sábado, 7 de mayo de 2022

Navarone y sus cañones

EL FARO DEL FIN DEL MUNDO / JACINTO ANTÓN

 

 

David Niven, Gregory Peck y Anthony Quinn, en Los cañones de Navarone


He aprovechado unos días de vacaciones para visitar la isla de Navarone, famosa por sus grandes y letales cañones nazis (los cañones de Navarone, efectivamente) destruidos en una osada acción de comandos durante la Segunda Guerra Mundial. Bien, en puridad no se puede viajar físicamente a Navarone por la misma razón que impide ir a Mompracem, Patusán, Zinderneuff, la isla del tesoro o el atribulado reino de Zenda: son lugares legendarios, sitios fabulosos que nunca han existido. Pero sí se puede explorarlos con la imaginación, con los libros, las películas y hasta algún mapa. De hecho, en la línea de mitomanía cartográfica que me ha permitido acaparar mapas de las minas del rey Salomón o de la localización del fuerte de Beau Geste, dispongo de planos muy detallados de Navarone y el emplazamiento de su ciclópea y mortal artillería.

Los mapas de Navarone, dos, figuran en mi vieja edición en inglés (Collins, 1977) de la novela del escocés Alistair MacLean publicada originalmente en 1957, el año en que nací, y ya me dirán si no es señal nacer el año en que apareció Los cañones de Navarone y que también fue cuando se estrenó El puente sobre el río Kwai, así que podría haber tenido de padrino tanto al recio combatiente griego Andrea Stavros que interpretó Anthony Quinn como al estricto coronel japonés Saito ("be happy in your work").

El primer mapa muestra la situación de la isla, en el Egeo, cerca de la costa de Turquía, por encima del Dodecaneso, y al sur de las imaginarias islas Leradas y de la más meridional, Maidos, que con el cabo turco Demirci (también inventado) crean un estrecho que hay que pasar para llegar a la (inexistente) isla de Kheros, al norte. Apuntando a ese estrecho están los dos monstruosos cañones alemanes de Navarone en unas cuevas fortificadas en las alturas de una rada, dominando el puerto de la localidad que da nombre a la isla. MacLean se inventó esa geografía para justificar la perentoria necesidad de los aliados en su narración de silenciar en 1943 los monstruosos cañones a fin de rescatar en una operación marítima a los 1.200 soldados británicos de la guarnición de Kheros, amenazados por una inminente invasión enemiga.

La intriga de la novela (y de la famosísima película de 1961 basada en ella) se centra en esa misión casi suicida y contrarreloj para destruir los cañones antes de que se ponga bajo su alcance la flota de rescate. El comando que lleva a cabo la acción es desembarcado desde un caique en el sur de la isla ocupada por los alemanes y ha de negociar unos acantilados con fama de imposibles de escalar. Luego, debe atravesar la isla hasta llegar a Navarone y el promontorio donde están los cañones, bajo un castillo. El segundo mapa muestra la localidad y el emplazamiento de las dos piezas con un detalle tal que más vale que no te capturen los nazis con los planos encima. De hecho, yo he separado la hoja del mapa por si he de comérmela.

La novela, que he releído con mucho gusto, es un espléndido thriller bélico, género en el que MacLean (1922-1987), autor también de HMS Ulises (1955) y El desafío de las águilas (1967), era un hacha. No en balde había sido jefe de torpedos en el HMS Royalist un crucero que protegía los convoyes a Mursmank y en el que pasó muy malos y fríos momentos. Lo que no fue óbice para que en 1953 se casara con una alemana, Gisela Heinrichsen. Cuando se le señaló en una ocasión (lo cuenta su biógrafo Jack Webste en Alistair MacLean, A life, Chapmans, 1991) que quizá a su esposa no le satisfacía mucho que en sus novelas se matara a tantos de sus compatriotas, MacLean respondió que para complacerla trataba de que murieran al menos igual número de aliados.

