viernes, 24 de abril de 2026

Un viaje al infierno con billete de vuelta

Dante y Virgilio en el infierno (1850), William-Adolphe Bouguereau, expuesto en el Museo de Orsay de París.


El libro de Miguel Herrero de Jáuregui Catábasis analiza el descenso al inframundo en la poética de la Antigüedad clásica, un mito que la literatura y el cine han seguido recreando libremente a lo largo de los siglos, desde El corazón de las tinieblas a películas recientes como Coco

POR SILVIA HERNANDO


Que la visión del infierno resulta irremediablemente atractiva, por el terror y el morbo que provoca, supone una intuición que quedó científicamente probada hace unos meses, cuando un equipo de investigadores de la Universidad Miguel Hernández concluyó que es esa la tabla del tríptico de El jardín de las delicias (1490-1500) que más miradas acapara entre los visitantes que se apostan ante la archiconocida pintura del Museo del Prado. Frente a las representaciones que la fértil imaginación de El Bosco plasmó de la tierra y el paraíso, es la escena dedicada a los tormentos perpetuos, con sus más de 300 figuras achicharradas y empaladas, criaturas monstruosas y humanos alucinados, la que mayor atención y tiempo recibe de los ojos que sobre ella se posan. No en vano, en ella se vislumbra un posible desenlace tras la muerte, la más irresoluble de las cuestiones.

Antes que el pintor, fue Dante Alighieri en la Divina comedia (circa 1304-1321) quien se hizo cargo de recrear el destino aciago que aguarda a aquellos que incurran en el mal materializado en forma del pecado, desde el punto de vista de la escatologia cristiana. Si bien el infierno jamás termina, podría decirse que el principio de su representación tal y como la concebimos ahora se sitúa en la obra del florentino. Lo que le precedió, el imaginario del que bebió su poema, fue un mito ancestral que el escritor tomó prestado de la Eneida, de Virgilio (autor latino que le acompaña en su espiral hacia el abismo, un viaje que antes transitó por las poéticas griegas y se remonta, al menos, hasta la Epopeya de Gilgamesh: la catábasis o descensus ad inferos, un descenso sombrío y peligroso al inframundo -generalmente, con billete de vuelta— cuya compleción produce una transformación radical del héroe que consigue llevarlo a cabo.

Caronte en el río Aqueronte, ilustración de Gustave Doré que representa al barquero del Hades, el inframundo griego, realizada para la primera parte de la Divina comedia, de Dante, dedicada a "Infierno".


Este tema inagotable, y por ello inabarcable, que puede detectarse en culturas más allá de Occidente (y de Gilgamesh), compone el objeto de investigación del reciente libro del profesor de la Universidad Complutense de Madrid Miguel Herrero de Jáuregui. Con una perspectiva divulgativa, Catábasis: el viaje infernal en la Antigüedad (Alianza) examina el devenir poético de esta leyenda desde la antigua Grecia hasta la literatura cristiana, con parada en autores como Homero, Platón y Virgilio. "Nunca hubo un viaje al Hades originario, sino una constante transmisión y reinvención de este relato", advierte el autor en el primer capítulo. Su rastro se pierde en la noche de los tiempos, sobre cuyos hombros ha continuado cabalgando. "Creo que se trata de un tema de interés general, del que, sin embargo, no se ha escrito demasiado", abunda el autor en conversación telemática, donae analiza una cualidad de este mito que referencia someramente en el volumen: la pervivencia de su esencia en todo tipo de obras de arte.

La sección dedicada al infierno en la Divina comedia probablemente componga uno de los ejemplos más excelsos -después de los clásicos- de descensus ad inferos. En su caso, atravesado por la filosofía cristiana, que transformó la bajada al subsuelo en símbolo de la victoria de Jesús sobre la muerte y reconfiguró aquel espacio como una bacanal interminable de sufrimiento. "Las categorías de cielo, purgatorio e infierno son especificamente cristianas, aclara Herrero de Jáuregui. "El Hades de los griegos no es nuestro infierno. No es un lugar de castigo, sino un mundo subterráneo donde habitan los muertos". Cuando Heracles, Orfeo, Teseo y Pirítoo ingresan en las profundidades, no se topan con el fuego y el hielo dantescos, sino con Cerbero, Eurídice y Perséfone. Aunque nunca llega a entrar explícitamente, en la llamada Nekyia del canto XI de la Odisea Ulises conjura a los muertos a las puertas del Hades y consigue hablar con ellos. "Se trata de un episodio que puede entenderse como una evocación de las almas en la entrada del inframundo a través de un ritual", ilustra Jorge Juan Linares Sánchez, profesor de la Universidad de Murcia que en su tesis doctoral estudió el tema del viaje al mundo de los muertos en la Odisea y su tradición en la literatura occidental, dando repaso a decenas de novelas, obras teatrales y poemas.

Tras los pasos de Dante, él mismo de la mano de los grandes poetas que le precedieron, una innumerable cantidad de artistas ha recreado libremente las imágenes de la catábasis: desde Marcel Proust con el drama de En busca del tiempo perdido (donde el escritor transforma una fiesta de viejos amigos en metáfora de la evocación a los muertos) a Woody Allen en su comedia Desmontando a Harry (en la que los círculos del infierno coinciden con las paradas de un ascensor); de clásicos universales como el Quijote, de Miguel de Cervantes (en la segunda parte de la novela, cuando desciende a la cueva de Montesinos), a filmes intimistas como Ponette, de Jacques Doillon (sobre el duelo de una niña que se encuentra con el fantasma de su madre. ¿Como ha conseguido surcar los milenios el mito y seguir vigente? Linares Sánchez propone dos explicaciones razonables. La primera, la más evidente: "Que cualquier sociedad siente interés por saber qué hay detrás de la muerte, y estas historias intentan re-llenar ese hueco". El segundo motivo, agrega el profesor, lo proporcionaría el hecho de que "estos episodios tienen la potencialidad de que cuando se baja al mundo de los muertos se rompe una barrera, dado que se puede encontrar a difuntos de cualquier tiempo y cualquier lugar, y eso abre muchas posibilidades al relato".







