Taller de lectura Centro Cultural San Pedro
Para todo aquel que quiera leer y escribir en compañia
sábado, 15 de agosto de 2026
Zarpazos literarios contra la prisa, la banalidad y el ruido tecnológico
lunes, 10 de agosto de 2026
Y entraron los turistas en la sagrada París de Patrick Modiano
En la delicada y nostálgica ‘La bailarina’, el Nobel francés juega con el reflejo de realidad y ficción
Una pareja cruza el río Sena por el Pont des Arts, alrededor de 1960, en París.
Georges MARTIN (GAMMA-RAPHO / GETTY IMAGES)
Javier Aparicio Maydeu
13 JUL 2026
Ya octogenario, de nuevo acude el maestro Modiano a la cita con sus lectores, tan fieles como lo es él a su estilo inimitable de claroscuros y susurros alrededor de un enigma irresoluble que no es sino el del misterio de los vaivenes de una memoria vulnerable y traicionera. De sintaxis morosa y una querencia por lo fragmentario que se refleja en un repudio del orden cronológico, como si la novela fuese una suerte de rompecabezas (“quedan algunas piezas de un puzle separadas unas de otras para siempre"), su prosa, como la identidad de sus personajes, aparece envuelta siempre en una extraña bruma que esconde los secretos del recuerdo: "Me volvían, a retazos, las imágenes de una temporada muy remota de mi vida [...] igual suben los ahogados a la superficie del Sena".
Ocultarle información al lector, todo cábalas, es una clave de la literatura tácita del autor ("escribir también es no hablar", dice Marguerite Duras en Escribir). Y no hay principio ni final en las obras del Nobel, que se diría que se desprenden de un relato soterrado y continuo que emerge para desaparecer de nuevo.
Tampoco en La bailarina, una delicada nouvelle en torno a una artista anónima que ensaya danza con un tipo llamado Kniaseff, a un niño, Pierre, condenado a una vida de huérfano, abandonado a su suerte en la afligida rutina de sus días, y a un puñado de estrafalarios individuos con los que también convivió, en el París en blanco y negro de su juventud, el narrador que ahora los evoca repitiéndose por qué aquel sombrío París suyo ha devenido una "ciudad extranjera" por la que transitan miles de "turistas de los que uno se preguntaba si no serían ya los únicos que iban a poblar a partir de ahora las calles" por las que de joven caminó como un flâneur hacia solitarios cafés de barrio en los que tendrían lugar furtivos encuentros.
Elegiaca y metaliteraria, y con escenas de inmensa ternura, esta nueva entrega evoca un París ya extinguido, el nombre de cuyas calles figura como en un plano en todas y cada una de las páginas del autor de la Trilogía de la ocupación, por las que se mueven en tensión constante personajes desvalidos o siniestros, de apellidos cosmopolitas y oscuros pasados, que entran y salen de inmuebles que invitan a la clandestinidad y solo en ocasiones se iluminan como en algunos dibujos de Sempé.
Aún se diluye más aquí la trama que en sus anteriores novelas, como si ya solo quedaran la insinuación y el indicio, y un Modiano más nostálgico que d´habitude parece querer reflejarse mejor en su narrador, que confiesa llevar "tres años pasando por tiempos difíciles" porque "el mundo había cambiado tan deprisa a mi alrededor que se sentía un forastero", refiriéndose tal vez al confinamiento por la pandemia, y dice haber trabajado de negro literario, "hay tantas formas de ingresar en la literatura", escribiendo por encargo del mítico editor Maurice Girodias, el auténtico fundador del sello The Olympia Press que publicó Lolita, de Nabokov, capítulos de una novela inglesa titulada The Glasss Is Falling, de un tal Francis La Mure, a la que debía someter también a un editing, contaminando ficción y realidad, memorias falsas y autobiografía, en un tentador juego de espejos que no es sino el artificio mismo de la ficción.
