de tapas infames, y al pasar frente a él traté de leer el título, a punto estuve de detenerme, pero no me atreví y me limité a seguir mi camino pensando, feliz y exagerado, que París es la única ciudad del mundo donde hasta los mendigos leen.

A la mañana siguiente volví a pasar frente al mendigo. Leía el mismo libro u otro; me paré frente a él y, mientras sacaba una moneda del bolsillo y la arrojaba al bote de latón que había en el suelo, miré el título: leí la palabra perro, la palabra Dios, la palabra negro, pero no alcancé a entender el título, y pensé que se trataba del título de una novela policiaca. Por lo demás, creo que me molestó que ni siquiera levantara la cabeza para agradecerme el dinero que acababa de darle. Esa tarde un amigo me acompañó al hotel; caminábamos enfrascados en la conversación y, al pasar por la Rue Saint-Jacques, nos distrajo un ruido; miramos: el mendigo me estaba mirando mientras sostenía en la mano el bote de latón. Entre la confusión del pelo distinguí una boca sumida, de viejo, y unos ojos intensos, de joven, y pensé que no era mucho mayor que yo. Sonriendo, le pregunte con mala idea si recordaba que aquella misma mañana le había dado una moneda. Fue entonces cuando oí por primera vez su voz. "Señor", dijo con humillante dignidad. "En mi oficio no hay que tener memoria". A la mañana siguiente di un rodeo para evitar la esquina de la Rue Saint-Jacques, pero en una entrevista dije que el oficio de escritor es exactamente lo contrario del oficio de mendigo, y, cuando un periodista me preguntó cómo podía convencerse a los jóvenes de la importancia de la lectura, a punto estuve de hablar del mendigo, pero sólo dije: "No se puede. ¿Cómo convencer a alguien de que folle o de que coma jamón de Jabugo?". El jueves no pude evitar la Rue Saint-Jacques y cuando pasaba frente al mendigo, con la barbilla muy alta y haciéndome el distraído (o quizá el ofendido), le oí hablar. Me detuve; le pregunté si se dirigía a mí. "Sí", dijo, blandiendo un recorte de periódico. "Aquí hay un artículo que habla de usted". Desconcertado, cogí el recorte y me marché sin darle las gracias, pero esa tarde pedí en mi editorial un ejemplar del libro del que había venido a hablar a París y se lo di sin explicaciones. En los días que siguieron continué pasando frente al mendigo: dejaba una moneda en el bote de latón, hablábamos un momento del tiempo o de la gente que pasaba, me abstenía de intentar averiguar el título del libro que leía. Un día me compré una cámara fotográfica y le pedí que me hiciera unas fotos; accedió, y también accedió a que yo le hiciera unas fotos a él, pero, aunque intente arrancarle una sonrisa y entablar algo parecido a una conversación, lo único que conseguí fueron un par de comentarios despectivos sobre la cámara.

La noche anterior a mi partida de Paris llegué al hotel muy tarde. Me lavé, me puse el pijama, me fumé un cigarrillo mirando por la ventana el Panteón iluminado, me metí en la cama. Hora y media más tarde, harto de dar vueltas entre las sábanas, me levanté, me vestí, salí del hotel, crucé la plaza del Panteón y bajé la Rue Saint-Jacques. Allí estaba el mendigo, en su esquina de siempre, arrebujado en su manta. Me detuve un momento, y debió de notar mi presencia o de asustarse, porque se incorporó de golpe. Pensé que me había reconocido, y ya iba a marcharme cuando oí: "¿Quiere sentarse?".

Me senté a su lado, contra la pared. Le ofrecí un cigarrillo y fumamos en silencio, mirando pasar los coches. Para romper el silencio le dije que al día siguiente me marchaba de París; murmuró algo, que no entendí, y luego dijo: "Aún no he leído su libro. ¿Es bueno?". "No", dije. "No lo sé". Como sabía que su oficio le impedía tener memoria, ni siquiera se me paso por la cabeza preguntarle por qué vivía allí, en aquella esquina, ni si tenía familia, mujer o hijos, así que permanecí en silencio; él también permaneció en silencio. Pasaban coches, pasaba gente en bicicleta, pasaba gente caminando; empecé a sentir frío. "¿Por qué llora?", preguntó en algún momento. "No lloro", contesté. "¿Por qué miente?", preguntó. "No miento", contesté. Seguimos fumando sin hablar; al cabo de un rato me marché. Y hace unos días, cuando revelé las fotografías de mi semana en París, mi hijo se quedó mirando fijamente las que le había tomado al mendigo. "¿Te has fijado?", me dijo por fin, riéndose. "Se parece a ti". •


