viernes, 17 de julio de 2026

El sueño de la meseta produce monstruos.

Frente a la tentación de lo bucólico de cierta literatura neorrural, varios autores están explorando el vasto y complejo territorio castellano desde el realismo sucio, la fantasía y el terror

Por Silvia Hernando

A Israel Merino (Toledo, 2000), en el pueblo donde se crio le llaman el matón. No porque se haya llevado a nadie por delante o lo haya amagado: es una herencia familiar. De un bisabuelo materno, que una vez se ventiló de un puñetazo a un toro que se había escapado. O eso cuenta la leyenda. "¿Y por qué tengo que cargar yo con el mote de matón, si no tengo media hostia?", protesta el escritor al teléfono. Es lo que tienen los sitios pequeños, que a veces las identidades se comprimen en un apodo y que, para colmo, el mérito ni siquiera es propio sino que viene de serie, como una mancha mongólica. También, que los traumas, como los sobrenombres, se van enquistando y se extienden entre las generaciones. "A mí se me juzga por lo que mis antepasados han hecho, remacha Merino. "Y yo, pues no quiero ser un matón".

En su segunda novela, Epifanía (Temas de Hoy), hay algo de ajuste de cuentas con todo aquello: los motes, los traumas, la idea de pertenencia. Los rencores que nunca, jamás, se disipan, ni aun frotándolos con lejía o cal viva. Sucede en uno de esos pueblos que desbordan el nombre, lugares intermedios, suspendidos en un limbo demográfico donde al final no se puede rascar demasiado, ni lo pintoresco de las aldeas ni lo estimulante de las ciudades. En este que fabula Merino desde el recuerdo conviven (es un decir) dos clases de habitantes: los autóctonos, que dictan y tensan los códigos locales, y los forasteros, categoría que uno es susceptible de integrar aun habiendo nacido y vivido siempre ahí.

Por medio de cinco historias conectadas por la tragedia de un accidente de coche, el escritor va ensamblando un thriller grotesco y sangriento, testosterónico y lisérgico. Suspense castizo que se despliega sobre el reverso mugriento de una Castilla donde no se avistan fortalezas sino esqueletos de edificios a medio levantar, unas afueras de las afueras a base de amalgamas de calles desharrapadas cuyos cascos viejos - que no antiguos- tienen como templo más concurrido un bar con hules y olor a rancio. En cierto modo, el libro exuda el mismo aire grasiento de copa, puro y escopeta de la serie de 2019 Matadero, un "Fargo ibérico" desatado entre los criaderos de cerdos de un pueblo ficticio de Zamora donde la droga, como en Epifanía, visita más casas que el médico.

Hecha de dos comunidades autónomas cosidas a base de injertos y amputaciones históricas, la idea misma de Castilla podría verse hoy como una especie de monstruo de varias cabezas. Un Frankenstein geopolítico. Hubo un tiempo en que se asimiló a la noción de España, pero aquel pasado ya marchó y hoy resulta un tanto más complejo definir de qué hablamos cuando hablamos de este territorio. Merino ubica una cualidad que cree que lo determina por encima de otras: "Que no hay ni un puto árbol. No hay agua, es una zona dura y muy grande. Y eso marca mucho el carácter". La proverbial austeridad castellana, empadronada en la vastedad de la meseta. "El castellano es una persona a la que la sociedad le gusta poco. Es una persona rara", se ríe Merino, que reconoce en el granadino Juarma a un precursor del realismo sucio rural de su libro. "Pero creo que faltaba contar lo castellano".


José Manuel Navia



Como Merino, otros escritores actuales se han aventurado a explorar el presente de esta periferia de interior, pletórica de belleza y todo lo contrario, fascinante y extraña, que ya cartografiaron en su momento los escritores de la generación del 98 y, después, autores desde Miguel Delibes hasta Camilo José Cela y Gustavo Martín Garzo. No todos se topan con el mismo paisaje o paisanaje, pero sí coinciden en sacudirse la tentación de lo bucólico que ha caracterizado a cierta literatura del neorrural. Por el contrario, estas historias recientes están atravesadas por lo oscuro, lo siniestro, lo desasosegante. En ocasiones, por una superstición ancestral que traspasa la línea de lo esotérico. No esconden sino exhiben las cicatrices, las orean.

En Perros de caza (Malas Tierras), de Boria Navarro (Valencia, 1994), un pantano putrefacto se erige, junto a los podencos que dan título al libro, en símbolo y atmósfera del hoyo al que nos arrastra: una Almansa en la frontera de un espacio de por sí liminar, una suerte de puente entre el desierto y el mar que, en esta narración, como adelanta su autor, se presentará como una salida, una "segunda oportunidad" para sus personajes.

La novela recrea una historia real y espeluznante, el famoso exorcismo de Almansa que copó titulares y noticieros de los años noventa. Pero esta es más que nada una coartada, un resorte, explica Navarro, "para hacer una disección de un pueblo concreto desde una perspectiva un tanto tenebrosa, con cierta desazón".

Navarro vive en Alicante, pero su familia política procede de Almansa y él lleva 12 años empapándose de sus calles. "Del exorcismo no me enteré hasta después, hará unos cinco", recuerda. "Pero me gustó la idea de que, desde entonces, el pueblo se queda maldito, su gente queda marcada". A partir de ahí imaginó a su protagonista, una joven que regresa a ese lugar decadente tras una decepción amorosa y profesional. La pestilencia de las aguas del embalse se funde con su halo de desesperación. Está enferma de tristeza y pasa los días entre una normalidad hedionda y la aséptica habitación de un hotel en el metaverso. Su terapeuta —que acabará reemplazando por una médium, remedio más de la tierra— la invitará a ordenar sus pensamientos sobre el papel.

Este mecanismo -donde el escritor sitúa el verdadero origen de la novela, más que en el exorcismo— le da pie a realizar una sensacional serie de descripciones de los lugareños en sus tres edades, niños, adultos y ancianos, equiparables a las proyecciones de pasado, presente y futuro y a los tres tonos que componen el libro, fabulístico, confesional y torrencial, todas flechas que acabarán convergiendo. "Ese esoterismo mezclado con la baraja de Caja Popular mientras se fuma un cigarro bajo el extractor de la cocina es una espiritualidad que yo veo en Almansa", apunta el escritor. "Es un entorno extraño, y para mí es especial".