Como un abalorio, La bailarina encarece las muchas virtudes de sus obras maestras, Dora Bruder (1997), En el café de la juventud perdida (2007) o La hierba de las noches (2012), de las que esta novela epilogal ejerce de magnífico reclamo.
La bailarina
Patrick Modiano
Traducción de María Teresa Gallego
Urrutia. Anagrama, 2026
108 páginas. 18,90 euros
Babelia Núm. 1.808 Sábado 18 de julio de 2026
jueves, 30 de julio de 2026
Chuck Palahniuk Escritor
Chuck Palahniuk: “La literatura transgresora en EE UU acabó con el 11-S, cuando todos nos convertimos en terroristas”
El autor publica en España su último libro mientras prepara el próximo y celebra los 30 años de la publicación de ‘El club de la lucha’ con un repaso a su dilatada carrera
El autor estadounidense Chuck Palahniuk, en su casa cerca de Portland, el 4 de enero de 2025.
Daniel Berman (Redux / Europa Press)
Laura Fernández
Avilés - 25 JUL 202
Hubo un tiempo en el que Chuck Palahniuk (Portland, EE UU, 64 años) acudía asiduamente a todo tipo de terapias de grupo. Era como su personaje en El club de la lucha, Marla Singer. Se hacía pasar, como ella, por alguien aquejado de lo que fuese de lo que la terapia trataba. Trabajaba en una fábrica de camiones por entonces. Había estudiado periodismo, pero el periodismo no le había hecho rico. Ni siquiera le daba para vivir. Mientras asistí al taller que el escritor Tom Spanbauer daba en su casa. "Cada semana teníamos que escribir un relato, y yo necesitaba ideas", recueerda.
Hoy es un autor de fama mundial. En 1996 publicó El club de la lucha y la adaptación cinematográfica que estrenó David Fincher en 1999 se convirtió en un clásico instáneo y sigue muy viva. Pese a ello, Palahniuk tiene una vida pequeña. No va de vacaciones desde 1988. "Me gusta estar en casa", asegura. Vive en un lugar aislado, en las afueras de Portland, en lo que se conoce como una "isla residencial", es decir, una casa sin vecinos, con más de tres kilómetros de bosques alrededor. Tiene un bonito jardín, que le encanta cuidar. ¿Su planta favorita? "Los geranios, porque siempre están floreciendo", responde en un encuentro con EL PAIS en Avilés (Asturias), adonde viajó la semana pasada para participar en el Celsius 232, el festival de fantasía, terror y ciencia ficción que se celebra en la localidad asturiana cada verano a mediados de julio. Y no deja de pensar en que cuando vuelva a casa, la pequeña Tick, una cachorra de bulldog francés gris y blanca, diminuta aún, "será ya enorme". Está cuidando de ella su marido, Mike. "A veces pienso que los escritores necesitamos poder comunicarnos sin hablar con otros seres vivos. Animales, plantas. Yo, al menos, lo necesito", dice.
En España se acaba de publicar su más reciente novela Inducción por Shock (Random House), pero sobre la mesa tiene un ejemplar de pruebas de la próxima, Galleria, que verá la luz a principios del año próximo. "Hago eso cuando viajo, corregir pruebas", confiesa. Galleria es un homenaje a Kilgore Trout, el escritor de ciencia ficción creado por Kurt Vonnegut, el más entrañable perdedor que ha existido nunca. "La idea es que el hijo de un escritor como Kilgore Trout, que escribió muchísimo pero todo lo publicó en revistas horribles, está tratando de reconstruir a su padre a partir de los relatos que escribió. No es fácil, porque tuvo cientos de seudónimos, de hombres y mujeres. Pero leyendo sus historias es posible seguir lo que le estaba pasando en cada momento. Y eso está buscando su hijo de 19 años", cuenta.
La novela, en palabras del autor, "es una especia de Crónicas marcianas, esas novelas que se hacían a partir de relatos con un hilo conductor. Un homenaje al formato también", explica. "No he tenido hijos, y me he perdido la posibilidad de revivir ciertos momentos, y repararlos. Creo que mis novelas hacen eso de alguna forma. Me permiten elegir otro camino. Verme desde fuera. Son un poco como los hijos que no he tenido", confiesa.
