domingo, 21 de mayo de 2023

Pornografía y botánica pandémicas por Manuel Rodríguez Rivero

 Sillón de orejas

1. Falocracias

Cuando se percibe el final de algo, brota la nostalgia sobre lo que se supone en trance de desaparecer. Y la nostalgia es, por definición, un falso recuerdo o, por lo menos, una reminiscencia interesada (de casta, de clase, de género). Talleyrand, el sacerdote y diplomático que remodeló Europa a principios del XIX, lo expresó a su manera: quien no ha vivido antes de la revolución ignora lo que es la dulzura de vivir. El imperio de la falocracia, hasta hace poco escasamente contestado, llega a su fin, aunque sus peores coletazos durarán aún bastante, desdichadamente. La nostalgia, sin embargo, puede manifestarse también como ironía, quizás como autocrítica. Todo eso me parece advertir en un librito no venal editado por Jesús Egido (el editor de Reino de Cordelia) como obsequio más o menos navideño, y que, con el título Las pollas de Coll, rescata la pequeña colección de dibujos de penes que el genial cómico José Luis Coll -uno de los mejores exponentes del tardo-surrealismo cómico que surgió durante la dictadura como escape a las grisuras del entorno- fue reuniendo a base de preguntar con desarmante candidez a sus amigos y cotertulianos ilustradores: "¿Me dibujas una polla?". Los "artistas polleros" que colaboraron (¿quién se podría resistir a la petición?) fueron muy variados, incluso ideológicamente: en el librito -desde ya una rareza de bibliófilo a menos de que Egido se decida a publicarlo con ISBN- se recogen dibujos de penes, cipotes o rabos de toda forma y condición de artistas tan diferentes como Mingote, Summers, Chumy Chúmez, Julio Cebrián, Forges, Máximo, Gila, Abelenda, Martín Morales, Mena y Alfredo, entre otros: una muestra singular de las pollas imaginadas por algunos de los más importantes dibujantes del tardofranquismo, cuando el humor gráfico era todavía una de las pocas grietas en la granítica censura del franquismo. Nostálgica es también, a su modo, la recuperación, una vez más, de Las once mil vergas, de Guillaume Apollinaire, que Akal anuncia para este año en traducción de Isabelle Marc. Publicada clandestinamente en 1907 bajo la autoría de "G.A.", el libro se convirtió rápidamente en un éxito de ventas prohibido y deseado, y Picasso llegó a decir que era el más hermoso que había leído. Las once mil vergas, que guiña el ojo en el titulo a la leyenda de las vírgenes de Santa Úrsula, es un compendio disparatado y adobado con salsa rabelasiana de las peripecias sexuales (de Bucarest a París a Port Arthur), del hospodar (príncipe) Mony Vibescu, en el que abundan sodomidaciones, estupros, necrofilias, pedofilias, vampirismo y todo lo que Sade quiso escribir y se atrevió a hacer. Si están interesados en la cara más devastadora de la adicción sexual desde el punto de vista de un obseso, no se pierdan la película Shame (Steve McQueen, 2011) con Michael Fassbender, que está que se sale, y Carey Mulligan, que también, y que, por cierto, interpreta una versión estremecedora del estándar New York, New York (1977), compuesto por John Kander para Liza Minelli. De nada.


Fassbender y Mulligan, en Shame. Alamy

2. Latinoaméricas

Conocí a Michi Strausfeld (Recklinghausen, 1945) hace muchos años, cuando ya era un referente fundamental en la edición infantil-juvenil española, a cuya profunda renovación (años ochenta-noventa) contribuyó decisivamente, incorporando al catálogo de las editoriales en las que trabajó  (Seix Barral, Alfaguara, Siruela) a figuras tan importantes como Ende, Dahl, Pressler, Janosh, Sendak y tantos otros. Lo que tardé más tiempo en descubrir es que, para entonces, Strausfeld, que ya vivía en España, era también la embajadora de la nueva literatura latinoamericana en Alemania, donde a raíz de los entusiasmos y esperanzas despertados por la revolución cubana, sus autores fueron recibidos con extraordinario interés. Enamorada de la literatura hispánica que se hacía al otro lado del Atlántico -su tesis fue sobre García Márquez-, consiguió convencer a Siegfried Unseld para que publicara en Suhrkamp obras de Cortázar, Rulfo, Vargas Llosa, Onetti, Cabrera Infante y toda la abigarrada tropa que estaba escribiendo el español más libre e imaginativo de la segunda mitad del siglo XX. Su libro Mariposas amarillas y los señores dictadores (Debate) es un compendio de todo lo que le ha interesado en su lectura de las letras latinoamericanas respecto a la historia en cuyo contexto se escribió, se recibió y se criticó. Dos centenares largos de escritores y sus obras desfilan por este libro riguroso y legible, a caballo entre el travelogue culto y comprometido y la crónica apasionada de la literatura de un continente.

