viernes, 30 de octubre de 2026

Dulces noches, años ochenta

MÁS ALLÁ DE LA BELLEZA


Carmen Maura era un detonante en medio de aquel mundo de drogas, sexo y amas de casa histéricas, materia primigenia en la creación de Almodóvar



MANUEL VICENT

01 AGO 2014



La actriz Carmen Maura, retratada por Jordí Socías.

Cuando los huesos de Franco bajaron a la tumba Carmen Maura era todavía una galerista de arte, que exponía a pintores jóvenes muy formales, y Pedro Almodóvar era un administrativo de la compañía Telefónica, que jugaba con una cámara súper 8 y que, en vez de inmortalizar las bodas y bautizos de sus familiares en Calzada de Calatrava, niños saludando desde el columpio o las idas y venidas de un perro trayendo la pelota al amo, trataba de recomponer en el celuloide el rompecabezas de aquellas tribus urbanas, criaturas descoyuntadas de la modernidad, que poblaban las noches de Madrid poseídas por el dios Calimocho.

Carmen Maura regía la galería de arte Da Vinci, situada en la trasera del Café Gijón, y en ese tiempo era una joven dulce y embarazada, de maneras educadas, cuyos bisabuelos ya se duchaban todos los días. Su apellido te llevaba al político monárquico conservador Antonio Maura, del que era sobrina nieta. Se notaba a la legua que de niña le habían enseñado a sentarse con las piernas muy juntas, a hacer algún postre y a utilizar la pala del pescado; por su parte había aprendido a distinguir las distintas etapas de la pintura de Tàpies. Pero se ve que se aburría. Tanto orden, tantas tardes de domingo matrimoniales acaban convirtiendo el bostezo en un explosivo. Un día aquella muchacha modosa desapareció del mundo del arte y de forma inesperada emergió en medio de una tribu urbana enloquecida, que tenía su reino en Rockola y en la discoteca Sol de la calle Jardines. En 1980 Almodóvar rodó su primera película, Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, en la que Carmen Maura, que había contribuido a encontrar a un productor, se convirtió en una de las protagonistas.

Desde entonces, esta excelente actriz, pese a sus múltiples registros, su extensa filmografía y sus premios internacionales, ya no pudo librarse de estar por siempre atada a Pedro Almodóvar, el amo de llaves de aquella estética alegre y disparatada de los años ochenta. Aun en las etapas en que por achares de celos estuvieron distanciados les ligaba un lazo maldito. Era la mezcla perfecta: una aristócrata desclasada y un ácrata dinamitero.

Los huesos del dictador produjeron un fuego fatuo. De él se prendió la mecha que produjo la detonación libertaria. Una nube de libélulas con pendientes de plumas de pato en las orejas y la cresta verde en el cráneo rapado llenó la noche. La década prodigiosa fue inaugurada por un abad disfrazado de político socialista llamado Tierno Galván.

Si Dios no existe, todo está permitido, dijo Dostoievski; si Franco ha muerto, ahora mismo me pongo a bailar en Rockola con una bata guateada y unos rulos para lamerme los traumas, dijo Almodóvar. Solo le faltaba encontrar una musa que diera sentido a todo aquel disparate y estuviera como él dispuesta a ponerse el mundo por montera. La encontró en el dulce rostro de Carmen Maura lleno de ingenuos mohines y en el papel de Pepi ella desarrolló su talento todavía en agraz ante las cámaras de Almodóvar, que tampoco sabía entonces donde colocarlas. Carmen Maura era un detonante en medio de aquel mundo de drogas, sexo, tamaños de pene y amas de casa histéricas, materia primigenia en la creación de Almodóvar.

Mientras los fachas iban con cadenas y bates de béisbol imponiendo su verdad por las calles de Madrid y el golpe de Tejero aun estaba caliente, en 1983 Carmen Maura apareció en la película Entre tinieblas, en el papel de sor Perdida, del convento de Redentoras Humilladas, junto a sor Estiércol y sor Rata de Callejón, entregadas a redimir chicas descarriadas. Eran monjas de clausura que después de orinar de pie sobre las coles de la huerta del convento se metían un pico pensando en el centurión que traspasó con una lanza el costado del Nazareno.