A la novela de Navarro -que trabaja ahora en su traslación cinematográfica- se la ha calificado de "crónica wéstern". Una etiqueta que el escritor ve más como eso, un eslogan, que como una reseña fidedigna de su trabajo, que él asocia más, y con razón, a una vocación poética. "Yo me siento más vinculado a la creación desde la contemplación, a habitar los territorios de los que vas a escribir y estar sensibilizado con ellos, buscando el suceso, el símbolo o la imagen que te emocione y luego explorarlo, detalla. Pero algo lleva Perros de caza de la crudeza y violencia de ese genero.

En La fiesta del fin del mundo (Anagrama), ensayo que propone un recorrido por las crisis españolas recientes a través de las manifestaciones culturales apocalípticas, la académica Natalia Castro Picón emparenta el imaginario castellano con el lejano Oeste estadounidense. Con sus pioneros, sus héroes y la lucha de contrarios entre el bien y el mal, encarnada en los protagonistas de la novela de Jesús Carrasco Intemperie. Aquel libro de 2013, escribe la autora, nos transporta a la España rural (...) que evoca los antiguos valores de un mundo campesino, pero presentándolos desgarrados por una gran crisis climática. Es decir, nos ofrece la imagen rota de una forma de vida que, pese a sus miserias, permitía sostener comunidades sobre la base de los vínculos de reciprocidad y arraigo con el territorio". Si bien en otros términos, las historias de Navarro y Merino remiten también a esa fractura social e histórica.



Arriba, un fotograma de la película Bodegón con fantasmas, de Enrique Buleo. Abajo, ilustración del fanzine El ataque de los danzantes mutantes (2026), del colectivo Castillian Horror Book. CASTILLIAN HORROR BOOK

Para el historietista Luis Bustos (Madrid, 1973), más que como un Far West a la española, la llanura castellana podría explicarse como un "territorio psicológico. Meseta (Astiberri), su nueva novela gráfica, se embarca en un road trip desquiciado de Barcelona a Madrid con parada en mitad de la nada. El país anda sumido en un estado de excepción y tres desconocidos comparten un coche para trasladarse en medio de la noche. De nuevo, una triada como eje, que responde, cuenta el autor, "a los elementos para la transmutación alquímica". Fuego, agua y tierra, que se combinan y estallan en una iglesia románica en ruinas reciclada en prostíbulo de carretera. Allí, sin desvelar más de lo justo, habrá rituales y demonios, también de los de carne y hueso. "Además de la parte esotérica, el libro tiene un discurso político y social", concede Bustos. "Un: 'Cuidado, que los ricos nos devoran'. A veces literalmente".

Como ocurre en Epifanía y Perros de caza, el lenguaje de Meseta -cortante, sintético, a ratos soez- juega al servicio de la recreación de un paisaje que no hace solo las veces de contexto, sino que se reivindica como protagonista. En su condición de cómic, aquí se alía con el estilo del dibujo, de trazo expresionista y en un blanco y negro que suma un tono más de penumbra a la nocturnidad de la narración. "Los protagonistas no podían estar todo el tiempo hablando, tenia que ser una cosa casi silenciosa", explica el autor. "Y esos silencios son bastante reveladores porque hay una tensión que se palpa".

Igual que en Meseta, los relatos que David Roas (Barcelona, 1965) ha reunido en Territorios (Páginas de Espuma) toman como base el costumbrismo subversivo para abrirse camino hacia lo fantástico y lo escalofriante. Lo hacen desde los parámetros del agrohorror, un subgénero de nuevo cuño que surge, según explica el propio autor, de una tendencia que "se respira en el ambiente; un interés por lo cotidiano rural". Su origen puede rastrearse en el libro de 2025 Agrohorror. Cuentos de lo insólito rural (Eolas), cuya edición corrió a cargo de Roas y Ana Martínez Castillo, creadora del término.

En el agrohorror hay deformación, que no caricatura. Frente a la idealización, aporta extrañeza. Se le parece, pero no es folk horror. No se manifiestan fuerzas arcanas ni dioses paganos, aunque sí, como reconoce el escritor, se da una cierta persistencia del atavismo católico. También puede contener trazas de plant horror. Encajarían en sus límites novelas como Carcoma (2021), de Layla Martínez, y películas como Bodegón con fantasmas (2024), de Enrique Buleo. "Como el esperpento, el agrohorror bebe directamente de los caprichos y pinturas negras de Goya, del retrato de hombres matándose a garrotazos, de viejas comiendo sopas, de brujas en aquelarre", escriben Roas y Martínez Castillo en el prólogo de aquel volumen, en el que, junto a sus propios relatos, participan autores como Fernando Navarro o Pilar Adón.

"Desde Intemperie, y después con La España vacía, de Sergio del Molino, hay una vuelta al agrorrural desde otra perspectiva que no es la del cateto con boina, sino una mirada más respetuosa, abunda Roas, que es también crítico y profesor de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad Autónoma de Barcelona y acaba de editar, junto con Raúl Molina Gil, el volumen académico Agrohorror. Nuevas formas de lo insólito rural (Eolas). "A partir de ahí, los que hacemos fantástico, insólito o raruno, hemos encontrado en el mundo rural algo que no se había visitado".

No todos los relatos reunidos en Agrohorror ni los que Roas firma por su cuenta en Territorios se enmarcan en parajes castellanos. El agrohorror, subrayan sus creadores, no es solo de secano". Pero hay unos cuantos que saben sacarle el jugo a los infinitos campos de cereales y esa solana que solo pueden combatir las moscas. "Frente al bosque o el mar, en el paisaje castellano el elemento para provocar el terror está en las extensiones", sostiene Roas. "En esa superficie plana, sin una montaña, que se va totalmente". En septiembre de este año saldrá un segundo volumen de Agrohorror con relatos de autores como Manuel Moyano o Raquel Presumido, que formará parte de una colección dedicada a este género en la editorial Eolas.

No solo los libros se han fijado en el potencial expresivo de la cara oculta de Castilla para, en el fondo, hablar de muchos de los temas que gobiernan la agenda: crisis climáticas y económicas, feminismo, el problema de la vivienda, corrupción política, falta de oportunidades laborales. El dúo de artistas Castillian Horror Book, formado por Cristina Guerrero y Pablo González, estudia el folclore mesetario en clave de terror en fanzines colaborativos y en exposiciones como The Tortolilla Project, la falsa documentación de una aparición espectral en un pueblo perdido. "Se ha romantizado la idea de lo rural como un lugar para descansar, para desconectar de lo digital..", comentan los burgaleses. "Pero ahora los ritmos de trabajo pueden ser iguales en el pueblo y en la ciudad, y recurrir a estos temas puede servir también para denunciar ese ritmo acelerado".