Las diferencias de la novela Los cañones de Navarone con la estupenda, inolvidable película que dirigió J. Lee Thompson son muchas más de las que recordaba. El trío protagonista formado por el capitán Keith Mallory (Gregory Peck), el artificiero Dusty Miller (David Niven) y Stavros (Quinn) es el mismo en ambos formatos, aunque en la novela no hay mal rollo entre Mallory y Stavros. Y lo más notable, los dos guerrilleros griegos que apoyan sobre el terreno al comando se convierten en la película en dos mujeres. Otra cosa que no está en la novela es el suspense del sube y baja de los ascensores de suministro de munición a los cañones bajo los que Miller pone los explosivos para que detonen.

Una de las mejores escenas de la novela, la rastrera cobardía que finge Stavros al caer preso es un momento señero también está en el filme y Quinn lo borda.

Gregory Peck consideró que el argumento era demasiado enrevesado (!) y resultaba inverosímil, hasta rozar la parodia. En broma dio su propia lectura: "David Niven ama a Tony Quayle, Gregory Peck ama a Anthony Quinn; Quayle se rompe una pierna y es enviado al hospital. Tony Quinn se enamora de Irene Papas, y entonces Niven y Peck se juntan y viven felices para siempre".


El Pais. Sábado 15 de enero de 2022

martes, 3 de mayo de 2022

Imposible

De dónde viene, no lo sé. Pero a donde va, puedo decíroslo : va al infierno. 

(A. Dumas . El Conde de  Montecristo )


“Imposible, del latín, impossibilis. Algo que no es posible. Expresión de la seguridad de que antes de que suceda o deje de suceder algo ha de ocurrir otra cosa de las que no están en lo posible”. Esta sería la definición de imposible según la Real Academia de la Lengua Española. 

Una definición perfecta para explicar el estado de mi cabeza, los discos duros de mi ordenador o mis estanterías. Solo así podría entender que un archivo comprimido, guardado con celo desde hace más de 15 años, tan solo contenga tres direcciones web: Una, una hoja de pedido para un vivero; Otra, una lista de precios de cactus (algo caros, por cierto); y una tercera, la página de Joshua Middleton un dibujante. Almaceno restos y fragmentos de cuanto pasa por mis manos, y pasa tanto tiempo que ahora hay gente que paga dinero por ellos. 

Pasó el 23 de abril, Día del Libro. Y también la fecha elegida para crear un blog de literatura, hace ya once años. No por mí, sino por un amigo. No se si será tan amigo porque hace años que no le veo. Eso sí, en su nombre continuo publicando cosas en su blog. El autor, escritor en ciernes, ha desaparecido también de la red. Google lo ha borrado, aunque no lo que él escribió, pero sí su nombre. Ahora aparece “Sin Identidad”, y no crean que van muy errados.

El blog, huérfano de padre biológico, adoptado por mí, no podrá crecer de ninguna manera, tan solo podría morir. No tengo las claves de acceso, ya saben, aquello de imposible. Aún así, aquí sigue y aquí sigo. Literatura y literatos, artículos y fragmentos, relatos y textos.

Me está quedando un poco raro el aniversario. Debo admitir que también soy un lector empedernido, y que aún persevero en conocer nuevos autores y libros, y releeo con deleite y placer los libros que me llevaron al éxtasis. Y, si bien me cuesta mucho escribir, aún lo intento, lo intento con todas mis fuerzas. Nunca me rindo. Aunque bien es cierto que puedan pasar muchos años entre intento e intento.

Se me olvidaba comentar que soy un optimista incorregible y aún sueño con volver al cielo.



viernes, 29 de abril de 2022

El valor de las cuatro plumas

El faro del fin del mundo/ Jacinto Antón

Me llega un ejemplar de Las cuatro plumas con una pluma blanca dentro: glups. Se empieza así y acabas en Sudán teniendo que dar prueba de valor contra los feroces derviches y fuzzy-wuzzies del Mahdi. Añádase que la pluma la envía Arturo Pérez-Reverte: glups, glups.