3 Naturalezas

Los confinamientos y el temor a las "cepas mutantes supercontagiosas" han potenciado el interés editorial por la naturaleza vivida desde interiores. La gente quiere respirar aire silvestre, aunque sea vicariamente: la lectura proporciona un campo casi infinito para experimentar la naturaleza desde la butaca o, incluso, desde la calentita cama invernal (en el hemisferio sur desde la tumbona veraniega). Joaquín Gallego ha publicado, en el sello de su nombre, Malahierba, un peculiar elogio (muy apropiado para estos tiempos) de la "botánica humilde": un libro de inquietantes fotografías en blanco y negro en el que se celebra la botánica caótica "que rechaza el orden y la disciplina" de la jardinería y la imposición de la estética vegetal; fotos y textos de Sylvie Bussières y Joan Fontcuberta, salpicados por dudosos haikús ("crecen más libres, / bella flor del cerezo / las malas hierbas") de Izumiya Key, "discípulo tardío de Basho", que a mí me pega más bien un heterónimo del propio Fontcuberta. Para niños observadores (y adultos juguetones) recomiendo con todo entusiasmo el bellísimo álbum sin palabras Ocultos en el bosque (Kalandraka), del extraordinario acuerelista Mitsumana Anno, fallecido a los 94 años la pasada Nochebuena: una fascinante sinfonía de verdes en la que hay que encontrar la fauna que lo habita.


El Pais. Babelia nº 1.522 sábado 23 de enero de 2021


sábado, 20 de mayo de 2023

Un año poco olvidable por Manuel Rodríguez Rivero

 Sillón de orejas

1. Veinte-veinte

Nada me agradaría más a este Sillón de orejas -en el que pretendo reflejar algunas cuestiones que me suscita el año libresco que ahora termina- que limitarme únicamente a las buenas noticias, tal como pedía a sus oyentes la exuberante Pampinea, la primera de los diez narradores (siete mujeres y tres hombres: eso sí que es madurez de género) del Decamerón, en aquel locus amoneus en el que se habían refugiado para escapar de la pandemia del momento y entretenerse contando historias. Pero no sé si será posible. Nunca he sido muy partidario del evergetismo, esa antigua forma de "hacer el bien" que se resolvía creando una clientela de agradecidos y deudores, algo que sí se practica de vez en cuando en la crítica de la cultura, de modo que no esperen grandes aspavientos y positividades. Empezando por el llamado Ministerio de Cultura, esa institución semifantasmal que tan poco hace (o puede hacer) por su objeto, tan transferido como las aguas del Tajo. Lo único que se me ocurre decir de su demediado titular, cuyo nombre será escasamente recordado (un perfecto ejemplo de lo que se llama "perfil bajo", nada que ver con lo que representa su cargo en Francia, por ejemplo), lo dice mucho mejor que yo el estupendo Mark Strand (1934-2014) en su poema en prosa "El ministro de Cultura consigue su deseo", incluido en el libro Casi invisible (Visor, traducción de Julio Trujillo). Perdonen la cita, un poco larga: "El ministro de Cultura vuelve a casa después de un día ajetreado en la oficina. Se echa en la cama e intenta no pensar en nada, pero nada sucede o, más precisamente, no sucede nada". Menos mal que el sector del libro, acostumbrado al ninguneo y a que las ayudas sean mezquinas o tarden en llegar, ha demostrado que no lo necesita para seguir adelante.


