jueves, 12 de marzo de 2026

La felicidad de leer en verano

Tribuna libre / Alberto Manguel

Una mujer lee en la playa bajo una sombrilla, en 1962.

Marisa Rastellini (Mondadori / Getty Images)

Asocio el verano de mi adolescencia con las fiestas de Navidad y de fin de año. Bajo un sol que en ese entonces no producía cáncer de piel (o al menos, así lo creíamos) festejábamos la Navidad del hemisferio sur con fetas de pavita fría, ensaladilla rusa, sidra, panetone y helado. Las lecturas de mis veranos correspondían a esa atmósfera doblemente festiva: de clases acabadas y de regalos bajo el árbol.

La historia del verano, en ambos hemisferios, no es muy vieja. Si bien los romanos tenían residencias estivales y los emperadores chinos palacios apropiados para la estación soleada, hasta principios del siglo veinte sólo las clases altas dividían el año entre la ciudad y las afueras. Aunque la burguesía comenzó a imitar a la aristocracia en los albores de la guerra franco-prusiana, la edición: de 1870 del Larousse du XIXe siècle aún declaraba que la palabra villégiature era un neologismo. En 1931, España se convirtió en uno de los primeros países en reconocer las vacaciones remuneradas para los trabajadores y promocionar la idea de un turismo para todos. Un siglo antes, en 1830, Stendhal había usado la palabra "turista"* para diferenciar a aquellos que "viajaban por ocio o por curiosidad" de la plebe que tenía que pasar las vacaciones en casa. Ahora ser turista es ser parte de ese torrente anónimo que se derrama como una lava implacable sobre los sitios más encantadores del planeta, desde los más venerables, como Toledo o Venecia, hasta los más exóticos, como Bali o el Everest, abarrotando aeropuertos y estaciones de tren, y dejando detrás de sí una estela de bolsas de plástico, latas de bebidas y envoltorios de McDonald's, sin haber visto nada de su entorno sino a través del ojo de sus iphones.

Estos días, bajo la inevitable amenaza del cambio climático, el verano comienza a adquirir aspectos terroríficos. Temperaturas infernales, sequías catastróficas, incendios devastadores, invaden nuestras fantasías bucólicas. Aquel mayo remoto "cuando los trigos encañan y están los campos en flor" se extiende hoy brutalmente desde marzo o abril hasta finales del año, y las dulces vacaciones estivales que Proust recordaba en casa de su tía no podrían soportarse hoy sin la asistencia del pernicioso aire acondicionado. "Traten de conservar siempre un retazo de cielo sobre sus vidas", aconsejó Proust a sus lectores, sin prever que para eso precisarían gafas de sol y crema de protección solar factor 30 para bloquear los rayos UVB que descienden hoy sobre Combray.

Refugiados bajo una sombrilla más o menos protectora o arriesgando nuestra piel al implacable sol, las lecturas estivales nos permiten sin embargo rescatar mundos supuestamente mejores o peores, y también preverlos. Es curioso comprobar cuántas novelas célebres transcurren durante el verano, desde El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald; Al faro, de Virginia Woolf, y La isla del tesoro, de R. L. Stevenson, hasta El señor de las moscas, de William Golding; Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, y El barón rampante, de Italo Calvino. Crimen y castigo, de Dostoievski, comienza en una tarde muy calurosa del mes de julio"; Julien Sorel, en Rojo y negro, se convierte en el amante de Madame de Rênal en los primeros días de un tórrido mes de agosto;

Lord Henry ve por primera vez al seductor Dorian Gray "cuando una ligera brisa estival soplaba en los árboles del jardín"; García Márquez inicia la crónica de sus Cien años de soledad durante el mes de marzo de un verano tropical; en el Ulises, de Joyce, Leopold Bloom recorre las calurosas calles de Dublín un famoso 16 de junio de 1904; la Alicia de Lewis Carroll penetra en el Mundo de las Maravillas "una dorada tarde" de un Oxford estival; Alonso Quijano se lanza sobre los caminos de La Mancha bajo un feroz sol de verano; un siglo después, bajo ese mismo sol, Elizabeth Bennet acepta casarse con el apuesto Darcy y dar un final feliz a su Orgullo y prejuicio. Quizás las lecturas de verano nos permiten un ritmo más sosegado que las del invierno. El frío incita a la concentración y a la reflexión; el calor a la divagación y al ensueño.

