viernes, 24 de mayo de 2024

El muy ilustrado enredo de los piratas de Madagascar

La obra póstuma del antropólogo David Graeber sobre la aventura utópica de los bucaneros en la isla promete mucho, pero resulta un galimatías


Por Jacinto Antón


Ilustración de Howard Pyle del juego de mesa El capitan Kidd y su tesoro (1896), basado en el marinero escocés con patente de corso William Kidd (1645-1701) que fue acusado de piratería y ejecutado. Akg-images/ Album

Es imposible no temblar de emoción y caer literalmente de rodillas cuando en el prefacio de un libro te encuentras esto: “Contemos, pues, una narración de magia, mentiras, batallas navales, princesas secuestradas, caza de humanos, reinos de pacotilla y embajadores fraudulentos, espías, ladrones de joyas, envenenadores, adoración satánica y obsesión sexual, que es lo que subyace al origen de la libertad moderna”. Tras lo que el autor escribe: “Espero que el lector se divierta tanto como me he divertido yo”. ¡Y además la cosa va de piratas!

Desgraciadamente, lo que el antropólogo y activista estadounidense David Graeber ofrece en Ilustración pirata es menos un libro fascinante que, ay, un verdadero galimatías. Lo que se nos presenta como una obra revolucionaria y atrevida (y simpática) sobre los piratas, con la tesis de que los bucaneros instalados en Madagascar tuvieron, al difundirse en Europa las igualitarias formas de gobierno con que experimentaron, un papel en la génesis de la Ilustración, acaba siendo un ejercicio de conocimiento histórico y antropológico exhibicionista y casi onanista.

El autor deja (eso sí) patidifuso al lector con su manejo de los datos más pormenorizados de la historia y la etnografía malgaches, no en balde hizo un amplio trabajo de campo allí. La disertación es brillante y divertida, y provocadora, pero también enervante: te hace perder el hilo una y otra vez sacando datos, verdaderos y falsos (lo reconoce él mismo), como un mago conejos de la chistera.

Graeber (Nueva York, 1961-Venecia, 2020), hijo de un miembro de las Brigadas Internacionales y una  sindicalista fue un pensador genial, contestatario e iconoclasta, que juntó antropología y anarquismo en una curiosa síntesis. Le echaron de Yale por su radicalismo. Maurice Bloch le consideró el mejor teórico de la antropología de su generación y Peter Frankopan y Simon Sebag Monefiore, dos historiadores a los que siempre hay que hacer caso, se han deshecho en alabanzas de él.

En Ilustración pirata se explora una de las ideas más atractivas relacionadas con la Edad de Oro de la piratería: que aquellos canallas degolladores fueran en realidad unos adelantados del pensamiento libertario. Pero Graeber lleva más lejos la idea sugiriendo que los reinos piratas, los reales y los imaginarios, de la costa este de Madagascar de los siglos XVII y XVIII (una suerte de Black Sails en el Índico) inspiraron el movimiento de la Ilustración (¡patapalo y Voltaire!). Y lo hicieron al alimón con sectores de la propia población malgache, mujeres incluidas.

Dicho todo esto, después de la galerna de episodios, nombres e hipótesis que te lanza encima Graeber (¡incluso con notas en malgache!) de la que sales desarbolado y pensando que careces de punch intelectual para seguirlo (no sufran, ya somos mayorcitos: es culpa de él), la lectura de Ilustración pirata te deja un agridulce poso de cosas ininteligibles pero también retazos de historias y leyendas maravillosas. Entre ellas, el mito de Libertalia, la imagen de John Plantain, rey de la bahía de Ranter, recibiendo en la playa con dos pistolas al cinto y sus muchas esposas; la peripecia del embaucador aventurero conde de Benyovsky que se creyó el rajá blanco de Madagascar; la magia amorosa o fanafody de los malgaches para conseguir hombres extranjeros… En fin, qué pena la distancia entre el libro que has leido y el que podrías haber leído.