Fotograma de El Decamerón. Everett Collection


2. Acontecimiento

Días de balances y de listas. Quien más, quien menos, todos -aquí y en Pekín- opinan sobre lo mejor que ha dado la cultura en el inolvidable año más olvidable, cuando la pandemia se ha convertido en ese transformador "hecho social total" (en el sentido que daba Marcel Mauss a la expresión en su Ensayo sobre el don, Katz, 2010), es decir,  un acontecimiento externo que sacude no solo el conjunto de las relaciones sociales, sino a la totalidad de los individuos, instituciones, valores, aspiraciones. Después, ya nada será igual, dicen los sociólogos y todólogos, menospreciando la sabiduría reaccionaria del Eclesiastés (1-9): "Lo que ha sucedido, vuelve a suceder, y lo que antes se ha hecho, es lo que se hará". Y, sin embargo, entre las cenizas se encuentran aún las brasas: el comercio del libro no se ha hundido, por ejemplo, en casi ningún sitio (en EE UU, por ejemplo, las previsiones apuntan a un descenso de la ventas de tan solo el 1%). La capacidad de reinventarse de los libreros y la increíble colaboración de los lectores -que han comprendido que la librería es un centro cultural de casa comunidad, y se han tomado su supervivencia como prioridad -han hecho que la catástrofe pronosticada por los agoreros no se haya consumado. A falta de datos puestos al día, la defección de los lectores solo ha tenido lugar -y muy parcialmente- en las librerías del centro de las grandes ciudades. Es de desear que cuando caduquen los ERTE- esa forma particular de nacionalización de los salarios- la gente siga acudiendo a las librerías con la misma pasión que durante los meses de plomo y virus.

3. Metro

Pero no todas las respuestas tienen el mismo valor. Ahí tienen esa sorprendente muestra de enloquecimiento textual perpetrada por mi adorada Asociación de Editores de Madrid (AEM) en colaboración con Metro de Madrid, dos instituciones que se han conjurado para empapelar la estación de Ríos Rosas (incluidos pasillos) con el texto completo (dos millones de caracteres) de Fortunata y Jacinta. Está muy bien que se conmemore el centenario de la muerte de su autor, aunque resulten patéticos algunos de los puntos de su particular modo de empleo, com el de que la disposición y "puesta en pared" del grueso texto así como los pasajes destacados, propician "dos lecturas diferentes": una pausada mientras llega el tren, y "otra rápida a través de los fogonazos que las citas permiten ver desde el vagón en marcha". No se mareen, porfa.

4 Héroes

La pandemia nos ha permitido reconstruir nuestra panoplia de héroes. aparte del amplio espectro de sanitarios, de ancianos sobrevivientes en las residencias, de los comerciantes de proximidad que no han bajado la persiana, de los hosteleros a media jornada, se hace necesario homenajear a los libreros. Y eso que no ha sido un buen año para la CEGAL, la plataforma que agrupa a buena parte de los libreros de este país (por ahora). Además de tener que devolver con gran esfuerzo a Hacienda (los editores ya lo hicieron) el agujero financiero que les dejó la empresa de "formación" Editrain (algunos la llaman "Pufotrain"), que pasó por el sector del libro con la furia del peor de los tornados (su director, Jaime Brull, estuvo durante un tiempo muy arropado por algunos de los próceres de la edición, que no supieron parar a tiempo el desaguisado), los chicos y chicas de CEGAL han tenido que asistir a la defección de muchos de los usuarios de su página todostuslibros.com. Y es que muchos de los libreros asociados no solo cobran los gastos de envío -algo razonable para quienes no tienen una distribución propia-, sino que también cargan al cliente unos absurdos "gastos de gestión", lo que puede incrementar el precio total del pedido por encima de los ocho euros. De modo que o arreglan pronto ese extremo o Amazon no va a precisas de mejor caldo gordo.


El Pais. Babelia nº 1.517 sábado 19 de diciembre de 2020

martes, 16 de mayo de 2023

Podría haber sido peor por Manuel Rodríguez Rivero

Sillón de orejas

1. 2021

Margarita García de Cortázar, mi asesora favorita en asuntos numéricos, me reenvía, como bálsamo para mis heridas morales, un vídeo en el que se explican algunas de las propiedades contables que convierten 2021 en un auténtico fenómeno matemático, haciéndolo "grande" entre otros. Para empezar, está formado por la concatenación de dos números enteros consecutivos (20-21), una circunstancia única en este siglo (la próxima vez será en 2122, cuando ustedes -y, quizás, yo- estén criando malvas). Pero eso es lo de menos: lo importante es que, a su vez, el guarismo del año en que nos va a tocar vacunarnos (en fin, aún no está claro) es, sobre todo, el resultado del producto de dos números primos consecutivos (43x47=2021), lo que constituye una rareza aún más estrafalaria que la conjunción de tres planetas, o que el emérito se sume entusiasmado a cierta corriente de opinión favorable a la República. El interés de los matemáticos por los números primos se remonta a las tablillas mesopotámicas, aunque Euclides fue el primero que comprendió su naturaleza infinita. Ignoro si la "grandeza" atribuida a la primalidad del año en curso conlleva algo bueno o nefasto, pero lo cierto es que, hoy por hoy y con los restos del turrón sin consumir, los contagios subiendo, medio país cancelado, las vacunas esperando quién las inocule y los políticos de aquí y de allá jugando, quien más quien menos, a hacerse la puñeta, 2021 no pinta nada bien en casi nada, y conste que no me hace ninguna gracia constatarlo. Por una vez -y sin que sirva de precedente-, para encontrar un sector de la actividad económica en que el año 2020 nos dé motivos para confiar en el siguiente, hay que referirse a las librerías. Y es que, después de lo que sucedió en la larguísima depresión libresca ocasionada por la crisis de 2008-2011, uno podía esperar otra debacle. Pero resulta que, hasta la fecha, y en términos generales, la tesis compartida es que "podría haber sido peor". No hablo solo de España. En Francia, donde las librerías han estado cerradas bastante tiempo, el observatorio correspondiente ha calculado un descenso de ventas del 3´3%.