¿Qué libros leer o releer este verano, cuando las temperaturas amenazan a sobrepasar los 40 grados? Los libros no tienen, como tienen los huevos, fecha límite de venta: la cronología de la lectura no es la de los programas editoriales. Podemos elegir libros de poesía o de ensayo: seamos convencionales y elijamos novelas, casi al azar. Las siguientes son algunas que fueron publicadas este año o hace ya bastante tiempo, pero son todos libros (como diría Roberto Calasso) que producen "una inexplicable felicidad". Hernán Díaz, Fortuna. Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares, Los que aman, odian. Giorgio Fontana, Muerte de un hombre feliz. Valter Hugo Mãe, La máquina de hacer españoles. Moacyr Scliar, El libro de las casas. Yan Lianke, Los besos de Lenin. Olga Tokarczuk, Los errantes. Fred Vargas, El hombre de los círculos azules. Norman Manea, El regreso del húligan. Sabahattin Ali, Madona con abrigo de piel.


Babelia Núm. 1.649 Sábado 1 de julio de 2023


miércoles, 11 de marzo de 2026

Una novela negra furiosa y combativa

La escritora Ivy Pochoda. MARIA KANEVSKAYA (SIRUELA)

Por Juan Carlos Galindo

Es probable que los lectores que lleguen por primera vez a Ivy Pochoda a través de estas páginas se sientan un poco perdidos, en particular si se trata de aficionados a la novela negra. No se preocupen, han aterrizado en otro planeta literario, uno que brilla sin necesidad de estrellas que le den calor, un universo autónomo dentro del género, el planeta Pochoda. Sigan. No se arrepentirán.

Florence Florida Baum es una reclusa de una prisión de mujeres en Arizona. Estamos al principio de la pandemia y la vida en la cárcel se complica. Además, esta niña bien de fondo oscuro tiene una amenaza constante. Diana Diosmary Sandoval, alias Dios. La primera parte, la carcelaria, tiene ya esa potencia de la literatura de Pochoda, que vimos en Esas mujeres (Siruela, 2022): voces que no sabes de dónde vienen, temblores en el lector, potencia a raudales, mujeres que se valen por sí mismas, sin mediaciones masculinas, enseñando los dientes.

La libertad será solo el principio de algo. A Dios y a Florida les une un oscuro secreto, uno que apela directamente a la gran pregunta de la novela negra: ¿qué tenemos ahí dentro, muy al fondo, que nos hace pasar en ciertas circunstancias ciertos límites? Porque hay que avisar al lector de dos aspectos esenciales de esta historia. Por una parte, no es un procedimental —a pesar de la presencia, muy potente, de una mujer policía—, tampoco una novela enigma, sino que bordea el género y lo retuerce. Por otra parte, Florida y Dios no tienen una sola cara, no son solo víctimas, ni perpetradoras, no son de una pieza y nunca serán mujeres fatales. Hay furia contenida y furia desatada, contra los monstruos interiores y contra las barbaridades del sistema. Se siente sobre ellas el peso de un mundo diseñado por hombres, de su violencia y desconsideración, pero no esperen llanto aquí. Ahora bien, cuidado: la autora no juzga ni justifica, en un ejercicio literario complicado del que sale viva gracias al poder de las voces que pueblan el relato.

Un poco antes de la mitad el libro da un salto. Podría haberse quedado en una road movie alocada con dos mujeres aplastadas por el peso de la culpa, el pasado y la violencia de sus actos. Pero entonces no estaríamos ante una novela de Pochoda, que incluye aquí al personaje que da equilibrio a todo: la inspectora de policía Lobos (cuántos, habrían hecho ocho novelas solo con este personaje), una mujer con una enorme rabia contenida que tiene un origen común al de Florida y Dios, pero contra el que ella lucha de otra forma.

