viernes, 16 de octubre de 2026

La hora del cuento

El cuento se crece. Editoriales grandes y pequeñas apuestan hoy por libros de relatos, un género que abandona los márgenes para alcanzar a los lectores y gozar de un mayor reconocimiento, también comercial


Por Andrea Aguilar

Un libro con cuatro relatos de una autora desconocida no parecía un debut muy prometedor en España a finales de los setenta del siglo pasado. El bum latinoamericano y sus grandes novelas marcaban tendencia como gran fenómeno comercial, y el cuento, entendido con frecuencia como un campo de pruebas, era valorado entre escritores y profesores, pero no entre el gran público. "Era un género demonizado. Había una confusión que negaba la calidad del relato, como si fuera un capítulo fallido de una novela. Me decían que los cuentos estaban bien, pero que era raro y que esos libros se vendían fatal", recuerda Cristina Fernández Cubas (Barcelona, 80 años), premio Nacional de las Letras en 2023, galardonada la semana pasada con el Premi Mediterrani Albert Camus y autora de nueve colecciones de relatos, la más reciente. Lo que se ve (Tusquets), publicada el año pasado. "Tuve la suerte de que la editora Beatriz de Moura cambiara ese raro por asombroso, que creyera en mí y apostara", dice a propósito de la fundadora del sello Tusquets, fallecida el mes pasado. Fernandez Cubas añade que, a pesar de haber escrito novela y teatro, sigue en el cuento porque "tiene un atractivo que no tienen los otros géneros: el riesgo, como si fueras por una cuerda floja". Una suerte de equilibrismo literario donde hay poco margen para el error en las piruetas y los experimentos.

Cerca de medio siglo después de que apareciera aquella primera colección de Fernández Cubas. Mi hermana Elba, la argentina Samanta Schweblin, al recibir el pasado abril el Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana por El buen mal, en la primera edición del millonario galardón al mejor libro del año, afirmó que se trataba de un reconocimiento al genero del cuento: "Los otros grandes premios internacionales premian novelas, novelas extraordinarias, por supuesto, v muy cada tanto tiene que aparecer una Alice Munro. una Jhumpa Lahiri o una Banu Mushtag, autoras de un talento sobrenatural, para lograr asomar un libro de cuentos. Me encanta que este premio incluya a otros géneros".

¿Han roto los libros de relatos la barrera que los separaba del gran público lector? ¿El cuento escrito en español atraviesa un momento dulce en las mesas de novedades? Editoriales grandes y pequeñas, pertenecientes a grandes grupos o independientes hoy incluyen estos títulos en sus catálogos de novedades sin grandes aspavientos. Pues ahí están, entre otros títulos publicados en el último año y medio, Era todo el mismo hueco (Random House), de Eider Rodríguez; Personaje secundario (IX Premio Ribera del Duero, editado por Páginas de Espuma), de Sofía Balbuena; La sangre está cayendo al patio (Random House), de Elvira Navarro; Vista del abismo (Alfaguara), de Tomás González; En el camping (Anagrama), de Soledad Puértolas; Miembro fantasma (Páginas de Espuma), de Fernanda Trías; Corazón de piedra (Destino), de Karmele Jaio; Las iras (Galaxia Gutenberg), de Pilar Adón; o Animal Print (Reservoir), de Irene Cuevas. Y el gallego Ismael Ramos ha ganado el premio O Henry por la traducción al inglés de su cuento ‘A lebre’, incluido en el volumen La parte fácil (Las afueras). También Bejamin Labatut ha revisado y recuperado su primer libro de cuentos La Antártica empieza aqui (Anagrama).

“El cuento ha ido creciendo en el mundo editorial”, afirma Juan Casamayor, fundador de Páginas de espuma, el sello en español dedicado por completo a este género desde hace un cuarto de siglo y con cerca de 500 títulos en su catálogo. “Cuando empezamos me decían que estaba loco, que el cuento no vendía. Y ese dogma de hace casi tres décadas ha cambiado. No hay más que mirar las mesas de novedades. Lo que no creo es que hayamos llegado al punto más álgido”, matiza. Las líneas que hoy más triunfan, apunta, son los relatos “de lo no mimético por no decir fantástico, que ya se ha asumido dentro de la narrativa, y cosas como el gótico andino y el terror social que escriben muchas mujeres, porque el cuento escrito por ellas se lee más”.


Los escritores Pilar Adón, Cristina Fernández Cubas y Benjamín Labatut.

A. AYERBE (IMPEDIMENTA) / I. Giménez (TUSQUETS) / S. Costantino (Avalon / Europa Press)

Los caminos y propuestas son amplios. La uruguaya Fernanda Trías defiende en su obra la ruptura con una tradición que ella define como “el cuento del knock out cortaziano”. El género es muy amplio y muy flexible: “Conviven muchos tipos distintos. Se escribe mucho y muy bueno. Yo me enganché leyendo relato anglosajón con Katherine Mansfield, Alice Munro, o Flannery O’Connor. Un tipo de relato que toma cosas de la novela, como la profundidad psicológica de los personajes. Esa radiografía del alma es lo que trato de hacer”.

¿Cómo se llegó a esta hora del cuento? Casamayor echa la vista atrás y considera que el auge en la venta de novelas de los años sesenta en adelante, junto a la desaparición de revistas donde el público cultivaba su gusto por los relatos y los escritores de posguerra arrancaban su carrera o lograban completar sus ingresos relegó a los márgenes un género que, a pesar de todo, nunca ha dejado de gozar del favor y fervor de los autores. El cuento, como el dinosaurio en el microrrelato de Augusto Monterroso, “todavía estaba ahí”, cuando hemos despertado. Pero son pocos quienes reivindican esta tradición en España. Ana María Matute, Ignacio Aldecoa, Juan Benet, Carmen Martín Gaite, Joan Perucho, entre otros, destacaron como cuentistas en la generación de los 50, los premios Cervantes José María Merino y Luis Mateo Díez, los libros de relatos sobre la guerra A sangre y fuego de Chaves Nogales, La cabeza del cordero de Francisco Ayala o Largo noviembre de Madrid de Juan Eduardo Zúñiga. También Javier Marías, Enrique Vila-Matas, pasando por Quim Monzó, Sergi Pámies, Eloy Tizón, Manuel Rivas, Cristina Grande, Pepe Cervera, Ismael Grasa, Hipólito Navarro, Ricardo Menéndez Salmón, Sara Mesa, Marcos Giralt Torrente, Ray Loriga o Juan Bonilla, apostaron por el relato.