La novela de A.E.W. Mason sobre el joven victoriano Harry Feversham, que se raja de ir con su regimiento (el North Surrey) en 1882 a salvar al General Gordon en Jartum, y por ello sus amigos oficiales y su novia le entregan plumas (poco sutil manera de llamarte gallina) y luego ha de redimirse laboriosamente convirtiéndose en un héroe, es uno de mis libros de cabecera. Lo tengo junto a Lord Jim, de Conrad, la otra gran novela sobre la cobardía y su expiación, publicada sólo dos años antes (1900) que la de Mason. Jim va por mar y Harry por tierra, lo que demuestra que se puede tener miedo en todas partes. En ambas narraciones, significativamente, se menciona a Hamlet, que, es sabido, tenía problemas para pasar a la acción (de ahí los monólogos).

Cuando tengo un momento de desfallecimiento y pusilanimidad, algo habitual, abro al azar mi vieja edición de bolsillo de Las cuatro plumas (Plaza & Janés, 1986), baqueteada como si hubiera estado en las mazmorras de Omdurman, y leo pasajes que me consuelan: “Esa fue siempre la desdicha que yo tenía: cualquier peligro que pudiese encontrarse, cualquier riesgo a correr…yo los preveía”.

El nuevo ejemplar de Las cuatro plumas resulta ser una bonita edición que han realizado al alimón Edhasa, la editorial que dirige Daniel Fernández, y Zenda, la revista y editorial que impulsa Pérez –Reverte, y es el inicio de una colaboración bajo el sello Zenda-Edhasa. Se han unido de esta manera para publicar grandes novelas de aventuras precisamente, con prólogos de Pérez-Reverte y cubiertas dibujadas por el gran Augusto Ferrer-Dalmau, célebre pintor de soldados y batallas.

En su prólogo, Pérez-Reverte escribe que la novela es de las que lo marcaron y que resume como casi ninguna el mundo de las aventuras coloniales clásicas británicas. Arturo evoca el estimulante escenario de la novela, “con sus revólveres Webley, sus guerreras rojas, sus salacots blancos o caquis y aquella inquebrantable disciplina heroica frente a la adversidad”.

Fotograma de la película Las cuatro plumas (2002) con Heath Ledger y Kate Hudson


Me he vuelto a sumergir en la novela aferrado a la pluma. Habrá que devolverla, me digo, lo que requiere algún acto de coraje. Ahora mismo, la verdad, no tengo ninguno a mano.

En la novela, Harry sólo devuelve en realidad tres plumas, pues la de Castleton se la puede ahorrar al haber muerto el tipo al deshacerse el cuadro británico en Tamai. La pluma de Willughby la redime recuperando en territorio hostil unas cartas escondidas de Gordon que no tienen ningún valor ya, pues cuando las encuentra, el general hace tiempo que ha sido alancado y decapitado, lo que te hace meditar qué mal está el correo en Jartúm, el cabronazo al que se le ocurrió la jocosa idea de enviar las plumas, se la devuelve al oficial al liberarlo de la siniestra prisión de Omdurman donde Feversham se ha hecho encarcelar él mismo para rescatarlo. En el interín, el protagonista lo pasa fatal; las míl y una: hasta le hacen comer el hígado crudo de un camello cubierto de sal y pimienta.

La novela es mucho más rica, romántica, pausada y profunda que las muchas películas que se han hecho sobre ella, con muchos vericuetos y saltos temporales. Durrance, el que se queda ciego por mal uso del salacot, no tiene nada que ver con las plumas y se limita a levantarle la novia a su amigo (¡) Feversham. En el libro juega un papel fundamental el aliado negro Abu Fatma, que es excriado del general Gordon (el puesto no tenía mucho futuro).