Queda el contexto, porque Florida huye a Los Ángeles, su casa, una ciudad en constante destrucción, que en la novela aparece como un lugar fantasma atravesado por los efectos de la pandemia (y no tan distinta a la del Harry Bosch de Michael Connelly o la del reciente y vibrante Silencios que matan, de Jordan Harper). La protagonista se adentra en los asentamientos masivos de personas sin hogar, no tan lejos de la mansión familiar, y el lector alucina, conoce otras formas de violencia, se ahoga con la protagonista en esa ciudad apocalíptica.

"Al final lo hecho, hecho está, y no hay manera de deshacerlo. Que otros busquen la moraleja si quieren", dice uno de los personajes hacia el final, un remate justo y nada reparador, violento, de una historia que no pretende tranquilizar conciencias.

Uno de los grandes méritos de Ivy Pochoda es que no hace una sola concesión al espectáculo, pero el lector queda igualmente atrapado; no utiliza el ritmo del thriller, pero no se puede parar de leer, es imposible escapar a su hechizo. Una melodía de muerte y destrucción no es Esas mujeres, uno de los libros más potentes del género en la última década, pero no deja de ser turbador y magnífico.


Una melodía de muerte y destrucción

Ivy Pochoda

Traducción de Pablo González-Nuevo

Siruela, 2025

304 páginas. 24,95 euros


Babelia Núm. 1.730 Sábado 18 febrero 2025


sábado, 7 de marzo de 2026

Cómo escribir literatura

Tribuna libre / Nadal Suau

No es un secreto que las vocaciones de escritor casi superan hoy en día a las de lector, ni que el prestigio casi mágico de ese oficio se mantiene intacto incluso (o especialmente) entre quienes no leen. Decir que uno es escritor sigue siendo bien acogido en las reuniones de la comunidad de vecinos, sin perjuicio de que ninguno de esos vecinos sea lector, y todavía despierta curiosidad. Por eso no es nueva ni extraña la publicación de libros que expliquen las interioridades de la escritura, ya sea en forma de consejos o de testimonio. Es un género que ha existido siempre. Aun así, la coincidencia de varios títulos de este tipo invita a leerlos en conjunto para preguntarse qué es el ente llamado un-escritor en el imaginario contemporáneo y cómo se explican los escritores ante el público.

Últimamente he leído tres novedades muy diferentes entre si, pero representativas de ese interés que no cesa. La primera es la más divulgativa: me refiero a Aprende a escribir (Debate), de Álvaro Colomer. El título tan de manual no sé si hace justicia al trabajo de Colomer, que aquí retrata las rutinas, trucos y métodos de casi un centenar de escritores, lo que supone un planteamiento bastante más interesante. Como la nómina de voces escogidas aspira a ser un mapa del mainstream en castellano, con dosis calculadas al 33% de comercialidad, alta literatura (disculpen la repelencia, pero así nos entendemos) y cultura de consenso medio, se me hace casi imposible que a algún lector le llamen la atención por igual todos los nombres, pero, por la misma razón, también es complicado ser tan cenizo que ninguno te apele. En mi caso, disfruto leyendo los capítulos dedicados a Ida Vitale, Enrique Vila-Matas, Juan Villoro, Rodrigo Fresán y Laura Chivite, entre otros.

Sea como sea, la existencia del libro de Colomer y el diseño que lo envuelve me llevan a pensar en varias cuestiones externas al texto. Primero, en esa popularidad superviviente del escritor a la que ya he aludido. Segundo, en la fantasía terapéutica tan extendida de que todo el mundo puede llevar dentro a un escritor. Tercero, en la importancia que los procesos de escritura tiene para los lectores, que cada vez somos menos propensos a leer el resultado final (el libro) como una obra independiente del contexto y la metodología que propiciaron su existencia.

Algo de esto último se entrevé en las páginas de Mecánica poética. Cómo leer y escribir poemas (Alba), de Ben Clark. Se trata del segundo estudio sobre el género que publica un poeta español en poco tiempo, después de El arte de encender las palabras (Barlin), de Berta García Faet, y no olvido que otros autores como Elena Medel o Mariano Peyrou también han hecho sus contribuciones. El libro de Clark (excelente, y que se cierra con una llamada a escribir sólo "para disfrutar del milagro, si ocurre, de haber creado un poco más de belleza") es el más práctico de los cuatro aludidos, no en vano se publica en una colección de guías de escritor, algo que se refleja en su estructura: cada capítulo equivale a una semana, hasta alcanzar las nueve y media. Aparte de responder a la certeza de que hay público para las recetas literarias, el recurso refuerza la idea de que el proceso, la obra en marcha, produce casi tanta curiosidad lectora como el propio resultado.

