domingo, 4 de octubre de 2026

Anda, atrévete

MÁS ALLÁ DE LA BELLEZA

MANUEL VICENT

23 AGO 2014 



La actriz Maribel Verdú. JORDI SOCÍAS

A las ocho de la mañana en las paradas de autobús había pasajeros silenciosos e incomunicados bajo la marquesina, cada uno con sus sueños y problemas a cuestas, que se disponían a acudir al trabajo. En uno de los paneles laterales de cada parada el cuerpo adolescente de Maribel Verdú exhibía una lencería sugerente, mínimas bragas caladas, un sostén rebosante y un mohín oferente entre ingenuo y malvado en los labios. Era entonces Maribel una modelo publicitaria explosiva de 13 años, un auténtico pastel de carne. A muchos hombres no les importaba en absoluto que el autobús se retrasara, puesto que eso significaba seguir dándose un banquete mirando de soslayo aquellas formas desnudas adorables. Cuando los pasajeros subían al vehículo Maribel Verdú les seguía con la mirada intensa, incluso a través de la ventanilla, hasta doblar la esquina. Cada pasajero creía que aquella mirada oscura era exclusiva para él y parecía algo más que una invitación a comprar esas prendas íntimas. Era una tentación a romper con la vida anodina y a huir con aquella chica de la valla lejos, muy lejos, a cualquier paraíso perdido.

Después de un día de trabajo con todas las frustraciones y miserias que se acumulan al final de la tarde, los pasajeros se apeaban en la parada y allí estaba Maribel Verdú, sonriente e intacta, esperando con otra oferta en la mirada. Se trataba ahora de navegar la noche con ella más allá de los sueños. “Mira cómo estoy, quédate conmigo hasta la madrugada. Anda, atrévete”, parecía decirles a los jóvenes oficinistas, a los empleados honrados, solteros o casados, gente común, generalmente derrotada. Mientras ellos volvían a casa ella se quedaba allí a esperar a que alguien se la llevara y algunos caballeros soñaban de noche con esa chica y al día siguiente ella les volvía a invitar a una excitante e imposible huida. Ese era el juego excitante de cada día, invierno o verano, que también se repetía en las estaciones de metro. Desde el convoy, los pasajeros veían el panel donde la chica mostraba sus curvas malvadas como una ráfaga sobre la multitud que llenaba los andenes. Era un tiempo en que el ciudadano comenzó a interiorizar el cuerpo de esta chica como una categoría a priori de todos los sueños imposibles de alcanzar, los cinco sentidos que convergían en una mirada que te acompañaba bajo las acacias de la ciudad hasta el interior de la almohada. Pero una madrugada, Maribel Verdú fue secuestrada, cosa que no sorprendió a nadie. En varias paradas de autobús el panel había desaparecido. Un enamorado anónimo la había arrancado de cuajo, se la había llevado a casa y la había encerrado en un sótano amordazada solo para adorarla. No pidió rescate. Era ella misma el precio a pagar.

A la edad de 15 años, Maribel Verdú pasó de los spots publicitarios y los catálogos de modas al cine de la mano de Vicente Aranda, su más devoto oficiante. Desde el principio la actriz tuvo que pelear con su karma. El espectador se cabreaba si a los diez minutos Maribel Verdú no aparecía desnuda en pantalla. “¿Cómo, llevamos un cuarto de hora de película y todavía está vestida?”. Durante algunos años la gente se saciaba con su cuerpo y no trataba de ir más allá. ¿Para qué si, ya con la piel de aquella Lolita que olía a lavanda, con la alegría saludable que le manaba por todos los poros y su inocencia malvada que te llevaba cualquier perversión, había de sobra para dar vida a todos los fantasmas? La carrera de esta actriz ha sido el denodado esfuerzo para hacer olvidar su cuerpo y demostrar que era capaz de expresar hasta el fondo los sentimientos más sutiles y las pasiones más enrevesadas cuando la moldeaba un director de talento. Desde el primer momento el espectador supo que Maribel Verdú era una gran actriz solo a merced de quien supiera explorarla.

En el momento en que su cuerpo y su alma de artista se encontraron, este país pasaba por un tiempo pletórico de lujo, cuando nadie era nadie si no era rico. La corrupción política ya estaba aflorando y todo parecía oler a podrido. Pero la belleza de Maribel Verdú parecía un regalo que hacía olvidar otras miserias.

En el papel de drogadicta en una película de Armendáriz rompió su propio molde y en Belle époque, de Fernando Trueba, era la más descarada y la que aceptaba el sexo como un fruto alegre y natural de la vida. Pero es Amantes, de Vicente Aranda, la que marca su ruptura, y a partir de ahí comenzaron el éxito y los premios en cine y teatro, toda una carrera en la que la actriz ha trascendido la edad, toda una mujer muy bien hecha por dentro, en favor de la estética, un don que es más profundo y que va más allá de la belleza.



Manuel Vicent


El Pais


sábado, 3 de octubre de 2026

Una casa, un libro



Por Maruja Torres

Mientras se escribe un libro, uno se mueve en una casa que al mismo tiempo va construyendo y modificando. Empezar un capítulo es a menudo inventar una habitación con la que no contábamos, luego hay que ir pensando en ampliaciones, nuevos personajes, escenas. Sigilosamente, el autor -la autora- traslada los muebles de lugar, reduce o aumenta la distancia entre el techo y el suelo, propone que una mujer se asome a un balcón e inventa o recrea el paisaje que los ojos de la mujer contemplan. Medidas a la medida de lo que se quiere contar. Durante el proceso, los personajes, que ya son personas, al igual que la casa es ya un habitáculo, podrían ser borrados del mapa como lo son los seres y los edificios de verdad por una catástrofe natural, una guerra o un túnel en construcción. En el caso de la ficción, su fragilidad resulta aún más temible porque basta con una pequeña catástrofe privada, un desastre al que sea sometida una sola persona -quien escribe, para que la entera construcción se vea en peligro. Por eso hay autores que nunca se meten en la cama mientras tienen un libro a medias, por miedo a no despertar y a condenar a sus criaturas a la aniquilación, o a esa otra forma de desaparición en la falacia que es la publicación final a cargo de unas manos vicarias, cuya voluntad o conocimientos nunca suplantarán las infinitas posibilidades de quien creó y sabía.