Fotogramas de películas que hacen referencias al viaje al inframundo. De arriba abajo,

Apocalypse Now (1979), de Francis Ford Coppola; Barbie, Greta Gerwig, y Desmontando a Harry (1997), de Woody Allen.

CBS / GETTYIMAGES LANDMARK MEDIA ALAMY STOCK PHOTO / KINO LORBER COURTESY EVERET COLECCTION)

Películas de animación recientes como Coco (2017) y Soul (2020) - dos producciones de Pixar que respectivamente sondean el mas allá según la tradición mexicana y en la piel de un músico de jazz- han contribuido a renovar el interés por uno de los viajes más populares de todos los tiempos. Sintonizada con la sensibilidad del momento, la recién estrenada Barbie replica la narrativa del trayecto a otra dimensión colocando el mundo real en el puesto del inframundo. Tras ver trastocadas su felicidad y longevidad inagotables, la protagonista emprende un trayecto que la lleva desde su hogar de ensueño, Barbie Land, hasta Los Ángeles, un enclave igualmente plástico donde sin embargo la vida es finita y las reglas que delimitaban su cosmovisión se subvierten. Barbie Land es una idea que para mí estaba muy conectada con el viaje espiritual clásico que está presente en muchos textos religiosos, la idea del paraíso perdido... Estás en un lugar donde no existen la muerte, el envejecimiento, el dolor o la vergüenza. Y de pronto todo eso desaparece", afirmó en una entrevista con la revista de EL PAÍS S Moda la directora Greta Gerwig, en cuya película resuenan también ecos del mito de Pigmalión. Si en la Odisea Ulises convoca la sombra del profeta Tiresias para intentar hallar el modo de regresar a Ítaca, en Barbie la muñeca rueda con sus patines fluorescentes hacia el lugar donde dar con la respuesta a su inédita decadencia. En un guiño a la visión cristiana del infierno como castigo, aquí la condena es el patriarcado.

Esa asimilación del infierno con la vida real tiene toda la lógica dentro del contexto de una sociedad cada vez más alejada de las antiguas narrativas con las que las personas aplacaban las incertidumbres de la existencia, en la que muchos aceptan que seguramente no haya nada más después de la muerte. "Es difícil pensar qué sería un infierno en la actualidad, dado el tremendo grado de secularización y de pérdida de la noción del pecado", apunta el filósofo José Luis Pardo. "Digamos que hoy", bromea, "el infierno sería algo así como no tener internet". De ahí que, por ejemplo, los ascensores (de nuevo este recurso) que transportan al espacio de los sueños al personaje de la película de Christopher Nolan Origen (2010) conduzcan hasta lo más hondo de su propia mente, al recoveco de sus recuerdos mas dolorosos. La catábasis pone al héroe frente a sus demonios internos. "En el mundo contemporáneo", remata Pardo, "el verdadero infierno es la experiencia de ciertas situaciones completamente terrenales y mundanas".

Como mito en constante movimiento, la catábasis se resiste a las descripciones estrictas ahora y también en época clásica. Ulises no llega a introducirse en el Hades, mientras que Eneas sí se interna en sus regiones, pero ambos episodios encajan en el marco de la atmósfera del mito. Características comunes del allende en la poética grecorromana, representado como un lugar subterráneo y sin luz, al que se accede a través de una frontera acuosa y en el que mora una deidad poderosa junto a centinelas que custodian a los difuntos son alteradas -u obviadas por otros artistas posteriores de las más diversas maneras. La anábasis, el retorno ascendente y transformador, suele componer una parte fundamental del trayecto, realizado comúnmente en compañía de un guía. La noción misma del viaje, casi siempre trufado de personajes, obstáculos y riesgos, ofrece probablemente la clave definitoria. 

Más allá de los elementos concretos, el profesor de la Universidad de Extremadura Francisco Javier Tovar propone un acercamiento al descensus ad inferos literario articulado en tres grandes temáticas: una en la que se ingresa en una cueva o una zona oscura y peligrosa, otra en la que el inframundo se asimila a la minería como símbolo de riqueza y búsqueda de conocimiento -como ocurre en el Viaje al centro de la Tierra, de Julio Verne-una tercera entroncada en la tradición órfica, donde se emprende un viaje en busca de los muertos "para saber qué sucede cuando acaba la vida e incluso anticipar el futuro'. En ese sentido, el relato de cómo Orfeo se introdujo en el Hades para recuperar a su amada Eurídice ofrece una fecunda fuente de inspiración a la ópera moderna, desde la temprana Eurídice de Jacopo Peri, de 1600, al Orfeo de Monteverdi, de 1607. Sin embargo, el mito de Orfeo no protagoniza ninguna de las antiguas tragedias griegas conservadas: como puntualiza Herrero de Jáuregui en su libro, si bien la muerte desempeña un papel "fundamental" en la tragedia, las referencias al Hades en las obras conservadas no dejan de ser menciones de pasada, "de unos pocos versos".

Al igual que en la Antigüedad, donde —escribe Herrero de Jáuregui- se puede detectar "en la épica, en la lírica coral, la comedia o la tragedia, incluso la filosofía o la sátira", el mito de la catábasis atraviesa prácticamente todos los géneros en épocas posteriores. El cine de anime, como indica Linares Sánchez, ha demostrado una especial querencia por este tema. Autor de literatura fantástica y ensayo histórico, el madrileño Javier Negrete ha firmado varias novelas inspiradas en la mitología. En Odisea (Espasa, 2019), reescribió el retorno a casa de Ulises con la intención de aportar "un granito de arena" a la constante revisión de la poética clásica. "En el original, Odiseo es un héroe reactivo, no va a los lugares que visita con un objetivo claro", señala el escritor. "Considérando los gustos de los lectores modernos, yo buscaba un héroe más proactivo, alguien que se forja su propio destino y tiene un plan oculto, de modo que todo el camino que hace está destinado a conseguir un objetivo final". En su visita al Hades, el personaje de Negrete se cuela en su interior y juega con la concepción tradicional de los dioses, presentandolos como los maestros de marionetas de los humanos.