La escritora Sabina Urraca, en la residencia literaria de
Finestres en Sanià (Girona). MARIA RÓDENAS SAINZ DE BARANDA


Y si eso fuese cierto, entonces el nuevo libro de Sabina Urraca, Escribir antes (Comisura), sería el más significativo de los que he convocado hoy. Desprovistas por completo de cualquier intención didáctica, sus páginas reproducen el cuaderno de trabajo que la autora llevaba durante la composición de su novela El celo (Alfaguara), un cúmulo de anécdotas, ideas, sueños, revelaciones, obsesiones, dudas y confesiones lo bastante autónomas para valerse por sí mismas como "obra" y, al mismo tiempo, lo bastante vinculadas a la novela para enriquecerla. La prosa de Escribir antes tiene esa cualidad matérica, inmediata y densa de Urraca, y se disfruta mucho, pero es que, además, a mí su publicación me parece muy pertinente, muy moderna. En el mundo del arte ya es un lugar común que la obra de arte se exponga de la mano de la documentación del proceso que ha llevado a crearla, lo que equivale a representar la vida del artista como un proyecto estético en sí mismo, un planteamiento que va más allá de la autoficción que tantos comentaristas siguen vinculando a Urraca con muy poco fundamento real. Por otro lado, es muy probable que esta necesidad de vincular proceso, artista y resultado final explique en gran medida el fiasco de la polémica que ha afrontado El odio, de Luisgé Martín: quienes pedían "leer el libro" antes de opinar no supieron intuir que la metodología de la escritura es ya para muchos lectores, en buena medida, la escritura misma.

Entonces, en 2025, ser-escritor no solo sería escribir, sino también encarnar la escritura. Representarla.

Oh, y una última intuición: el título escogido por Urraca, ese "escribir antes", se refiere (aproximadamente) al deseo de volver a escribir como en la infancia, antes del compromiso profesional, antes del realismo de la industria. Me gusta pensar que la idea rima con el último libro de Laura Fernández, Hay un monstruo en el lago (Debate), en el que la novelista reivindica la posibilidad de habitar el mundo como si fuese un gran relato en el que caben la sorpresa, el milagro constante, lo fantástico, y que empieza con la siguiente dedicatoria: "Para los que querrían poder creerlo [que existe el monstruo del lago Ness] aún de esa forma, con la encantadora certeza, con la ingenuidad invencible, de quienes alguna vez fueron". La infancia, de nuevo. ¿Y si, después de todo, leer y escribir literatura consistiera en un esfuerzo de gigantes por vomitar el cinismo y aparecer niños de nuevo sobre la tierra?


Babelia Núm. 1.743  Viernes 18 de abril de 2025


miércoles, 4 de marzo de 2026

La escritura como exoesqueleto

Tribuna libre / Nuria Barrios


El escritor Hanif Kureishi, retratado en 2017.
Roberto Ricciuti (GETTY IMAGES)

Han pasado nueve meses desde que el escritor inglés Hanif Kureishi sufrió un accidente que dañó su médula espinal. El 26 de diciembre se cayó en una calle de Roma, donde pasaba las vacaciones. Acababa de cumplir 68 años. Cuando se despertó había perdido la movilidad de todo su cuerpo. Le ingresaron en un hospital de Roma donde permaneció hasta que en junio le trasladaron a otro hospital en Londres. Kureishi, autor de Mi hermosa lavandería y El buda de los suburbios, entre otros libros, no sabe si alguna vez podrá volver a caminar o a sujetar un bolígrafo. Desde enero escribe un blog, feroz en su honestidad, que siguen un alto número de lectores: 72.000 en Twitter, 16.000 en la plataforma de pago Substack. Está previsto que esos textos aparezcan reunidos en un libro, Shattered, el próximo año.