Su relación con su padre fue compleja, una historia de violencia hasta el final. Su padre, Fred, había visto como su propio padre -el abuelo de Chuck- mataba a su madre. Tenía tan solo tres años. Y, durante la infancia y parte de la adolescencia del escritor, le trató despectivamente. Luego se separó de su madre, y desapareció. Volvió a aparecer después del éxito de El club de la lucha, e hicieron algo así como las paces. Pero al poco, murió asesinado por el exnovio de una mujer a la había conocido por un anuncio de contactos, Donna Fontaine. El exnovio, un criminal convicto, amenazó con asesinar a cualquiera que estuviera con ella, y lo hizo. Los mató a ambos y quemó la casa en la que se encontraban. Palahniuk reconoce un gusto por lo macabro. Sus personajes son siempre alguien que ha sido expulsado del sistema y trata de volver a él macabramente y sin éxito. Dice que "los medios de comunicación hablan siempre de blanco o negro, o somos muy malos, o somos muy buenos, y a mí me interesa todo lo que queda entre medias, todo eso que también somos todo el tiempo", dice. También afirma que la "ficción transgresora", eso que hacen él y Bret Easton Ellis o Ryan Murphy con su antología televisiva American Horror Story, "se acabó después del 11-S". "Después del 11-S mis novelas fueron consideradas terrorismo. Ryan Murphy dio en el blanco en 2007 con su casa encantada. Llegó en el momento de la crisis económica, donde el terror empezaba en casa, y encerró a sus personajes ahí para siempre. Fue una genialidad. El terror es el único género que permite hoy la transgresión, el único que puede reflexionar sobre lo que estamos viviendo y atacarlo a la vez".
Sin ir más lejos, en Inducción por shock habla de un instituto de altísima reputación en el que se está dando una epidemia de suicidios que encubre un mercado donde los estudiantes prometedores se venden al mejor postor a cambio de poder. "Llevo un tiempo obsesionado con la hipnosis", dice. De hecho, durante su charla en el Celsius de Avilés, trató de hipnotizar al público -con cierto éxito- repitiendo "make a circle, make a gun" (haz un círculo, haz una pistola) y haciendo a la vez el gesto. "Es curioso. ¿Te has fijado en la manera en que Donald Trump da la mano? Siempre te lleva como hacia él, y esa es una técnica de la hipnosis, lo que se llama inducción por shock. Al llevarte a su territorio, te deja por un momento sin defensas, estás, de alguna forma, en su poder", relata.
Termina con una reflexión sobre la escritura: "De niño y adolescente, sonaban canciones en la radio que eran historias. Como el American Pie de Don McLean. Todo era maravilloso. Echo de menos las baladas de los setenta. La cosa es que yo leía a Francis Scott Fitzgerald y no entendía por qué había renegado hasta de la trama en sus historias. ¿Por qué no podía escribirse prosa como una canción y que la recordemos para siempre? Hoy, 30 años después de que se publicara El club de la lucha, aún hay quien me recuerda las reglas. Porque eran como el estribillo de la novela". Sonríe.
El Pais Sábado 25 de julio de 2026
viernes, 17 de julio de 2026
El sueño de la meseta produce monstruos.
Frente a la tentación de lo bucólico de cierta literatura neorrural, varios autores están explorando el vasto y complejo territorio castellano desde el realismo sucio, la fantasía y el terror
Por Silvia Hernando
A Israel Merino (Toledo, 2000), en el pueblo donde se crio le llaman el matón. No porque se haya llevado a nadie por delante o lo haya amagado: es una herencia familiar. De un bisabuelo materno, que una vez se ventiló de un puñetazo a un toro que se había escapado. O eso cuenta la leyenda. "¿Y por qué tengo que cargar yo con el mote de matón, si no tengo media hostia?", protesta el escritor al teléfono. Es lo que tienen los sitios pequeños, que a veces las identidades se comprimen en un apodo y que, para colmo, el mérito ni siquiera es propio sino que viene de serie, como una mancha mongólica. También, que los traumas, como los sobrenombres, se van enquistando y se extienden entre las generaciones. "A mí se me juzga por lo que mis antepasados han hecho, remacha Merino. "Y yo, pues no quiero ser un matón".