"Es una lectura polémica de la Odisea", concede, "lo que me parecía un desafío interesante para mi novela".

Entre la marea de obras que se sumergen en el reino de las profundidades -con mayor o menor cercanía con los clásicos; tamizadas o no por la visión del infierno cristiana-, Herrero de Jáuregui subraya una línea de continuidad entre Homero y Virgilio y la mentalidad actual trazada por los clásicos modernos El corazón de las tinieblas, la novela corta de Joseph Conrad de 1899 sobre la colonización de Africa en el siglo XIX, y su libre versión cinematográfica de 1979 trasladada a la guerra de Vietnam, el Apocalypse Now de Francis Ford Coppola. No hablan de un infierno o Hades en el sentido estricto, pero representan ese viaje a un mundo totalmente desconocido y lleno de peligros del que vuelves totalmente cambiado, el lugar donde te encuentras con la muerte", resume. "Y eso es algo que ya está en Gilgamesh y está en la Odisea". Como asevera el autor las historias sobre el inframundo no imponían un dogma en el que creer para los antiguos, sino que proporcionaban "instrumentos narrativos para dar forma a imaginaciones individuales y preocupaciones ideológicas". En nuestra sociedad descreída, se ha esfumado la cualidad mágica que un día poseyeron las obras de arte.

Pero, sin duda, algo queda de la chispa que encendieron aquellos relatos. "Por mucho que no podamos retornar a la recuperación del mito como relación social, condensa José Luis Pardo, hay cosas que siempre funcionan".



'Catábasis: El viaje infernal en la Antigüedad. 

Miguel Herrero de Jáuregui.

Alianza, 2023. 504 páginas. 17,50 euros.



BABELIA NÚM. 1.654, SÁBADO 5 DE AGOSTO DE 2023





sábado, 4 de abril de 2026

Quiere leer conmigo, todavía

 TRIBUNA LIBRE / AROA MORENO DURÁN

El ritual es el mismo cada anochecer. Se pone el pijama, pasa por el baño y a la cama. Salta y salta sobre el colchón. Se ríe siempre, se le ocurren en ese momento del día todas las preguntas de su vida, apura el sol. Qué difícil es el verano para mandar a dormir a los niños. Bajamos la persiana, encendemos la luz de la mesilla y él elige un libro de su estantería. A veces, continúa con el que dejó ayer; a veces, quiere un cómic o un atlas de dinosaurios o uno de risa. Casi siempre uno gamberro. Yo no tengo sentido del humor leyendo, pero él sí. El quiere pasárselo muy bien. Y quiere leer conmigo, todavía.

Hasta ahora, la lectura habitaba en ese lugar del día, al final. Nunca es una obligación. Pero creo que él piensa que la jornada termina siempre así para todos. Es lo que hemos hecho durante toda su vida. Entiende sin entender que leer es su buenas noches, su pequeño narcótico, su infusión. Le pregunto ahora mismo por qué le gusta leer y me dice tres cosas: porque aprende, porque se divierte y porque así pasa tiempo con nosotros. La última respuesta no la vi venir. Se llama Pablo y tiene siete años.

Qué es lo que hace que un niño elija leer. Sin duda, tener libros a mano es una premisa. Ver a sus padres hacerlo puede que también. Me parece importante que decida los títulos en cuanto sea capaz. Para mí, ninguna de esas tres cosas lo fue. Sí hay un libro en la vida de cada uno que nos transforma en lector. Un libro con el que dices quiero regresar a ese lugar imposible, quiero perder de nuevo la noción de las horas, de todo el ruido exterior. E interior. Y, a veces, con esa novela, con ese poema, con ese juego de las palabras, también puedes llegar a decirte: ahora voy a intentar escribirlo. Nadie sabe, excepto quien lo sostiene, la intimidad a la que responde un libro. Y esta es la verdad: a él le ha convertido en lector Capitán Calzoncillos.

Casi nunca elegiría para él los libros que él señala en la librería o en la biblioteca. Qué gran decepción que le pesara el ritmo de El libro de la selva o que no le interesaran los poemas de Gloria Fuertes. Hay álbumes preciosos, de ilustraciones delicadas y textos donde cada palabra tiene un peso y una belleza. Pero si eso no es lo que necesita para su verano, ¿no estaría poniendo trabas a la lectura? ¿No estaría traicionando la libertad de leer? ¿No estaría dinamitando el puente que le conducirá hacia otras páginas?

Observo cómo poco a poco comprende el mecanismo de la ficción, cómo entiende que lo que sucede en un libro respira en paisajes levantados por alguien. Creo que la relación con los libros es diferente para un niño que crece en una casa donde se escribe. Asiste, de alguna forma, a la génesis de todo eso que se esconde tras las cubiertas. Ese: no puedo ahora, tengo que escribir. O cuando me interrumpe mil veces, me deja dibujos sobre la mesa, me grita desde otra habitación: mamá, cuándo acabas. Los dos sabemos que no acabaré nunca.

Y no puedo evitar preguntarme si me leerá alguna vez, si sentirá pudor al hacerlo, qué pensará de la mujer que soy cuando comprenda esos libros, me pregunto si le esconderé los poemas. Las novelas, sí; los poemas, no. ¿Sabrá encontrarme entre las líneas? Hace poco, se me ocurrió leerle el primer capítulo de mi primera novela. Me dijo: es muy real, pero la madre está enfadada siempre. Llevaba razón. Comprensión lectora en orden. No seguí. Todavía no tiene edad.