“Hubo un buen momento en los noventa, pero la novela era más fácil de vender, y la estructura editorial en torno al cuento ha sido más endeble. Hay a quien aún le cuesta entender que no es un trampolín para escribir otra cosa”, sostiene Casamayor, y apunta a la actual “bibliodiversidad con proyectos editoriales más sensibles a otros gustos” como uno de los factores que han propiciado hoy la bonanza del relato. Un momento cuyo ritmo viene en buena medida marcado por las mujeres. “Y en esto también hay una larga tradición”, señala el escritor Miguel Ángel Muñoz, quien menciona anglosajonas como Dorothy Parker, Cynthia Ozick, Isak Dinesen, Lydia Davis o Lucia Berlin, entre otras, como maestras del género. Después de Cheever, Carver o Bukowski llegó la hora de la fama y el reconocimiento de las cuentistas traducidas cuyos libros (Deborah Eisenberg en el sello Chai, Maeve Brennan en Eterna Cadencia) también llegan constantemente a las librerías.

Muñoz, además de escribir cuentos, decidió estudiar el género y arrancar la conversación entre los autores. Su blog El síndrome Chéjov recogió aquel momento de principios del siglo XXI en que el cuento emergió y 35 entrevistas que realizó quedaron recogidas en La familia del aire (Páginas de Espuma). “Traté de ver en qué momento estábamos allá por 2009. La tradición española estaba desatendida, y muchos de quienes escribían cuento eran conocidos solo por sus novelas. Hoy parece que esa tradición se ha vuelto a olvidar, aunque los escritores de los setenta en adelante hemos seguido en el cuento”, señala.

Más allá de grandes éxitos de crítica y ventas puntuales como Los girasoles ciegos (Anagrama) de Alberto Méndez o Manual para señoras de la limpieza (Alfaguara) de Lucia Berlin, ha costado romper el muro y llegar a un público amplio. “Hoy hay muchos lectores nuevos que se acercan al género y las editoriales tratan de repetir el éxito que han tenido autores como Mariana Enriquez o Samanta Schweblin. El mercado editorial da y quita razones en función de las ventas”, reflexiona Muñoz, y subraya que los libros de relatos no han recibido “una atención seria y constante” por los medios, lo que ha dificultado que entraran en la conversación pública y ganaran lectores. Los cuentos de verano encargados a figuras mediáticas aunque no literarias “no valen”, y hacen un flaco favor al género, coinciden Muñoz y Casamayor.


Los escritores Ismael Ramos, Elvira Navarro y Gudalupe Nettel.

P. Souto (LAS AFUERAS) / EUROPA PRESS / R. Antillón

La editora, escritora, traductora y cofundadora de la revista Granta en español Valerie Miles enfatiza el papel determinante que publicaciones tanto especializadas como generalistas tienen en el mercado anglosajón para familiarizar al público con el relato y abrir la conversación en torno a la literatura. “Ese ecosistema es fundamental, porque genera conversación y la lectura tiene mucho que ver con hablar y compartir”, afirma. “El cuento es un artefacto que se sitúa entre la novela y el poema y encaja perfectamente en una revista que ofrece la posibilidad de asumir riesgos, apostar por talento y recoger nuevas voces e ideas imprimiendo un dinamismo a la escena literaria”. Algunas de las cabeceras que publicaban cuento en español han cerrado pero otras se mantienen aunque sin lograr llegar al gran público como Turia o Sibila. Aun así, Miles señala “grandes revistas como Cuadernos hispanoamericanos y Letras Libres, con cuyos directores colaboro e intercambiamos ideas y textos”. Miles constata que hasta ahora el cuento en España ha sido un género más de escritores que de lectores.

“Editores, agentes, críticos, al final, el cuento no ha llegado a tomarse muy en serio hasta ahora. Ha quedado atrapado por la presión de la novela”, objeta Miguel Ángel Muñoz. La autora Elvira Navarro también se muestra cauta en su evaluación del presente, y advierte que “el circuito se ha ampliado pero no tanto”. Sostiene Navarro que se “habla más del cuento de lo que se lee” y que a pesar del impulso que ha llegado desde el otro lado del Atlántico, aún cuesta que este género traspase más allá de lectores muy literarios. “En el momento en que un autor saca una novela, sus cuentos quedan opacados”, afirma.

Pilar Adón lleva casi cuatro décadas empeñada en el cuento, desde que a los 18 años recibió el primer premio literario por un relato. Ha probado otros géneros, y ganó el premio Nacional de Narrativa por su novela De bestias y aves (Galaxia Gutenberg), pero el libro de relatos ha sido una constante, y se define como “activista” de la forma breve. Adón reivindica que “debería estar en igualdad de condiciones frente a la novela”. El momento actual lo califica de “meseta” más que de auge, una etapa de consolidación más que de resurgimiento, algo que ella sitúa hace un par de décadas con el nacimiento de sellos como Menoscuarto o Impedimenta, que también apostaron por los libros de cuentos. “Hoy se ha roto la idea de que no eres escritor hasta que publicas una novela y nadie serio se atreve a decir que los cuentos son un género menor. Estamos llegando a una cierta normalidad, aunque pocas veces aparecen en las listas de los mejores libros del año o del siglo y aún pesa eso de ver el cuento como un hermano pobre”.