La cuestión era echar a la basura todo el surrealismo católico de Buñuel para sustituirlo por una burla desvergonzada de la Iglesia; recrear un mundo de sofás de escay donde unas mujeres en zapatillas con una borla de lana rosa en el empeine soñaban con ser cajeras de supermercado; secuencias con colores agrios, un kitsch descalabrado de fotos de los abuelos encima del televisor. En los años ochenta había salas de fiestas para matrimonios gastados donde un gorila copulaba con una rubia de botella mientras la esposa medio dormida, junto al marido inflamado, daba cabezadas ante una fanta de limón. Se llamó la movida al ir venir de estas colmenas de abejas doradas por abrevaderos y plazoletas iniciáticas y aunque había otras chicas del montón Carmen Maura era el rostro que navegaba en aquella palangana del inconsciente colectivo, nena, tú vales mucho, de aquel famoso programa de televisión donde ella, cándida e ingenua, decía cosas cínicas llenas de dinamita. Carmen Maura, una mujer al borde del ataque de nervios, se abrió camino hacia las esferas entre travestis, suicidas, terroristas, abuelas subidas en parapente y la serpiente del paraíso que ofrecía manzanas rayadas en los lavabos del Cock. Dulces noches de los años ochenta.




Manuel Vicent


El Pais 1 de Agosto de 2014



miércoles, 28 de octubre de 2026

Todas las reencarnaciones de Safo

Desde la Antigüedad hasta nuestros días, Laure de Chantal repasa las nueve resurrecciones históricas y simbólicas de la poeta griega: musa o pecadora, santa laica mártir o icono identitario de que lo sexual es también político


Busto de la poeta griega Safo. HERCULES MILAS (ALAMY / CORDON PRESS)

Por Manel García

Son muchas las vidas que ha tenido Safo desde la Antigüedad hasta nuestros días. Si según Christine de Pizan, en La ciudad de las damas, a la muerte de Platón encontraron bajo su almohada unos poemas de Safo, seguro que Lawrence Alma-Tadema se inspiró en la lírica de Alceo cuando pintó a la bella Safo con cabellos ceñidos de violetas y dulce sonrisa. Aristóteles alabó su don de palabra y Ovidio nos recuerda que ella misma se lamentaba de no ser bella, de baja estatura y de piel morena. Muchos han visto en ella a la verdadera reveladora del amor en Occidente, "esa pequeña bestia dulce y amarga"; 

otros se han valido de su figura en la reivindicación de la igualdad de género. Quizás es ahí donde hallamos más usos y abusos de la poeta de Lesbos para unos una tribada impúdica amante de mujeres que debería arder toda la eternidad en el infierno, para otros la sacerdotisa de un culto que propagaba la revolucionaria y justa idea de que ni se nacía mujer ni se llegaba a serlo si una no quería. Ambos extremos nada tienen que ver con la realidad.

En Las nueve vidas de Safo, Laure de Chantal propone una biografía a contracorriente: no la del cuerpo ausente —apenas unos bellos fragmentos, de una voz cuyo eco resuena desde el pasado de la isla de Lesbos hasta nuestros días— sino la de una vida cíclicamente resucitada y reescrita. Safo comparace ante nosotros como una constelación de vidas sucesivas, unas nacidas del deseo, otras de la censura. muchas de la erudición o la fantasía de quienes la han leído, no menos los que han visto en ella a la décima de las musas, junto a Calíope y a la que la poeta honraba por concederle su arte.

De Chantal no cae en la ilusión de haber dado con la Safo definitiva. La eficacia del simple dispositivo narrativo del catálogo de las metamorfosis culturales de Las nueve vidas de Safo consiste en explicar y reflexionar sobre cómo nueve reencarnaciones históricas y simbólicas han visto a la poeta alternativamente como musa o como pecadora, como maestra de un internado de impuberes o como cortesana, como santa laica mártir del deseo o icono identitario de que lo sexual es político. Cada vida corresponde a un momento de su recepción: la Antigüedad la canoniza y moraliza; la Edad Media la demoniza y la condena al olvido; el Renacimiento la restituye con cautela y la modernidad la erotiza; nuestro presente y pasado próximo la convierten en bandera del feminismo y de lo que ella nunca pudo ser, por más que sí pueda serlo para nosotros. La apuesta no es ni biográfica ni cronológica en sentido estricto, sino un ejercicio que reflexiona a partir del sedimento de textos y pretextos, de imágenes luminosas y claroscuros, que dialoga con lecturas y reinterpretaciones de Safo que la hacen más o menos operativa para cada época y contexto.