Todo esto viene a cuento porque acabo de terminar un libro muy extraño. Y aunque es cierto que, como siempre, me ha salido más o menos una casa con gente y con historias, y que he sentido, al escribir la última palabra, que una puerta se cerraba detras de mí-la puerta de la que ahora es su casa, la de los personajes, aunque todo eso ha vuelto a ocurrir, se han añadido experiencias nuevas. Porque ya he dicho que es un libro extraño.

Es algo que he escrito mientras la realidad -novelera-ocurría en torno a mí y en mí, y al tiempo que yo misma, de-liberadamente, influía en esa realidad para obtener de su manipulación un capítulo más, una línea a seguir. O bien me he metido a ciegas por caminos desconocidos, caminos físicos y caminos del corazón qué palabra tan devaluada, lo siento-, solo con el objeto de experimentar sacudidas que pondrían a prueba mi forma de describirlas.

Al escuchar el seco golpe de la puerta de mi libro y con la misma mano que, por angustia, me llevaba a la garganta, he tomado después la lave real y he dado tres vueltas, y antes de eso he echado una ojeada a la casa de verdad que quise para mí-y que mantengo- en la ciudad, Beirut, donde transcurre mi ¿novela? No sé cómo llamarlo.

Por las noches, en la cama, yo no temía que, si un ataque al corazón me impedía despertar, la casa y sus habitantes desaparecieran: porque lo harían en mi libro, pero no en la vida que me he dado en otra ciudad y en otro ámbito, una vida que pasa por mi libro como si caminara de una página a otra.

Y a todo esto ocurre que, cuando me dispongo a recuperar la otra vida que tengo en Barcelona, la que incluye la publicación del libro y su promoción -y, en cierto modo, su protección sentimental-, mientras me encamino hacia la ciudad señorial y entera en la que nací, voy convirtiéndome en un personaje que actúa para desarrollar su papel tal como estaba previsto. La escritora desaparece y recupero el rol que he de jugar. Siempre lo supe, que era un juego, y ademas lo desempeño muy a gusto, con mucho placer y con inesperadas sorpresas.

Pero esta vez -enfrentada a la dicotomía que existe entre las dos ciudades con B, lo que ambas representan- descubro que en la última literatura que inventé en la ciudad deshilachada, en la otra orilla, no sólo soy la persona que soy, sino también aquella que quiero ser.

Por eso cuando aprieto la llave de mi piso de Hamra, detrás del Commodore y de otro arruinado hotel al que Arafat solía invitar a sus visitas, el Wiener; cuando aprieto esa lave y recuerdo los vestidos que dejé colgados en el armario, el perfume del jabón de tocador y la luz que entra por los bal-cones, sé que a esa ficción volveré. •


El Pais Semanal Núm. 1.575 Domingo 3 de diciembre de 2006



domingo, 20 de septiembre de 2026

Apología del salvaje total

PALOS DE CIEGO



Por Javier Cercas

La escena es ésta: un día de septiembre de 1968, un hombre que acaba de descubrir la verdadera identidad de su padre gracias a un informe encargado a un detective viaja a la ciudad francesa de Belfort para conocer a su progenitor. Baja del tren, consulta un plano, camina hasta el boulevard Carnot; allí, frente a la puerta de un edificio de seis plantas, se detiene, enciende un cigarrillo, espera. Según el informe del detective, su padre, que se llama Roland Lévy, sale todas las noches a dar un paseo. Dominado por el desasosiego de siempre, fumando sin tregua, el hombre aguarda, y a las ocho y media ve aparecer en el portal del edificio a un hombre de unos sesenta años envuelto en un abrigo gris: es Roland Lévy. El hombre que ha estado aguardando apaga el cigarrillo y se dispone a seguir al otro, a alcanzarlo y abordarlo, pero en el último instante algo lo detiene y permanece allí, mirando alejarse a Lévy, pensando. Naturalmente, no se sabe lo que está pensando; lo único que se sabe es que, antes de que su padre desaparezca para siempre al doblar una esquina, el hombre ya se ha dado media vuelta y camina por las calles de la ciudad hasta que encuentra un cine y se mete en él: en el cine proyectan La quimera del oro, de Charles Chaplin.

No me negarán que esa escena que amaba y que cambió para siempre parece sacada de una película de François Truffaut; la realidad es que está sacada de la vida de Truffaut, o al menos de la vida de Truffaut tal como la cuentan Antoine de Baecque y Serge Toubiana en una apasionante biografía que acaba de publicar Plot. Sabíamos que muchas de las mejores películas de Truffaut son casi rigurosamente auto-biográficas; lo que no sabíamos es que la biografía de Truffaut es, casi rigurosamente, como un compendio de sus mejores películas. Sabíamos que es casi imposible no enamorarse Truffaut cuando uno ve sus mejores películas (Los 400 golpes, Jules et Jim, Las dos inglesas, El hombre que amaba a las mujeres, La mujer de al lado); lo que no sabíamos es que es casi imposible no enamorarse de Truffaut cuando uno lee su biografía. Ésta, por lo demás, no es un libro aconsejable: primero, porque si se empieza a leer es imposible abandonarlo, y tiene casi 700 páginas; y segundo, porque, si se lee hasta el final, uno puede concebir la esperanza insensata de llegar a convertirse en un salvaje total, es decir, en un hombre libre. Hijo secreto de una madre que nunca lo quiso, Truffaut fue un niño rebelde, ciclotímico y atolondrado, que no se detenía ante la mentira ni ante el robo, un pésimo estudiante que peregrinó de colegio en colegio, que a los 16 años arruinó a su familia y fue recluido en un reformatorio y luego se alistó en el ejército y desertó de él, un adolescente radical, solitario e intrépido al que todo conducía a llevar la vida breve y catastrófica de esos forajidos de leyenda cuyo lema bien pudo ser el que por entonces acuñó para sí mismo Truffaut: "No esperar nada de nadie, coger lo que uno necesita, no tener ataduras". El cine y la literatura lo salvaron; lo salvó la ficción: en los libros y películas en que se sumergía desde niño, escapándose de clase, a escondidas de sus padres y maestros, Truffaut encontraba una vida más poderosa, apasionada y excitante que la que le ofrecía la gris y opresiva cotidianidad de la escuela y la familia, una plenitud radiante de aventuras que lo redimía de la hostilidad mediocre y harapienta que lo rodeaba. Ese niño, ese adolescente, fueron el lector ideal, el cinéfilo ideal: aquel que no disfruta de lo que se supone que hay que disfrutar de lo que eso que llaman el canon dicta, sino que mantiene una relación salvaje con lo que lee y ve, como si lo que ve y lee fuera a salvarle la vida. A Truffaut se la salvó. Sólo tuvo que venir André Bazin -inspirador de los jóvenes de la nouvelle vague-para echarle una mano y convencerle de que él no servía más que para hacer cine. El resto fue sencillo y es conocido: Truffaut se convirtió en un crítico de cine salvaje que atacaba a muerte lo que detestaba y defendía a muerte lo que amaba y que cambió para siempre nuestra forma de ver el cine, y luego en un cineasta meticuloso, encarnizado y salvaje que creo su propia productora para que nadie le dijese como tenía que hacer sus películas, y que gracias a eso hizo algunas películas salvajes e inolvidables y cosecho fracasos cuando esperaba triunfos y triunfos cuando esperaba fracasos, y tuvo hijos y mujeres y amantes y momentos de exultación y momentos depresivos, y se vio envuelto en polémicas salvajes y a menudo se de contradijo y alguna vez se traicionó, hasta que un tumor cerebral lo mató a los 52 años...