Quizá una de las dificultades que afronta el cuento es su condición única y múltiple, porque un buen relato no hace un buen libro, y una colección debe encontrar su unidad, su ritmo y su atmósfera. Valerie Miles lo compara con un elepé musical: el sentido y mensaje de un álbum frente a los singles, y defiende la importancia de escuchar el disco entero. “Más que reunir distintas texturas y estilos para demostrar con lo que te atreves, hay que tratar de buscar una unidad, un mundo muy concreto, un espíritu, por eso no me gustan tanto las antologías”, explica la escritora Eider Rodríguez, quien al tratar de desentrañar la relación entre la narración breve y las lenguas cooficiales destaca el buen momento que atraviesa la literatura en euskera en el cuento y más allá con autores como Katixa Agirre, Karmele Jaio o Harkaitz Cano, y señala Obabakoak de Bernardo Atxaga como una novela de relatos que la marcó.

“Cosas como la proliferación de talleres de escritura creativa o el intercambio ágil del mundo virtual han ayudado a su expansión y mejor aceptación”, señala el editor Casamayor. “Este es un mejor momento creativo y comercial para el género. Los lectores siempre están condicionados por el mensaje de la industria, y hoy hay una mayor visibilidad de escritoras que hacen gran literatura, son cuentistas y lo reivindican”, señala y apunta a autoras latinoamericanas como Guadalupe Nettel, María Fernanda Ampuero, Mónica Ojeda, Liliana Colanzi, Fernanda Trías, Mariana Enriquez o Samanta Schweblin.

¿Tiene el cuento hoy más nombre de mujer? “El impulso a la literatura escrita por mujeres es general y eso incluye al cuento. También las narradoras latinoamericanas han hecho que el relato tenga mayor proyección”, apunta Elvira Navarro. Eider Rodríguez reflexiona sobre cómo el género se adecúa “a los tiempos más fragmentados, a los días hechos de cachitos”, y añade que ella siente que sigue empeñada en el género después de 20 años y cinco colecciones porque su “forma de vivir la vida y la literatura encaja bien con el cuento”.

Tampoco faltan quienes apuntan también a la fragmentación de las vidas de los lectores como otro de los factores que favorecen la pegada del cuento, algo que el editor Casamayor rechaza de forma tajante. Cristina Fernández Cubas sostiene que el lector de cuentos “no es nada vago”, un relato no es “corto sino intenso”. Cuando funciona el lector se queda horas pensando en esa historia convertido en el “gran cómplice del autor”, colgado del érase una vez y sus misterios.


Lecturas

Era todo el mismo hueco. Eider Rodríguez. Traducción de Ander Izaguirre Random House, 2026. 148 páginas. 18,90 euros.

Personaje secundario. Sofía Balbuena. Páginas de Espuma, 2026. 128 páginas. 16 euros.

La parte fácil. Ismael Ramos. Las Afueras, 2026. 184 páginas. 16,95 euros.

En el camping. Soledad Puértolas. Anagrama, 2026. 144 páginas. 17,90 euros.

Corazón de piedra. Karmele Jaio. Destino, 2026. 302 páginas. 21 euros.

Vista del abismo. Tomás González. Alfaguara, 2026. 206 páginas. 19,90 euros.

La sangre está cayendo al patio. Elvira Navarro. Random House, 2025. 144 páginas. 18,90 euros.

Las iras. Pilar Adón. Galaxia Gutenberg, 2025. 160 páginas. 17 euros.

Animal Print. Irene Cuevas. Reservoir Books, 2026. 128 páginas. 18,90 euros.


Babelia Núm. 1.799 Sábado 16 de mayo de 2026



lunes, 12 de octubre de 2026

Ángela Molina: o la naturaleza

 MÁS ALLÁ DE LA BELLEZA


Una generación de españoles asocia la sensualidad de la actriz con la vida naturista de Ibiza



MANUEL VICENT

25 JUL 2014


La actriz Ángela Molina retratada por Jordi Socías.

Todo en esta mujer parece de verdad. Ángela Molina ha dejado madurar el rostro a su aire, más allá de la belleza, sin afeites que no sean el agua clara y un poco de cera en los labios, una actitud que, tal vez, obedece a un compromiso formal con los cuatro elementos que, según los presocráticos, conformaban la naturaleza: la tierra, el agua, el aire, el fuego. Con estos cuatro materiales suele construirse un alma y también una forma de vivir.

Ángela te lleva a pensar en esas tanagras de barro con que los alfareros de los litorales de Asia Menor representaban a las diosas de la fertilidad. Esas figuras participaban de una cultura popular y permanecieron enterradas en la ruinas hasta que fueron afloradas por cualquier pastor o labriego y elevadas luego a las vitrinas de los museos de Creta y de Atenas. Hasta allí llegó Picasso con un cuaderno de dibujo para robar la expresividad de esos rostros, la construcción dispar de sus cuerpos, un ojo en el occipital, maternidades de anchas caderas, labios largos, que también servían de vasos o recipientes de vino o de aceite o de lámparas votivas.

La sensualidad que despide la imagen de Ángela Molina lleva también al agua de mar, al légamo de algas, a los baños de barro de l’Espalmador. Una generación de españoles ha asociado a esta actriz con la vida naturista de Ibiza. Esta isla se convirtió en paradigma de la libertad en los primeros años de la Transición. Realmente fue descubierta por los bohemios locos, años cincuenta, que la asaltaron para vivir una inspiración que se inventaba cada día. Vida barata, gente sencilla, silencio, cigarras, paredes de cal, lagartijas. Artistas, escritores, golfos de oro, establecieron su estética sobre una esfumada polonesa de Chopin, los pantalones masculinos de la señora George Sand y la luz áspera de la sequía que iluminaba la filosofía de Walter Benjamin. Posteriormente fue exaltada por el hipismo auténtico y luego vulnerada por impostores de receta, por la especulación, la moda y el turismo masivo. Cada día los barcos descargaban jóvenes guerreros que iban a librar batallas de sexo. Todos se sentían vencedores. Frente a esta Ibiza falsificada, la de Ángela Molina parece que aun es aquella de verdad. Parir hijos dentro del agua, coronarse con la sombra de una higuera, permanecer desnuda de noche señalando las constelaciones, vivir la vida beata al margen de la ansiedad de estar siempre en primer plano, ser sincera y distinta. En los años setenta comenzó en nuestro país a establecerse el nudismo como una actitud higiénica y natural. También fue una conquista de la libertad de los cuerpos que iba pareja a la libertad política y acompañada por la cocina vegetariana, la teoría de las semillas, pulseras energéticas, infusiones de percepción, recetas de la abuela, ascensión a la salud mediante el kéfir y el yoga.