No le faltan virtudes al ensayo, en especial la maestría del tono para explicar con claridad y sencillez la complejidad del fenómeno Safo. La erudición y la ristra de nombres nunca pesa como lastre, avanzar ágilmente por una  sucesión de escenas y debates evita el

empacho de la acumulación; el lector percibe cómo cada hipótesis se matiza, el trazo grueso de una imagen se corrige por la finura de la que la sucede en el tiempo. Safo mujer y su poesía no son una esencia inmutable sino una amalgama de accidentes y pasiones del espíritu que cambian con el tiempo. En ese sentido, el ensayo de De Chantal se lee más como una historia cultural del deseo que como una biografía al uso, como una reflexión sobre ese abismo tan filosófico e insondable de la subjetividad que como una hagiografía o su contrario, más sobre la recepción de sus inmortales y sabias palabras que sobre la descripción de su cuna o de su tumba.

Los mínimos y evanescentes versos de Sato son la dura realidad frente a la que chocan las interpretaciones débiles y falaces. No se trata de convocar a los intérpretes de Safo ante el tribunal de la historia para un ajuste de cuentas, sino utilizarlos como pretexto para entender el yo sáfico y los mecanismos de  apropiación de su recepción desde la Grecia arcaica hasta nuestros días. Se evita sensatamente el anacronismo fácil y la etiqueta del lesbianismo de Safo y se nos revela cómo, magnificándola o simplificándola, en un poema o en una novela, en una pintura, en una ópera o en un ensayo combativo se revelan más las obsesiones y temores de cada época que los andares y pesares de la poeta griega. La materialidad quebradiza de sus fragmentos ha hecho de su pérdida su condición de posibilidad, su potencialidad proviene de lo que conservamos y de lo que falta, y esa idea. que la autora reitera, da cohesión a la grandeza de Safo, a la de sus versos y a la de la historia de su recepción.

Las nueve vidas de Safo

Laure de Chantal

Traducción de Susana Prieto Mori

Siruela, 2025

197 páginas. 19,95 euros


Babelia Núm. 1.799 Sábado 16 mayo de 2026



domingo, 25 de octubre de 2026

Rómpete, muñeca

MÁS ALLÁ DE LA BELLEZA

Emma Suárez sigue siendo en el fondo una criatura del barrio de la Latina y su extracción popular le ha regalado buen olfato para moverse en el asfalto



MANUEL VICENT

15 AGO 2014


La actriz Emma Suárez.
JORDI SOCÍAS

En las tardes del café Gijón un grupo de náufragos, no más de cinco, en torno a un velador crearon una asociación con estas siglas: EDES. Enamorados de Emma Suárez. La asociación no tenía estatutos. Solo era un pacto secreto. En esa tabla redonda donde había cómicos, periodistas y algún magistrado siempre se aludía a ella como si fuera la vestal de una secta. Había un comentario que funcionaba a modo de divisa: Emma Suárez era esa actriz que siempre lo hacía bien. Nadie se permitía discutir este principio. Cuando se hablaba de alguna película o de una obra de teatro donde ella trabajaba junto con otras figuras estelares los cinco enamorados querían ser el primero en decir: Emma es la que está mejor. Su nombre fluctuaba siempre en los carteles sin alcanzar una cima detonante, pero ese segundo primer plano la hacía más atractiva. Era una actriz solo para degustadores y de hecho los miembros de la asociación preferían que se mantuviera siempre así: discreta, con un morbo envasado, con ese mensaje en la mirada como queriendo decir: sólo necesito un buen director que me rompa por dentro.

Su familia era ajena al mundo del espectáculo, pero un día, con 14 años, su padre la llevó a un casting juvenil y a bote pronto consiguió el papel de protagonista de la película Memorias de Leticia Valle, sobre la novela autobiográfica de Rosa Chacel. Sucedió en 1980. Desde entonces comenzó su carrera y al principio su madre la acompañaba a todos los rodajes y la esperaba en todos los camerinos para que ningún lobo se comiera a su Caperucita, pero la adolescente Emma pronto aprendió a manejarse en el bosque dejando piedrecitas en el camino para volver a casa.