Lecturas 

Epifanía
Israel Merino
Temas de Hoy, 2026
240 páginas 19,90 euros

Perros de caza
Borja Navarro
Malas Tierras, 2026
152 páginas 18,50 euros

La fiesta del fin del mundo
Natalia Castro Picón
Anagrama, 2025
456 páginas 23,90 euros

Meseta
Luis Bustos
Astiberri, 2026
136 páginas 18 euros

Agrohorror. Cuentos de lo insolito rural
David Roas y Ana Martínez Castillo (editores)
Eolas, 2025
180 páginas 17 euros

Territorios
David Roas
Páginas de Espuma, 2026
104 páginas 16 euros

Babelia Núm. 1.804 Sábado 20 junio 2026 

sábado, 4 de julio de 2026

Llamadme Sisifo Por Javier Cercas

 PALOS DE CIEGO



Como cada domingo, me levanto eufórico, contentísimo por no tener que pasarme el día en el despacho estrujandome los sesos y dispuesto a gozar con mi familia de un día de merecido descanso. Después de hacer mis abluciones cantando mi canción favorita de Chenoa, bajo a desayunar. Mientras desayuno, en la radio hablan del machismo, y en algún momento alguien da una definición de machista; entonces, tratando de iniciar una de esas maravillosas conversaciones de desayuno que llenan las novelas profundas, le pregunto a mi mujer qué es para ella un machista. "¿Y tú me lo preguntas, querido?" , me dice, clavando en mí su pupila azul, aunque sin dejar de trajinar por la cocina. "Un machista eres tú". Mi mujer se ríe; yo también, pero menos.

Cuando estoy a mitad del desayuno, aparece mi hijo y me amenaza con armarme un pollo salvaje si no le monto de inmediato la mesa de pimpón que le trajeron los Reyes y que intento en vano montarle cada domingo desde hace más de un mes, cosa normal si se repara en que es muchísimo más dificil montar esa mesa que hacer una torre Eiffel con palillos; pero como, ya que no puedo ser un marido ejemplar, por lo menos aspiro a ser un padre ejemplar, me levanto con el desayuno en la garganta y, después de hacer unos ejercicios de calentamiento, me pongo a montar la mesa de pimpon en el jardín. Dos horas más tarde la mesa ha adoptado un aire como de torre Eiffel, de lo que deduzco que he vuelto a equivocarme, pero me consuelo pensando que al menos hoy no tendré que regar el jardín, porque con lo que he sudado ya no hace falta; luego, gritando que voy a salir a comprar el pan, arranco a correr por la casa perseguido por la furia asesina de mi hijo, de la que consigo librarme de milagro dándole con la puerta en las narices.

En la calle recobro el aliento, me seco el sudor, me peino con los dedos, me arreglo la ropa. Luego carraspeo y, con las manos a la espalda y mirando el cielo optimista de la mañana, echo a andar sin más compañía que la de Chenoa. Aún no he recorrido treinta metros cuando veo a mi vecino, y ya estoy anticipando una gratísima conversación futbolera cuando mi vecino cruza de acera; impasible el ademán, me niego a aceptar la sospecha de que mi vecino acaba de leer mi articulo de hoy en el periódico y decido irme casa de mis padres. Mi madre me abre la puerta y, antes de que pueda hablarle de mi mujer y de mi hijo y de mi vecino, me doy cuenta de que tiene un porro en la boca y un whisky doble en la mano; como, ya que no puedo ser ni un marido ni un padre ejemplar, aspiro por lo menos a ser un hijo ejemplar, le digo: "¿No crees que últimamente se te está yendo la mano con la bebida?". "Ay, hijo", me contesta, sentándose delante de la tele. "Desde que tienes éxito te has vuelto insoportable". En la tele echan Gran Hermano; miento: mi madre ha grabado Gran Hermano y se lo echa a sí misma en la tele. Después de contemplar a dos chicos que están tumbados en una colchoneta sin decirse absolutamente nada durante media hora de reloj, pregunto: "¿Qué, te gusta?". "Me encanta", dice mi madre. "Es como una película de Antonioni. Qué digo: comparadas con esto, las películas de Antonioni son como las de Indiana Jones". Entonces le pregunto si cree que yo soy un machista; increíblemente, consigo que me haga caso. "Qué machista ni qué machista", me dice. "¡Pero si tú ni siquiera has terminado la carrera!". Me levanto y voy a ver a mi padre, que esta terminando su tercera torre Eiffel de palillos de la semana. "Te veo en baja forma", le digo, porque de alguien tengo que vengarme y porque hace solo unos años mi padre armaba cinco torres a la semana. "Tienes razón", dice. "Estoy pensando en empezar a montar mesas de pimpón. Y, por cierto, ¿cuándo vas a dejar de escribir esas tonterías que escribes en el periódico para dedicarte a algo serio?". En vez de echarme a llorar, me vuelvo a buscar a mi mujer y a mi hijo y, pensando que a la familia no la eliges tú, pero a los amigos sí, los meto en mi bólido y me voy a comer con los amigos. Como somos doscientos, los del restaurante nos encierran en una habitación con la música a tope y un ventilador incomprensible girando en el techo. El guirigay es fabuloso. "He leído tu artículo", me dice a grito pelado un amigo, al tiempo que trata de evitar que su hijo tire la tercera croqueta al ventilador. "¡Cojonudo!". "¿De verdad?", le digo, con ganas de comérmelo a besos y sin apenas notar que mi hijo me está pisando con saña la boca del estómago. "Sí", insiste. "¡No he entendido ni una sola palabra!". En aquel momento, mientras miro el reloj para averiguar cuántas horas le quedan todavía al domingo y siento un deseo irrefrenable de encerrarme en mi despacho a estrujarme los sesos, pienso: "Dame, Señor, coraje y alegría / para escalar la cumbre de este día". Pero pienso también que, el domingo que viene, volveré a intentarlo. •

El Pais Semanal Nº 1.376 Domingo 9 febrero de 2003

martes, 30 de junio de 2026

Una mirada lúcida y algo despiadada a la justicia

El abogado y escritor Javier Melero, autor de la novela Crímenes decentes (Tusquets). QUIQUE GARCÍA (EFE)

Adscrito a un subgénero no muy frecuentado en España, el libro del abogado y escritor Javier Melero es un retrato sobrio y a ratos poético de un universo bien construido

Por Juan Carlos Galindo

La hiperactiva ficción criminal en España ha tenido castigada en un rincón a la novela judicial. No ha habido aquí nada parecido a la tradición de la literatura en inglés, representada con fuerza por nombres como John Grisham o Steve Cavanagh, pero puede que esa sequía se haya acabado. O, al menos, que exista una novela que abra un camino. El abogado Javier Melero presenta en Crímenes decentes (Tusquets) un libro ajeno a modas y tendencias, lleno de virtudes y escrito con una prosa sobria y cuidada.