Al igual que sucede con todas las buenas novelas, cada lectura de Las cuatro plumas permite encontrar algo nuevo. En la última, me ha recordado a mi padre y su reacción al saber que yo jugaba secretamente al rugby. Ha sido en la escena en la que le revelan al estricto general Feversham las hazañas sudanesas que prueban que su hijo no es ningún cobarde. Se lo explica el ciego Durrance, que, claro, no puede ver como reacciona el viejo. Pero nosotros sí: el correoso padre (ay, los padres con tantas expectativas) se tapa los ojos, emocionado. “El orgullo le prohibía demostrar que era capaz de una debilidad tan natural como el sentir alegría al saber que Harry había redimido su honor”. Honor, orgullo, coraje, lo que se puede llegar a hacer por esas palabras, y el peso que tiene una pluma atada al destino de un hombre.

El Pais 12.04.2022

domingo, 24 de abril de 2022

Día del libro, ¿mala señal?

Copio y pego el boletín de publicidad que manda El Pais de su sección de literatura, Babelia. Bueno, parte de ella. No he podido resistirme. 

Ayer fue el día del libro, pero eso tan solo es algo puntual, publicitario, para mi todos los días son el día del libro.

EL PAÍS

Babelia

SÁBADO, 23 DE ABRIL DE 2022



JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS

Día del libro, ¿mala señal?

Muy buenas, hoy es el día del libro, ese maravilloso invento que nos hace olvidar que Hitler también escribió uno.

Por misterios dignos de terminar en un best seller, los libros conservan un prestigio que no tienen equivalentes suyos como las canciones o las películas. Y, sin embargo, parece más sencillo escribir que componer música (por mala que sea) o dirigir cine. Es más fácil oír en el Macba: “Esto lo pinta cualquiera” que en la librería del Macba: “Esto lo escribe cualquiera”.

Lichtenberg, que era paisano de Hitler y mucho mejor persona que él pero solo un poco menos malicioso, lo dijo así (en traducción de Juan Villoro): “Un libro es como un espejo: si un mono se asoma a él no puede ver reflejado a un apóstol. Carecemos de palabras para hablar con los tontos de sabiduría. Ya es sabio quien entiende a un sabio”.

Creo que me estoy metiendo en un jardín. Salgo.

Muy buenas, hoy es el día del libro, ese maravilloso objeto que nos hace recordar que Cervantes escribió uno. De hecho, hoy celebramos ese invento porque se supone que él, como Shakespeare y el Inca Garcilaso, murió un 23 de abril. Pero resulta que no, o eso nos dijo hace años Francisco Rico, el mayor experto en su obra: Cervantes murió el 22 de abril de 1616 pero inscribieron su fallecimiento el 23. De ahí la confusión. Rico lo aclaró en este periódico en 2015, pero ya dijo Einstein que es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio. ¡No dejes que la Historia te estropee una buena efeméride! Pero no sufran, todo se arreglará. Para eso está la lectura. Para descubrir la verdad y ser más críticos, libres, felices y cervantinos.

Me he vuelto a liar.

En fin, hoy es el día del libro y coincide con el Babelia semanal (o viceversa, no seamos presuntuosos).

Además del número que les presentaré unas líneas más abajo, tenemos varias listas con sugerencias de títulos por si aún no han decidido qué regalar o regalarse.

Lichtenberg se despide de ustedes (hasta la semana que viene)

Terminemos con tres aforismos de nuestro invitado de honor: Lichtenberg (traducidos de nuevo por Juan Villoro). Así se llevan algo bueno de esta newsletter (o boletín).

“Leer equivale a tomar prestado; inventar, a saldar cuentas”.

“Las reglas de la gramática son meras convenciones humanas; por eso cuando el diablo se le aparece a los poseídos habla un mal latín”.

“El simio más perfecto no puede dibujar un simio. Solo el hombre puede hacerlo. Pero también sólo él lo considera una ventaja”.

Feliz día del libro. ¿Buena señal? No olviden que "los días internacionales de" se dedican solo a especies frágiles o en vías de extinción. No existe el Día Internacional del Tráfico de Armas: ya tiene 365 al año.