El Pais Semanal número 1.569

Domingo 22 de octubre de 2006



jueves, 7 de noviembre de 2024

Hugh Grant y el porvenir de la novela por Javier Cercas




E1 pasado verano se publicó en Babelia un reportaje sobre el futuro de la novela. Entiendo que el asunto pueda provocar en algunos un tedio casi insuperable; en mí a ratos también, pero lo cierto es que, gracias al talento de Javier Rodríguez Marcos y a la perspicacia de los escritores consultados por él, el reportaje acabó resultándome interesantísimo. Más aún, acabó iluminándome: descubrí que debo de ser el último tonto del bote que, al menos por estos pagos, todavía cree que la novela tiene algún porvenir. De inmediato me pregunté por qué. De inmediato encontré la respuesta. La encontré en una anécdota que cuenta Simon Leys en La felicidad de los pececillos. Hace unos años, la policía de Los Ángeles detuvo al actor inglés Hugh Grant cuando una profesional le practicaba una felación en plena vía pública. El hecho desató un gran escándalo, hasta el punto de que la carrera de Grant pareció a punto de naufragar. En medio de esa tormenta, un periodista norteamericano le hizo al actor una pregunta muy norteamericana: ";Va ahora usted a un psicoterapeuta?".

"No", contestó

Grant. "En Inglaterra leemos novelas".

ES IMPOSIBLE DECIRLO MEJOR. Cervantes inventó la novela, pero en la España de su época mandaban los fanáticos y nadie le hizo ni puñetero caso, así que vinieron los ingleses y nos robaron el invento. Y hasta hoy. Por eso los ingleses (y en general, con pocas salvedades, los anglosajones) se parten de risa cada vez que se habla del porvenir de la novela: ellos se limitan a escribirla, y muy buena; y por eso el Quijote siempre ha parecido una novela más inglesa que española. Tanto Peñón, tanto Peñón: que nos devuelvan la novela y se queden con el maldito Peñón. Bueno. Los escritores convocados por Rodríguez Marcos vienen a decir que la novela ya no pasa de ser un simple entretenimiento, que no es una cosa seria; llevan toda la razón. Y yo diría más. El problema no es solo que la novela ya no sea seria, sino que no lo ha sido nunca: quien diga que el Quijote o Ulysses son libros serios es que no ha entendido ni el uno ni el otro; lo que son es, además de bromazos monumentales, libros profundos, vertiginosamente profundos.

¿Cómo lo consiguen? Cervantes creó la novela moderna dotándola de dos reglas fundamentales. La primera es que la novela es un género sin reglas; o sea: es el género de la libertad total. La segunda es que la novela es el paraíso de la ironía, entendida ésta como instrumento de conocimiento: don Quijote es un loco de sanatorio, pero también está lleno de sensatez y sabiduría; don Quijote es un personaje ridículo, pero también es el caballero más noble y más valiente, el "rey de los hidalgos / señor de los tristes" de Rubén Darío. Eso es la ironía: la llave que abre las puertas de la verdad, descubriéndonos que ésta es casi siempre poliédrica, que las cosas pueden no ser solo una cosa, sino una cosa y la contraria. Esto no lo entenderán nunca los fanáticos, y por eso los fanáticos siempre han detestado la novela. De ahí que no le hicieran ni caso a Cervantes nuestros antepasados del XVII y sí se lo hicieran los ingleses, que por entonces empezaron a crear, a base de ciencia y de novelas, la modernidad; y de ahí que la modernidad pueda describirse como la lucha de la ironía novelesca contra la estúpida seriedad del fanatismo. Eso es lo que le estaba diciendo el irónico Grant a su fanático entrevistador: que la cosa no era para tanto, que con llamarle adicto sexual no se arreglaba nada, que la felación de la profesional era asunto suyo y de nadie más; en suma, que se fuera a la mierda.

LA VERDAD: no sé cuál es el porvenir de la novela, ni siquiera creo que nadie pueda estar del todo seguro de que tenga un porvenir; yo más bien diría que sí lo tiene, y que en definitiva depende de los novelistas: si son soberbios, perezosos y cobardones, morirá; si no lo son, vivirá muchos años, tantos que quizá acabe demostrando que, lejos de estar medio muerta, está en pañales: al fin y al cabo es un género que, como tal, tiene apenas siglo y medio de vida y es por tanto, y de lejos, el más joven de los grandes géneros literarios. Sea como sea, una cosa es segura: si alguna vez construyen el paraíso delos fanáticos y los terapeutas, que nadie me busque allí. Como Hugh Grant, yo sigo prefiriendo las novelas.


El Pais Semanal número 1.879

Domingo 30 de agosto de 2012