De los cuatro elementos que componen la naturaleza presocrática el aire trabaja de escultor; es el que ha tallado el cuerpo de esta actriz y ha dejado en los rasgos fuertes y abiertos de su rostro un dramatismo maternal inquietante. Fue el aire limpio de la Ática el que limpió con el tiempo los colores de las esculturas, de los templos y no cesó de soplar hasta que el mármol no recuperó el blanco esencial del hueso. Por muchas vueltas literarias que uno da al perfil de Ángela Molina siempre se acaba atraído por la historia de ese aire de Ibiza que la ha esculpido.

Ángela nació en Madrid, en 1955, hija del cantaor flamenco Antonio Molina, aquel que dejaba sin respiración a los españoles en la época de la autarquía con los jeribeques que realizaba con la voz en el aire. Cantaba Soy minero y nos hacía saber que la vida era muy oscura trabajando en el carbón. Ángela y sus hermanas crecían al amparo religioso de este flamenco y mientras tanto el fuego que la niña mayor llevaba en sus entrañas la reservó para tener cinco hijos, Olivia, Mateo, Samuel, Antonio, María Isabel, fruto de dos nupcias formales. El afán de la maternidad que esta actriz conjugaba con la armonía vital a ras de la naturaleza no impidió que algunos directores de cine, Buñuel, Gutiérrez Aragón, entre otros muchos, desvelaran el fuego que lleva dentro este animal de pantalla. Su rostro puede ser un símbolo de ese objeto oscuro del deseo que rodó con ella Luis Buñuel en 1977 cuando este país estaba rompiendo aguas en un parto difícil, puesto que la libertad venía de nalgas. Sexo misterioso y profundo, masoquista, turbulento, esta película puede leerse ahora como una metáfora de los turbulentos azares de aquel tiempo. La libertad de nuestro país también ha sido un largo viaje en tren donde un caballero cuenta el infortunio con una bailarina que juega con su obsesión amorosa inseparable del odio y la frustración. Una mujer al alcance de todos los deseos y a la vez tal lejana y natural. Una cocinera en la mitad del cielo.



Manuel Vicent


El Pais 25 de julio de 2014



domingo, 4 de octubre de 2026

Anda, atrévete

MÁS ALLÁ DE LA BELLEZA

MANUEL VICENT

23 AGO 2014 



La actriz Maribel Verdú. JORDI SOCÍAS

A las ocho de la mañana en las paradas de autobús había pasajeros silenciosos e incomunicados bajo la marquesina, cada uno con sus sueños y problemas a cuestas, que se disponían a acudir al trabajo. En uno de los paneles laterales de cada parada el cuerpo adolescente de Maribel Verdú exhibía una lencería sugerente, mínimas bragas caladas, un sostén rebosante y un mohín oferente entre ingenuo y malvado en los labios. Era entonces Maribel una modelo publicitaria explosiva de 13 años, un auténtico pastel de carne. A muchos hombres no les importaba en absoluto que el autobús se retrasara, puesto que eso significaba seguir dándose un banquete mirando de soslayo aquellas formas desnudas adorables. Cuando los pasajeros subían al vehículo Maribel Verdú les seguía con la mirada intensa, incluso a través de la ventanilla, hasta doblar la esquina. Cada pasajero creía que aquella mirada oscura era exclusiva para él y parecía algo más que una invitación a comprar esas prendas íntimas. Era una tentación a romper con la vida anodina y a huir con aquella chica de la valla lejos, muy lejos, a cualquier paraíso perdido.

Después de un día de trabajo con todas las frustraciones y miserias que se acumulan al final de la tarde, los pasajeros se apeaban en la parada y allí estaba Maribel Verdú, sonriente e intacta, esperando con otra oferta en la mirada. Se trataba ahora de navegar la noche con ella más allá de los sueños. “Mira cómo estoy, quédate conmigo hasta la madrugada. Anda, atrévete”, parecía decirles a los jóvenes oficinistas, a los empleados honrados, solteros o casados, gente común, generalmente derrotada. Mientras ellos volvían a casa ella se quedaba allí a esperar a que alguien se la llevara y algunos caballeros soñaban de noche con esa chica y al día siguiente ella les volvía a invitar a una excitante e imposible huida. Ese era el juego excitante de cada día, invierno o verano, que también se repetía en las estaciones de metro. Desde el convoy, los pasajeros veían el panel donde la chica mostraba sus curvas malvadas como una ráfaga sobre la multitud que llenaba los andenes. Era un tiempo en que el ciudadano comenzó a interiorizar el cuerpo de esta chica como una categoría a priori de todos los sueños imposibles de alcanzar, los cinco sentidos que convergían en una mirada que te acompañaba bajo las acacias de la ciudad hasta el interior de la almohada. Pero una madrugada, Maribel Verdú fue secuestrada, cosa que no sorprendió a nadie. En varias paradas de autobús el panel había desaparecido. Un enamorado anónimo la había arrancado de cuajo, se la había llevado a casa y la había encerrado en un sótano amordazada solo para adorarla. No pidió rescate. Era ella misma el precio a pagar.

A la edad de 15 años, Maribel Verdú pasó de los spots publicitarios y los catálogos de modas al cine de la mano de Vicente Aranda, su más devoto oficiante. Desde el principio la actriz tuvo que pelear con su karma. El espectador se cabreaba si a los diez minutos Maribel Verdú no aparecía desnuda en pantalla. “¿Cómo, llevamos un cuarto de hora de película y todavía está vestida?”. Durante algunos años la gente se saciaba con su cuerpo y no trataba de ir más allá. ¿Para qué si, ya con la piel de aquella Lolita que olía a lavanda, con la alegría saludable que le manaba por todos los poros y su inocencia malvada que te llevaba cualquier perversión, había de sobra para dar vida a todos los fantasmas? La carrera de esta actriz ha sido el denodado esfuerzo para hacer olvidar su cuerpo y demostrar que era capaz de expresar hasta el fondo los sentimientos más sutiles y las pasiones más enrevesadas cuando la moldeaba un director de talento. Desde el primer momento el espectador supo que Maribel Verdú era una gran actriz solo a merced de quien supiera explorarla.