En su segunda novela, Epifanía (Temas de Hoy), hay algo de ajuste de cuentas con todo aquello: los motes, los traumas, la idea de pertenencia. Los rencores que nunca, jamás, se disipan, ni aun frotándolos con lejía o cal viva. Sucede en uno de esos pueblos que desbordan el nombre, lugares intermedios, suspendidos en un limbo demográfico donde al final no se puede rascar demasiado, ni lo pintoresco de las aldeas ni lo estimulante de las ciudades. En este que fabula Merino desde el recuerdo conviven (es un decir) dos clases de habitantes: los autóctonos, que dictan y tensan los códigos locales, y los forasteros, categoría que uno es susceptible de integrar aun habiendo nacido y vivido siempre ahí.
Por medio de cinco historias conectadas por la tragedia de un accidente de coche, el escritor va ensamblando un thriller grotesco y sangriento, testosterónico y lisérgico. Suspense castizo que se despliega sobre el reverso mugriento de una Castilla donde no se avistan fortalezas sino esqueletos de edificios a medio levantar, unas afueras de las afueras a base de amalgamas de calles desharrapadas cuyos cascos viejos - que no antiguos- tienen como templo más concurrido un bar con hules y olor a rancio. En cierto modo, el libro exuda el mismo aire grasiento de copa, puro y escopeta de la serie de 2019 Matadero, un "Fargo ibérico" desatado entre los criaderos de cerdos de un pueblo ficticio de Zamora donde la droga, como en Epifanía, visita más casas que el médico.
Hecha de dos comunidades autónomas cosidas a base de injertos y amputaciones históricas, la idea misma de Castilla podría verse hoy como una especie de monstruo de varias cabezas. Un Frankenstein geopolítico. Hubo un tiempo en que se asimiló a la noción de España, pero aquel pasado ya marchó y hoy resulta un tanto más complejo definir de qué hablamos cuando hablamos de este territorio. Merino ubica una cualidad que cree que lo determina por encima de otras: "Que no hay ni un puto árbol. No hay agua, es una zona dura y muy grande. Y eso marca mucho el carácter". La proverbial austeridad castellana, empadronada en la vastedad de la meseta. "El castellano es una persona a la que la sociedad le gusta poco. Es una persona rara", se ríe Merino, que reconoce en el granadino Juarma a un precursor del realismo sucio rural de su libro. "Pero creo que faltaba contar lo castellano".
sábado, 4 de julio de 2026
Llamadme Sisifo Por Javier Cercas
PALOS DE CIEGO
Como cada domingo, me levanto eufórico, contentísimo por no tener que pasarme el día en el despacho estrujandome los sesos y dispuesto a gozar con mi familia de un día de merecido descanso. Después de hacer mis abluciones cantando mi canción favorita de Chenoa, bajo a desayunar. Mientras desayuno, en la radio hablan del machismo, y en algún momento alguien da una definición de machista; entonces, tratando de iniciar una de esas maravillosas conversaciones de desayuno que llenan las novelas profundas, le pregunto a mi mujer qué es para ella un machista. "¿Y tú me lo preguntas, querido?" , me dice, clavando en mí su pupila azul, aunque sin dejar de trajinar por la cocina. "Un machista eres tú". Mi mujer se ríe; yo también, pero menos.