El argumento no resulta nada extraordinario, como procede cuando las defensas del libro pueden ser otras más allá de la sorpresa al final de cada capítulo. El abogado Rovira es contratado por uno de los hombres fuertes de la ciudad (millonario sin escrúpulos, influyente y poderoso sin freno) para que defienda a su hijo, acusado de asesinato. Lo que parece un asunto entre yonquis (el niño pijo entra y sale de la adicción continuamente) se complica en una doble vertiente: el caso en su representación más legalista y el caso en cuanto que escarba en asuntos oscuros del pasado familiar. Todo esto aderezado con conversaciones del abogado Rovira con su amigo Foch, un personaje para el recuerdo que está metido en un lío, o más bien se quiere meter en un lío. Por honor. Y su colega se va a complicar la vida para ayudarlo. Es gente antigua y orgullosa, no del todo limpia, pero leal. Ya saben de qué tipo de personajes estamos hablando.

Hay en estas páginas inteligencia narrativa, personajes al borde del cinismo pero con suficiente carácter como para resultar atractivos. El protagonista no es un héroe. Es un tipo honesto, al menos consigo mismo, que sobrevive en un mundo cruel y lleno de mentiras con las herramientas que se ha dado, que no son pocas. Valora la amistad y de ahí vienen algunas de las mejores páginas de una novela que sabe salir de la trama judicial sin aburrir o distraer al lector. Ocurre lo mismo con Barcelona, excelente escenario alejado de la ciudad de postal; también con las lecturas y los libros y la música y el whisky, referencias que fluyen de manera orgánica y no como una simple lista de los gustos del autor transferidos al personaje (aunque, imaginamos, algo de esto también habrá).

No sabemos cuántos lectores han llegado a Melero, pero sí que los respeta a todos: las referencias culturales o las metáforas y frases cáusticas del héroe no se explican. Tampoco se recurre a un tiempo pasado tramposo, a una narración en dos épocas, para masticar bien la trama y que el receptor la reciba sin atragantarse. La claridad esta en la prosa del autor, no hacen falta trucos. Alguno igual habrá levantado una ceja al leer ciertas expresiones, elegantes eso sí, sobre la anatomía femenina. Pero esas son cosas del personaje, que ni es perfecto ni ha de serlo. No se confundan.

La trama, no hay que olvidarla nunca en el género, fluye a lo largo de las casi 400 páginas a un ritmo constante, a veces en primer plano, otras como telón de fondo de la vida del protagonista. Incluso cuando comete los excesos narrativos más peligrosos, la historia aguanta. Y lo hace porque antes ha construido una arquitectura moral de los personajes, sobre todo de Rovira, en la que se arraiga la verosimilitud.

Supone Crímenes decentes una mirada lúcida y algo despiadada, pero exenta de demagogia, a la justicia, un acercamiento en el que el autor aporta su experiencia para enriquecer los matices en la descripción de sus miserias y no para soltar soflamas morales que le digan al lector qué pensar.

Narrada en una primera persona muy sólida, de esas que hacen imposible pensar en la historia escrita de otra forma, la novela tiende a la melancolía y el final, poético, nada justiciero y poderoso, deja abierta la puerta a más entregas. Serían más que bienvenidas.


Crimenes decentes

Javier Melero

Tusquets, 2026

384 páginas. 21,90 euros


Babelia Núm. 1.802 Sábado 6 junio de 2026


viernes, 26 de junio de 2026

Volver de la guerra derrotado y sin ojos

Miniatura del códice Skylitzes Matritensis. BIBLIOTECA NACIONAL DE ESPAÑA


Por Julio Núñez

La inspiración le tocó el hombro al escritor mexicano David Toscana mientras observaba unas vitrinas que exponían el manuscrito Skylitzes Matritensis, uno de esos códices bellamente ilustrados y tan maleables por el paso del tiempo que parecen un paño de gamuza garabateado. Entre la multitud de miniaturas de oro y lapislázuli, Toscana encontró la historia de la derrota de los búlgaros a manos del Imperio Bizantino en la batalla de Clidio, en el verano de 1014. El cronista Ioannis Skylitzes relataba en pocas líneas el desenlace: el emperador Basilio II ordenó como represalia cegar a 14.850 soldados prisioneros y dejar tuertos a otros 150 para que sirvieran de lazarillos de aquel ejército ciego de regreso a su patria.

Con esta anécdota envuelta con retoques legendarios, Toscana se lanzó a escribir El ejército ciego, una novela espléndida cargada de ironía, humor negro y en la que varias historias entrecruzadas dibujan un relato sobre las tinieblas de la guerra y la luz escondida detrás de la ceguera. No es una novela histórica. El prosista mexicano va más allá y crea una obra literaria extraordinaria, que nos acerca hacia el paramo que se abre paso tras perder la vista y adaptarse a una nueva vida donde la única realidad que ha cambiado es la de uno mismo.

Para ello construye personajes apasionantes: Zósimo, el maestro sacaojos que se reconvirtió en el encargado de encajar canicas en las cuencas vacías de los soldados ciegos. Sóndok, el guerrero lector, que tras regresar de la fatídica batalla se ponía delante de sus orificios oculares la Primera carta de San Pablo a los corintios para intentar descifrar de nuevo aquellas letras. Seráfim, que volvió sin sus ojos azules a la casa y taller de pergaminos de su padre, guiado por su hermano tuerto Tódor.

Todas ellas son melodías de una canción coral, trufadas en 62 capítulos cortos y numerados con el alfabeto del antiguo eslavo eclesiastico, que componen la aventura de 15.000 hombres humillados, a los que sus familiares y patria acogieron como un lastre más difícil de cargar que el luto por la pérdida de un ser querido en la guerra. Dentro de esas sombras, especialmente, Toscana retrata también la dignidad de estos hombres y su ilusión por la vida.