En fin: al final, Truffaut se convirtió más o menos en uno mas, como todo el mundo. Pero su infancia y su adolescencia y su juventud dibujan una parábola en la que hay que resistirse a reconocer un símbolo. Yo me resisto; al menos hoy me resisto. Prefiero quedarme con la imagen de ese huérfano adolescente, saturado de sueños y de rabia, que se ha escapado de clase y camina por las calles de París con su ejemplar de Los tres mosqueteros bajo el brazo, y que se sienta en un banco y lee, y luego, al atardecer, se mete en un cine; prefiero quedarme con la imagen de ese muchacho que no tenía ataduras y no esperaba nada y no le temía a nada ni a nadie, excepto a los ojos de su padre verdadero.


El Pais Semanal Núm. 1.501 Domingo 3 de julio de 2005



sábado, 15 de agosto de 2026

Zarpazos literarios contra la prisa, la banalidad y el ruido tecnológico


 Dujiangyan Zhongshuge | X+LIVING | arkitectureonweb
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Se multiplican los ensayos breves de no ficción en un mundo saturado de desinformación, como muestran las nuevas obras de Xavier Nueno, Antoni Gutiérrez-Rubí y Pedro Bravo

Por Borja Bergareche

"Son los pequeños libros portátiles los que más hay que temer". Esa fue la advertencia que lanzó
Voltaire por carta a su amigo D'Alembert nada más concluir el gran proyecto político de los ilustrados franceses, la Enciclopedia. Una empresa editorial que el filósofo francés consideraba víctima de un letal afán de exhaustividad. Hoy, en la infancia de la inteligencia artificial generativa, la humanidad se enfrenta de nuevo a un viejo dilema: codificar todo el saber humano frente al peligro de un apagón digital que nos devuelva a las cavernas o, por el contrario, aceptar la idea de un borrón y cuenta nueva como la posibilidad de un mundo mejor.

Mientras se resuelve esta disyuntiva, son muchos los que optan por acumular conocimiento abrazados a los géneros de la no ficción. En un mundo infestado de sobreinformación y desinformación, consumimos más ideas que nunca en forma de libros de ensayos, series documentales y podcasts narrativos. Según algunas cifras, las ventas de publicaciones de no ficción suponen ya un 30% del total del mercado editorial. El saber está de moda. En parte, por el desprestigio de las fuentes digitales de transmisión del conocimiento, como las redes sociales o las plataformas de distribución algorítmica de contenidos. El libro no ha muerto. Abren nuevas librerías. Florecen los podcasts. Y se producen más películas documentales que nunca. Queremos saber. Algunos.

Y queremos hacerlo, sobre todo, en formatos cortos. Fácilmente consumibles. Mordisqueables como una merienda (snackable, dicen en inglés). "Vivimos en la era de los ensayos breves para los mostradores de librerías hipster como la nuestra", señalaba un empleado de una conocida librería (hipster) madrileña. Editoriales imprescindibles como Debate, Anagrama o Destino cuidan con mimo, y aparente éxito, colecciones específicas de miniensayos. Una saludable preferencia por la inteligencia concisa y accesible que parece dar la razón, de nuevo, a Voltaire: "Nunca 20 volúmenes in-folio podrán hacer la revolución".

Esta correspondencia entre dos de los grandes enciclopedistas ilustrados la recoge Xavier Nueno en su libro El arte del saber ligero. Una breve historia del exceso de información (Siruela). Un recorrido trepidante y erudito por la tensión violenta entre conservación del saber y destrucción de libros que atraviesa nuestra cultura. Sin que sea su intención, en su recorrido histórico sobre lo que hoy denominaríamos gestión y almacenamiento de información, Nueno anticipa además algunos de los dramáticos retos a los que nos confronta la revolución tecnológica. "Todas las personas que utilizan un smartphone tienen que responder a retos similares a los que se enfrentaba un bibliotecario del siglo XVI", escribe.