Cuando estoy a mitad del desayuno, aparece mi hijo y me amenaza con armarme un pollo salvaje si no le monto de inmediato la mesa de pimpón que le trajeron los Reyes y que intento en vano montarle cada domingo desde hace más de un mes, cosa normal si se repara en que es muchísimo más dificil montar esa mesa que hacer una torre Eiffel con palillos; pero como, ya que no puedo ser un marido ejemplar, por lo menos aspiro a ser un padre ejemplar, me levanto con el desayuno en la garganta y, después de hacer unos ejercicios de calentamiento, me pongo a montar la mesa de pimpon en el jardín. Dos horas más tarde la mesa ha adoptado un aire como de torre Eiffel, de lo que deduzco que he vuelto a equivocarme, pero me consuelo pensando que al menos hoy no tendré que regar el jardín, porque con lo que he sudado ya no hace falta; luego, gritando que voy a salir a comprar el pan, arranco a correr por la casa perseguido por la furia asesina de mi hijo, de la que consigo librarme de milagro dándole con la puerta en las narices.
En la calle recobro el aliento, me seco el sudor, me peino con los dedos, me arreglo la ropa. Luego carraspeo y, con las manos a la espalda y mirando el cielo optimista de la mañana, echo a andar sin más compañía que la de Chenoa. Aún no he recorrido treinta metros cuando veo a mi vecino, y ya estoy anticipando una gratísima conversación futbolera cuando mi vecino cruza de acera; impasible el ademán, me niego a aceptar la sospecha de que mi vecino acaba de leer mi articulo de hoy en el periódico y decido irme casa de mis padres. Mi madre me abre la puerta y, antes de que pueda hablarle de mi mujer y de mi hijo y de mi vecino, me doy cuenta de que tiene un porro en la boca y un whisky doble en la mano; como, ya que no puedo ser ni un marido ni un padre ejemplar, aspiro por lo menos a ser un hijo ejemplar, le digo: "¿No crees que últimamente se te está yendo la mano con la bebida?". "Ay, hijo", me contesta, sentándose delante de la tele. "Desde que tienes éxito te has vuelto insoportable". En la tele echan Gran Hermano; miento: mi madre ha grabado Gran Hermano y se lo echa a sí misma en la tele. Después de contemplar a dos chicos que están tumbados en una colchoneta sin decirse absolutamente nada durante media hora de reloj, pregunto: "¿Qué, te gusta?". "Me encanta", dice mi madre. "Es como una película de Antonioni. Qué digo: comparadas con esto, las películas de Antonioni son como las de Indiana Jones". Entonces le pregunto si cree que yo soy un machista; increíblemente, consigo que me haga caso. "Qué machista ni qué machista", me dice. "¡Pero si tú ni siquiera has terminado la carrera!". Me levanto y voy a ver a mi padre, que esta terminando su tercera torre Eiffel de palillos de la semana. "Te veo en baja forma", le digo, porque de alguien tengo que vengarme y porque hace solo unos años mi padre armaba cinco torres a la semana. "Tienes razón", dice. "Estoy pensando en empezar a montar mesas de pimpón. Y, por cierto, ¿cuándo vas a dejar de escribir esas tonterías que escribes en el periódico para dedicarte a algo serio?". En vez de echarme a llorar, me vuelvo a buscar a mi mujer y a mi hijo y, pensando que a la familia no la eliges tú, pero a los amigos sí, los meto en mi bólido y me voy a comer con los amigos. Como somos doscientos, los del restaurante nos encierran en una habitación con la música a tope y un ventilador incomprensible girando en el techo. El guirigay es fabuloso. "He leído tu artículo", me dice a grito pelado un amigo, al tiempo que trata de evitar que su hijo tire la tercera croqueta al ventilador. "¡Cojonudo!". "¿De verdad?", le digo, con ganas de comérmelo a besos y sin apenas notar que mi hijo me está pisando con saña la boca del estómago. "Sí", insiste. "¡No he entendido ni una sola palabra!". En aquel momento, mientras miro el reloj para averiguar cuántas horas le quedan todavía al domingo y siento un deseo irrefrenable de encerrarme en mi despacho a estrujarme los sesos, pienso: "Dame, Señor, coraje y alegría / para escalar la cumbre de este día". Pero pienso también que, el domingo que viene, volveré a intentarlo. •
El Pais Semanal Nº 1.376 Domingo 9 febrero de 2003
martes, 30 de junio de 2026
Una mirada lúcida y algo despiadada a la justicia
Adscrito a un subgénero no muy frecuentado en España, el libro del abogado y escritor Javier Melero es un retrato sobrio y a ratos poético de un universo bien construido
Por Juan Carlos Galindo
La hiperactiva ficción criminal en España ha tenido castigada en un rincón a la novela judicial. No ha habido aquí nada parecido a la tradición de la literatura en inglés, representada con fuerza por nombres como John Grisham o Steve Cavanagh, pero puede que esa sequía se haya acabado. O, al menos, que exista una novela que abra un camino. El abogado Javier Melero presenta en Crímenes decentes (Tusquets) un libro ajeno a modas y tendencias, lleno de virtudes y escrito con una prosa sobria y cuidada.