En el momento en que su cuerpo y su alma de artista se encontraron, este país pasaba por un tiempo pletórico de lujo, cuando nadie era nadie si no era rico. La corrupción política ya estaba aflorando y todo parecía oler a podrido. Pero la belleza de Maribel Verdú parecía un regalo que hacía olvidar otras miserias.

En el papel de drogadicta en una película de Armendáriz rompió su propio molde y en Belle époque, de Fernando Trueba, era la más descarada y la que aceptaba el sexo como un fruto alegre y natural de la vida. Pero es Amantes, de Vicente Aranda, la que marca su ruptura, y a partir de ahí comenzaron el éxito y los premios en cine y teatro, toda una carrera en la que la actriz ha trascendido la edad, toda una mujer muy bien hecha por dentro, en favor de la estética, un don que es más profundo y que va más allá de la belleza.



Manuel Vicent


El Pais


sábado, 3 de octubre de 2026

Una casa, un libro



Por Maruja Torres

Mientras se escribe un libro, uno se mueve en una casa que al mismo tiempo va construyendo y modificando. Empezar un capítulo es a menudo inventar una habitación con la que no contábamos, luego hay que ir pensando en ampliaciones, nuevos personajes, escenas. Sigilosamente, el autor -la autora- traslada los muebles de lugar, reduce o aumenta la distancia entre el techo y el suelo, propone que una mujer se asome a un balcón e inventa o recrea el paisaje que los ojos de la mujer contemplan. Medidas a la medida de lo que se quiere contar. Durante el proceso, los personajes, que ya son personas, al igual que la casa es ya un habitáculo, podrían ser borrados del mapa como lo son los seres y los edificios de verdad por una catástrofe natural, una guerra o un túnel en construcción. En el caso de la ficción, su fragilidad resulta aún más temible porque basta con una pequeña catástrofe privada, un desastre al que sea sometida una sola persona -quien escribe, para que la entera construcción se vea en peligro. Por eso hay autores que nunca se meten en la cama mientras tienen un libro a medias, por miedo a no despertar y a condenar a sus criaturas a la aniquilación, o a esa otra forma de desaparición en la falacia que es la publicación final a cargo de unas manos vicarias, cuya voluntad o conocimientos nunca suplantarán las infinitas posibilidades de quien creó y sabía.

Todo esto viene a cuento porque acabo de terminar un libro muy extraño. Y aunque es cierto que, como siempre, me ha salido más o menos una casa con gente y con historias, y que he sentido, al escribir la última palabra, que una puerta se cerraba detras de mí-la puerta de la que ahora es su casa, la de los personajes, aunque todo eso ha vuelto a ocurrir, se han añadido experiencias nuevas. Porque ya he dicho que es un libro extraño.

Es algo que he escrito mientras la realidad -novelera-ocurría en torno a mí y en mí, y al tiempo que yo misma, de-liberadamente, influía en esa realidad para obtener de su manipulación un capítulo más, una línea a seguir. O bien me he metido a ciegas por caminos desconocidos, caminos físicos y caminos del corazón qué palabra tan devaluada, lo siento-, solo con el objeto de experimentar sacudidas que pondrían a prueba mi forma de describirlas.

Al escuchar el seco golpe de la puerta de mi libro y con la misma mano que, por angustia, me llevaba a la garganta, he tomado después la lave real y he dado tres vueltas, y antes de eso he echado una ojeada a la casa de verdad que quise para mí-y que mantengo- en la ciudad, Beirut, donde transcurre mi ¿novela? No sé cómo llamarlo.

Por las noches, en la cama, yo no temía que, si un ataque al corazón me impedía despertar, la casa y sus habitantes desaparecieran: porque lo harían en mi libro, pero no en la vida que me he dado en otra ciudad y en otro ámbito, una vida que pasa por mi libro como si caminara de una página a otra.

Y a todo esto ocurre que, cuando me dispongo a recuperar la otra vida que tengo en Barcelona, la que incluye la publicación del libro y su promoción -y, en cierto modo, su protección sentimental-, mientras me encamino hacia la ciudad señorial y entera en la que nací, voy convirtiéndome en un personaje que actúa para desarrollar su papel tal como estaba previsto. La escritora desaparece y recupero el rol que he de jugar. Siempre lo supe, que era un juego, y ademas lo desempeño muy a gusto, con mucho placer y con inesperadas sorpresas.

Pero esta vez -enfrentada a la dicotomía que existe entre las dos ciudades con B, lo que ambas representan- descubro que en la última literatura que inventé en la ciudad deshilachada, en la otra orilla, no sólo soy la persona que soy, sino también aquella que quiero ser.

Por eso cuando aprieto la llave de mi piso de Hamra, detrás del Commodore y de otro arruinado hotel al que Arafat solía invitar a sus visitas, el Wiener; cuando aprieto esa lave y recuerdo los vestidos que dejé colgados en el armario, el perfume del jabón de tocador y la luz que entra por los bal-cones, sé que a esa ficción volveré. •


El Pais Semanal Núm. 1.575 Domingo 3 de diciembre de 2006



domingo, 20 de septiembre de 2026

Apología del salvaje total

PALOS DE CIEGO



Por Javier Cercas

La escena es ésta: un día de septiembre de 1968, un hombre que acaba de descubrir la verdadera identidad de su padre gracias a un informe encargado a un detective viaja a la ciudad francesa de Belfort para conocer a su progenitor. Baja del tren, consulta un plano, camina hasta el boulevard Carnot; allí, frente a la puerta de un edificio de seis plantas, se detiene, enciende un cigarrillo, espera. Según el informe del detective, su padre, que se llama Roland Lévy, sale todas las noches a dar un paseo. Dominado por el desasosiego de siempre, fumando sin tregua, el hombre aguarda, y a las ocho y media ve aparecer en el portal del edificio a un hombre de unos sesenta años envuelto en un abrigo gris: es Roland Lévy. El hombre que ha estado aguardando apaga el cigarrillo y se dispone a seguir al otro, a alcanzarlo y abordarlo, pero en el último instante algo lo detiene y permanece allí, mirando alejarse a Lévy, pensando. Naturalmente, no se sabe lo que está pensando; lo único que se sabe es que, antes de que su padre desaparezca para siempre al doblar una esquina, el hombre ya se ha dado media vuelta y camina por las calles de la ciudad hasta que encuentra un cine y se mete en él: en el cine proyectan La quimera del oro, de Charles Chaplin.