Resulta fascinante descubrir cómo, ante el advenimiento de la madre de todas las revoluciones tecnológicas —la imprenta—, sus detractores percibieron en ella una maquinaria infernal que inundaba el mundo de libros y los desvalorizaba al multiplicarlos". Las resonancias con la ansiedad que genera la capacidad infinita de generación autómata de contenido por ChatGPT resultan inquietantes. Así, ante el afán del humanismo renacentista y el idealismo ilustrado de encuadernar todo el saber humano, surgieron reacciones contrarias que alumbraron innovaciones básicas del mundo moderno.
Por ejemplo, el fichero como unidad portátil de información, o el "cortar y pegar" como técnica elemental de procesamiento de textos. Nueno, doctor por Harvard e investigador en la Politécnica de Lausana, recorre el incendiado (e incendiario) proceso histórico que alumbra un canon del saber portátil, abreviado, ligero y móvil "como ideal de circulación de las obras". "El arte del saber ligero emerge con la promesa de exorcizar el fantasma de la exhaustividad", desvela.

Como si le cogiera el guante, el consultor político y especialista en comunicación Antoni Gutiérrez-Rubí recoge con gracia y sucinta profundidad algunos de los atributos y formatos de ese saber ligero en su
Breve elogio de la brevedad (Gedisa). "Lo breve no es pequeño, es intenso. Lo breve no es simple, es complejo. Lo breve no es efímero, es memorable", dice. La era digital, con su inevitable tendencia a la fragmentación del conocimiento y al consumo rápido y distraído de contenidos, supone una era fértil para los formatos breves de transmisión de información. Así, Gutiérrez-Rubí repasa las presentaciones PechaKucha (20 diapositivas expuestas en 20 segundos cada una), tos 18 minutos tasados de las charlas TED, los implacables 90 segundos máximos de los reels de Instagram o la pasmosa sencillez comunicativa de los emojis.

"Lo que da sentido a la brevedad no es la extensión, sino la síntesis. Esa es su alma", defiende, con razón, el consultor catalán. En el contexto actual, señala, ante el reto de interactuar de forma eficaz con herramientas como ChatGPT y Copilot, la brevedad aparece como la cualidad elemental para una feliz comunicación con las máquinas. Una vez más, ante la irrupción de una nueva tecnología disruptiva, la humanidad debe inventar una nueva forma de acceso a la información: se llaman prompts". Son los comandos con los que pedimos, ingenua y torpemente por ahora, a ChatGPT que nos resuelva la papeleta. Y no está claro si llegan a nuestras vidas como heraldos de un nuevo periodo de ilustración civilizatoria o como señales de la enmierdificación (por el término enshittification en inglés) definitiva de nuestras vidas digitales.

No sobran motivos para el optimismo. Influencers, filtros fotograficos, likes, reality shows, transhuma-nismo, selfis, cirugía estética.... La modernidad hoy es una celebración narcisista en la que quien se puede sentir trastornado es quien está en silencio tratando de soportar la constante exaltación del yo". Es el lamento de Pedro Bravo en su libro ¡Silencio! Manifiesto contra el ruido, la inquietud y la prisa (Debate). Un ensayo-zarpazo breve y militante de la colección EnDebate, que dirige Miguel Aguilar, que recibiría sin duda las bendiciones del Voltaire enfadado con su tiempo. Como señala el título sin miramientos, el miniensayo de Bravo (autor también de Exceso de equipaje y Biciosos, así como del podcast Silencio en la plataforma Sonora) lanza una cruda advertencia: "El ruido, la inquietud [llamémosle ansiedad] y la prisa nos hacen estar más solos al tiempo que nos impiden disfrutar de la soledad".

Bravo reclama un desarme radical del ansioso revestimiento digital que opaca nuestras vidas. Y pide devolver el tiempo y el espacio que merecen al silencio y a la calma, en una suerte de movimiento de liberación de los estados que nos hacen humanos. Serán a veces esos estados de concentración -"estados de flujo" o flow state, dicen algunos— que nos convierten en campeones creativos y productivos. Otras, emergerá el cada vez más reivindicado vagabundeo mental. Ese estado de fructífera divagación, que no de distracción inútil, del que surgen la innovación y las nuevas ideas. Según los estudios que cita Bravo, tenemos entre 4 y 40 pensamientos por minuto. "Nuestra mente esta en constante funcionamiento. Si estamos concentrados en una actividad, ese poderoso procesador que es el cerebro se enfoca en ella. Si no, da igual, la cabeza sigue disparando", explica. Se refiere a esa red neuronal por defecto que ha sido definida como "el piloto automático del cerebro", y como "el ruido de fondo del universo".

Un ruido frente al que estos ensayos breves aportan una valiosa profilaxis mental. Réplica contemporánea del Montaigne encerrado en su torre, el ensayista irlandés Brian Dillon define el género como "una combinación de exactitud y evasión". En su denso metaensayo Ensayismo (Anagrama), publicado en 2023, Dillon lo identifica como "una forma [de escritura] que debe instruir, seducir y embaucar a partes iguales". En una entrevista reciente en el podcast Hotel Jorge Juan, Bravo explica que se plantea los ensayos como "pequeñas búsquedas desde una serie de preguntas, y lo veo como una búsqueda común con los lectores; por eso, dejo abiertas las respuestas, por una relación sana con los lectores y con la complejidad del mundo".

En esa renuncia a la exhaustividad de estos nuevos adalides del saber portátil y ligero reside, quizás, la clave de su éxito. Abrumados por una realidad inasible, estos chispazos literarios (o audiovisuales) reaniman nuestras constantes intelectuales y revitalizan nuestra conciencia crítica. Ya lo percibió Voltaire en su Diccionario filosófico portátil: "Los libros más útiles son aquellos que, escritos a la mitad, tienen que ser completados por los lectores".

Lecturas


¡Silencio! Manifiesto contra el ruido, la inquietud y la prisa
Pedro Bravo
Debate, 2024
136 páginas
11,30 euros


Breve elogio de la brevedad
Antoni Gutiérrez-Rubi
Gedisa, 2024
112 páginas
12,90 euros

El arte del saber ligero. Una breve historia del exceso de información
Xavier Nueno
Siruela, 2024
252 páginas
19,95 euros


Babelia Núm. 1.726 Sábado 21 de diciembre de 2024


lunes, 10 de agosto de 2026

Y entraron los turistas en la sagrada París de Patrick Modiano

En la delicada y nostálgica ‘La bailarina’, el Nobel francés juega con el reflejo de realidad y ficción



Una pareja cruza el río Sena por el Pont des Arts, alrededor de 1960, en París.