La sensación que da esta actriz es que incorpora siempre a su oficio la experiencia que obtiene en la vida. Su manera de actuar tiene algo de artesanía después de fabricarse pieza a pieza el alma todos los días. Frente a la artista pretenciosa ella aporta una labor hecha a mano, como la del alfarero a la hora de modularse. Se sabe guapa pero nunca pone en primer término su belleza; es consciente de que las cámaras la adoran, pero nunca hace valer su fotogenia para esconder o falsificar alguna carencia. Puede que desee la fama, incluso la gloria, pero nunca a un precio que desdibuje su figura de chica normal, que va al supermercado, que está preocupada por su familia, que espera a su hija en la parada del autobús a la salida del colegio y que también va al dentista. Su aire de resistente te da a entender que puedes contar con ella para sacar la carreta del charco. Así se la ve pasar por el barrio de Chamberí con un sombrero o una gorrita en dirección al café Comercial donde entra como si se tratara de un salón del Oeste.

Es muy fácil imaginar a Emma Suárez como esa mujer fuerte, dura de pelar, de una película de vaqueros. Tiene el moño rubio un poco desgreñado mientras saca agua de un pozo, se quita el sudor de la frente con el dorso de la mano, su marido con tirantes y calzones de felpa arregla el tejado de la casa a martillazos, de pronto llegan los cuatreros, Emma puede sacar el rifle y disparar desde una ventana hasta ahuyentarlos; por la tarde el vaquero desnudo se introduce en una cuba humeante y ella lo lava, también le ha dado tiempo a preparar una tarta de calabaza; al anochecer el vaquero lee salmos de Isaías en el libro sagrado balanceándose en una mecedora, cuando Emma aparece en camisón trasparente en el vano de la alcoba y se suelta el pelo que le cae sobre los hombros. El vaquero cierra la Biblia y va hacia ella.

Siempre hay un momento estelar. Emma Suarez ganó un Goya por el papel de Diana, la condesa de Belflor, en El perro del hortelano, la película de Pilar Miró. Bordó el verso después de un duro aprendizaje. El pleno de la asociación EDES proclamó una vez más que su trabajo había sido el mejor, pero ella no es de esas que ni come ni deja comer. Sigue siendo en el fondo una criatura del barrio de la Latina y su extracción popular le ha regalado buen olfato para moverse en el asfalto.

Ya lo dijo Bogart: la gente se divide en dos, profesionales y no profesionales. Si contratas a un asesino, busca que sea un buen profesional. Este principio rige también con los poetas y los artistas, los políticos y los atracadores. Emma Suárez ha dicho alguna vez: “Nada me gusta más que volverme loca”. Puede que sea verdad, pero lo más seguro es que después de una noche de orgía, como buena profesional, a la hora en punto estará en el rodaje o en el camerino y no hay duda que, una vez más, será la mejor, según sus enamorados.



Manuel Vicent


El Pais 15 de agosto de 2014


sábado, 24 de octubre de 2026

‘Una madre trabajadora’, de Agnes Owens: una novela nada edificante, urticante y completamente maravillosa

La escritora escocesa recrea a una astrosa ‘femme fatale’ humanizada desde lo más artificioso de los géneros literarios, subrayando lo difícil que resulta escapar de los límites que la realidad y sus claves de representación nos imponen


La escritora escocesa Agnes Owens (1926-2014), en 2008.

Colin McPherson (Corbis / Getty Images)



Marta Sanz

10 ENE 2026

Betty alimenta a sus hijos con salchichas quemadas, miente sobre sus compañeras de trabajo, se acuesta con el mejor amigo de su marido, se desnuda delante de su jefe para que el viejo haga cositas detrás de un biombo, se bebe hasta el agua de los floreros. Betty es lo peor. Ella misma nos cuenta su historia. Quizá sus maldades nacen del resentimiento al descubrir que es pobre y siempre lo será. El deseo de independencia laboral —no quiere un contrato fijo— y familiar —ahorra para largarse de casa— hacen de Betty una verdadera bruja. Una astrosa femme fatale. “Astrosa femme fatale” no es un oxímoron, sino una subcategoría, especialmente simpática, de la mujer fatal: cómo no acordarnos de Dinah Brand en Cosecha roja de Hammett. La piel resacosa de Dinah huele de un modo parecido a la piel etílica de Betty. Con sus perversidades a cuestas, estas mujeres, que pretenden manipular por medio de su capital erótico, son carne de cañón: Betty restriega los cuellos sucios de las camisas de su hijo y, entre las risitas alimonadas que se nos escurren por las comisuras mientras leemos diálogos agilísimos y punzantes, el mundo de Una madre trabajadora aparece como un mundo de víctimas de una guerra después de la que los excombatientes beben para olvidar el pánico mientras la bebida eterniza y agiganta la pesadilla. Acaso deforme la narración. La realidad estalla en medio de un humorismo incómodo. Betty, en su maldad empoderada y en su alcoholismo deformante de narradora no fiable, revela sus dolores. Se cree muy lista, pero no ha medido bien sus fuerzas.