No me negarán que esa escena que amaba y que cambió para siempre parece sacada de una película de François Truffaut; la realidad es que está sacada de la vida de Truffaut, o al menos de la vida de Truffaut tal como la cuentan Antoine de Baecque y Serge Toubiana en una apasionante biografía que acaba de publicar Plot. Sabíamos que muchas de las mejores películas de Truffaut son casi rigurosamente auto-biográficas; lo que no sabíamos es que la biografía de Truffaut es, casi rigurosamente, como un compendio de sus mejores películas. Sabíamos que es casi imposible no enamorarse Truffaut cuando uno ve sus mejores películas (Los 400 golpes, Jules et Jim, Las dos inglesas, El hombre que amaba a las mujeres, La mujer de al lado); lo que no sabíamos es que es casi imposible no enamorarse de Truffaut cuando uno lee su biografía. Ésta, por lo demás, no es un libro aconsejable: primero, porque si se empieza a leer es imposible abandonarlo, y tiene casi 700 páginas; y segundo, porque, si se lee hasta el final, uno puede concebir la esperanza insensata de llegar a convertirse en un salvaje total, es decir, en un hombre libre. Hijo secreto de una madre que nunca lo quiso, Truffaut fue un niño rebelde, ciclotímico y atolondrado, que no se detenía ante la mentira ni ante el robo, un pésimo estudiante que peregrinó de colegio en colegio, que a los 16 años arruinó a su familia y fue recluido en un reformatorio y luego se alistó en el ejército y desertó de él, un adolescente radical, solitario e intrépido al que todo conducía a llevar la vida breve y catastrófica de esos forajidos de leyenda cuyo lema bien pudo ser el que por entonces acuñó para sí mismo Truffaut: "No esperar nada de nadie, coger lo que uno necesita, no tener ataduras". El cine y la literatura lo salvaron; lo salvó la ficción: en los libros y películas en que se sumergía desde niño, escapándose de clase, a escondidas de sus padres y maestros, Truffaut encontraba una vida más poderosa, apasionada y excitante que la que le ofrecía la gris y opresiva cotidianidad de la escuela y la familia, una plenitud radiante de aventuras que lo redimía de la hostilidad mediocre y harapienta que lo rodeaba. Ese niño, ese adolescente, fueron el lector ideal, el cinéfilo ideal: aquel que no disfruta de lo que se supone que hay que disfrutar de lo que eso que llaman el canon dicta, sino que mantiene una relación salvaje con lo que lee y ve, como si lo que ve y lee fuera a salvarle la vida. A Truffaut se la salvó. Sólo tuvo que venir André Bazin -inspirador de los jóvenes de la nouvelle vague-para echarle una mano y convencerle de que él no servía más que para hacer cine. El resto fue sencillo y es conocido: Truffaut se convirtió en un crítico de cine salvaje que atacaba a muerte lo que detestaba y defendía a muerte lo que amaba y que cambió para siempre nuestra forma de ver el cine, y luego en un cineasta meticuloso, encarnizado y salvaje que creo su propia productora para que nadie le dijese como tenía que hacer sus películas, y que gracias a eso hizo algunas películas salvajes e inolvidables y cosecho fracasos cuando esperaba triunfos y triunfos cuando esperaba fracasos, y tuvo hijos y mujeres y amantes y momentos de exultación y momentos depresivos, y se vio envuelto en polémicas salvajes y a menudo se de contradijo y alguna vez se traicionó, hasta que un tumor cerebral lo mató a los 52 años...

En fin: al final, Truffaut se convirtió más o menos en uno mas, como todo el mundo. Pero su infancia y su adolescencia y su juventud dibujan una parábola en la que hay que resistirse a reconocer un símbolo. Yo me resisto; al menos hoy me resisto. Prefiero quedarme con la imagen de ese huérfano adolescente, saturado de sueños y de rabia, que se ha escapado de clase y camina por las calles de París con su ejemplar de Los tres mosqueteros bajo el brazo, y que se sienta en un banco y lee, y luego, al atardecer, se mete en un cine; prefiero quedarme con la imagen de ese muchacho que no tenía ataduras y no esperaba nada y no le temía a nada ni a nadie, excepto a los ojos de su padre verdadero.


El Pais Semanal Núm. 1.501 Domingo 3 de julio de 2005



sábado, 15 de agosto de 2026

Zarpazos literarios contra la prisa, la banalidad y el ruido tecnológico


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Se multiplican los ensayos breves de no ficción en un mundo saturado de desinformación, como muestran las nuevas obras de Xavier Nueno, Antoni Gutiérrez-Rubí y Pedro Bravo

Por Borja Bergareche

"Son los pequeños libros portátiles los que más hay que temer". Esa fue la advertencia que lanzó
Voltaire por carta a su amigo D'Alembert nada más concluir el gran proyecto político de los ilustrados franceses, la Enciclopedia. Una empresa editorial que el filósofo francés consideraba víctima de un letal afán de exhaustividad. Hoy, en la infancia de la inteligencia artificial generativa, la humanidad se enfrenta de nuevo a un viejo dilema: codificar todo el saber humano frente al peligro de un apagón digital que nos devuelva a las cavernas o, por el contrario, aceptar la idea de un borrón y cuenta nueva como la posibilidad de un mundo mejor.