Georges MARTIN (GAMMA-RAPHO / GETTY IMAGES)

Javier Aparicio Maydeu

13 JUL 2026

Ya octogenario, de nuevo acude el maestro Modiano a la cita con sus lectores, tan fieles como lo es él a su estilo inimitable de claroscuros y susurros alrededor de un enigma irresoluble que no es sino el del misterio de los vaivenes de una memoria vulnerable y traicionera. De sintaxis morosa y una querencia por lo fragmentario que se refleja en un repudio del orden cronológico, como si la novela fuese una suerte de rompecabezas (“quedan algunas piezas de un puzle separadas unas de otras para siempre"), su prosa, como la identidad de sus personajes, aparece envuelta siempre en una extraña bruma que esconde los secretos del recuerdo: "Me volvían, a retazos, las imágenes de una temporada muy remota de mi vida [...] igual suben los ahogados a la superficie del Sena".

Ocultarle información al lector, todo cábalas, es una clave de la literatura tácita del autor ("escribir también es no hablar", dice Marguerite Duras en Escribir). Y no hay principio ni final en las obras del Nobel, que se diría que se desprenden de un relato soterrado y continuo que emerge para desaparecer de nuevo.

Tampoco en La bailarina, una delicada nouvelle en torno a una artista anónima que ensaya danza con un tipo llamado Kniaseff, a un niño, Pierre, condenado a una vida de huérfano, abandonado a su suerte en la afligida rutina de sus días, y a un puñado de estrafalarios individuos con los que también convivió, en el París en blanco y negro de su juventud, el narrador que ahora los evoca repitiéndose por qué aquel sombrío París suyo ha devenido una "ciudad extranjera" por la que transitan miles de "turistas de los que uno se preguntaba si no serían ya los únicos que iban a poblar a partir de ahora las calles" por las que de joven caminó como un flâneur hacia solitarios cafés de barrio en los que tendrían lugar furtivos encuentros.

Elegiaca y metaliteraria, y con escenas de inmensa ternura, esta nueva entrega evoca un París ya extinguido, el nombre de cuyas calles figura como en un plano en todas y cada una de las páginas del autor de la Trilogía de la ocupación, por las que se mueven en tensión constante personajes desvalidos o siniestros, de apellidos cosmopolitas y oscuros pasados, que entran y salen de inmuebles que invitan a la clandestinidad y solo en ocasiones se iluminan como en algunos dibujos de Sempé.

Aún se diluye más aquí la trama que en sus anteriores novelas, como si ya solo quedaran la insinuación y el indicio, y un Modiano más nostálgico que d´habitude parece querer reflejarse mejor en su narrador, que confiesa llevar "tres años pasando por tiempos difíciles" porque "el mundo había cambiado tan deprisa a mi alrededor que se sentía un forastero", refiriéndose tal vez al confinamiento por la pandemia, y dice haber trabajado de negro literario, "hay tantas formas de ingresar en la literatura", escribiendo por encargo del mítico editor Maurice Girodias, el auténtico fundador del sello The Olympia Press que publicó Lolita, de Nabokov, capítulos de una novela inglesa titulada The Glasss Is Falling, de un tal Francis La Mure, a la que debía someter también a un editing, contaminando ficción y realidad, memorias falsas y autobiografía, en un tentador juego de espejos que no es sino el artificio mismo de la ficción.

Como un abalorio, La bailarina encarece las muchas virtudes de sus obras maestras, Dora Bruder (1997), En el café de la juventud perdida (2007) o La hierba de las noches (2012), de las que esta novela epilogal ejerce de magnífico reclamo.




La bailarina

Patrick Modiano

Traducción de María Teresa Gallego

Urrutia. Anagrama, 2026

108 páginas. 18,90 euros


Babelia Núm. 1.808 Sábado 18 de julio de 2026



jueves, 30 de julio de 2026

Chuck Palahniuk Escritor

 Chuck Palahniuk: “La literatura transgresora en EE UU acabó con el 11-S, cuando todos nos convertimos en terroristas”

El autor publica en España su último libro mientras prepara el próximo y celebra los 30 años de la publicación de ‘El club de la lucha’ con un repaso a su dilatada carrera



El autor estadounidense Chuck Palahniuk, en su casa cerca de Portland, el 4 de enero de 2025.

Daniel Berman (Redux / Europa Press)


Laura Fernández

Avilés - 25 JUL 202

Hubo un tiempo en el que Chuck Palahniuk (Portland, EE UU, 64 años) acudía asiduamente a todo tipo de terapias de grupo. Era como su personaje en El club de la lucha, Marla Singer. Se hacía pasar, como ella, por alguien aquejado de lo que fuese de lo que la terapia trataba. Trabajaba en una fábrica de camiones por entonces. Había estudiado periodismo, pero el periodismo no le había hecho rico. Ni siquiera le daba para vivir. Mientras asistí al taller que el escritor Tom Spanbauer daba en su casa. "Cada semana teníamos que escribir un relato, y yo necesitaba ideas", recueerda.

Hoy es un autor de fama mundial. En 1996 publicó El club de la lucha y la adaptación cinematográfica que estrenó David Fincher en 1999 se convirtió en un clásico instáneo y sigue muy viva. Pese a ello, Palahniuk tiene una vida pequeña. No va de vacaciones desde 1988. "Me gusta estar en casa", asegura. Vive en un lugar aislado, en las afueras de Portland, en lo que se conoce como una "isla residencial", es decir, una casa sin vecinos, con más de tres kilómetros de bosques alrededor. Tiene un bonito jardín, que le encanta cuidar. ¿Su planta favorita? "Los geranios, porque siempre están floreciendo", responde en un encuentro con EL PAIS en Avilés (Asturias), adonde viajó la semana pasada para participar en el Celsius 232, el festival de fantasía, terror y ciencia ficción que se celebra en la localidad asturiana cada verano a mediados de julio. Y no deja de pensar en que cuando vuelva a casa, la pequeña Tick, una cachorra de bulldog francés gris y blanca, diminuta aún, "será ya enorme". Está cuidando de ella su marido, Mike. "A veces pienso que los escritores necesitamos poder comunicarnos sin hablar con otros seres vivos. Animales, plantas. Yo, al menos, lo necesito", dice.