El argumento no resulta nada extraordinario, como procede cuando las defensas del libro pueden ser otras más allá de la sorpresa al final de cada capítulo. El abogado Rovira es contratado por uno de los hombres fuertes de la ciudad (millonario sin escrúpulos, influyente y poderoso sin freno) para que defienda a su hijo, acusado de asesinato. Lo que parece un asunto entre yonquis (el niño pijo entra y sale de la adicción continuamente) se complica en una doble vertiente: el caso en su representación más legalista y el caso en cuanto que escarba en asuntos oscuros del pasado familiar. Todo esto aderezado con conversaciones del abogado Rovira con su amigo Foch, un personaje para el recuerdo que está metido en un lío, o más bien se quiere meter en un lío. Por honor. Y su colega se va a complicar la vida para ayudarlo. Es gente antigua y orgullosa, no del todo limpia, pero leal. Ya saben de qué tipo de personajes estamos hablando.
Hay en estas páginas inteligencia narrativa, personajes al borde del cinismo pero con suficiente carácter como para resultar atractivos. El protagonista no es un héroe. Es un tipo honesto, al menos consigo mismo, que sobrevive en un mundo cruel y lleno de mentiras con las herramientas que se ha dado, que no son pocas. Valora la amistad y de ahí vienen algunas de las mejores páginas de una novela que sabe salir de la trama judicial sin aburrir o distraer al lector. Ocurre lo mismo con Barcelona, excelente escenario alejado de la ciudad de postal; también con las lecturas y los libros y la música y el whisky, referencias que fluyen de manera orgánica y no como una simple lista de los gustos del autor transferidos al personaje (aunque, imaginamos, algo de esto también habrá).
No sabemos cuántos lectores han llegado a Melero, pero sí que los respeta a todos: las referencias culturales o las metáforas y frases cáusticas del héroe no se explican. Tampoco se recurre a un tiempo pasado tramposo, a una narración en dos épocas, para masticar bien la trama y que el receptor la reciba sin atragantarse. La claridad esta en la prosa del autor, no hacen falta trucos. Alguno igual habrá levantado una ceja al leer ciertas expresiones, elegantes eso sí, sobre la anatomía femenina. Pero esas son cosas del personaje, que ni es perfecto ni ha de serlo. No se confundan.
La trama, no hay que olvidarla nunca en el género, fluye a lo largo de las casi 400 páginas a un ritmo constante, a veces en primer plano, otras como telón de fondo de la vida del protagonista. Incluso cuando comete los excesos narrativos más peligrosos, la historia aguanta. Y lo hace porque antes ha construido una arquitectura moral de los personajes, sobre todo de Rovira, en la que se arraiga la verosimilitud.
Supone Crímenes decentes una mirada lúcida y algo despiadada, pero exenta de demagogia, a la justicia, un acercamiento en el que el autor aporta su experiencia para enriquecer los matices en la descripción de sus miserias y no para soltar soflamas morales que le digan al lector qué pensar.