Decir que "escribe" sobre ello es una forma de hablar. Dado que no puede utilizar sus manos, dicta a su pareja y a sus dos hijos. El accidente ha cambiado su vida, también su escritura, ya no es un trabajo solitario que se desarrolla entre las yemas del autor y el papel o la pantalla del ordenador, sino una tarea colectiva: narrar en alto, escuchar y corregir antes de que lo contado pase a papel. Escribir en el aire.

El tono de sus textos ha ido variando: desde la energía y la determinación iniciales al desánimo y la amargura al comprobar que es probable que no se recupere. Aun así, no ha dejado de escribir desde la cama del hospital. Lo que le sucedió, dice en su blog, era "una piedra tan pesada y sólida que no podía tragarla ni escupirla. (...) Tenía que encontrar una manera para sobrevivir". Kureishi, cuyos brazos y piernas permanecen ajenos a su voluntad, ha convertido la escritura en una herramienta de supervivencia, un instrumento para dar sentido al sinsentido. Un sofisticado exoesqueleto.

Pero ¿qué sentido puede dar la escritura a semejante catástrofe? El deseo de no quedarse solo en medio de las repentinas tinieblas. Esa es la razón de ser de Kureishi, su voz literaria: "La idea de reconocimiento, de mutua comprensión —una especie de espejo—, es en parte la razón por la que escribo este blog y en parte la razón por la que empecé a escribir (...). Aunque creo que las historias son en esencia entretenimiento, no las considero una clase de diversión superior, sino un intento de comunicar algo esencial sobre el sufrimiento".

Sus textos no dejan a nadie impasible. No solo habla de su situación física y de su estado anímico, habla asimismo sobre qué significa la escritura, sobre la familia, la sexualidad, la pornografía, el amor, las drogas, el miedo al futuro, las sesiones con su psicoanalista... El objetivo de escribir, afirma, no es hacer terapia, sino entretener a los lectores.

Leerlo es conmovedor, incluso cuando su blog es árido. Sus palabras han generado una intensa correspondencia con numerosas personas que le cuentan sus accidentes, sus experiencias, su deseo de convertirse en escritores.

Siempre se llega virgen al dolor de la vida, decía Marguerite Yourcenar. El asombro, que forma parte de la virginidad, es la materia con la que trabaja un escritor. Durante los primeros meses, Kureishi intentó comprender cómo funcionaba el universo alternativo en el que había ingresado a la fuerza. El mundo se había convertido en un hospital y en su blog empezaron a aparecer un médico que, pianista frustrado, le consultaba sus dudas sobre si había elegido el camino correcto; la enfermera con quien rebautizó su ano como Ruta 66 por la frecuencia de los enemas; la amistad con dos compañeros de hospital: Miss S y el Maestro... Contar parecía alimentar la esperanza de que la devastación sería temporal. Paralizado de la noche a la mañana, Kureishi hablaba de lo sucedido con inteligencia, y su humor, como la anestesia que precede el pinchazo del mosquito; hacía liviano lo grave.

A medida que pasaban los meses y la esperanza de recuperación se volvía más tenue, los textos se fueron haciendo más oscuros, más amargos. También mas vulnerables. "Lo que aún me desespera es la idea de que no puedo caminar hasta la entrada de mi casa, abrir la puerta y regresar a mi vieja vida: tumbarme en el sofá con una copa de vino y la Premier League. Me parece terriblemente cruel no poder hacer algo tan simple". Kureishi transmitía su dolor físico, emocional, psíquico al hablar de su cuerpo desconectado, de su ser roto, hecho añicos. Shattered.

A finales de junio, volvió a Londres. Desde allí mantiene vivo su blog, "una razón para seguir adelante", dice en uno de sus últimos textos. "Este terrible accidente destrozó mi visión del mundo y me ha obligado a rehacerla. Veremos qué sucede y cómo responde mi imaginación".

Su padre le bautizó Hanif como homenaje al jugador paquistaní Hanif Mohammed, famoso por su capacidad de concentración. Él la ha heredado. Sus palabras, como un exoesqueleto, se mueven por el. Tal vez la escritura sea, a su manera, tan necesaria como la enfermería, ya que nosotros los escritores cuidamos del alma humana en su difícil viaje por este mundo imposible. Siempre termina sus textos con un Your loving writer. La escritura, bajo sus múltiples máscaras, es eso: amor.