Aún no lo sabe, pero esa estantería de su habitación llena de cuentos puede llegar a ser un salvavidas. Los libros irán cambiando con el tiempo. Se marcharán Jorge y Berto, el Grúfalo, Gerónimo, los animales de Por el camino no volverán, ni la Maiasaura y sus crías y todos los demás. Llegarán otros personajes y nuevas aventuras, novelas de aprendizaje, clásicos, ciencia ficción. Vendrá la poesía tal vez.

Para el quedarán los diferentes universos que ya ha heredado de sus padres, guardados durante dos biografías lectoras: Miguel Hernández para niños y De profesión, fantasma; Zapatos de fuego y sandalias de viento y 2001, una odisea en el espacio; García Lorca y Tolkien; Carlos Fuentes y Cortázar; Agota Kristof y Ted Chiang. Podrá elegir, descubrirá los subrayados trazados muchos años antes por personas que, tal vez, ya no estén o no sean las mismas.

Sí siento que, con la lectura, con los libros, queda a su alcance un escudo, una red bajo todos los precipicios que sucedan, una salida para el tedio, una forma de entender las palabras y la vida distinta, un pensamiento afilado, saber que es posible la libertad de expresión. Leer nos sostiene a los que leemos, nos da techo, nos deja ser villanos por un tiempo, nos permite la valentía, nos muestra otro dolor.

Se que esto terminará muy pronto. Que habrá un momento en que no necesite a esta compañera para la lectura. Que querrá estar a solas en las paginas con la mayor libertad que tenemos las personas, nuestra imaginación. Y, por eso, todavía, cuando me dice mamá, lee tú, aunque yo tenga el trabajo acumulado pendiente, aunque vea mi propia torre de novelas sobre la mesilla para leer, y para escribir, cuando me dice vuelve a reírte conmigo de las mismas bromas absurdas, repetidas una y otra y otra vez en la misma página, le consiento.

Pongo todas las voces. Se acurruca sobre mi pecho. Leo en voz alta para él. Capitán Calzoncillos si hace falta. Qué privilegio. Qué revolución.

Babelia núm. 1.650    Sábado 8 de julio de 2023


miércoles, 18 de marzo de 2026

Muerte en Segovia

El maltrato y asesinato de mujeres da un contexto social sólido a una trama que, a partir de esa dramática realidad, despliega sus alas en puro territorio literario

Por Leonardo Padura

Juan Carlos Galindo. Crédito: Inma Flores.


Desde hace unos años el nombre de Juan Carlos Galindo está íntimamente asociado con la novela policial. Su labor como crítico muy enterado y conductor del blog Elemental, dedicado a las obras y autores de esa narrativa, lo ha convertido en una de las firmas más autorizadas a la hora de hablar de los derroteros contemporáneos del género negro. Este sostenido ejercicio ha implicado -gracias a infinitas lecturas— que Galindo se haya apropiado de un conocimiento enciclopédico no solo de las características de las obras y de los métodos de sus creadores, sino -y eso es ahora lo importante- de los recursos que caracterizan a esta novelística y los modos mas efectivos de emplearlos.

Todo ese conocimiento no garantiza, por supuesto, que una segunda personalidad del crítico, trasmutado en autor, posea o haya adquirido la capacidad de realizar una práctica eficiente del aprendizaje para conseguir fundirlo en una obra personal. Las de la creación artística son otras exigencias.

Ya en Hontoria (2023), la novela con la cual debutaba como autor del género, Galindo nos advirtió de lo que era capaz vistiendo su segundo traje (¿o llegará a ser el primero?). Ahora, con su retorno con Muerte privada (2025, edición de Salamandra Black), nueva aventura del periodista-investigador Jean Ezequiel, segoviano por más senas (personaje, por cierto, que su creador nos lo entrega ataviado con el sombrero y la pajarita con que él mismo suele andar por el mundo), Galindo da un paso firme hacia su madurez literaria. Porque se trata de una pieza que tiene todo lo que puede aspirar a tener una novela policial, pero con las dosis y proporciones mas atinadas, para que, efectos habituales aparte, funcione como lo que, ante todo y sobre todo, debería ser (y tantas veces no es) cualquier obra del género: literatura.

La revelación de un testimonio que permite la reapertura del caso de la desaparición de una joven ocurrido 20 años atrás abre las compuertas de una trama en la que se van conectando otros casos nunca resueltos de desapariciones más o menos similares y, como impulso argumental, llega el explosivo hallazgo en una iglesia del cadáver de otra joven, aderezado en esta ocasión con alharacas que hacen pensar ritos satánicos.

De la mano del periodista Jean Ezequiel, de la expolicía devenida detective privado Teresa Trajano y de la editora Rodolfa Vals, Galindo se desliza en las interioridades de la vida de una ciudad tan pequeña y a la vez tan referencial como Segovia para, al ritmo tropeloso de una investigación bastante heterodoxa, entregarnos una imagen íntima de una España en la que todo y nada ha cambiado en las últimas décadas.

Uno de los atractivos con que Galindo ha conseguido nutrir su texto es el de la personalidad de sus protagonistas principales, Jean Ezequiel y Teresa Trajano, ambos dotados de una tipicidad visiblemente literaria. El periodista de gustos refinados, especialista en true crime devenido cronista gastronómico, aporta a la investigación un conocimiento libresco, por momentos romántico, que proyecta hacia la realidad pero siempre con un pie clavado en territorio literario (quisiera ser un émulo de otro personaje de ficción, el Harry Bosch de Michael Connelly). La detective, por su lado, expolicía de élite que se ha separado del cuerpo luego del traumático desenlace de un caso (en el que muere su compañero de labor), aporta el conocimiento de los métodos policiales de investigación criminal y las secuelas de sus traumas, y con esa experiencia se comporta, mientras le pisa el pie literario a su colega de empenos, ambos ya sumidos en la búsqueda de una verdad sepultada por el tiempo y por otros intereses espurios.