En España se acaba de publicar su más reciente novela Inducción por Shock (Random House), pero sobre la mesa tiene un ejemplar de pruebas de la próxima, Galleria, que verá la luz a principios del año próximo. "Hago eso cuando viajo, corregir pruebas", confiesa. Galleria es un homenaje a Kilgore Trout, el escritor de ciencia ficción creado por Kurt Vonnegut, el más entrañable perdedor que ha existido nunca. "La idea es que el hijo de un escritor como Kilgore Trout, que escribió muchísimo pero todo lo publicó en revistas horribles, está tratando de reconstruir a su padre a partir de los relatos que escribió. No es fácil, porque tuvo cientos de seudónimos, de hombres y mujeres. Pero leyendo sus historias es posible seguir lo que le estaba pasando en cada momento. Y eso está buscando su hijo de 19 años", cuenta.

La novela, en palabras del autor, "es una especia de Crónicas marcianas, esas novelas que se hacían a partir de relatos con un hilo conductor. Un homenaje al formato también", explica. "No he tenido hijos, y me he perdido la posibilidad de revivir ciertos momentos, y repararlos. Creo que mis novelas hacen eso de alguna forma. Me permiten elegir otro camino. Verme desde fuera. Son un poco como los hijos que no he tenido", confiesa.

Su relación con su padre fue compleja, una historia de violencia hasta el final. Su padre, Fred, había visto como su propio padre -el abuelo de Chuck- mataba a su madre. Tenía tan solo tres años. Y, durante la infancia y parte de la adolescencia del escritor,  le trató despectivamente. Luego se separó de su madre, y desapareció. Volvió a aparecer después del éxito de El club de la lucha, e hicieron algo así como las paces. Pero al poco, murió asesinado por el exnovio de una mujer a la había conocido por un anuncio de contactos, Donna Fontaine. El exnovio, un criminal convicto, amenazó con asesinar a cualquiera que estuviera con ella, y lo hizo. Los mató a ambos y quemó la casa en la que se encontraban. Palahniuk reconoce un gusto por lo macabro. Sus personajes son siempre alguien que ha sido expulsado del sistema y trata de volver a él macabramente y sin éxito. Dice que "los medios de comunicación hablan siempre de blanco o negro, o somos muy malos, o somos muy buenos, y a mí me interesa todo lo que queda entre medias, todo eso que también somos todo el tiempo", dice. También afirma que la "ficción transgresora", eso que hacen él y Bret Easton Ellis o Ryan Murphy con su antología televisiva American Horror Story, "se acabó después del 11-S". "Después del 11-S mis novelas fueron consideradas terrorismo. Ryan Murphy dio en el blanco en 2007 con su casa encantada. Llegó en el momento de la crisis económica, donde el terror empezaba en casa, y encerró a sus personajes ahí para siempre. Fue una genialidad. El terror es el único género que permite hoy la transgresión, el único que puede reflexionar sobre lo que estamos viviendo y atacarlo a la vez".

Sin ir más lejos, en Inducción por shock habla de un instituto de altísima reputación en el que se está dando una epidemia de suicidios que encubre un mercado donde los estudiantes prometedores se venden al mejor postor a cambio de poder. "Llevo un tiempo obsesionado con la hipnosis", dice. De hecho, durante su charla en el Celsius de Avilés, trató de hipnotizar al público -con cierto éxito- repitiendo "make a circle, make a gun" (haz un círculo, haz una pistola) y haciendo a la vez el gesto. "Es curioso. ¿Te has fijado en la manera en que Donald Trump da la mano? Siempre te lleva como hacia él, y esa es una técnica de la hipnosis, lo que se llama inducción por shock. Al llevarte a su territorio, te deja por un momento sin defensas, estás, de alguna forma, en su poder", relata.

Termina con una reflexión sobre la escritura: "De niño y adolescente, sonaban canciones en la radio que eran historias. Como el American Pie de Don McLean. Todo era maravilloso. Echo de menos las baladas de los setenta. La cosa es que yo leía a Francis Scott Fitzgerald y no entendía por qué había renegado hasta de la trama en sus historias. ¿Por qué no podía escribirse prosa como una canción y que la recordemos para siempre? Hoy, 30 años después de que se publicara El club de la lucha, aún hay quien me recuerda las reglas. Porque eran como el estribillo de la novela". Sonríe.


El Pais Sábado 25 de julio de 2026


viernes, 17 de julio de 2026

El sueño de la meseta produce monstruos.

Frente a la tentación de lo bucólico de cierta literatura neorrural, varios autores están explorando el vasto y complejo territorio castellano desde el realismo sucio, la fantasía y el terror

Por Silvia Hernando

A Israel Merino (Toledo, 2000), en el pueblo donde se crio le llaman el matón. No porque se haya llevado a nadie por delante o lo haya amagado: es una herencia familiar. De un bisabuelo materno, que una vez se ventiló de un puñetazo a un toro que se había escapado. O eso cuenta la leyenda. "¿Y por qué tengo que cargar yo con el mote de matón, si no tengo media hostia?", protesta el escritor al teléfono. Es lo que tienen los sitios pequeños, que a veces las identidades se comprimen en un apodo y que, para colmo, el mérito ni siquiera es propio sino que viene de serie, como una mancha mongólica. También, que los traumas, como los sobrenombres, se van enquistando y se extienden entre las generaciones. "A mí se me juzga por lo que mis antepasados han hecho, remacha Merino. "Y yo, pues no quiero ser un matón".

En su segunda novela, Epifanía (Temas de Hoy), hay algo de ajuste de cuentas con todo aquello: los motes, los traumas, la idea de pertenencia. Los rencores que nunca, jamás, se disipan, ni aun frotándolos con lejía o cal viva. Sucede en uno de esos pueblos que desbordan el nombre, lugares intermedios, suspendidos en un limbo demográfico donde al final no se puede rascar demasiado, ni lo pintoresco de las aldeas ni lo estimulante de las ciudades. En este que fabula Merino desde el recuerdo conviven (es un decir) dos clases de habitantes: los autóctonos, que dictan y tensan los códigos locales, y los forasteros, categoría que uno es susceptible de integrar aun habiendo nacido y vivido siempre ahí.