Babelia nº 1.661 Sábado 23 de septiembre de 2023

miércoles, 28 de enero de 2026

La humanidad involuciona, y la culpa es de los ricos

Rachel Kushner firma una potente novela de espías existencial en la que dispara contra el conservadurismo extremo de la época, el más feroz de los lobos

Por Laura Fernández

Bruno Lacombe es un ideólogo, una suerte de nuevo Mesías, el tipo que ha entendido que el capitalismo no se puede desmantelar, que lo único que podemos hacer para librarnos de él es apartarnos. ¿De qué? De la vida como lleva siendo entendida desde que el Homo sapiens sustituyó al neandertal, y permitió a nuestros prehistóricos antepasados abandonar las cuevas y empezar a demostrar de qué forma éramos mejores que los demás, cómo nuestro césped siempre es el más verde que el del vecino -o debería-. Bruno Lacombe vive en un cobertizo y desde allí predica Su Palabra en filosóficamente pomposos -puro narcisismo desatado- correos electrónicos que envía a sus adeptos- a los siguientes en la cadena de mando de su peculiar secta ecorradical afincada en la campiña francesa- y que la protagonista de la nueva novela de Rachel Kushner (Oregón, Estados Unidos, 57 años), Sadie, Sadie, Smith, está leyendo a escondidas. ¿Por qué? Porque Sadie es una espía. Pero una que hizo algo terriblemente mal y fue despedida del Gobierno. Ahora se dedica a trabajar para misteriosos clientes externos de los que nada sabe, ¿y no es eso peligroso?

Aquello alrededor de lo que gira la novela, una bomba meticulosamente construida -el destilado de las frases de Kushner persigue la perfección que ha hecho único a Don DeLillo, pero, en su caso, es una perfección no flotante, sino en extremo arraigada a la tierra-, es la perdición, es decir, la humanidad está por completo perdida, prácticamente desaparecida en un ir y venir de mensajes contradictorios -eso que se ha dado en llamar el turbocapitalismo, y que Lacombe prefiere considerar un capitalismo tardío, crepuscular, desesperado-, y, para encontrarse, está dispuesta a dar un par de millones de pasos atrás y volver a las cuevas. No la humanidad al completo, por supuesto, sino el tal Lacombe y su corte de seguidores. Un tipo en exceso privilegiado -un rico, un alguien sofisticado, clasista- que considera a los thales- así llama a los neandertales- sus iguales. No había en ellos, dice, la sed capitalista que dominó desde el principio, dice, a los Homo sapiens, ese querer ser mejor todo el tiempo, y aplastar al otro.

No admite Lacombe, ni siquiera se plantea, en esos correos electrónicos aceptados en la cueva, que nada de lo que le ha llevado a pensar así, a siquiera pensar, existiría sin esa ansia de progreso. Entiende el progreso como un atraso, y he aquí la flecha -el nido, en realidad, de ellas- que Kushner- no olviden, autora de Los lanzallamas, activista, a su manera, de un despertar de la conciencia ante la injusticia pasada, presente y futura- dispara contra el conservadurismo extremo de la época. Un conservadurismo que se presenta como un cordero al que el lobo trata de zamparse cuando es el más feroz de los lobos o, mejor, de los buitres, pues se alimenta de lo ya muerto, en el caso de Lacombe, de lo muerto hace millones de años, la especie no conectada y no superviviente, vendida como una exquisitez dedicada únicamente al pensamiento en sus cuevas, a solas, en una hipotética ucronía utópica. La mirada cínica, y poderosa de la descarriada agente Smith, convierte la aproximación a semejante burbuja en un apasionante tira y afloja metafísico existencial (muy muy terrenal).

He aquí pues una novela de espías en la que el objeto de estudio no es único porque, en un juego de espejos tan sutil que se vive como un viaje lector, la propia Sadie se disecciona a sí misma o a aquello que queda de ella después de haber sido invadida por su condición de espía, o pieza de una sociedad en la que ella misma no tiene tiempo de pensar, porque ¿qué es su vida sino servir a sus clientes? Hasta sus relaciones personales -el sexo, ningún tipo de amor- están marcadas por aquello que no puede dejar de ser, es decir, algo usable, un producto más del sistema que, desde la cueva, Lacombe critica. Sí, la reflexión está servida. Y es intensa. Y también muy divertida.