Ilustración pirata

David Graber

Traducción de Joan Andreano Weyland

Alba, 2024

208 páginas. 20,90 euros


El Pais. Babelia nº 1.689. Sábado 6 de abril de 2024



lunes, 20 de mayo de 2024

Ahí seguimos Juan José Millás

Fotografía de Clement Pascal (The New York Times)/Contacto)

A este hombre intentó matarle Dios por escribir, pero le falló la puntería. Aunque algo deteriorado, continúa ejerciendo su oficio fieramente. La escritura es una actividad de riesgo desde que se inventó. Los escritores y los libros han sido el combustible de millones de hogueras que han oscurecido la historia con sus llamas, desde el incendio de la Biblioteca de Alejandría hasta las piras nazis en las que Hitler pretendió incinerar su subsconciente. Incluso en las revoluciones culturales (pongamos las de Mao) ardieron infinidad de volúmenes de contenido "contrarrevolucionario". La Iglesia católica publicó en su día un índice, que ignoramos si continúa vivo, de autores y títulos prohibidos porque atentaban contra la fe, la moral o la castidad (castidad y celibato eclesiástico, ya ves tú: una contradicción en los términos). Podías encontrar en él libros de filosofía, de ciencia o de literatura.

De nuestra memoria reciente no se ha borrado aún la imagen de la librería Lagun, de San Sebastián, que después de sobrevivir fieramente a los ataques del franquismo y de ETA, fue abatida por el mercado. El mercado es menos espectacular que los dioses o los dictadores, pero su eficacia anticultural está probada. En fin, lo que pretendíamos señalar es que cada vez que se prohíbe o se quema un libro o se coloca una bomba en una librería o se acuchilla a un autor, se está prohibiendo o quemando metafóricamente a un lector. Así que los lectores hemos sido también víctimas históricas de la furia desatada contra la letra impresa. Pero ahí seguimos, incombustibles, como Salman Rushdie.

El Pais Semanal nº 2.486. Domingo 19 de mayo de 2024

domingo, 12 de mayo de 2024

Un día hay vida por Enrique Vila-Matas

En la hora de la tristeza, me acuerdo de la "locura de pena" desde la que nos habla Paul Auster en Baumgartner, pero también de un momento sin pena en El palacio de la Luna en el que, tras una tormenta, Marco Stanley Fogg se convierte en otra persona, como si hubiera ido más allá de sus límites y fuera posible pasear y cruzar por en medio de un temporal y acceder luego a la luz de un lugar desconocido.

Los paseos por vías desconocidas puntúan la obra de Auster. Un día, en su brownstone de Brooklyn, en Park Slope, allá por octubre de hace muchos años, en un día del pasado en el que el mundo todavía parecía estar entero. Auster comentó de pronto que le fascinaba la nieve, y también el silencio que solía acompañarla. La nieve, nos dijo, le permitía ver la vida de una manera distinta, porque cambiaba el entorno y eso facilitaba que uno pudiera redescubrirlo.



De tener que redescubrir uno de sus libros, elegiría La invención de la soledad. Es un conjunto autobiográfico dividido en dos partes (Retrato de un hombre invisible y El libro de la memoria), sin aparente conexión entre ambas, aunque, al leerlas, vemos que la conexión puede que sea casual, pero es total.

Habla en la primera parte de la muerte de su padre, un texto fascinante que se inicia con palabras memorables: "Un día hay vida. Por ejemplo, un hombre de excelente salud, ni siquiera viejo, (...) pasa sus días ocupándose sólo de sus asuntos y soñando con la vida que le queda por delante. Y entonces, de repente, aparece la muerte".

Es una muerte tan súbita la del padre que no hay lugar para la reflexión, la mente no tiene tiempo de hallar una palabra de consuelo (y todos sabemos que, aunque existiera, tampoco la encontraríamos). Es en esa misma primera parte donde Auster narró la historia real de cómo su abuela asesinó a su abuelo: historia, por supuesto, tremenda. La segunda parte, El libro de la memoria, habla de cuando en París, en 1965, el jovencísimo autor descubre por primera vez las infinitas posibilidades que podía proporcionar un espacio limitado. Nunca volvió a ve una habitación tan pequeña como la de París, pero descubrió los límites desmedidos e insondables de aquel espacio en el cabía un universo entero, una cosmología en miniatura que contenía en sí misma lo más extenso, distante y desconocido.

El libro de la memoria podría perfectamente haberse llamado La habitación de los escritores, pues de eso trata al acercarse a los cuartos mínimos de Dickinson, Hölderlin y otros genios.