En un momento espléndido, Betty y su marido hablan en el pub sin la presencia de Brendan, el amigo omnipresente, que configura con ellos un triángulo que hoy calificaríamos con uno de nuestros adjetivos preferidos: “Tóxico”. Beben gracias al dinero de la venta de un reloj. Ella se lo reprocha: “Tenía un valor sentimental”. Pero los buenos sentimientos, el valor sentimental, el mismísimo amor solo se los pueden permitir las clases dominantes a quienes también pertenecen, por cierto, los códigos literarios. No es que los pobres no amen, es que no pueden expresarlo con el sentimentalismo de esos ricos que también lloran. Los retratos del hijo y la hija de la narradora-protagonista muestran ese amor sin glucosa, esa ternura enmascarada de desapego y graciosísima hiel. Este es el tono del que quizá podríamos aprender algo en estos tiempos de cursilería sentimental vinculada a los relatos con pretensiones sociales. Entendemos los sentimientos de Betty en paralelo a las condiciones de vida de Agnes Owens, escritora escocesa, que trabajó como limpiadora, oficinista y obrera fabril: en Una madre trabajadora consigue que transitemos desde la incomprensión y el rechazo hasta la compasión y la empatía hacia su personaje. Nos habría encantado que Betty fuese una heroína libertaria, una mala antisistema, pero su divertido potencial devastador queda desactivado por mecanismos librescos —una trama negra, la cazadora cazada, la justicia poética en la reubicación sentimental del marido— que, desde lo más artificioso de los géneros literarios, humanizan a Betty devolviéndonos la confianza en el poder transgresor de la literatura y subrayando, a la vez, lo difícil que resulta escapar de los límites que la realidad y sus claves de representación nos imponen. Una novela nada edificante, urticante y completamente maravillosa.




Una madre trabajadora

Agnes Owens

Traducción de Blanca Gago

Muñeca infinita, 2025

176 páginas, 19,71 euros


Babelia Núm. 1.781 Sábado 10 de enero de 2026


viernes, 23 de octubre de 2026

Travesía de una chica con clase

MÁS ALLÁ DE LA BELLEZA


Ana Belén ha doblado el cabo del milenio y su rostro es todavía el icono de una vieja lucha, que más allá del desencanto conserva el aura de resistente



MANUEL VICENT

09 AGO 2014

La actriz y cantante Ana Belén, retratada por Jordi Socías.

La travesía empieza en el barrio madrileño de Lavapiés, hacia el final de los años cincuenta, cuando por la tarde, a la salida del colegio de las Damas Apostólicas, la niña volvía a casa y mientras hacía los deberes sobre el hule de la mesa del comedor sonaban en la radio aquellos boleros que ponían un bálsamo a la miseria y el tedio de los días desolados. Era guapa y despierta aquella niña, hija de la portera de la casa donde vivía, en la calle del Oso, y los menestrales de la glorieta de Embajadores la veían pasar con los cartapacios escolares o los recados que la mandaba su madre al colmado o a la mercería. Gente sencilla, subalterna. El padre era cocinero del hotel Palace y puede que comentara con orgullo en el obrador que su hija cantaba tan bien o mejor que Marisol y Joselito, los pequeños héroes del momento.