El ejército ciego se imprimó y salió a la venta este marzo con el sello del Premio Alfaguara de novela 2026. Y ciertamente merece esa distinción por su relato novedoso, su estilo, estructura y ritmo. Así apuntó el fallo del jurado literario: "El autor crea una fábula oscura y poderosa, alejándose del relato histórico convencional para ofrecer una lectura simbólica, casi mítica, sobre la guerra, el poder y la resistencia. La novela adquiere un tono oral y poético que mezcla testimonio, leyenda y humor negro. Una gran épica sobre los vencidos"

El ejército ciego es una gesta sugerente, escrita con una voz propia, la de Toscana. Una novela que no es de un solo uso, pues en sus historias yace esa magia que te encadena a sus páginas y, cada cierto tiempo, uno regresa para reencontrarse con sus personajes y diálogos. Con las infinitas realidades de los soldados sin ojos. Como entona el guerrero narrador en el libro: "Los ojos malgastan tiempo, páginas y tinta. Cuando uno deja de ver la vida lo que hace es vivirla".




El ejército ciego

David Toscana

Alfaguara, 2026

229 páginas. 19,90 euros


Babelia Núm 1.795 Sábado 18 de abril 2026

lunes, 22 de junio de 2026

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El filósofo Santiago Alba Rico aborda algunas cumbres de la literatura, del Quijote y El idiota a Moby Dick y Tintín, y construye un patrón intelectual de lectura tan coherente como libre.

Por Anna Caballé


'Don Quijote y Sancho Panza' (ca. 1895-1900), óleo del polaco Jacek Malczewski (1854-1929).

Heritage ART Images / GETTY IMAGES


¿Es posible atravesar el aguacero de la Historia sin que nos moje una sola gota? ¿Podemos cruzar el mundo bajo una lluvia de átomos y regresar a casa completamente secos? ¿Se puede detener el tiempo? Son algunas de las preguntas que se hace Santiago Alba Rico en su maravilloso ensayo Elogio de la literatura. Obras paralelas, donde, de una forma tan libérrima como respetuosa con la tradición literaria, este pensador, guiado por sus gustos, aborda el comentario de una serie de novelas, de Kafka a Proust, pasando por Austen, Melville, Dostoievski, Cervantes, Hergé, Potter, McCullers, Mary Shelley, Dickens y Hasek. Más que resolver los problemas que plantean las preguntas que se hace el autor, Alba Rico los disuelve extendiéndose en las posibilidades de reflexión que ofrecen.

Se diría que su autor adopta, tal vez consolida, un giro en su trayectoria intelectual, y de una filosofía inclasificable, por singular, en obras como Capitalismo y nihilismo o Penúltimos días. Mercancías, máquinas, hombres, pasa a una filosofía -porque sin duda es el libro de un filósofo- centrada en la sensibilidad y en el atractivo de las ideas que las obras seleccionadas sugieren. En todo caso, los libros de referencia de dichos autores - La metamorfosis, Moby Dick, Don Quijote de la Mancha, El idiota, Tintín en el Tíbet...- constituyen una especie de santuario personal al que Alba Rico afirma haber vuelto una y otra vez a lo largo de su vida, y sin duda es así a juzgar por el dominio que ostenta de tramas y personajes. Digo ostenta, pero ninguna ostentación hay en su obra y eso, la humildad con que se sitúa moralmente, hace su lectura intensa y cautivadora. Nada de dar lecciones, nada de sentirse fortalecido por la rectitud de sus opiniones, Alba Rico es solo un lector y como lector rendido a la idea de que la creación lo es todo. Un hombre, en definitiva, que adora la literatura y ha hecho de la lectura una profesión de fe, como ya anticipaba en un libro anterior titulado Leer con niños (2007).

Confieso que soy reacia a los elogios y defensas de la literatura concebidos como un microgénero ensayístico. No entiendo muy bien de qué hay que defender la literatura: ahí está, sosteniéndose por sí misma, como todo verdadero arte. Y así, con cierta prevención, abrí el ensayo. Parecida prevención a la que sentí de inmediato ante la defensa cerrada que se hace de la ficción y de su autonomía, es decir, de la separación del escritor con respecto a su creación, planteando la superioridad de las obras con relación a los autores que las concibieron. A esta distancia (epistemológica) autor-obra la define como disforia narrativa. Un planteamiento que a partir del formalismo ruso está comúnmente aceptado en la teoría literaria. Pero ¿está Alba Rico en lo cierto? Yo dudo de esta forzada separación o disforia y me entristece pensar que debo escamotearle a un hombre o a una mujer la grandeza de haber sido el responsable de una obra que admiro. ¿Por qué la obra debe considerarse superior al que la gestó con sus entrañas, con sus pensamientos y obsesiones, con sus pasiones o desánimos? Simplemente, son dimensiones distintas: realización humana y resultado no admiten comparación.

Dicho esto, con el ánimo, sin embargo, de seguir pensando en ello, no tuve más que dejarme llevar por los densos e inteligentes comentarios que se prodigan en el libro para olvidarme de cualquier reparo teórico y comprender que estaba ante un análisis literario finísimo y un modo de abordar el comentario de un grupo de novelas, emparejadas a lo Plutarco, capaz de construir un patrón intelectual de lectura tan coherente como libre. ¿Cómo opera dicho patrón? En primer lugar, de una forma desentendida de cualquier metodología crítica. Alba Rico trenza su escritura mediante la vertebración de todo tipo de asociaciones -emotivas, estéticas, analíticas, filosóficas y también biográficas- según le convenga, sacando a la luz las tensiones -sea la de la relación yo-mundo si hablamos de Austen; la fundación de una psicología del tiempo en Proust; la compasión que siente Dostoievski con los oprimidos...- que trascienden la comprensión de la novela que trate en cada momento. Y como toda investigación genuina, el resultado no puede ser más gratificante. Dicho en dos palabras: el libro es un grito que clama contra la contracción cultural de nuestro tiempo, mostrando con la fuerza de las ideas la pluralidad de intereses que contiene una gran novela. ¿Con todo ello puede cambiarse el mundo? La respuesta es no -lo confirma el propio Alba Rico-, pero la literatura ayuda a ensanchar sus fronteras y en este sentido demuestra que es imprescindible.

Curiosamente, la pieza dedicada al Quijote, en la que el autor parece tener menos confianza y sentirse más inseguro, es donde alcanza, en mi opinión, su mayor logro analítico. La forma de abordar una novela, ahondando en la dureza de la cultura española y en la fragilidad del personaje, es un ejercicio soberbio al vertebrar todos los factores involucrados en la obra de Cervantes. En resumen, ¿tenemos algo que agradecerle a Santiago Alba Rico? Si más no, una cosa y es que nos conduzca, como lectores suyos, al corazón palpitante de la literatura. Un festín.


Elogio de la literatura. Obras paralelas

Santiago Alba Rico

Akal, 2026

552 páginas. 26,90 euros



Babelia Num. 1.802 Sábado 6 de junio de 2026

viernes, 24 de abril de 2026

Un viaje al infierno con billete de vuelta

Dante y Virgilio en el infierno (1850), William-Adolphe Bouguereau, expuesto en el Museo de Orsay de París.