La invención de la soledad fue el disparo de salida real de su obra, el catalizador que desencadenó el Auster novelista. Lo escribió con el ánimo de tratar de entender quién había sido su padre. "Y qué es la ficción sino un intento de entender las vidas ajenas?", se preguntaba desde un lugar desconocido, donde iba a descubrir que, al no llevarle sus pasos a ninguna parte, le conducían hacia el interior de sí mismo.


El Pais, Jueves 2 de mayo de 2024

miércoles, 8 de mayo de 2024

Irresistible Dumas por Carlos Puyol

No siempre los grandes escritores de antaño existen para ser leídos, a menudo están ahí para estudiarse, para ser admirados e imitados (y no digamos los modernos, que han hecho de la dificultad una religión). Pero Alexandre Dumas sólo pensaba en escribir para que le leyeran, lo mismo los doctos que las porteras, incluso los analfabetos, que se hacían leer en voz alta sus folletines por algún amigo más ilustrado.


Alexandre Dumas

Es el coloso de la novela popular, ¡pero qué novelas! Muchísimas (más de doscientos cincuenta recios volúmenes), emocionantes, sugestivas y descabelladas (para él la literatura tenía que mejorar la realidad). No regatea invenciones estupendas, se agarra a los hechos históricos para apuntalar sus sueños: la Historia es como un clavo en el que yo cuelgo mis novelas, decía.

Desenfadado, enorme, “una fuerza de la naturaleza”, según el historiador Michelet, quizá no resiste los sesudos análisis de los más exigentes, pero se hace leer, siempre divirtiendo, impone sus fantasías con una convicción que acaba por hacer olvidar los hechos mismos que le sirven de punto de partida.

Podemos pensar de él que es un autor industrial con el que colaboran una serie de “negros”, “Alexandre Dumas y Compañía”, como le describió un panfletista; pero, paradójicamente, nadie con más personalidad, inconfundible, con un estilo nervioso y tónico, arrebatado, que una vez plantea una de sus famosas intrigas de capa y espada, es imposible no seguir leyéndole.

En el castillo de If, frente a Marsella, se enseña a los visitantes boquiabiertos los calabozos en los que sufrieron prisión Edmundo Dantés y el abate Faria; y ¿quién no conoce a sus tres mosqueteros y a            D´Artagnan, al tortuoso cardenal Richelieu y a Milady de Winter, tan malvada, que habrá de recibir justo castigo?

Son deformaciones y ficciones a las que nadie que haya sido niño, es decir, todo el mundo, está dispuesto a renunciar. Entra a saco en la Historia, le da la configuración de sus quimeras y la utiliza descaradamente para escribir unos libros que arrastran al lector a un torbellino de aventuras, tal vez no muy creíbles, pero qué más da.

Dumas es el descubridor de unas vidas tan exageradas como la vida misma, o al menos tal como la soñamos. Impetuoso y gallardo como su padre, el general mulato que rivalizó con Napoleón (como desquite, conquistará con la pluma lo que su padre no pudo conquistar con la espada), derrochador de tiempo, dinero y amoríos, es un escritor admirable y descuidado, porque tenía demasiada prisa para todo, persuasivo y de una vitalidad simpática y contagiosa.

Murió pobre y enfermo trabajando febrilmente en su Gran diccionario de la cocina, otra de sus pasiones, y en esa última novela, inacabada, que acaba de publicarse en español, El caballero Héctor de Sainte-Hermine, no menos deliciosa que cualquiera de las que la predecieron, un derroche de arte de contar mentiras significativas.

En literatura hay muchas moradas, bien está Balzac, claro, pero sería hipócrita y sabihondo no confesar la fascinación que inspira Dumas, el hombre que convirtió la historia de su país en una especie de magníficas Mil y una noches. En 1870 su muerte coincidió con la derrota de Francia por los prusianos, la realidad podía ser más fea que sus imaginaciones.