Los seriales radiofónicos de Sautier Casaseca, los concursos infantiles, las fiestas en el aire, las cabalgatas de fin de semana, a caballo de la verborrea imparable de Boby Deglané, eran el pasto con que las amas de casa llenaban de sueños imposibles las noches del franquismo. A uno de aquellos concursos de la radio se presentó esta niña de 11 años, María del Pilar Cuesta, una niña prodigio como había otras, pero en este caso, además de cantar muy bien y ganar todos los premios, había en aquella criatura un aura indefinible. Boby Deglané se fue una vez más de la lengua: “Vedla aquí con qué aire de princesa se mueve esta niña siendo hija de una portera”. Sin duda Boby Deglané no sabía que en este mundo hay seres que nacen con clase, al margen de su condición social. En este sentido la clase es un swing interior, que se manifiesta en la gracia natural de mirar, de caminar, de hablar, de sonreír, de callar, de seducir, de ondular el cuerpo en torno a un eje espiritual que atraviesa el cuerpo desde el cerebro a la planta de los pies. La clase te la regala la vida. Se tiene o no se tiene. María del Pilar Cuesta transfirió ese don a Ana Belén cuando, puesta ya en el inminente disparadero de la fama, le buscaron el nombre artístico.

La buena fortuna de la travesía de Ana Belén siguió al obtener el papel de protagonista infantil, a los 13 años, de Zampo y yo, el primero de sus éxitos como actriz y cantante. Desde entonces hasta hoy no ha cesado de llenar con su aura el teatro, el cine y la música. Es imposible imaginar los últimos cuarenta años sin que el rostro de esta mujer no haya sido el referente de una fascinación colectiva. Cuando la política se abría a la libertad y una generación de artistas jóvenes creía que las cosas podían cambiar creando y luchando, Ana Belén, sin perder la seducción, estaba siempre donde había que estar, donde se esperaba que estuviera: en la huelga de actores, en los mítines anti-Otan, detrás de las pancartas de No a la Guerra, en los manifiestos contra la represión. Ella era de los nuestros, se decían los políticos progresistas. Formaba una misma barra con Víctor Manuel, Serrat, Miguel Ríos, Sabina, Aute. Sin perder el swing, sin gritar ni descomponer la figura, se había apuntado al Partido Comunista, que era el puerto natural donde recalaban contra Franco todos los inconformistas, rebeldes, visionarios y compañeros de viaje. Ana Belén estaba de moda. Hacía teatro clásico, protagonizaba películas, cantaba y durante 16 años seguidos Cambio 16 la declaró la mujer más atractiva de España. ¿Cómo una chica tan guapa, llena de éxito, podía ser roja? El escritor Francisco Umbral la había convertido en una de sus obsesiones erótico-literarias y todos los días la ofrecía en bandeja en su columna de EL PAÍS a la admiración de sus lectores. Contra este icono comenzaron a urdir represalias los reaccionarios, quienes llegaron a ponerle una bomba en su chalet de Torrelodones acusándola de haber quemado una bandera española durante la representación de la obra Ravos en México.

Ana Belén también entró en el paquete de los que sufrieron el desencanto de los sueños juveniles. Pero ella sigue siendo atractiva y conserva todavía la energía del barrio de Lavapiés, el latido del pueblo llano que ha voceado todas las pasiones seculares en las corralas. Ana Belén se convirtió en su propio himno al cantar La Puerta de Alcalá, era la chica castiza de La Corte del faraón, la morbosa amante de La pasión turca, la miliciana libertaria.

La travesía de Ana Belén ha doblado el cabo del milenio y su rostro aun en nuestros días es todavía el icono de una vieja lucha, que más allá del desencanto conserva el aura de resistente, ese eje interior que por la planta de los pies la afinca siempre en la tierra.



Manuel Vicent


El Pais 9 de agosto de 2014


lunes, 19 de octubre de 2026

‘El efecto deseado’, de Guillermo Alonso: cómo sobrevive un huérfano en un mundo de cínicos

En su tercera novela, el autor moderniza la picaresca con un carnaval de personajes tan vividores como solos


Guillermo Alonso, autor de 'El efecto deseado'
DAVID EXPÓSITO


Noelia Ramírez

10 NOV 2025 

¿Cómo sobrevive un huérfano entre cínicos? ¿En qué se transforma una mirada limpia si vive empañada por el reflejo de personas egoístas, sórdidas y responsables de relaciones enfermizas? Ese dilema es el que planea sobre El efecto deseado (Seix Barral), la última novela de Guillermo Alonso (Pontevedra, 1982). Tras el volumen de cuentos La lengua entre los dientes (Círculo de Tiza, 2023) y las novelas Vivan los hombres cabales (niños gratis, 2019) y Muestras privadas de afecto (Paripé Books, 2021), el escritor y editor web de la revista ICON moderniza la picaresca puliendo su estilo alérgico a jerarquías morales. Y lo hace infiltrándose sin superioridad y con mucha empatía en un carnaval de personajes que aspiran a brillar mientras se pudren por dentro. Seres tan ansiosos de hedonismo y privilegio que su pulsión moverá al lector de la ternura al espanto entre carcajadas que se congelarán al entender que esa risa nerviosa nuestra es un ticket directo a la salita del infierno.