Claro que no en todos los lugares ni librerías por igual: parece, en todo caso, que allí también los lectores han afirmado con hechos de pago la cualidad comunal de las librerías de proximidad frente a las del centro de las ciudades. En cuanto a la "temática" que más ha interesado a los lectores durante estos meses, es prácticamente la misma que habitualmente, con una excepción a la alta y otra a la baja: la primera reside en el incremento del 14% en las ventas de cómics (bandes dessinées); la segunda, en el espectacular descenso (hasta de un 33,5% menos) registrado por los libros de turismo. Se ve que los lectores no se han interesado en ellos ni para soñar con viajes futuros (cuando el mundo vuelva a su ser), al modo que hago yo, ojeando los libros de gastronomía cuando me pongo a riguroso régimen para contrarrestar la bulimia provocada por al ansiedad coronavírica.

2. Maigret

Vi en pocos días, y pulsando de vez en cuando el botón de avance rápido del mando. El desorden que dejas, un thriller" a la gallega" del guionista Carlos Montero, autor también de la novela en que se basa. La miniserie (¿mini?:¡8 capítulos!) llegaba con el temible marchamo de qualité, con el aval de éxitos anteriores de Montero y la interpretación de dos buenas actrices (Bárbara Lennie e Inma Cuesta), una de ellas incluso soberbia. Como me ocurre siempre con las series (salvo excepciones legendarias), ésta me irritó bastante: el guión (inverosimil hasta lo surrealista; se divertirán viéndola los profes de instituto, nada que ver con los del ficticio Novariz) se retuerce para exprimir hasta el final un jugo que no existe y que intenta obtener a partir de giros tramposos. Total, que, tras digerir como pude el fiasco, busqué consuelo en Tres (Anagrama), un thriller del israelí Dror Mishani que también venía con incandescentes paratextos de prestigiosos críticos y revistas. Esta vez no lo pasé tan mal: novela sin aspavientos, centrada en dos crímenes y en ambientes locales y realistas de Tel Aviv, con atención al desarrollo psicológico del personaje principal y de las víctimas. No me entusiasmó, pero no la arrojé al cesto de los desechables. Quizás alguien (suponiendo que lo haya al otro lado de esta página) pueda pensar que soy un antiguo por mostrar poco entusiasmo por esas novedades de éxito. Probablemente tenga razón; en las últimas semana el único thriller que realmente me ha hecho disfrutar en mi sillón de orejas es uno que ya había leído y había olvidado totalmente: La cabeza de un hombre, una de las primeras novelas de Maigret, publicada por Simenon en 1931 (junto con otras ocho: el tipo era tan inagotable en la escritura como en el sexo). Lo pasé muy bien leyéndola: color local (le encanta el París de los abajo, marginados, trabajadores), psicología (el villano está inspirado en Raskólnikov), diálogos cortantes, a veces esticomíticos, economía narrativa (elipsis estupendas) y, sobre todo, esa característica que hace tan reconocible el estilo del detectiva belga: comprender sin juzgar; ver el crimen en el mismo fluir que la vida, sin sentimentalismos. La novela fue publicada por Tusquets en 1994, cuando aseguraba que sacaría todo Maigret, una trola que ningún editor moderno ha cumplido (¿qué pasa hoy con los buenos propósitos de Acantilado?), pero ahora está agotada. Fue llevada al cine (La tête d´un homme) por Julien Duvivier en 1933, con Harry Baur en el papel de Maigret, aunque para mí no ha habido mejor Maigret que Jean Gabin. Cosas de antiguo.


Jean Gabin, en El comisario Maigret.