Por medio de cinco historias conectadas por la tragedia de un accidente de coche, el escritor va ensamblando un thriller grotesco y sangriento, testosterónico y lisérgico. Suspense castizo que se despliega sobre el reverso mugriento de una Castilla donde no se avistan fortalezas sino esqueletos de edificios a medio levantar, unas afueras de las afueras a base de amalgamas de calles desharrapadas cuyos cascos viejos - que no antiguos- tienen como templo más concurrido un bar con hules y olor a rancio. En cierto modo, el libro exuda el mismo aire grasiento de copa, puro y escopeta de la serie de 2019 Matadero, un "Fargo ibérico" desatado entre los criaderos de cerdos de un pueblo ficticio de Zamora donde la droga, como en Epifanía, visita más casas que el médico.

Hecha de dos comunidades autónomas cosidas a base de injertos y amputaciones históricas, la idea misma de Castilla podría verse hoy como una especie de monstruo de varias cabezas. Un Frankenstein geopolítico. Hubo un tiempo en que se asimiló a la noción de España, pero aquel pasado ya marchó y hoy resulta un tanto más complejo definir de qué hablamos cuando hablamos de este territorio. Merino ubica una cualidad que cree que lo determina por encima de otras: "Que no hay ni un puto árbol. No hay agua, es una zona dura y muy grande. Y eso marca mucho el carácter". La proverbial austeridad castellana, empadronada en la vastedad de la meseta. "El castellano es una persona a la que la sociedad le gusta poco. Es una persona rara", se ríe Merino, que reconoce en el granadino Juarma a un precursor del realismo sucio rural de su libro. "Pero creo que faltaba contar lo castellano".


José Manuel Navia



Como Merino, otros escritores actuales se han aventurado a explorar el presente de esta periferia de interior, pletórica de belleza y todo lo contrario, fascinante y extraña, que ya cartografiaron en su momento los escritores de la generación del 98 y, después, autores desde Miguel Delibes hasta Camilo José Cela y Gustavo Martín Garzo. No todos se topan con el mismo paisaje o paisanaje, pero sí coinciden en sacudirse la tentación de lo bucólico que ha caracterizado a cierta literatura del neorrural. Por el contrario, estas historias recientes están atravesadas por lo oscuro, lo siniestro, lo desasosegante. En ocasiones, por una superstición ancestral que traspasa la línea de lo esotérico. No esconden sino exhiben las cicatrices, las orean.

En Perros de caza (Malas Tierras), de Boria Navarro (Valencia, 1994), un pantano putrefacto se erige, junto a los podencos que dan título al libro, en símbolo y atmósfera del hoyo al que nos arrastra: una Almansa en la frontera de un espacio de por sí liminar, una suerte de puente entre el desierto y el mar que, en esta narración, como adelanta su autor, se presentará como una salida, una "segunda oportunidad" para sus personajes.

La novela recrea una historia real y espeluznante, el famoso exorcismo de Almansa que copó titulares y noticieros de los años noventa. Pero esta es más que nada una coartada, un resorte, explica Navarro, "para hacer una disección de un pueblo concreto desde una perspectiva un tanto tenebrosa, con cierta desazón".

Navarro vive en Alicante, pero su familia política procede de Almansa y él lleva 12 años empapándose de sus calles. "Del exorcismo no me enteré hasta después, hará unos cinco", recuerda. "Pero me gustó la idea de que, desde entonces, el pueblo se queda maldito, su gente queda marcada". A partir de ahí imaginó a su protagonista, una joven que regresa a ese lugar decadente tras una decepción amorosa y profesional. La pestilencia de las aguas del embalse se funde con su halo de desesperación. Está enferma de tristeza y pasa los días entre una normalidad hedionda y la aséptica habitación de un hotel en el metaverso. Su terapeuta —que acabará reemplazando por una médium, remedio más de la tierra— la invitará a ordenar sus pensamientos sobre el papel.

Este mecanismo -donde el escritor sitúa el verdadero origen de la novela, más que en el exorcismo— le da pie a realizar una sensacional serie de descripciones de los lugareños en sus tres edades, niños, adultos y ancianos, equiparables a las proyecciones de pasado, presente y futuro y a los tres tonos que componen el libro, fabulístico, confesional y torrencial, todas flechas que acabarán convergiendo. "Ese esoterismo mezclado con la baraja de Caja Popular mientras se fuma un cigarro bajo el extractor de la cocina es una espiritualidad que yo veo en Almansa", apunta el escritor. "Es un entorno extraño, y para mí es especial".

A la novela de Navarro -que trabaja ahora en su traslación cinematográfica- se la ha calificado de "crónica wéstern". Una etiqueta que el escritor ve más como eso, un eslogan, que como una reseña fidedigna de su trabajo, que él asocia más, y con razón, a una vocación poética. "Yo me siento más vinculado a la creación desde la contemplación, a habitar los territorios de los que vas a escribir y estar sensibilizado con ellos, buscando el suceso, el símbolo o la imagen que te emocione y luego explorarlo, detalla. Pero algo lleva Perros de caza de la crudeza y violencia de ese genero.

En La fiesta del fin del mundo (Anagrama), ensayo que propone un recorrido por las crisis españolas recientes a través de las manifestaciones culturales apocalípticas, la académica Natalia Castro Picón emparenta el imaginario castellano con el lejano Oeste estadounidense. Con sus pioneros, sus héroes y la lucha de contrarios entre el bien y el mal, encarnada en los protagonistas de la novela de Jesús Carrasco Intemperie. Aquel libro de 2013, escribe la autora, nos transporta a la España rural (...) que evoca los antiguos valores de un mundo campesino, pero presentándolos desgarrados por una gran crisis climática. Es decir, nos ofrece la imagen rota de una forma de vida que, pese a sus miserias, permitía sostener comunidades sobre la base de los vínculos de reciprocidad y arraigo con el territorio". Si bien en otros términos, las historias de Navarro y Merino remiten también a esa fractura social e histórica.