En esta ficción no lineal que transcurre entre saltos temporales entre Madrid y una idílica isla griega, Gaspar tiene 19 años y se ha quedado solo en la vida después de que fallezca su madre, una mujer tan excéntrica como fascinante a la que en el pasado rompieron por dentro. La existencia del protagonista estará definida por esa mujer venerada que lo crio sin padre a la vista entre borracheras y amantes fugaces en la habitación compartida de un hotel cochambroso en el que Gaspar ejercía de chico para todo desde que tenía conciencia. Convencido de que deberá vengar la muerte de la madre, el joven empezará a definir su identidad más allá de la orfandad sirviendo a los ricos. Primero trabajará para Pandora, una viuda obsesionada con las apariencias y la performance de la felicidad, adicta a ofrecer incontables fiestas en el Madrid más rancio, ese en el que los árboles presumen de mejor verde “como si la naturaleza enviase sus mejores granos de polen a germinar donde existe dinero viejo”. Después viajará hasta las Cícladas para cuidar a los Ottaviano, una misteriosa pareja de superricos que quedó desfigurada tras un accidente y en cuyo contrato le prohíben la posibilidad de hacer preguntas. En esa mansión con playa, una jaula de oro donde Gaspar se llega a preguntar si bañarse en el mar le estará vetado como se espera que no se bañen los trabajadores en la piscina, será donde todos los enigmas que arrastra desde niño se despejarán. ¿En qué se convierte un huérfano cuando choca con el mundo de quienes lo tratan como mercancía?

Al leer El efecto deseado no debería pasar inadvertido que su autor, también ganador del Premio Ondas por el pódcast conversacional Arsénico Caviar que conduce junto a la escritora y periodista Beatriz Serrano, lleva años ejerciendo de cronista de lo aspiracional y de las tendencias en un mundo cada vez más melancólico. Es en la mirada supuestamente subalterna de Gaspar donde se hace explícita la decadencia en la impostada opulencia de quienes definen el buen gusto. Ese joven “experto en ser invisible” que vive su vida errante con una resignación pragmática pero abierta a los placeres de la vida; ese superviviente nato que también lidiará con la violencia en su viaje iniciático sexual, se convertirá en un pícaro sin un pelo de tonto que sabrá anticiparse a cada jugada de quienes quieran truncar su destino. Ya lo pensará Gaspar en una de las primeras fiestas de ricos que contempla y que tan bien define las derivas de nuestro tiempo, uno en el que, sin importar la cuna, nos tiene igual de perdidos: “Si a primera hora a todos se le contagiaba el afán de parecer virtuosos, a última se les contagiaba el desahogo de parecer ridículos”.



El efecto deseado

Guillermo Alonso

Seix Barral, 2025

360 páginas. 21 euros


Babelia Núm. 1.773 Sábado 15 de noviembre de 2025




domingo, 18 de octubre de 2026

Charo López: se acabó el pecado

 MÁS ALLÁ DE LA BELLEZA


La actriz salmantina es el símbolo de la luz al final de túnel del franquismo por su belleza y actitud ante la vida. Su arrojo sirvió a muchas mujeres



MANUEL VICENT

18 JUL 2014



Charo López retratada por Jordi Socias.

De pronto un día el rostro de esta mujer comenzó a revelarse en el fluido del inconsciente colectivo, una belleza castellana, que parecía griega, una voz oscura, una risa descarada, no era ya el rostro de una folclórica ni de una artista del cine de cartón piedra sino una chica salmantina, universitaria de Filosofía y Letras, alumna de clásicas con Lázaro Carreter, Torrente Ballester y el historiador Artola, hija de vencedores, que rompió en antifranquista como muchos vástagos de aquella generación. La dictadura se hallaba ya en estado de derribo. A nuestro país estaban llegando todavía los rebufos del Mayo Francés y en medio de los escombros de la dictadura en el cuarto oscuro del revelado bajo la luz roja apareció el rostro de Charo López.