El libro de Miguel Herrero de Jáuregui Catábasis analiza el descenso al inframundo en la poética de la Antigüedad clásica, un mito que la literatura y el cine han seguido recreando libremente a lo largo de los siglos, desde El corazón de las tinieblas a películas recientes como Coco

POR SILVIA HERNANDO


Que la visión del infierno resulta irremediablemente atractiva, por el terror y el morbo que provoca, supone una intuición que quedó científicamente probada hace unos meses, cuando un equipo de investigadores de la Universidad Miguel Hernández concluyó que es esa la tabla del tríptico de El jardín de las delicias (1490-1500) que más miradas acapara entre los visitantes que se apostan ante la archiconocida pintura del Museo del Prado. Frente a las representaciones que la fértil imaginación de El Bosco plasmó de la tierra y el paraíso, es la escena dedicada a los tormentos perpetuos, con sus más de 300 figuras achicharradas y empaladas, criaturas monstruosas y humanos alucinados, la que mayor atención y tiempo recibe de los ojos que sobre ella se posan. No en vano, en ella se vislumbra un posible desenlace tras la muerte, la más irresoluble de las cuestiones.

Antes que el pintor, fue Dante Alighieri en la Divina comedia (circa 1304-1321) quien se hizo cargo de recrear el destino aciago que aguarda a aquellos que incurran en el mal materializado en forma del pecado, desde el punto de vista de la escatologia cristiana. Si bien el infierno jamás termina, podría decirse que el principio de su representación tal y como la concebimos ahora se sitúa en la obra del florentino. Lo que le precedió, el imaginario del que bebió su poema, fue un mito ancestral que el escritor tomó prestado de la Eneida, de Virgilio (autor latino que le acompaña en su espiral hacia el abismo, un viaje que antes transitó por las poéticas griegas y se remonta, al menos, hasta la Epopeya de Gilgamesh: la catábasis o descensus ad inferos, un descenso sombrío y peligroso al inframundo -generalmente, con billete de vuelta— cuya compleción produce una transformación radical del héroe que consigue llevarlo a cabo.

Caronte en el río Aqueronte, ilustración de Gustave Doré que representa al barquero del Hades, el inframundo griego, realizada para la primera parte de la Divina comedia, de Dante, dedicada a "Infierno".


Este tema inagotable, y por ello inabarcable, que puede detectarse en culturas más allá de Occidente (y de Gilgamesh), compone el objeto de investigación del reciente libro del profesor de la Universidad Complutense de Madrid Miguel Herrero de Jáuregui. Con una perspectiva divulgativa, Catábasis: el viaje infernal en la Antigüedad (Alianza) examina el devenir poético de esta leyenda desde la antigua Grecia hasta la literatura cristiana, con parada en autores como Homero, Platón y Virgilio. "Nunca hubo un viaje al Hades originario, sino una constante transmisión y reinvención de este relato", advierte el autor en el primer capítulo. Su rastro se pierde en la noche de los tiempos, sobre cuyos hombros ha continuado cabalgando. "Creo que se trata de un tema de interés general, del que, sin embargo, no se ha escrito demasiado", abunda el autor en conversación telemática, donae analiza una cualidad de este mito que referencia someramente en el volumen: la pervivencia de su esencia en todo tipo de obras de arte.

La sección dedicada al infierno en la Divina comedia probablemente componga uno de los ejemplos más excelsos -después de los clásicos- de descensus ad inferos. En su caso, atravesado por la filosofía cristiana, que transformó la bajada al subsuelo en símbolo de la victoria de Jesús sobre la muerte y reconfiguró aquel espacio como una bacanal interminable de sufrimiento. "Las categorías de cielo, purgatorio e infierno son especificamente cristianas, aclara Herrero de Jáuregui. "El Hades de los griegos no es nuestro infierno. No es un lugar de castigo, sino un mundo subterráneo donde habitan los muertos". Cuando Heracles, Orfeo, Teseo y Pirítoo ingresan en las profundidades, no se topan con el fuego y el hielo dantescos, sino con Cerbero, Eurídice y Perséfone. Aunque nunca llega a entrar explícitamente, en la llamada Nekyia del canto XI de la Odisea Ulises conjura a los muertos a las puertas del Hades y consigue hablar con ellos. "Se trata de un episodio que puede entenderse como una evocación de las almas en la entrada del inframundo a través de un ritual", ilustra Jorge Juan Linares Sánchez, profesor de la Universidad de Murcia que en su tesis doctoral estudió el tema del viaje al mundo de los muertos en la Odisea y su tradición en la literatura occidental, dando repaso a decenas de novelas, obras teatrales y poemas.

Tras los pasos de Dante, él mismo de la mano de los grandes poetas que le precedieron, una innumerable cantidad de artistas ha recreado libremente las imágenes de la catábasis: desde Marcel Proust con el drama de En busca del tiempo perdido (donde el escritor transforma una fiesta de viejos amigos en metáfora de la evocación a los muertos) a Woody Allen en su comedia Desmontando a Harry (en la que los círculos del infierno coinciden con las paradas de un ascensor); de clásicos universales como el Quijote, de Miguel de Cervantes (en la segunda parte de la novela, cuando desciende a la cueva de Montesinos), a filmes intimistas como Ponette, de Jacques Doillon (sobre el duelo de una niña que se encuentra con el fantasma de su madre. ¿Como ha conseguido surcar los milenios el mito y seguir vigente? Linares Sánchez propone dos explicaciones razonables. La primera, la más evidente: "Que cualquier sociedad siente interés por saber qué hay detrás de la muerte, y estas historias intentan re-llenar ese hueco". El segundo motivo, agrega el profesor, lo proporcionaría el hecho de que "estos episodios tienen la potencialidad de que cuando se baja al mundo de los muertos se rompe una barrera, dado que se puede encontrar a difuntos de cualquier tiempo y cualquier lugar, y eso abre muchas posibilidades al relato".







Fotogramas de películas que hacen referencias al viaje al inframundo. De arriba abajo,

Apocalypse Now (1979), de Francis Ford Coppola; Barbie, Greta Gerwig, y Desmontando a Harry (1997), de Woody Allen.