El fenómeno tantas veces publicitado -por su dramática presencia social— del maltrato femenino, e incluso el asesinato de mujeres, da un contexto social sólido a la trama que, a partir de esa dramática realidad, despliega sus alas en puro territorio literario.

Para contextualizar el argumento, Galindo escoge otra vez el espacio apacible de la ciudad de Segovia que tan bien conoce y que tan pocas veces (no sé si alguna antes de Galindo) había sido visitado por la literatura policial. Los sitios emblemáticos de la villa y las interioridades de su tejido social dan un preciso apoyo al juego literario y le aportan un ingrediente novedoso, tan bien manejado que, con sus peculiaridades y comportamientos previsibles, nunca llega a resultar exótico.

Sin embargo, la propia trama policial ubicada en ese contexto específico y, como decía, relacionada con el problema social real y candente de la violencia de género es, en sí misma, un juego literario. La búsqueda en el pasado de los fundamentos de los hechos del presente, las personalidades por momentos hiperbólicas de los personajes, la existencia de un asesino en serie que arrastra un comportamiento psicótico. las trabas en el desarrollo de la investigación que llegan desde distintas esferas de poder, todo nos remite a la literatura que conoce y publicita el escritor. Pero, con esa estrategia narrativa, repito, esencialmente literaria, Galindo realiza un ejercicio ajustado que evita las trampas en las que los autores, por pereza, falta de seriedad o incapacidad creativa, suelen caer como la molesta ocultación de alguna información en un momento sacada de una manga o el regodeo en la violencia, la crueldad y los asuntos o motivaciones inverosímiles que con tanta frecuencia vemos aparecer incluso en obras de algunos de los considerados maestros del género.

Sin estridencias argumentales, sin alardes estilísticos, sin giros forzados de la trama, Juan Carlos Galindo logra concretar en Muerte privada un diáfano ejercicio literario que no solo atrapa, sino que nos permite hacer, por el precio módico del ejemplar leído y disfrutado, un recorrido físico y cultural por uno de los escenarios más atractivos del mundo, esa ciudad de Segovia, con puente romano y alcázar de Disney incluidos, donde historia y gastronomía funcionan como potentes imanes y en la cual, además, y gracias a la literatura, podemos asistir al descubrimiento y neutralización de un voraz asesino en serie.




Muerte privada

Juan Carlos Galindo

Salamandra, 2025

352 páginas. 21 euros


BABELIA Núm. 1.732 SABADO 1 DE FEBRERO DE 2025




jueves, 12 de marzo de 2026

La felicidad de leer en verano

Tribuna libre / Alberto Manguel

Una mujer lee en la playa bajo una sombrilla, en 1962.

Marisa Rastellini (Mondadori / Getty Images)

Asocio el verano de mi adolescencia con las fiestas de Navidad y de fin de año. Bajo un sol que en ese entonces no producía cáncer de piel (o al menos, así lo creíamos) festejábamos la Navidad del hemisferio sur con fetas de pavita fría, ensaladilla rusa, sidra, panetone y helado. Las lecturas de mis veranos correspondían a esa atmósfera doblemente festiva: de clases acabadas y de regalos bajo el árbol.

La historia del verano, en ambos hemisferios, no es muy vieja. Si bien los romanos tenían residencias estivales y los emperadores chinos palacios apropiados para la estación soleada, hasta principios del siglo veinte sólo las clases altas dividían el año entre la ciudad y las afueras. Aunque la burguesía comenzó a imitar a la aristocracia en los albores de la guerra franco-prusiana, la edición: de 1870 del Larousse du XIXe siècle aún declaraba que la palabra villégiature era un neologismo. En 1931, España se convirtió en uno de los primeros países en reconocer las vacaciones remuneradas para los trabajadores y promocionar la idea de un turismo para todos. Un siglo antes, en 1830, Stendhal había usado la palabra "turista"* para diferenciar a aquellos que "viajaban por ocio o por curiosidad" de la plebe que tenía que pasar las vacaciones en casa. Ahora ser turista es ser parte de ese torrente anónimo que se derrama como una lava implacable sobre los sitios más encantadores del planeta, desde los más venerables, como Toledo o Venecia, hasta los más exóticos, como Bali o el Everest, abarrotando aeropuertos y estaciones de tren, y dejando detrás de sí una estela de bolsas de plástico, latas de bebidas y envoltorios de McDonald's, sin haber visto nada de su entorno sino a través del ojo de sus iphones.

Estos días, bajo la inevitable amenaza del cambio climático, el verano comienza a adquirir aspectos terroríficos. Temperaturas infernales, sequías catastróficas, incendios devastadores, invaden nuestras fantasías bucólicas. Aquel mayo remoto "cuando los trigos encañan y están los campos en flor" se extiende hoy brutalmente desde marzo o abril hasta finales del año, y las dulces vacaciones estivales que Proust recordaba en casa de su tía no podrían soportarse hoy sin la asistencia del pernicioso aire acondicionado. "Traten de conservar siempre un retazo de cielo sobre sus vidas", aconsejó Proust a sus lectores, sin prever que para eso precisarían gafas de sol y crema de protección solar factor 30 para bloquear los rayos UVB que descienden hoy sobre Combray.