Arriba, un fotograma de la película Bodegón con fantasmas, de Enrique Buleo. Abajo, ilustración del fanzine El ataque de los danzantes mutantes (2026), del colectivo Castillian Horror Book. CASTILLIAN HORROR BOOK

Para el historietista Luis Bustos (Madrid, 1973), más que como un Far West a la española, la llanura castellana podría explicarse como un "territorio psicológico. Meseta (Astiberri), su nueva novela gráfica, se embarca en un road trip desquiciado de Barcelona a Madrid con parada en mitad de la nada. El país anda sumido en un estado de excepción y tres desconocidos comparten un coche para trasladarse en medio de la noche. De nuevo, una triada como eje, que responde, cuenta el autor, "a los elementos para la transmutación alquímica". Fuego, agua y tierra, que se combinan y estallan en una iglesia románica en ruinas reciclada en prostíbulo de carretera. Allí, sin desvelar más de lo justo, habrá rituales y demonios, también de los de carne y hueso. "Además de la parte esotérica, el libro tiene un discurso político y social", concede Bustos. "Un: 'Cuidado, que los ricos nos devoran'. A veces literalmente".

Como ocurre en Epifanía y Perros de caza, el lenguaje de Meseta -cortante, sintético, a ratos soez- juega al servicio de la recreación de un paisaje que no hace solo las veces de contexto, sino que se reivindica como protagonista. En su condición de cómic, aquí se alía con el estilo del dibujo, de trazo expresionista y en un blanco y negro que suma un tono más de penumbra a la nocturnidad de la narración. "Los protagonistas no podían estar todo el tiempo hablando, tenia que ser una cosa casi silenciosa", explica el autor. "Y esos silencios son bastante reveladores porque hay una tensión que se palpa".

Igual que en Meseta, los relatos que David Roas (Barcelona, 1965) ha reunido en Territorios (Páginas de Espuma) toman como base el costumbrismo subversivo para abrirse camino hacia lo fantástico y lo escalofriante. Lo hacen desde los parámetros del agrohorror, un subgénero de nuevo cuño que surge, según explica el propio autor, de una tendencia que "se respira en el ambiente; un interés por lo cotidiano rural". Su origen puede rastrearse en el libro de 2025 Agrohorror. Cuentos de lo insólito rural (Eolas), cuya edición corrió a cargo de Roas y Ana Martínez Castillo, creadora del término.

En el agrohorror hay deformación, que no caricatura. Frente a la idealización, aporta extrañeza. Se le parece, pero no es folk horror. No se manifiestan fuerzas arcanas ni dioses paganos, aunque sí, como reconoce el escritor, se da una cierta persistencia del atavismo católico. También puede contener trazas de plant horror. Encajarían en sus límites novelas como Carcoma (2021), de Layla Martínez, y películas como Bodegón con fantasmas (2024), de Enrique Buleo. "Como el esperpento, el agrohorror bebe directamente de los caprichos y pinturas negras de Goya, del retrato de hombres matándose a garrotazos, de viejas comiendo sopas, de brujas en aquelarre", escriben Roas y Martínez Castillo en el prólogo de aquel volumen, en el que, junto a sus propios relatos, participan autores como Fernando Navarro o Pilar Adón.

"Desde Intemperie, y después con La España vacía, de Sergio del Molino, hay una vuelta al agrorrural desde otra perspectiva que no es la del cateto con boina, sino una mirada más respetuosa, abunda Roas, que es también crítico y profesor de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad Autónoma de Barcelona y acaba de editar, junto con Raúl Molina Gil, el volumen académico Agrohorror. Nuevas formas de lo insólito rural (Eolas). "A partir de ahí, los que hacemos fantástico, insólito o raruno, hemos encontrado en el mundo rural algo que no se había visitado".

No todos los relatos reunidos en Agrohorror ni los que Roas firma por su cuenta en Territorios se enmarcan en parajes castellanos. El agrohorror, subrayan sus creadores, no es solo de secano". Pero hay unos cuantos que saben sacarle el jugo a los infinitos campos de cereales y esa solana que solo pueden combatir las moscas. "Frente al bosque o el mar, en el paisaje castellano el elemento para provocar el terror está en las extensiones", sostiene Roas. "En esa superficie plana, sin una montaña, que se va totalmente". En septiembre de este año saldrá un segundo volumen de Agrohorror con relatos de autores como Manuel Moyano o Raquel Presumido, que formará parte de una colección dedicada a este género en la editorial Eolas.

No solo los libros se han fijado en el potencial expresivo de la cara oculta de Castilla para, en el fondo, hablar de muchos de los temas que gobiernan la agenda: crisis climáticas y económicas, feminismo, el problema de la vivienda, corrupción política, falta de oportunidades laborales. El dúo de artistas Castillian Horror Book, formado por Cristina Guerrero y Pablo González, estudia el folclore mesetario en clave de terror en fanzines colaborativos y en exposiciones como The Tortolilla Project, la falsa documentación de una aparición espectral en un pueblo perdido. "Se ha romantizado la idea de lo rural como un lugar para descansar, para desconectar de lo digital..", comentan los burgaleses. "Pero ahora los ritmos de trabajo pueden ser iguales en el pueblo y en la ciudad, y recurrir a estos temas puede servir también para denunciar ese ritmo acelerado".

Lecturas 

Epifanía
Israel Merino
Temas de Hoy, 2026
240 páginas 19,90 euros

Perros de caza
Borja Navarro
Malas Tierras, 2026
152 páginas 18,50 euros

La fiesta del fin del mundo
Natalia Castro Picón
Anagrama, 2025
456 páginas 23,90 euros

Meseta
Luis Bustos
Astiberri, 2026
136 páginas 18 euros

Agrohorror. Cuentos de lo insolito rural
David Roas y Ana Martínez Castillo (editores)
Eolas, 2025
180 páginas 17 euros

Territorios
David Roas
Páginas de Espuma, 2026
104 páginas 16 euros

Babelia Núm. 1.804 Sábado 20 junio 2026