CBS / GETTYIMAGES LANDMARK MEDIA ALAMY STOCK PHOTO / KINO LORBER COURTESY EVERET COLECCTION)

Películas de animación recientes como Coco (2017) y Soul (2020) - dos producciones de Pixar que respectivamente sondean el mas allá según la tradición mexicana y en la piel de un músico de jazz- han contribuido a renovar el interés por uno de los viajes más populares de todos los tiempos. Sintonizada con la sensibilidad del momento, la recién estrenada Barbie replica la narrativa del trayecto a otra dimensión colocando el mundo real en el puesto del inframundo. Tras ver trastocadas su felicidad y longevidad inagotables, la protagonista emprende un trayecto que la lleva desde su hogar de ensueño, Barbie Land, hasta Los Ángeles, un enclave igualmente plástico donde sin embargo la vida es finita y las reglas que delimitaban su cosmovisión se subvierten. Barbie Land es una idea que para mí estaba muy conectada con el viaje espiritual clásico que está presente en muchos textos religiosos, la idea del paraíso perdido... Estás en un lugar donde no existen la muerte, el envejecimiento, el dolor o la vergüenza. Y de pronto todo eso desaparece", afirmó en una entrevista con la revista de EL PAÍS S Moda la directora Greta Gerwig, en cuya película resuenan también ecos del mito de Pigmalión. Si en la Odisea Ulises convoca la sombra del profeta Tiresias para intentar hallar el modo de regresar a Ítaca, en Barbie la muñeca rueda con sus patines fluorescentes hacia el lugar donde dar con la respuesta a su inédita decadencia. En un guiño a la visión cristiana del infierno como castigo, aquí la condena es el patriarcado.

Esa asimilación del infierno con la vida real tiene toda la lógica dentro del contexto de una sociedad cada vez más alejada de las antiguas narrativas con las que las personas aplacaban las incertidumbres de la existencia, en la que muchos aceptan que seguramente no haya nada más después de la muerte. "Es difícil pensar qué sería un infierno en la actualidad, dado el tremendo grado de secularización y de pérdida de la noción del pecado", apunta el filósofo José Luis Pardo. "Digamos que hoy", bromea, "el infierno sería algo así como no tener internet". De ahí que, por ejemplo, los ascensores (de nuevo este recurso) que transportan al espacio de los sueños al personaje de la película de Christopher Nolan Origen (2010) conduzcan hasta lo más hondo de su propia mente, al recoveco de sus recuerdos mas dolorosos. La catábasis pone al héroe frente a sus demonios internos. "En el mundo contemporáneo", remata Pardo, "el verdadero infierno es la experiencia de ciertas situaciones completamente terrenales y mundanas".

Como mito en constante movimiento, la catábasis se resiste a las descripciones estrictas ahora y también en época clásica. Ulises no llega a introducirse en el Hades, mientras que Eneas sí se interna en sus regiones, pero ambos episodios encajan en el marco de la atmósfera del mito. Características comunes del allende en la poética grecorromana, representado como un lugar subterráneo y sin luz, al que se accede a través de una frontera acuosa y en el que mora una deidad poderosa junto a centinelas que custodian a los difuntos son alteradas -u obviadas por otros artistas posteriores de las más diversas maneras. La anábasis, el retorno ascendente y transformador, suele componer una parte fundamental del trayecto, realizado comúnmente en compañía de un guía. La noción misma del viaje, casi siempre trufado de personajes, obstáculos y riesgos, ofrece probablemente la clave definitoria. 

Más allá de los elementos concretos, el profesor de la Universidad de Extremadura Francisco Javier Tovar propone un acercamiento al descensus ad inferos literario articulado en tres grandes temáticas: una en la que se ingresa en una cueva o una zona oscura y peligrosa, otra en la que el inframundo se asimila a la minería como símbolo de riqueza y búsqueda de conocimiento -como ocurre en el Viaje al centro de la Tierra, de Julio Verne-una tercera entroncada en la tradición órfica, donde se emprende un viaje en busca de los muertos "para saber qué sucede cuando acaba la vida e incluso anticipar el futuro'. En ese sentido, el relato de cómo Orfeo se introdujo en el Hades para recuperar a su amada Eurídice ofrece una fecunda fuente de inspiración a la ópera moderna, desde la temprana Eurídice de Jacopo Peri, de 1600, al Orfeo de Monteverdi, de 1607. Sin embargo, el mito de Orfeo no protagoniza ninguna de las antiguas tragedias griegas conservadas: como puntualiza Herrero de Jáuregui en su libro, si bien la muerte desempeña un papel "fundamental" en la tragedia, las referencias al Hades en las obras conservadas no dejan de ser menciones de pasada, "de unos pocos versos".

Al igual que en la Antigüedad, donde —escribe Herrero de Jáuregui- se puede detectar "en la épica, en la lírica coral, la comedia o la tragedia, incluso la filosofía o la sátira", el mito de la catábasis atraviesa prácticamente todos los géneros en épocas posteriores. El cine de anime, como indica Linares Sánchez, ha demostrado una especial querencia por este tema. Autor de literatura fantástica y ensayo histórico, el madrileño Javier Negrete ha firmado varias novelas inspiradas en la mitología. En Odisea (Espasa, 2019), reescribió el retorno a casa de Ulises con la intención de aportar "un granito de arena" a la constante revisión de la poética clásica. "En el original, Odiseo es un héroe reactivo, no va a los lugares que visita con un objetivo claro", señala el escritor. "Considérando los gustos de los lectores modernos, yo buscaba un héroe más proactivo, alguien que se forja su propio destino y tiene un plan oculto, de modo que todo el camino que hace está destinado a conseguir un objetivo final". En su visita al Hades, el personaje de Negrete se cuela en su interior y juega con la concepción tradicional de los dioses, presentandolos como los maestros de marionetas de los humanos.

"Es una lectura polémica de la Odisea", concede, "lo que me parecía un desafío interesante para mi novela".

Entre la marea de obras que se sumergen en el reino de las profundidades -con mayor o menor cercanía con los clásicos; tamizadas o no por la visión del infierno cristiana-, Herrero de Jáuregui subraya una línea de continuidad entre Homero y Virgilio y la mentalidad actual trazada por los clásicos modernos El corazón de las tinieblas, la novela corta de Joseph Conrad de 1899 sobre la colonización de Africa en el siglo XIX, y su libre versión cinematográfica de 1979 trasladada a la guerra de Vietnam, el Apocalypse Now de Francis Ford Coppola. No hablan de un infierno o Hades en el sentido estricto, pero representan ese viaje a un mundo totalmente desconocido y lleno de peligros del que vuelves totalmente cambiado, el lugar donde te encuentras con la muerte", resume. "Y eso es algo que ya está en Gilgamesh y está en la Odisea". Como asevera el autor las historias sobre el inframundo no imponían un dogma en el que creer para los antiguos, sino que proporcionaban "instrumentos narrativos para dar forma a imaginaciones individuales y preocupaciones ideológicas". En nuestra sociedad descreída, se ha esfumado la cualidad mágica que un día poseyeron las obras de arte.