Refugiados bajo una sombrilla más o menos protectora o arriesgando nuestra piel al implacable sol, las lecturas estivales nos permiten sin embargo rescatar mundos supuestamente mejores o peores, y también preverlos. Es curioso comprobar cuántas novelas célebres transcurren durante el verano, desde El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald; Al faro, de Virginia Woolf, y La isla del tesoro, de R. L. Stevenson, hasta El señor de las moscas, de William Golding; Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, y El barón rampante, de Italo Calvino. Crimen y castigo, de Dostoievski, comienza en una tarde muy calurosa del mes de julio"; Julien Sorel, en Rojo y negro, se convierte en el amante de Madame de Rênal en los primeros días de un tórrido mes de agosto;

Lord Henry ve por primera vez al seductor Dorian Gray "cuando una ligera brisa estival soplaba en los árboles del jardín"; García Márquez inicia la crónica de sus Cien años de soledad durante el mes de marzo de un verano tropical; en el Ulises, de Joyce, Leopold Bloom recorre las calurosas calles de Dublín un famoso 16 de junio de 1904; la Alicia de Lewis Carroll penetra en el Mundo de las Maravillas "una dorada tarde" de un Oxford estival; Alonso Quijano se lanza sobre los caminos de La Mancha bajo un feroz sol de verano; un siglo después, bajo ese mismo sol, Elizabeth Bennet acepta casarse con el apuesto Darcy y dar un final feliz a su Orgullo y prejuicio. Quizás las lecturas de verano nos permiten un ritmo más sosegado que las del invierno. El frío incita a la concentración y a la reflexión; el calor a la divagación y al ensueño.

¿Qué libros leer o releer este verano, cuando las temperaturas amenazan a sobrepasar los 40 grados? Los libros no tienen, como tienen los huevos, fecha límite de venta: la cronología de la lectura no es la de los programas editoriales. Podemos elegir libros de poesía o de ensayo: seamos convencionales y elijamos novelas, casi al azar. Las siguientes son algunas que fueron publicadas este año o hace ya bastante tiempo, pero son todos libros (como diría Roberto Calasso) que producen "una inexplicable felicidad". Hernán Díaz, Fortuna. Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares, Los que aman, odian. Giorgio Fontana, Muerte de un hombre feliz. Valter Hugo Mãe, La máquina de hacer españoles. Moacyr Scliar, El libro de las casas. Yan Lianke, Los besos de Lenin. Olga Tokarczuk, Los errantes. Fred Vargas, El hombre de los círculos azules. Norman Manea, El regreso del húligan. Sabahattin Ali, Madona con abrigo de piel.


Babelia Núm. 1.649 Sábado 1 de julio de 2023


miércoles, 11 de marzo de 2026

Una novela negra furiosa y combativa

La escritora Ivy Pochoda. MARIA KANEVSKAYA (SIRUELA)

Por Juan Carlos Galindo

Es probable que los lectores que lleguen por primera vez a Ivy Pochoda a través de estas páginas se sientan un poco perdidos, en particular si se trata de aficionados a la novela negra. No se preocupen, han aterrizado en otro planeta literario, uno que brilla sin necesidad de estrellas que le den calor, un universo autónomo dentro del género, el planeta Pochoda. Sigan. No se arrepentirán.

Florence Florida Baum es una reclusa de una prisión de mujeres en Arizona. Estamos al principio de la pandemia y la vida en la cárcel se complica. Además, esta niña bien de fondo oscuro tiene una amenaza constante. Diana Diosmary Sandoval, alias Dios. La primera parte, la carcelaria, tiene ya esa potencia de la literatura de Pochoda, que vimos en Esas mujeres (Siruela, 2022): voces que no sabes de dónde vienen, temblores en el lector, potencia a raudales, mujeres que se valen por sí mismas, sin mediaciones masculinas, enseñando los dientes.

La libertad será solo el principio de algo. A Dios y a Florida les une un oscuro secreto, uno que apela directamente a la gran pregunta de la novela negra: ¿qué tenemos ahí dentro, muy al fondo, que nos hace pasar en ciertas circunstancias ciertos límites? Porque hay que avisar al lector de dos aspectos esenciales de esta historia. Por una parte, no es un procedimental —a pesar de la presencia, muy potente, de una mujer policía—, tampoco una novela enigma, sino que bordea el género y lo retuerce. Por otra parte, Florida y Dios no tienen una sola cara, no son solo víctimas, ni perpetradoras, no son de una pieza y nunca serán mujeres fatales. Hay furia contenida y furia desatada, contra los monstruos interiores y contra las barbaridades del sistema. Se siente sobre ellas el peso de un mundo diseñado por hombres, de su violencia y desconsideración, pero no esperen llanto aquí. Ahora bien, cuidado: la autora no juzga ni justifica, en un ejercicio literario complicado del que sale viva gracias al poder de las voces que pueblan el relato.

Un poco antes de la mitad el libro da un salto. Podría haberse quedado en una road movie alocada con dos mujeres aplastadas por el peso de la culpa, el pasado y la violencia de sus actos. Pero entonces no estaríamos ante una novela de Pochoda, que incluye aquí al personaje que da equilibrio a todo: la inspectora de policía Lobos (cuántos, habrían hecho ocho novelas solo con este personaje), una mujer con una enorme rabia contenida que tiene un origen común al de Florida y Dios, pero contra el que ella lucha de otra forma.

Queda el contexto, porque Florida huye a Los Ángeles, su casa, una ciudad en constante destrucción, que en la novela aparece como un lugar fantasma atravesado por los efectos de la pandemia (y no tan distinta a la del Harry Bosch de Michael Connelly o la del reciente y vibrante Silencios que matan, de Jordan Harper). La protagonista se adentra en los asentamientos masivos de personas sin hogar, no tan lejos de la mansión familiar, y el lector alucina, conoce otras formas de violencia, se ahoga con la protagonista en esa ciudad apocalíptica.

"Al final lo hecho, hecho está, y no hay manera de deshacerlo. Que otros busquen la moraleja si quieren", dice uno de los personajes hacia el final, un remate justo y nada reparador, violento, de una historia que no pretende tranquilizar conciencias.

Uno de los grandes méritos de Ivy Pochoda es que no hace una sola concesión al espectáculo, pero el lector queda igualmente atrapado; no utiliza el ritmo del thriller, pero no se puede parar de leer, es imposible escapar a su hechizo. Una melodía de muerte y destrucción no es Esas mujeres, uno de los libros más potentes del género en la última década, pero no deja de ser turbador y magnífico.