Mientras se resuelve esta disyuntiva, son muchos los que optan por acumular conocimiento abrazados a los géneros de la no ficción. En un mundo infestado de sobreinformación y desinformación, consumimos más ideas que nunca en forma de libros de ensayos, series documentales y podcasts narrativos. Según algunas cifras, las ventas de publicaciones de no ficción suponen ya un 30% del total del mercado editorial. El saber está de moda. En parte, por el desprestigio de las fuentes digitales de transmisión del conocimiento, como las redes sociales o las plataformas de distribución algorítmica de contenidos. El libro no ha muerto. Abren nuevas librerías. Florecen los podcasts. Y se producen más películas documentales que nunca. Queremos saber. Algunos.

Y queremos hacerlo, sobre todo, en formatos cortos. Fácilmente consumibles. Mordisqueables como una merienda (snackable, dicen en inglés). "Vivimos en la era de los ensayos breves para los mostradores de librerías hipster como la nuestra", señalaba un empleado de una conocida librería (hipster) madrileña. Editoriales imprescindibles como Debate, Anagrama o Destino cuidan con mimo, y aparente éxito, colecciones específicas de miniensayos. Una saludable preferencia por la inteligencia concisa y accesible que parece dar la razón, de nuevo, a Voltaire: "Nunca 20 volúmenes in-folio podrán hacer la revolución".

Esta correspondencia entre dos de los grandes enciclopedistas ilustrados la recoge Xavier Nueno en su libro El arte del saber ligero. Una breve historia del exceso de información (Siruela). Un recorrido trepidante y erudito por la tensión violenta entre conservación del saber y destrucción de libros que atraviesa nuestra cultura. Sin que sea su intención, en su recorrido histórico sobre lo que hoy denominaríamos gestión y almacenamiento de información, Nueno anticipa además algunos de los dramáticos retos a los que nos confronta la revolución tecnológica. "Todas las personas que utilizan un smartphone tienen que responder a retos similares a los que se enfrentaba un bibliotecario del siglo XVI", escribe.

Resulta fascinante descubrir cómo, ante el advenimiento de la madre de todas las revoluciones tecnológicas —la imprenta—, sus detractores percibieron en ella una maquinaria infernal que inundaba el mundo de libros y los desvalorizaba al multiplicarlos". Las resonancias con la ansiedad que genera la capacidad infinita de generación autómata de contenido por ChatGPT resultan inquietantes. Así, ante el afán del humanismo renacentista y el idealismo ilustrado de encuadernar todo el saber humano, surgieron reacciones contrarias que alumbraron innovaciones básicas del mundo moderno.
Por ejemplo, el fichero como unidad portátil de información, o el "cortar y pegar" como técnica elemental de procesamiento de textos. Nueno, doctor por Harvard e investigador en la Politécnica de Lausana, recorre el incendiado (e incendiario) proceso histórico que alumbra un canon del saber portátil, abreviado, ligero y móvil "como ideal de circulación de las obras". "El arte del saber ligero emerge con la promesa de exorcizar el fantasma de la exhaustividad", desvela.

Como si le cogiera el guante, el consultor político y especialista en comunicación Antoni Gutiérrez-Rubí recoge con gracia y sucinta profundidad algunos de los atributos y formatos de ese saber ligero en su
Breve elogio de la brevedad (Gedisa). "Lo breve no es pequeño, es intenso. Lo breve no es simple, es complejo. Lo breve no es efímero, es memorable", dice. La era digital, con su inevitable tendencia a la fragmentación del conocimiento y al consumo rápido y distraído de contenidos, supone una era fértil para los formatos breves de transmisión de información. Así, Gutiérrez-Rubí repasa las presentaciones PechaKucha (20 diapositivas expuestas en 20 segundos cada una), tos 18 minutos tasados de las charlas TED, los implacables 90 segundos máximos de los reels de Instagram o la pasmosa sencillez comunicativa de los emojis.

"Lo que da sentido a la brevedad no es la extensión, sino la síntesis. Esa es su alma", defiende, con razón, el consultor catalán. En el contexto actual, señala, ante el reto de interactuar de forma eficaz con herramientas como ChatGPT y Copilot, la brevedad aparece como la cualidad elemental para una feliz comunicación con las máquinas. Una vez más, ante la irrupción de una nueva tecnología disruptiva, la humanidad debe inventar una nueva forma de acceso a la información: se llaman prompts". Son los comandos con los que pedimos, ingenua y torpemente por ahora, a ChatGPT que nos resuelva la papeleta. Y no está claro si llegan a nuestras vidas como heraldos de un nuevo periodo de ilustración civilizatoria o como señales de la enmierdificación (por el término enshittification en inglés) definitiva de nuestras vidas digitales.

No sobran motivos para el optimismo. Influencers, filtros fotograficos, likes, reality shows, transhuma-nismo, selfis, cirugía estética.... La modernidad hoy es una celebración narcisista en la que quien se puede sentir trastornado es quien está en silencio tratando de soportar la constante exaltación del yo". Es el lamento de Pedro Bravo en su libro ¡Silencio! Manifiesto contra el ruido, la inquietud y la prisa (Debate). Un ensayo-zarpazo breve y militante de la colección EnDebate, que dirige Miguel Aguilar, que recibiría sin duda las bendiciones del Voltaire enfadado con su tiempo. Como señala el título sin miramientos, el miniensayo de Bravo (autor también de Exceso de equipaje y Biciosos, así como del podcast Silencio en la plataforma Sonora) lanza una cruda advertencia: "El ruido, la inquietud [llamémosle ansiedad] y la prisa nos hacen estar más solos al tiempo que nos impiden disfrutar de la soledad".

Bravo reclama un desarme radical del ansioso revestimiento digital que opaca nuestras vidas. Y pide devolver el tiempo y el espacio que merecen al silencio y a la calma, en una suerte de movimiento de liberación de los estados que nos hacen humanos. Serán a veces esos estados de concentración -"estados de flujo" o flow state, dicen algunos— que nos convierten en campeones creativos y productivos. Otras, emergerá el cada vez más reivindicado vagabundeo mental. Ese estado de fructífera divagación, que no de distracción inútil, del que surgen la innovación y las nuevas ideas. Según los estudios que cita Bravo, tenemos entre 4 y 40 pensamientos por minuto. "Nuestra mente esta en constante funcionamiento. Si estamos concentrados en una actividad, ese poderoso procesador que es el cerebro se enfoca en ella. Si no, da igual, la cabeza sigue disparando", explica. Se refiere a esa red neuronal por defecto que ha sido definida como "el piloto automático del cerebro", y como "el ruido de fondo del universo".

