lunes, 10 de agosto de 2026

Y entraron los turistas en la sagrada París de Patrick Modiano

En la delicada y nostálgica ‘La bailarina’, el Nobel francés juega con el reflejo de realidad y ficción



Una pareja cruza el río Sena por el Pont des Arts, alrededor de 1960, en París.

Georges MARTIN (GAMMA-RAPHO / GETTY IMAGES)

Javier Aparicio Maydeu

13 JUL 2026

Ya octogenario, de nuevo acude el maestro Modiano a la cita con sus lectores, tan fieles como lo es él a su estilo inimitable de claroscuros y susurros alrededor de un enigma irresoluble que no es sino el del misterio de los vaivenes de una memoria vulnerable y traicionera. De sintaxis morosa y una querencia por lo fragmentario que se refleja en un repudio del orden cronológico, como si la novela fuese una suerte de rompecabezas (“quedan algunas piezas de un puzle separadas unas de otras para siempre"), su prosa, como la identidad de sus personajes, aparece envuelta siempre en una extraña bruma que esconde los secretos del recuerdo: "Me volvían, a retazos, las imágenes de una temporada muy remota de mi vida [...] igual suben los ahogados a la superficie del Sena".

Ocultarle información al lector, todo cábalas, es una clave de la literatura tácita del autor ("escribir también es no hablar", dice Marguerite Duras en Escribir). Y no hay principio ni final en las obras del Nobel, que se diría que se desprenden de un relato soterrado y continuo que emerge para desaparecer de nuevo.

Tampoco en La bailarina, una delicada nouvelle en torno a una artista anónima que ensaya danza con un tipo llamado Kniaseff, a un niño, Pierre, condenado a una vida de huérfano, abandonado a su suerte en la afligida rutina de sus días, y a un puñado de estrafalarios individuos con los que también convivió, en el París en blanco y negro de su juventud, el narrador que ahora los evoca repitiéndose por qué aquel sombrío París suyo ha devenido una "ciudad extranjera" por la que transitan miles de "turistas de los que uno se preguntaba si no serían ya los únicos que iban a poblar a partir de ahora las calles" por las que de joven caminó como un flâneur hacia solitarios cafés de barrio en los que tendrían lugar furtivos encuentros.

Elegiaca y metaliteraria, y con escenas de inmensa ternura, esta nueva entrega evoca un París ya extinguido, el nombre de cuyas calles figura como en un plano en todas y cada una de las páginas del autor de la Trilogía de la ocupación, por las que se mueven en tensión constante personajes desvalidos o siniestros, de apellidos cosmopolitas y oscuros pasados, que entran y salen de inmuebles que invitan a la clandestinidad y solo en ocasiones se iluminan como en algunos dibujos de Sempé.

Aún se diluye más aquí la trama que en sus anteriores novelas, como si ya solo quedaran la insinuación y el indicio, y un Modiano más nostálgico que d´habitude parece querer reflejarse mejor en su narrador, que confiesa llevar "tres años pasando por tiempos difíciles" porque "el mundo había cambiado tan deprisa a mi alrededor que se sentía un forastero", refiriéndose tal vez al confinamiento por la pandemia, y dice haber trabajado de negro literario, "hay tantas formas de ingresar en la literatura", escribiendo por encargo del mítico editor Maurice Girodias, el auténtico fundador del sello The Olympia Press que publicó Lolita, de Nabokov, capítulos de una novela inglesa titulada The Glasss Is Falling, de un tal Francis La Mure, a la que debía someter también a un editing, contaminando ficción y realidad, memorias falsas y autobiografía, en un tentador juego de espejos que no es sino el artificio mismo de la ficción.

Como un abalorio, La bailarina encarece las muchas virtudes de sus obras maestras, Dora Bruder (1997), En el café de la juventud perdida (2007) o La hierba de las noches (2012), de las que esta novela epilogal ejerce de magnífico reclamo.




La bailarina

Patrick Modiano

Traducción de María Teresa Gallego

Urrutia. Anagrama, 2026

108 páginas. 18,90 euros


Babelia Núm. 1.808 Sábado 18 de julio de 2026