Una melodía de muerte y destrucción

Ivy Pochoda

Traducción de Pablo González-Nuevo

Siruela, 2025

304 páginas. 24,95 euros


Babelia Núm. 1.730 Sábado 18 febrero 2025


sábado, 7 de marzo de 2026

Cómo escribir literatura

Tribuna libre / Nadal Suau

No es un secreto que las vocaciones de escritor casi superan hoy en día a las de lector, ni que el prestigio casi mágico de ese oficio se mantiene intacto incluso (o especialmente) entre quienes no leen. Decir que uno es escritor sigue siendo bien acogido en las reuniones de la comunidad de vecinos, sin perjuicio de que ninguno de esos vecinos sea lector, y todavía despierta curiosidad. Por eso no es nueva ni extraña la publicación de libros que expliquen las interioridades de la escritura, ya sea en forma de consejos o de testimonio. Es un género que ha existido siempre. Aun así, la coincidencia de varios títulos de este tipo invita a leerlos en conjunto para preguntarse qué es el ente llamado un-escritor en el imaginario contemporáneo y cómo se explican los escritores ante el público.

Últimamente he leído tres novedades muy diferentes entre si, pero representativas de ese interés que no cesa. La primera es la más divulgativa: me refiero a Aprende a escribir (Debate), de Álvaro Colomer. El título tan de manual no sé si hace justicia al trabajo de Colomer, que aquí retrata las rutinas, trucos y métodos de casi un centenar de escritores, lo que supone un planteamiento bastante más interesante. Como la nómina de voces escogidas aspira a ser un mapa del mainstream en castellano, con dosis calculadas al 33% de comercialidad, alta literatura (disculpen la repelencia, pero así nos entendemos) y cultura de consenso medio, se me hace casi imposible que a algún lector le llamen la atención por igual todos los nombres, pero, por la misma razón, también es complicado ser tan cenizo que ninguno te apele. En mi caso, disfruto leyendo los capítulos dedicados a Ida Vitale, Enrique Vila-Matas, Juan Villoro, Rodrigo Fresán y Laura Chivite, entre otros.

Sea como sea, la existencia del libro de Colomer y el diseño que lo envuelve me llevan a pensar en varias cuestiones externas al texto. Primero, en esa popularidad superviviente del escritor a la que ya he aludido. Segundo, en la fantasía terapéutica tan extendida de que todo el mundo puede llevar dentro a un escritor. Tercero, en la importancia que los procesos de escritura tiene para los lectores, que cada vez somos menos propensos a leer el resultado final (el libro) como una obra independiente del contexto y la metodología que propiciaron su existencia.

Algo de esto último se entrevé en las páginas de Mecánica poética. Cómo leer y escribir poemas (Alba), de Ben Clark. Se trata del segundo estudio sobre el género que publica un poeta español en poco tiempo, después de El arte de encender las palabras (Barlin), de Berta García Faet, y no olvido que otros autores como Elena Medel o Mariano Peyrou también han hecho sus contribuciones. El libro de Clark (excelente, y que se cierra con una llamada a escribir sólo "para disfrutar del milagro, si ocurre, de haber creado un poco más de belleza") es el más práctico de los cuatro aludidos, no en vano se publica en una colección de guías de escritor, algo que se refleja en su estructura: cada capítulo equivale a una semana, hasta alcanzar las nueve y media. Aparte de responder a la certeza de que hay público para las recetas literarias, el recurso refuerza la idea de que el proceso, la obra en marcha, produce casi tanta curiosidad lectora como el propio resultado.

La escritora Sabina Urraca, en la residencia literaria de
Finestres en Sanià (Girona). MARIA RÓDENAS SAINZ DE BARANDA


Y si eso fuese cierto, entonces el nuevo libro de Sabina Urraca, Escribir antes (Comisura), sería el más significativo de los que he convocado hoy. Desprovistas por completo de cualquier intención didáctica, sus páginas reproducen el cuaderno de trabajo que la autora llevaba durante la composición de su novela El celo (Alfaguara), un cúmulo de anécdotas, ideas, sueños, revelaciones, obsesiones, dudas y confesiones lo bastante autónomas para valerse por sí mismas como "obra" y, al mismo tiempo, lo bastante vinculadas a la novela para enriquecerla. La prosa de Escribir antes tiene esa cualidad matérica, inmediata y densa de Urraca, y se disfruta mucho, pero es que, además, a mí su publicación me parece muy pertinente, muy moderna. En el mundo del arte ya es un lugar común que la obra de arte se exponga de la mano de la documentación del proceso que ha llevado a crearla, lo que equivale a representar la vida del artista como un proyecto estético en sí mismo, un planteamiento que va más allá de la autoficción que tantos comentaristas siguen vinculando a Urraca con muy poco fundamento real. Por otro lado, es muy probable que esta necesidad de vincular proceso, artista y resultado final explique en gran medida el fiasco de la polémica que ha afrontado El odio, de Luisgé Martín: quienes pedían "leer el libro" antes de opinar no supieron intuir que la metodología de la escritura es ya para muchos lectores, en buena medida, la escritura misma.

Entonces, en 2025, ser-escritor no solo sería escribir, sino también encarnar la escritura. Representarla.

Oh, y una última intuición: el título escogido por Urraca, ese "escribir antes", se refiere (aproximadamente) al deseo de volver a escribir como en la infancia, antes del compromiso profesional, antes del realismo de la industria. Me gusta pensar que la idea rima con el último libro de Laura Fernández, Hay un monstruo en el lago (Debate), en el que la novelista reivindica la posibilidad de habitar el mundo como si fuese un gran relato en el que caben la sorpresa, el milagro constante, lo fantástico, y que empieza con la siguiente dedicatoria: "Para los que querrían poder creerlo [que existe el monstruo del lago Ness] aún de esa forma, con la encantadora certeza, con la ingenuidad invencible, de quienes alguna vez fueron". La infancia, de nuevo. ¿Y si, después de todo, leer y escribir literatura consistiera en un esfuerzo de gigantes por vomitar el cinismo y aparecer niños de nuevo sobre la tierra?