Esto es todo por hoy. Gracias por leernos. Más Babelia, todo Babelia.




domingo, 17 de abril de 2022

Absorbente por Juan José Millás

 El Pais 15 de abril de 2022


El tipo que va a mi lado, en el tren, habla por teléfono con alguien. Dice: “Puede ser por una de esas cosas o por las dos a la vez; ven a verme mañana y lo estudiamos”. Cuelga. Yo sigo leyendo, pero no me concentro. Imagino que es médico y que alguien le ha preguntado por un síntoma que podría tener dos orígenes. Repaso mis síntomas y sus orígenes sin dejar de leer de manera mecánica. Al poco, el hombre se vuelve y me pregunta si leer es divertido. Le digo que quizá “divertido” no sea la palabra correcta. Nos observamos con un punto de asombro. “No leo nunca”, confiesa al fin con inocencia.

Llevo en la cartera un libro que acabo de comprar en la librería de la estación (El peligro d estar cuerda, de Rosa Montero). Era mi repuesto por si me cansaba del viejo ensayo de Blanchot sobre Kafka que comencé a releer hace un par de días, pero le presto el título de Montero a mi vecino de asiento para que él mismo compruebe si se divierte o no. Durante el resto del viaje (casi tres horas) no levanta la vista del volumen. Cuando llegamos a Málaga, me pide que se lo venda. Le digo que se lo regalo, pero insiste en pagarme. Se lo dejo en 20 euros, aunque me ha costado 20,90, para no andar con calderilla. Le pregunto si le ha divertido y dice que no. “Me ha parecido absorbente”, añade.

Al día siguiente, de vuelta a casa, vuelvo a comprar el libro en la estación con los 20 euros que recibí por el mío. Me sorprende que con ese billete se pueda comprar dos veces el mismo libro. ¿Nos ha salido gratis uno de los dos? Leo más de la mitad en el trayecto de vuelta porque avanza deprisa. Casi lamento llegar a Madrid porque he cogido la postura perfecta y mis ojos recorren las páginas con la ligereza con la que un patinador va de un extremo a otro de la pista de hielo. El libro no divierte, en efecto, pero absorbe y cautiva.


miércoles, 19 de enero de 2022

Un millón de libros llegados del Bronx


 Santiago Belausteguigoitia

Sevilla


Un librero de Sevilla saca al mercado una montaña de volúmenes comprados en Nueva York



Una vieja historia habla de un un bibliófilo que llegó a matar para apropiarse un libro con el que soñaba desde hacía años. Hay personas que huelen los libros con los ojos cerrados como si fueran sábanas guardadas entre membrillos. Hay quien compra ediciones recónditas tras buscarlas desde hace décadas y, segundos después, una leve frustración  inicia su labor de zapa con la eficacia de los sueños cumplidos de improviso. Algún tipo enloquecido desearía, incluso, zambullirse en un mar de libros. Hay un sitio donde podría hacerlo, la nave que tiene el librero y poeta Abelardo Linares cerca de Sevilla.

En la nave hay auténticas montañas formadas por centenares de paquetes de libros que se levantan varios metros hacia el techo. Linares compró en el Bronx (Nueva York) un millón de libros en 1995. La librería del fallecido Eliseo Torres estaba en un desvencijado edificio de cuatro pisos del Bronx, uno de los barrios más duros y violentos de la ciudad estadounidense.

Torres reunió un fondo de un millón de libros en castellano editados entre las décadas de los veinte y los ochenta. Sus hijos no continuaron con el negocio. Linares compró los libros y se los trajo a España por barco. La mayoría los tiene guardados en un almacén, situado en el polígono Nave Expo, en Valencina de la Concepción. Linares es dueño en Sevilla de la librería Renacimiento y guarda la mayor parte de sus fondos en el almacén.

El poeta Abel Feu es el responsable de esta nave, en la que trabajan otras dos personas. Ni siquiera Feu conoce uno de los secretos mejor guardados, el coste de la compra que hizo Linares. "A mí también me gustaría saber cuánto costaron los libros", indicó ayer Feu. Su jefe, Abelardo Linares, está de viaje en Cuba. Este diario no pudo localizarle y preguntarle cuánto pagó por los libros.