La naturaleza le había regalado un cuerpo adolescente explosivo y una rara belleza, como de moneda acuñada de perfil en un dracma. Cuando pasaba por los soportales de la plaza mayor de Salamanca taconeando abrazada al cartapacio de los apuntes los hombres decían: “Ahí va la Venus de Merlo”, que era el segundo apellido del padre. Después de soliviantar todos los espermatozoides que asentaban sus reales en la terraza del bar Las Torres sintió que el plateresco y la sobrecarga de Unamuno la estaban ahogando tanto o más que el castigo provinciano de tener que soportar que los hombres la sorbieran con los ojos por la espalda y le ladraran requiebros castizos desde los andamios, hasta que un día se hartó, se casó con un cineasta, llegó a Madrid cargada con los últimos libros de texto, terminó la carrera en la Complutense y se enroló en el cine. Algunos decían que era demasiado guapa, una versión de Ava Gardner con hornazo y el aire de encinares de la Castilla clásica.

Charo López puede pasar como la primera actriz que fue el contrapunto del último franquismo en la historia sentimental de España, la que inauguraba la nueva belleza de las hembras más deseadas en sueños cuando estaba llegando la libertad. Hasta entonces el sexo matrimonial de la burguesía se hallaba conjuntado con armarios oscuros, espejos ovalados, hondos cajones de la cómoda con mantillas traspasadas por una aguja de plata, corpiños de ballenas, sábanas con alcanfor, camas de hierro cuyos muelles gemían mucho más que las legítimas esposas sobre colchones de lana, amparadas por un crucifijo que vigilaba desde la pared cualquier exceso. Chicas como Charo podían establecer una pasión clandestina, paralela, pero nunca eran imaginables en el papel de entretenidas a la que un ricachón o alto funcionario les pusiera una mercería. He aquí la aportación de aquella generación de chicas a la historia sentimental, el nuevo amor en las esquinas, en los pubs, en el coche, en los soportales, en los jardines oscuros, las primeras que rompieron la orden de estar a las diez en casa. Comenzaban a ser libres, podían ser amantes pero ya nadie las llamaría queridas, con el tufo agrio del machismo.

Las aguas turbulentas de la democracia trajeron rostros distintos de mujer y el primero en pasar bajo los puentes de la libertad fue el de Charo López, al que seguían los de Angela Molina, Ana Belén, Carmen Maura, Penélope Cruz, Emma Suárez, Maribel Verdú, Adriana Ugarte, y otras, sumergidas en una corriente más o menos turbia, que no era sino el agua de nuestra memoria, como explicación de un tiempo y un espacio, rostros que sintetizaron una pasión colectiva.

Charo López es el símbolo de la luz al final del túnel. Si las mujeres en la agonía del franquismo dieron un paso adelante fue por su arrojo personal sin ayuda de nadie. Llevaban botas altas, echaron los sostenes de lado, algunas exhibían una tijera estampada en la camiseta entre los senos, aprendieron a blasfemar y ante su acoso los progres comenzaron a recular en la barra de los bares, fueron aquellos que en casa ya ponían la mesa y comenzaron a lavar los platos y ellas les enseñaron que llorar también era cosa de hombres. Mientras el franquismo daba los últimos ramalazos de terror en la calles, ellas iban por la tarde a una manifestación bajo los gases lacrimógenos y después se tomaban un gin tonic que unía el placer del amor y el de la libertad.

Antes de llegar a encarnar el personaje de Clara Aldán, de la versión televisiva de Los Gozos y las Sombras, de Torrente Ballester, que la consagró, este rostro ya había despertado todos los deseos para dar paso a la libertad de los años ochenta. Charo López también fue un amor argentino, un símbolo para aquellos intelectuales y artistas del Cono Sur huidos de los milicos que poblaban las noches de Madrid. Ella había aportado una risa salvaje, el perfil de moneda griega, la voz quemada y la voluntad de acabar con todos los armarios roperos y que al sexo le diera el aire limpio en la cara.


Manuel Vicent


El Pais 18 de julio de 2014