Babelia Núm. 1.743  Viernes 18 de abril de 2025


miércoles, 4 de marzo de 2026

La escritura como exoesqueleto

Tribuna libre / Nuria Barrios


El escritor Hanif Kureishi, retratado en 2017.
Roberto Ricciuti (GETTY IMAGES)

Han pasado nueve meses desde que el escritor inglés Hanif Kureishi sufrió un accidente que dañó su médula espinal. El 26 de diciembre se cayó en una calle de Roma, donde pasaba las vacaciones. Acababa de cumplir 68 años. Cuando se despertó había perdido la movilidad de todo su cuerpo. Le ingresaron en un hospital de Roma donde permaneció hasta que en junio le trasladaron a otro hospital en Londres. Kureishi, autor de Mi hermosa lavandería y El buda de los suburbios, entre otros libros, no sabe si alguna vez podrá volver a caminar o a sujetar un bolígrafo. Desde enero escribe un blog, feroz en su honestidad, que siguen un alto número de lectores: 72.000 en Twitter, 16.000 en la plataforma de pago Substack. Está previsto que esos textos aparezcan reunidos en un libro, Shattered, el próximo año.

Decir que "escribe" sobre ello es una forma de hablar. Dado que no puede utilizar sus manos, dicta a su pareja y a sus dos hijos. El accidente ha cambiado su vida, también su escritura, ya no es un trabajo solitario que se desarrolla entre las yemas del autor y el papel o la pantalla del ordenador, sino una tarea colectiva: narrar en alto, escuchar y corregir antes de que lo contado pase a papel. Escribir en el aire.

El tono de sus textos ha ido variando: desde la energía y la determinación iniciales al desánimo y la amargura al comprobar que es probable que no se recupere. Aun así, no ha dejado de escribir desde la cama del hospital. Lo que le sucedió, dice en su blog, era "una piedra tan pesada y sólida que no podía tragarla ni escupirla. (...) Tenía que encontrar una manera para sobrevivir". Kureishi, cuyos brazos y piernas permanecen ajenos a su voluntad, ha convertido la escritura en una herramienta de supervivencia, un instrumento para dar sentido al sinsentido. Un sofisticado exoesqueleto.

Pero ¿qué sentido puede dar la escritura a semejante catástrofe? El deseo de no quedarse solo en medio de las repentinas tinieblas. Esa es la razón de ser de Kureishi, su voz literaria: "La idea de reconocimiento, de mutua comprensión —una especie de espejo—, es en parte la razón por la que escribo este blog y en parte la razón por la que empecé a escribir (...). Aunque creo que las historias son en esencia entretenimiento, no las considero una clase de diversión superior, sino un intento de comunicar algo esencial sobre el sufrimiento".

Sus textos no dejan a nadie impasible. No solo habla de su situación física y de su estado anímico, habla asimismo sobre qué significa la escritura, sobre la familia, la sexualidad, la pornografía, el amor, las drogas, el miedo al futuro, las sesiones con su psicoanalista... El objetivo de escribir, afirma, no es hacer terapia, sino entretener a los lectores.

Leerlo es conmovedor, incluso cuando su blog es árido. Sus palabras han generado una intensa correspondencia con numerosas personas que le cuentan sus accidentes, sus experiencias, su deseo de convertirse en escritores.

Siempre se llega virgen al dolor de la vida, decía Marguerite Yourcenar. El asombro, que forma parte de la virginidad, es la materia con la que trabaja un escritor. Durante los primeros meses, Kureishi intentó comprender cómo funcionaba el universo alternativo en el que había ingresado a la fuerza. El mundo se había convertido en un hospital y en su blog empezaron a aparecer un médico que, pianista frustrado, le consultaba sus dudas sobre si había elegido el camino correcto; la enfermera con quien rebautizó su ano como Ruta 66 por la frecuencia de los enemas; la amistad con dos compañeros de hospital: Miss S y el Maestro... Contar parecía alimentar la esperanza de que la devastación sería temporal. Paralizado de la noche a la mañana, Kureishi hablaba de lo sucedido con inteligencia, y su humor, como la anestesia que precede el pinchazo del mosquito; hacía liviano lo grave.

A medida que pasaban los meses y la esperanza de recuperación se volvía más tenue, los textos se fueron haciendo más oscuros, más amargos. También mas vulnerables. "Lo que aún me desespera es la idea de que no puedo caminar hasta la entrada de mi casa, abrir la puerta y regresar a mi vieja vida: tumbarme en el sofá con una copa de vino y la Premier League. Me parece terriblemente cruel no poder hacer algo tan simple". Kureishi transmitía su dolor físico, emocional, psíquico al hablar de su cuerpo desconectado, de su ser roto, hecho añicos. Shattered.

A finales de junio, volvió a Londres. Desde allí mantiene vivo su blog, "una razón para seguir adelante", dice en uno de sus últimos textos. "Este terrible accidente destrozó mi visión del mundo y me ha obligado a rehacerla. Veremos qué sucede y cómo responde mi imaginación".

Su padre le bautizó Hanif como homenaje al jugador paquistaní Hanif Mohammed, famoso por su capacidad de concentración. Él la ha heredado. Sus palabras, como un exoesqueleto, se mueven por el. Tal vez la escritura sea, a su manera, tan necesaria como la enfermería, ya que nosotros los escritores cuidamos del alma humana en su difícil viaje por este mundo imposible. Siempre termina sus textos con un Your loving writer. La escritura, bajo sus múltiples máscaras, es eso: amor.


Babelia nº 1.661 Sábado 23 de septiembre de 2023