Revista Mercurio nº95. Noviembre 2007

martes, 7 de mayo de 2024

En busca del paraíso


TINO PERTIERRA  |  ENSAYO · MERCURIO Nº206 - DICIEMBRE 2018




La novela del buscador de libros

Juan Bonilla

Fundación José Manuel Lara

273 páginas | 19,90 euros

La novela del buscador de librosJuan Bonilla tiene memoria de papel. Recuerdos encuadernados. No son palabras huecas de cara a la galería: sus días son un almacén de libros buscados y encontrados, botines que desbordan los límites de la afición para convertirse en pura y madura pasión. Bibliomanía, si nos ponemos técnicos. Un modo personal de leer la vida, si nos imponemos poesía. Quien quiera conocer a fondo los entresijos de esa bio-bibliografía (bueno, el autor habla de vicio y quiénes somos nosotros para llevarle la contraria) puede hacerlo con La novela del buscador de libros. Una obra que es amena, exquisita, sorprendente y original. Un festín para quien ama los libros. También lo es para los coleccionistas de intrigas y aventuras: las páginas de Bonilla se mueven en el espacio de la ensoñación y el misterio. El deseo y la duda. El pensamiento y el sentimiento. Datos y emociones. El desafío de salir de caza sin saber qué piezas podrás cobrarte. Autor de presa con los colmillos bien afilados y el instinto siempre alerta, Bonilla husmea los territorios donde habita la fauna literaria, y que pueden encontrarse en cualquier continente y en cualquier escenario, desde librerías donde detener el tiempo hasta rastros en los que codearse con las oportunidades escondidas. Y, en los últimos tiempos, ayudado por la infinita librería de internet.


Juan Bonilla. © LUIS SERRANO

No es una fiebre de coleccionista que se limita a acumular volúmenes en su casa cual Diógenes del papel. El buscador de libros no busca sentido a su insaciable necesidad de cazar: quién necesita encontrar razones para su felicidad. Bendita enfermedad incurable. “Basta con que un columnista mencione un libro que no conozco para que se me abra el apetito”. Apoteosis de la curiosidad como una de las artes más nobles de quien vive pasando páginas. “Lo que hace que algo sea apasionante no es el qué sino el cómo”. Suena exagerado: “No recuerdo un día en que no haya buscado libros”. Después de leer a Bonilla no hay más remedio que creer sus palabras. Advierte que no pretende hacer ni una apología ni un ensayo histórico. ¿Entonces qué tenemos en las manos? Una memoria desordenada de búsquedas en las que manda el azar y exige la plena atención. Y, por favor, sin proselitismo porque hay que proteger el gran secreto que encierra toda biblioteca que se precie, ese simulacro de paraíso donde “poder percibirse uno mismo sin terror”.

La vida de Bonilla es un catálogo de primeras ediciones como si entráramos en dominios de un librero de viejo: entradas, características formales de los volúmenes, datos bibliográficos. Y toques personales: el lugar donde encontró la pieza, quién estaba presente. Qué sintió. Si hubo milagros al encontrar joyas en los lugares más insospechados (¡un kiosko de helados y revistas del corazón!). Detalles fulgurantes que reviven en cuanto abre un volumen. Procesiones de ciudades, autores, amigos. La “maquinaria asombrosa del recuerdo” funcionando a destajo para aliarse con la maquinaria de la ficción porque los libros importantes son los que se las arreglan “para leernos ellos a nosotros”, y pasamos a ser personajes suyos. Un libro importante es un suceso biográfico y la vida de Bonilla no se recorre en sus fotos o en sus textos sino en sus libros importantes. Yo soy yo y mis catálogos. Todo empezó en la adolescencia. Buscador precoz. Cuando era un calvario hacerse con un libro ansiado. Claro, aquellas primeras rampas eran resbaladizas en lo que a identificación se trataba. Unamuno, Baroja, Dostoievski… Bonilla cuenta (pone en orden) compras y lecturas, derivas y naufragios, conquistas y confidencias. Reflexivo, evocador, bello, lúcido e informativo: he aquí un libro importante.



martes, 23 de abril de 2024

23 de abril (2024) -Dia del Libro-

 No tengo permiso de la autora para publicar esta maravilla, pero es que no puedo resistirme. Es impresionante lo que se puede contar con tan pocos elementos, en un espacio reducido, en blanco y negro. Fantástico, y muchas gracias a Flavita Banana y su arte. Publicado hoy en El Pais, martes 23 de abril de 2024.




viernes, 22 de marzo de 2024

Bucear en el cerebro cósmico de Philip K. Dick

 Por Laura Fernández



Sean Young, en Blade Runner(1982), de Ridley Scott, basada en un libro de Philip K. Dick. Picturelux / The Hollywood Archive / Alamy / Cordon Press