Un ruido frente al que estos ensayos breves aportan una valiosa profilaxis mental. Réplica contemporánea del Montaigne encerrado en su torre, el ensayista irlandés Brian Dillon define el género como "una combinación de exactitud y evasión". En su denso metaensayo Ensayismo (Anagrama), publicado en 2023, Dillon lo identifica como "una forma [de escritura] que debe instruir, seducir y embaucar a partes iguales". En una entrevista reciente en el podcast Hotel Jorge Juan, Bravo explica que se plantea los ensayos como "pequeñas búsquedas desde una serie de preguntas, y lo veo como una búsqueda común con los lectores; por eso, dejo abiertas las respuestas, por una relación sana con los lectores y con la complejidad del mundo".

En esa renuncia a la exhaustividad de estos nuevos adalides del saber portátil y ligero reside, quizás, la clave de su éxito. Abrumados por una realidad inasible, estos chispazos literarios (o audiovisuales) reaniman nuestras constantes intelectuales y revitalizan nuestra conciencia crítica. Ya lo percibió Voltaire en su Diccionario filosófico portátil: "Los libros más útiles son aquellos que, escritos a la mitad, tienen que ser completados por los lectores".

Lecturas


¡Silencio! Manifiesto contra el ruido, la inquietud y la prisa
Pedro Bravo
Debate, 2024
136 páginas
11,30 euros


Breve elogio de la brevedad
Antoni Gutiérrez-Rubi
Gedisa, 2024
112 páginas
12,90 euros

El arte del saber ligero. Una breve historia del exceso de información
Xavier Nueno
Siruela, 2024
252 páginas
19,95 euros


Babelia Núm. 1.726 Sábado 21 de diciembre de 2024


lunes, 10 de agosto de 2026

Y entraron los turistas en la sagrada París de Patrick Modiano

En la delicada y nostálgica ‘La bailarina’, el Nobel francés juega con el reflejo de realidad y ficción



Una pareja cruza el río Sena por el Pont des Arts, alrededor de 1960, en París.

Georges MARTIN (GAMMA-RAPHO / GETTY IMAGES)

Javier Aparicio Maydeu

13 JUL 2026

Ya octogenario, de nuevo acude el maestro Modiano a la cita con sus lectores, tan fieles como lo es él a su estilo inimitable de claroscuros y susurros alrededor de un enigma irresoluble que no es sino el del misterio de los vaivenes de una memoria vulnerable y traicionera. De sintaxis morosa y una querencia por lo fragmentario que se refleja en un repudio del orden cronológico, como si la novela fuese una suerte de rompecabezas (“quedan algunas piezas de un puzle separadas unas de otras para siempre"), su prosa, como la identidad de sus personajes, aparece envuelta siempre en una extraña bruma que esconde los secretos del recuerdo: "Me volvían, a retazos, las imágenes de una temporada muy remota de mi vida [...] igual suben los ahogados a la superficie del Sena".

Ocultarle información al lector, todo cábalas, es una clave de la literatura tácita del autor ("escribir también es no hablar", dice Marguerite Duras en Escribir). Y no hay principio ni final en las obras del Nobel, que se diría que se desprenden de un relato soterrado y continuo que emerge para desaparecer de nuevo.

Tampoco en La bailarina, una delicada nouvelle en torno a una artista anónima que ensaya danza con un tipo llamado Kniaseff, a un niño, Pierre, condenado a una vida de huérfano, abandonado a su suerte en la afligida rutina de sus días, y a un puñado de estrafalarios individuos con los que también convivió, en el París en blanco y negro de su juventud, el narrador que ahora los evoca repitiéndose por qué aquel sombrío París suyo ha devenido una "ciudad extranjera" por la que transitan miles de "turistas de los que uno se preguntaba si no serían ya los únicos que iban a poblar a partir de ahora las calles" por las que de joven caminó como un flâneur hacia solitarios cafés de barrio en los que tendrían lugar furtivos encuentros.

Elegiaca y metaliteraria, y con escenas de inmensa ternura, esta nueva entrega evoca un París ya extinguido, el nombre de cuyas calles figura como en un plano en todas y cada una de las páginas del autor de la Trilogía de la ocupación, por las que se mueven en tensión constante personajes desvalidos o siniestros, de apellidos cosmopolitas y oscuros pasados, que entran y salen de inmuebles que invitan a la clandestinidad y solo en ocasiones se iluminan como en algunos dibujos de Sempé.

Aún se diluye más aquí la trama que en sus anteriores novelas, como si ya solo quedaran la insinuación y el indicio, y un Modiano más nostálgico que d´habitude parece querer reflejarse mejor en su narrador, que confiesa llevar "tres años pasando por tiempos difíciles" porque "el mundo había cambiado tan deprisa a mi alrededor que se sentía un forastero", refiriéndose tal vez al confinamiento por la pandemia, y dice haber trabajado de negro literario, "hay tantas formas de ingresar en la literatura", escribiendo por encargo del mítico editor Maurice Girodias, el auténtico fundador del sello The Olympia Press que publicó Lolita, de Nabokov, capítulos de una novela inglesa titulada The Glasss Is Falling, de un tal Francis La Mure, a la que debía someter también a un editing, contaminando ficción y realidad, memorias falsas y autobiografía, en un tentador juego de espejos que no es sino el artificio mismo de la ficción.

Como un abalorio, La bailarina encarece las muchas virtudes de sus obras maestras, Dora Bruder (1997), En el café de la juventud perdida (2007) o La hierba de las noches (2012), de las que esta novela epilogal ejerce de magnífico reclamo.




La bailarina

Patrick Modiano

Traducción de María Teresa Gallego

Urrutia. Anagrama, 2026

108 páginas. 18,90 euros


Babelia Núm. 1.808 Sábado 18 de julio de 2026