Pero, sin duda, algo queda de la chispa que encendieron aquellos relatos. "Por mucho que no podamos retornar a la recuperación del mito como relación social, condensa José Luis Pardo, hay cosas que siempre funcionan".



'Catábasis: El viaje infernal en la Antigüedad. 

Miguel Herrero de Jáuregui.

Alianza, 2023. 504 páginas. 17,50 euros.



BABELIA NÚM. 1.654, SÁBADO 5 DE AGOSTO DE 2023





sábado, 4 de abril de 2026

Quiere leer conmigo, todavía

 TRIBUNA LIBRE / AROA MORENO DURÁN

El ritual es el mismo cada anochecer. Se pone el pijama, pasa por el baño y a la cama. Salta y salta sobre el colchón. Se ríe siempre, se le ocurren en ese momento del día todas las preguntas de su vida, apura el sol. Qué difícil es el verano para mandar a dormir a los niños. Bajamos la persiana, encendemos la luz de la mesilla y él elige un libro de su estantería. A veces, continúa con el que dejó ayer; a veces, quiere un cómic o un atlas de dinosaurios o uno de risa. Casi siempre uno gamberro. Yo no tengo sentido del humor leyendo, pero él sí. El quiere pasárselo muy bien. Y quiere leer conmigo, todavía.

Hasta ahora, la lectura habitaba en ese lugar del día, al final. Nunca es una obligación. Pero creo que él piensa que la jornada termina siempre así para todos. Es lo que hemos hecho durante toda su vida. Entiende sin entender que leer es su buenas noches, su pequeño narcótico, su infusión. Le pregunto ahora mismo por qué le gusta leer y me dice tres cosas: porque aprende, porque se divierte y porque así pasa tiempo con nosotros. La última respuesta no la vi venir. Se llama Pablo y tiene siete años.

Qué es lo que hace que un niño elija leer. Sin duda, tener libros a mano es una premisa. Ver a sus padres hacerlo puede que también. Me parece importante que decida los títulos en cuanto sea capaz. Para mí, ninguna de esas tres cosas lo fue. Sí hay un libro en la vida de cada uno que nos transforma en lector. Un libro con el que dices quiero regresar a ese lugar imposible, quiero perder de nuevo la noción de las horas, de todo el ruido exterior. E interior. Y, a veces, con esa novela, con ese poema, con ese juego de las palabras, también puedes llegar a decirte: ahora voy a intentar escribirlo. Nadie sabe, excepto quien lo sostiene, la intimidad a la que responde un libro. Y esta es la verdad: a él le ha convertido en lector Capitán Calzoncillos.

Casi nunca elegiría para él los libros que él señala en la librería o en la biblioteca. Qué gran decepción que le pesara el ritmo de El libro de la selva o que no le interesaran los poemas de Gloria Fuertes. Hay álbumes preciosos, de ilustraciones delicadas y textos donde cada palabra tiene un peso y una belleza. Pero si eso no es lo que necesita para su verano, ¿no estaría poniendo trabas a la lectura? ¿No estaría traicionando la libertad de leer? ¿No estaría dinamitando el puente que le conducirá hacia otras páginas?

Observo cómo poco a poco comprende el mecanismo de la ficción, cómo entiende que lo que sucede en un libro respira en paisajes levantados por alguien. Creo que la relación con los libros es diferente para un niño que crece en una casa donde se escribe. Asiste, de alguna forma, a la génesis de todo eso que se esconde tras las cubiertas. Ese: no puedo ahora, tengo que escribir. O cuando me interrumpe mil veces, me deja dibujos sobre la mesa, me grita desde otra habitación: mamá, cuándo acabas. Los dos sabemos que no acabaré nunca.

Y no puedo evitar preguntarme si me leerá alguna vez, si sentirá pudor al hacerlo, qué pensará de la mujer que soy cuando comprenda esos libros, me pregunto si le esconderé los poemas. Las novelas, sí; los poemas, no. ¿Sabrá encontrarme entre las líneas? Hace poco, se me ocurrió leerle el primer capítulo de mi primera novela. Me dijo: es muy real, pero la madre está enfadada siempre. Llevaba razón. Comprensión lectora en orden. No seguí. Todavía no tiene edad.

Aún no lo sabe, pero esa estantería de su habitación llena de cuentos puede llegar a ser un salvavidas. Los libros irán cambiando con el tiempo. Se marcharán Jorge y Berto, el Grúfalo, Gerónimo, los animales de Por el camino no volverán, ni la Maiasaura y sus crías y todos los demás. Llegarán otros personajes y nuevas aventuras, novelas de aprendizaje, clásicos, ciencia ficción. Vendrá la poesía tal vez.

Para el quedarán los diferentes universos que ya ha heredado de sus padres, guardados durante dos biografías lectoras: Miguel Hernández para niños y De profesión, fantasma; Zapatos de fuego y sandalias de viento y 2001, una odisea en el espacio; García Lorca y Tolkien; Carlos Fuentes y Cortázar; Agota Kristof y Ted Chiang. Podrá elegir, descubrirá los subrayados trazados muchos años antes por personas que, tal vez, ya no estén o no sean las mismas.

Sí siento que, con la lectura, con los libros, queda a su alcance un escudo, una red bajo todos los precipicios que sucedan, una salida para el tedio, una forma de entender las palabras y la vida distinta, un pensamiento afilado, saber que es posible la libertad de expresión. Leer nos sostiene a los que leemos, nos da techo, nos deja ser villanos por un tiempo, nos permite la valentía, nos muestra otro dolor.

Se que esto terminará muy pronto. Que habrá un momento en que no necesite a esta compañera para la lectura. Que querrá estar a solas en las paginas con la mayor libertad que tenemos las personas, nuestra imaginación. Y, por eso, todavía, cuando me dice mamá, lee tú, aunque yo tenga el trabajo acumulado pendiente, aunque vea mi propia torre de novelas sobre la mesilla para leer, y para escribir, cuando me dice vuelve a reírte conmigo de las mismas bromas absurdas, repetidas una y otra y otra vez en la misma página, le consiento.

Pongo todas las voces. Se acurruca sobre mi pecho. Leo en voz alta para él. Capitán Calzoncillos si hace falta. Qué privilegio. Qué revolución.

Babelia núm. 1.650    Sábado 8 de julio de 2023