En febrero de 1974, un dentista administró a Philip K. Dick, el escritor, el autor de la entonces aún no tan famosa ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? -la novela que dio pie al Blade Runner de Ridley Scott- y de la ganadora del Hugo El hombre en el castillo, una dosis de pentotal sódico aparentemente convencional que resultó excesiva para el cerebro expansivo, eléctrico, del tipo que vio a Dios en un rayo láser rosa, el mismo tipo que sufría interferencias que le situaban en un pasado remoto -la antigua Roma- cuando se acerca al mostrador de una tienda, o a casi cualquier parte. ¿Que qué ocurrió? Que esa misma tarde, cuando la repartidora de la farmacia le trajo a casa un analgésico, tuvo su primera visión. Más que una visión fue algún tipo de apertura hacia un conocimiento vasto y total del universo.

A partir de entonces, Dick se dedicó a explicar en qué había consistido aquella visión repentina -todo lo precipitó el collar de oro que llevaba la repartidora, collar que representaba un pez, signo utilizado por los primeros cristianos, según ella-, visión a la que siguieron una pequeña infinidad de visiones más. Una de ellas le tuvo ocho horas contemplando obras de arte -"cientos de miles de imágenes de arte moderno absolutamente increíble"- que simplemente se le aparecían ante los ojos, sin saber de dónde habían salido y sin que nadie más pudiera verlas. Otra le llevó a bautizar a su hijo Christopher en casa, y una más, a recibir la visita de una "entidad plasmática roja y dorada", y a escuchar la radio tanto si estaba enchufada como si no. El corpus de su, a partir de entonces, obra en marcha llegó a tener más de 8.000 páginas.

En ellas se sumergieron, a petición de la familia -los hijos de Dick, comandados por el agente Andrew Wyle-, Pamela Jackson y Jonathan Lethem, para tratar de ordenar y dar sentido al caos. Un caos formado por, sobre todo, escritura en solitario -en libretas, espolvoreadas gráficamente con dibujos del todo incomprensibles, pequeñas unidades de esquemas que representan la forma en que la idea, o el mundo, entra y sale de un cerebro en permanente y totémica expansión-, pero también cartas- cartas en las que incluía decenas de páginas de ideas sobre lo que le estaba pasando, y lo que le estaba pasando, y lo que le estaba pasando era que se había convertido en un ente de desencriptación del mundo-, teorías- que se llaman a sí mismas cosas como "una teoría soviética loca", o que hablan del "otro universo" como "una mente inteligente y pensante"- y religión.

Porque es cierto, Philip K. Dick podría haberse erigido en líder de una secta cósmica de haber querido con semejante biblia escrita. Y nada tendría que envidiarle, su propia religión, a la del otro escritor de ciencia ficción que puso en marcha una -Ron L. Hubbard, sí, el creador de la cienciología-. Sería, la religión dickiana, en realidad, su versión implosivamente introspectiva y, en cierto sentido, intelectual, beat y demiúrgica. Divididos en carpetas, los capítulos de esta monumental -bien seleccionada, y traducida- obra se leen con la desesperación con la que fueron escritos, en un intento por reconstruir el sentido holístico de toda una vida. Dick regresa, una a una, a todas sus novelas, en busca de pistas de aquello que su cerebro había captado ya del caos universal, y trata de recomponer un yo atravesado por el cosmos.

Tiene, el libro, un valor documental excepcional. No únicamente por la manera en que vuelve, casi como una obra que estuviese construyéndose ante los ojos del lector, sobre el momento de conexión con lo absoluto -cosa que ocurrió los meses de febrero y marzo de ese 1974, conocidos, en clave dickiana, como 2-3-74-, y por lo tanto, como sustrato de la obra visionaria del propio autor, sino también por lo que puede llegar a revelar neurológicamente. La plasticidad con la que expone el flujo de su pensamiento, un pensamiento propio de las víctimas de lo que se ha dado en llamar epilepsia del lóbulo temporal -asociada con la hipergrafia y la hiperreligiosidad-, es un hito conductual también sin precedentes. En definitiva, una obra mayor, a la que hay que entregarse como se entregó Dick a lo desconocido, sin prejuicios.




La exégesis

Philip K. Dick

Edición de Pamela Jackson y Jonathan Lethem.

Traducción de Juan Martínez Fernández. 

Minotauro, 2004

1.198 páginas

75 euros


El Pais. Babelia. nº 1.685. Sábado 9 de marzo de 2024