Narrada en una primera persona muy sólida, de esas que hacen imposible pensar en la historia escrita de otra forma, la novela tiende a la melancolía y el final, poético, nada justiciero y poderoso, deja abierta la puerta a más entregas. Serían más que bienvenidas.
Javier Melero
Tusquets, 2026
384 páginas. 21,90 euros
Babelia Núm. 1.802 Sábado 6 junio de 2026
viernes, 26 de junio de 2026
Volver de la guerra derrotado y sin ojos
Por Julio Núñez
La inspiración le tocó el hombro al escritor mexicano David Toscana mientras observaba unas vitrinas que exponían el manuscrito Skylitzes Matritensis, uno de esos códices bellamente ilustrados y tan maleables por el paso del tiempo que parecen un paño de gamuza garabateado. Entre la multitud de miniaturas de oro y lapislázuli, Toscana encontró la historia de la derrota de los búlgaros a manos del Imperio Bizantino en la batalla de Clidio, en el verano de 1014. El cronista Ioannis Skylitzes relataba en pocas líneas el desenlace: el emperador Basilio II ordenó como represalia cegar a 14.850 soldados prisioneros y dejar tuertos a otros 150 para que sirvieran de lazarillos de aquel ejército ciego de regreso a su patria.
Con esta anécdota envuelta con retoques legendarios, Toscana se lanzó a escribir El ejército ciego, una novela espléndida cargada de ironía, humor negro y en la que varias historias entrecruzadas dibujan un relato sobre las tinieblas de la guerra y la luz escondida detrás de la ceguera. No es una novela histórica. El prosista mexicano va más allá y crea una obra literaria extraordinaria, que nos acerca hacia el paramo que se abre paso tras perder la vista y adaptarse a una nueva vida donde la única realidad que ha cambiado es la de uno mismo.
Para ello construye personajes apasionantes: Zósimo, el maestro sacaojos que se reconvirtió en el encargado de encajar canicas en las cuencas vacías de los soldados ciegos. Sóndok, el guerrero lector, que tras regresar de la fatídica batalla se ponía delante de sus orificios oculares la Primera carta de San Pablo a los corintios para intentar descifrar de nuevo aquellas letras. Seráfim, que volvió sin sus ojos azules a la casa y taller de pergaminos de su padre, guiado por su hermano tuerto Tódor.
Todas ellas son melodías de una canción coral, trufadas en 62 capítulos cortos y numerados con el alfabeto del antiguo eslavo eclesiastico, que componen la aventura de 15.000 hombres humillados, a los que sus familiares y patria acogieron como un lastre más difícil de cargar que el luto por la pérdida de un ser querido en la guerra. Dentro de esas sombras, especialmente, Toscana retrata también la dignidad de estos hombres y su ilusión por la vida.
El ejército ciego se imprimó y salió a la venta este marzo con el sello del Premio Alfaguara de novela 2026. Y ciertamente merece esa distinción por su relato novedoso, su estilo, estructura y ritmo. Así apuntó el fallo del jurado literario: "El autor crea una fábula oscura y poderosa, alejándose del relato histórico convencional para ofrecer una lectura simbólica, casi mítica, sobre la guerra, el poder y la resistencia. La novela adquiere un tono oral y poético que mezcla testimonio, leyenda y humor negro. Una gran épica sobre los vencidos"
El ejército ciego es una gesta sugerente, escrita con una voz propia, la de Toscana. Una novela que no es de un solo uso, pues en sus historias yace esa magia que te encadena a sus páginas y, cada cierto tiempo, uno regresa para reencontrarse con sus personajes y diálogos. Con las infinitas realidades de los soldados sin ojos. Como entona el guerrero narrador en el libro: "Los ojos malgastan tiempo, páginas y tinta. Cuando uno deja de ver la vida lo que hace es vivirla".
El ejército ciego
David Toscana
Alfaguara, 2026
229 páginas. 19,90 euros
Babelia Núm 1.795 Sábado 18 de abril 2026
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