El lago de la creación

Rachel Kushner

Traducción de Javier Calvo

AdN, 2025. 448 páginas. 21,95 euros.


Babelia Núm. .778. Sábado 20 de diciembre de 2025




sábado, 24 de enero de 2026

Los fantasmas que nos sobrevivirán

 Por Andrea Toribio


Estoy cansada. Estoy agotada. Estoy abatido. Estoy destruida. Estaba así hasta que cayó en mis manos Arterial, de María José Galé Moyano (L´Hospitalet de Llobregat, 50 años). Ahí la cosa mejoró, me entretuve para bien; fue como si las gasolineras volviesen a vender cintas de casete en esos expositores negros de metal que daban vueltas. Regresaba la ficción. De su mano una apuesta por la narrativa revolucionaria y una reflexión en torno a lo privado y lo íntimo en absoluto agradable, tal y como lo fue en su momento Sangre en el ojo, de la escritora chilena Lina Meruane.

En esta novela, Galé Moyano despliega tres historias, por decirlo así, que terminan trenzándose. En primer lugar, encontramos una voz narrativa que explora la teoría en torno a la sangre, ese líquido más viejo que el oro, y a sus múltiples significados, prácticamente desde el siglo XV: Inquisición, castellanos viejos, el caso del doctor Charles Drew vía Philip Roth; personalidades expertas en la materia como Henry Kamen o Jaime de Salazar y Acha. Luego nos topamos con una segunda voz, la de una artista de nombre Florencia D., que trabaja con la intimidad de los demás, entendiéndola de una forma extrema y radical. Esta  colabora con alguien del ala de cirugía de un hospital, y con el permiso previo de los pacientes los fotografía mientras están en el quirófano. Por último, Django ("Jango cabrón", que le han escrito una pintada frente a su casa), un muchacho de barrio en la veintena -un antihéroe escrito además en segunda persona- al que acaba de morírsele su madre, Rosa, tras una larga enfermedad y que, de indicar a unos chavales en un coche la dirección de un bar, acaba por azar en la exposición de Florencia. Todo esto, tras pasar la noche entera con ellos y con otros seres que le son familiares y que idealizó, como es el caso de Consuelo y de su hija, la Chelo. El pasado es ya una traición movediza en la memoria.

Hablo todo el rato del giro drástico de Galé Moyano porque eso es lo que aquí plantea, mostrar en ficción la cicatriz, no lo que ocasionó la herida. Tampoco quién. Exponer la sangre tal vez es lo obsceno y lo pornográfico, lo que se explica por sí solo y apenas necesita elaborarse. Porque ese es quizá el dilema al que nos enfrentamos a la hora de encarar hoy la ficción, ¿qué mostrar?, ¿qué no enseñar? La autora nos dice, un poco, que para ese viaje no hacían falta alforjas. Si lo exhibes, exhíbelo todo. atrévete. Si no, guárdatelo, guárdatelo para siempre.

En Arterial todo es nuevo y a la vez viejo. Aquí hablar de sangre, de la sangre, es disruptivo, de la sangre como fluido. La de esta novela es una prosa aguda que se permite jugar sin grandes aspavientos o experimentos inhábiles, lo que le permite huir de la pompa que destilan los libros a los que llamamos artefactos, por no saber dónde ponerlos, y de aquellos textos hechos a base de costuras y remiendos. Hay también códigos reconocibles en la novelística y, al mismo tiempo, hay escenarios que, gracias al pacto de ficción que establece Galé Moyano, generan en nosotros una necesidad de reacomodarnos para acomodarnos que pocos libros siquiera llegan a rozar.