La tarea de Feu es ímproba, catalogar los cerca de 900.000 libros que hay en la nave. De momento se han catalogado unos 50.000. Otros están todavía sin clasificar en la filas de anaqueles y estanterías, que ocupan dos tercios de la nave. Alrededor de 500.000 volúmenes están aún metidos en cajas y paquetes. Con todo, hablar de cantidades puras y duras de libros no refleja lo que hay dentro del almacén. Un recinto de este tipo podría contener bazofia impresa de libros aburridos y sin interés. No es este el caso.

Porque lo que hay en la nave de Abelardo Linares son magníficas ediciones de poesía, novela y ensayo. Libros de muchos de los poetas que tomaron el camino del exilio y que dan fe de la hospitalidad de México, Argentina o Puerto Rico lanzan su luz desde los anaqueles. Junto a ellos hay obras publicadas hace poco más de diez años y a las que la cortedad de los fondos de muchas librerías han convertido en inencontrables.

Abel Feu destaca una de las cualidades que adornan la nave. "Las librerías ya no almacenan. Encontrar en una librería un libro de hace 10,15 0 20 años es imposible", explica. Feu señala que los libros que hay en las cajas desbordad las posibilidades de la nave. Según avanzan las tareas de catalogación y de apertura de cajas y paquetes, el espacio se va reduciendo. "Las cajas repetidas las llevamos a otro sitio", explica.

"Llevo dos años en este trabajo y cada vez estoy más entusiasmado", agrega Feu. Los libros son vendidos a clientes particulares que los solicitan a la librería Renacimiento, y también, en algunos casos, a organismos e instituciones. Las ventas nunca se efectúan en grandes cantidades de volúmenes, precisa Feu.

En la nave hay, en suma, un paraíso para el que ama la literatura. Editoriales que lucen su recuerdo legendario en la memoria ocupan los pasillos. Barral Editores, Aguilar, Guadarrama, Ínsula, Losada... Los viejos libros de la colección Austral reparten su gama de colores. Los tomos, duros y ligeros a la vez, de la colección Áncora y Delfín, de la editorial Destino, tienen un regusto a hegemonías literarias de hace 20 años.

El festín libresco es perpetuo. Novelas publicadas apenas hace 20 años se acostumbran al olvido, ordenadas en un rincón. Los libros de la editorial Planeta están impecables. Decenas de autores que ya casi nadie recuerda ya esperan la luz de algún hospedaje mientras atraviesan montañas de tiempo e indiferencia.


El País, martes 14 de julio de 1998


El complemento ideal a este artículo, es una entrevista al propietario y dueño de los libros, Abelardo Linares, aquí en la revista Jotdown.





martes, 28 de septiembre de 2021

Algunas lecciones aprendidas en la hamaca

Una galería de libros y escritores que marcaron los veranos lectores del autor

MANUEL VICENT

03 JUL 2021

La escritora británica Virginia Woolf, fotografiada en Londres, sin fecha exacta.AF KK / ASSOCIATED PRESS

Desde aquellos largos veranos de la adolescencia en los que tumbado en la hamaca combatía el tedio leyendo, algunos autores han dejado un sello indeleble en mi memoria literaria. Reconozco haber recibido un aprendizaje insoslayable de Albert Camus, de quien, al principio, solo me atraía la imagen estética que proyectaba en las fotos: pero más allá de su gabardina de trinchera y del cigarrillo Gitanes que humeaba entre sus dedos lo que me sedujo fue el placer sin culpa frente al absurdo, como una pulsión del sol sobre la piel, que liberaba su tersa escritura. Lo imaginaba adolescente subido a los topes del tranvía bajando hacia las playas de Argel a pegarse un baño. O sentado en una terraza siguiendo con la mirada a las muchachas de faldas floreadas que pasaban por el bulevar. En el discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura subrayó el compromiso moral del escritor: no estar nunca de parte de quienes hacen la historia sino de cuantos la sufren.

Joseph Conrad me enseñó que a la hora de embarcarse hay dos clases de marineros: los que lo hacen apesadumbrados porque dejan atrás mujer, hijos, amigos y placeres sedentarios y los que suben a bordo felices por haber logrado sacudirse de encima deudas, pendencias y falsas promesas de amor poniendo todo un océano por medio durante un largo tiempo. Conrad pertenecía a esta segunda clase de marineros. También como escritor era de los que sabía de lo que hablaba porque lo había vivido, gozado, sufrido, reído, llorado, todo de primera mano. Conrad no tiene una sola página ridícula.

En cambio, la lectura de Viaje al fin de la noche, de Celine, me llenó de dudas de las que aún no he logrado salir. La sensación de ruptura que daba la forma rota y desenfadada de escribir, su estética de la maldad puesta al servicio de un arrebatado nihilismo hizo estragos en las librerías. ¿Puede la dureza de corazón ser un excipiente de la belleza? ¿Puede el arte ser una eximente de la maldad de su creador? Lo ignoro todavía. Es bien sabido que el éxito unido al resentimiento suele generar una carga muy explosiva.

Virginia Woolf realizaba el mismo juego estético que ejercían sus amigos del Grupo de Bloomsbury, en ella mucho más arriesgado porque era su forma de romper el dogal que la ahogaba, una actitud radical que la convertiría en una bandera del feminismo, pese a que vivía rodeada de enfermeras y doncellas, de maletas y baúles de loneta para viajes y regresos, de fiestas e invitados. En aquel tiempo de moral victoriana vestir pantalones de hombre, ser sufragista, fumar en público cigarrillos egipcios, dar charlas en un círculo obrero siendo una señorita de alta sociedad y enamorarse de su amiga la poeta Vita Sackville-West, esposa de un lord, y vivir con ella una relación lésbica, fue para Virginia Woolf un juego, pero esta escritora comenzó a labrar una literatura en la que el tiempo se convertía en un fluido de la conciencia. Fue la primera en oír voces superpuestas, las mismas que vulneraban su mente. Y por eso ha pasado a la historia.

Leyendo a Scott Fitzgerald imaginaba que París era entonces un barrio con el que soñaban los seres privilegiados de Nueva York y la Costa Azul una proyección solar de París. La literatura de este escritor estaba llena de toldos blancos y azules, de sombreros flexibles y bañadores femeninos con rayas de avispa, pantalones de pliegues y chaquetas de color manteca. En ese espacio galopaban o navegaban a bordo de sí mismos Scott Fitzgerald y su mujer Zelda, sin que para ellos las noches terminaran nunca; él siempre felizmente ebrio, ella frívola, inestable, bellísima e imaginativa. Al principio de la galopada era una de esas parejas rutilantes que al entrar en una fiesta hace que los músicos, llenos de admiración, paren la orquesta. Scott Fitzgerald consiguió describir con intensidad, gracia y maestría la pompa de jabón que se estableció en el aire de París y de Nueva York en el periodo de entreguerras dentro de la cual sonaba música de jazz, bailaban criaturas vanas, había grandes fiestas como la cima de todos los sueños y más allá un Martini, dos, tres y luego nada, la destrucción.

Este absurdo vital nada tenía que ver con el nihilismo poético, lleno de humor, de Samuel Beckett de quien supe que solo tenemos dos certezas: la de haber nacido y la de que tenemos que morir y que la vida no es más que un breve caos entre dos silencios eternos, una danza alucinante que nos vemos obligados a bailar, del mismo modo que el sol sale todos los días porque no tiene otra alternativa.

Y al final, para los días de lluvia en otoño de mi vida estaba Pessoa, en cualquiera de sus heterónimos, siempre Pessoa y sobre todo aquel viaje a Cascáis en tranvía o a Sintra en un Chevrolet imaginario donde recibió en el camino el beso volado de una niña que creía que era un príncipe el que pasaba. Estos son algunas lecciones aprendidas en aquella hamaca ya vieja que hoy está arrumbada en algún trastero.


El Pais