Arterial

María José Galé Moyano

Candaya, 2025. 176 páginas. 19,76 euros


Babelia Núm. 1.782. Sábado 17 de enero de 2026

sábado, 22 de noviembre de 2025

Una vieja apuesta al periodismo novelesco

John Gregory Dunne, escritor y guionista, esposo de Joan Didion, construyó en los setenta un relato sobre su crisis personal y Las Vegas

Por Andrea Aguilar

La crisis existencial al periodista, escritor y guionista John Gregory Dunne (1932, Connecticut-2003, Nueva York) le llegó a los 35 años. "Sin razón alguna, me había entrado terror a morir", escribe en las primeras páginas sobre la rocambolesca aventura que emprendió cuando trataba de librarse de aquel pegajoso malestar. Su muerte tardaría unas cuantas décadas en llegar y sería un fenómeno literario gracias a la pluma de su esposa, Joan Didion, con El año del pensamiento mágico. Ahora, el rescate de Vegas, Cronica de una mala racha, publicado originalmente en EE UU en 1974, resucita la voz de ese fantasma, muestra otra cara, el desencanto vital que Dunne siente y el vacío que resuena como un eco en las personas con las que se cruza.

Con una prosa esmeradamente seca se suceden las escenas y los personajes perdidos en el remolino del desierto de Nevada. "Me decía que era a través de las penurias ajenas como podría entenderme a mí mismo", escribe. El Nuevo Periodismo, que llevó las herramientas de la ficción al género periodístico con talento y alevosía a mediados del siglo XX en Estados Unidos de la mano de Gay Talese, Tom Wolfe, Hunter S. Thompson y la propia Didion, entre otros, toma aquí un ángulo más novelesco. Nada de viajes lisérgicos como en Miedo y asco en Las Vegas, el libro de Dunne tiene un sabor más amargo y menos gamberro.

El autor advierte que se trata de una "obra de ficción de un periodo al mismo tiempo real e imaginado" y que, aunque se cruzó con detectives privados, prostitutas y comediantes de segunda fila, esas personas no se ajustan exactamente a los personajes que desfilan por las páginas de esta suerte de diario de un reportero desencantado.

Así que Dunne trata de frenar su caída libre fijando la mirada en ese extraño mundo de Las Vegas, sin una dirección clara. Eso es parte del encanto y también parte del problema de su relato: crudo, sin esquivar lo escatológico, masculino sin disimulo, rebosante de brillantes descripciones que evocan toda una atmósfera de submundo, las escenas se suceden sin un hilo argumental definido, porque la vida no lo tiene y Dunne opta por no imponerlo, o simplemente decide jugar con ese caos existencial. El orden deslavazado refleja el sinsentido interno del narrador y del mundo que le rodea, es parte del experimento, del que no sale del todo exitosos, quizá porque el éxito no tiene cabida en los personajes que habitan estas páginas. Dunne vive unos meses en lo que él describe como una "antesala del purgatorio" plagada de "desposeídos emocionales".

El libro tiene algo de guión de película rodado en un largo plano secuencia por el que desfilan ese detective que encuentra maridos que emprenden fugas, o a un cómico que interpreta cada noche el mismo show en una sala medio vacía en la que una prostituta con diente de oro recibe más atención que sus esforzadas bromas. Esa poesía del fracaso, de la ciudad del vicio y sus almas perdidas, forzadas todas ellas a interpretar su papel gastado, nunca deslumbrante, tiene un sabor algo caduco. Es deudora de un tiempo pasado, aunque mantiene su brillo.

La edición de esta crónica, más allá de su valor narrativo propio, añade nuevas piezas al puzzle de los didionmaniacos. Se intercala en la historia de Las Vegas, de forma sincopada y elíptica, la crisis matrimonial de Dunna y Didion, sus llamadas y peleas -"las batallas las ganaba yo, pero la guerra la parecía estar ganando ella"-. Y al fin, quizá algo de los que Dunne escribe sobre Jackie Kasey, el humorista telonero de Las Vegas con quien pasa gran parte de ese verano asfixiante, pueda aplicarse a su propia historia como escritor y pareja de Joan Didion: "Es el escudero de la estrella, gracioso pero no demasiado: al cabeza de cartel nunca hay que hacerle sombra".



Vegas, Crónica de una mala racha

John Gregory Dunne

Traducción de Javier Calvo

Gatopardo, 2025. 312 páginas. 22,95 euros


Babelia Núm. 1.774 Sabado 22 de noviembre de 2025