El Pais. Babelia nº1.520 sábado 9 de enero de 2021

 

sábado, 25 de marzo de 2023

Un mundo alucinante

Varios libros abordan el debate filosófico en torno al uso de las sustancias psicodélicas como herramientas para una nueva comprensión de la vida del espíritu

Por Juan Arnau

Un momento decisivo de la historia de la psicodelia fue el descubrimiento accidental de los efectos del LSD 25, extraído del cornezuelo, un hongo parasitario del centeno, por el químico Albert Hofmann. En 1956, la farmacéutica suiza Sandoz envía. a la Facultad de Medicina de Praga una caja llena de ampollas con una carta explicando su contenido. La carta indica que, en microdosis, la sustancia puede inducir una "psicosis experimental" similar a la "psicosis real". La farmacéutica pide a los médicos que trabajen con la sustancia y les ofrezcan feedback. La carta sugiere que el LSD puede ayudar a la formación de psicólogos y psiquiatras, que podrían pasar un breve lapso de tiempo sumergidos en el mundo de sus pacientes y, así, comprenderlos mejor.

Stanislav Grof, un joven médico checo interesado en el psicoanálisis y decepcionado con Freud, se ofrece como voluntario para probar el nuevo psicotrópico. Se le administran 150 microgramos. El propio Grof ha contado la experiencia dominada al principio por la visión de fractales y patrones caleidoscópicos. En una segunda fase, penetra en su propia historia personal y puede establecer conexiones inéditas. Se tumba y le colocan unos electrodos. Siente una explosión de luz (debido al foco estroboscópico) que asocia con la explosión atómica de Hiroshima. "En ese momento mi conciencia es catapultada fuera de mi cuerpo, pierdo la conexión con la sala del experimento, el asistente y la clínica, con Praga y después con el planeta". Tiene la sensación de que la conciencia carece de fronteras. "Me convertí en todo lo que es, en la totalidad de la existencia". Experimenta, con los ojos cerrados, un despliegue de visiones cósmicas. A continuación, el asistente reduce la luz. "Mi conciencia volvió a contraerse: volví a conectar con el planeta, con la sala y finalmente con mi cuerpo. Se me hizo claro que lo que me habían enseñado en la universidad, que la conciencia es un producto de procesos neurofisiológicos del cerebro, no era verdad".


Papel secante impregnado con LSD. Arriba, fiesta centrada en el uso del ácido, en San Francisco en 1966. Joe Bird (Alamy) / Ted Streshinsky (Corbis/Getty)


Desde aquella experiencia, Grof se ha dedicado al estudio de estos estados no ordinarios de conciencia. En este punto hay que hacer una matización. Cuando Grof dice conciencia, debería decir mente. No hay estados "ampliados de conciencia" porque sencillamente la conciencia no es algo que pueda ampliarse (no es espacial), pero sí puede hablarse de estados ampliados de la mente. La conciencia tampoco es "mía" o de nadie. Carece de ego. La mente sí, cada cual navega en la suya. La mente puede participar en un mayor o menor grado de conciencia y, cuando esa participación se amplía, entonces se tiene esa sensación de "ser todas las cosas" y de que el mundo de la conciencia carece de límites. Pero esto ocurre siempre desde una mente particular. Un tipo de experiencias que llevará a la fundación de la llamada "psicología transpersonal". Pero lo transpersonal no es posible sin lo personal. Y lo personal es el ego. Todos tenemos nuestra cuota de ego. De hecho, el ego es fundamental para la vida. Lo que llamamos vida no es posible sin el ego. Si uno quiere liberarse del ego (algo en principio imposible), debe tener un ego fuerte. Un ego débil es dependiente y quien quiera transcender el ego partiendo de un ego débil y enfermizo sólo incrementará sus propios delirios. Sin embargo, aunque la vida requiere del ego, un exceso de ego resulta exasperante. Es el llamado cansancio ontológico. Borges lo expresó así: "La peor pesadilla para mí sería ser Borges por toda la eternidad". El olvido de sí es una necesidad. Por eso leemos novelas, vemos películas o nos enamoramos. Para olvidarnos de nosotros mismos. Liberarse momentáneamente del ego, además, nos libera de la muerte. Sin ego no hay muerte (tampoco hay vida). La vida requiere cierta sensación de realidad ontológica. Eso es el ego, un sentimiento de identidad. Un sentimiento inestable, que queda en suspenso en sueños, en la experiencia artística y la meditativa. O cuando estamos dispuestos a dar la vida por algo. Todas esas acciones, paradójicamente, requieren un ego.

¿Y dónde radica la persona? La persona no es la mente, ni el ego, ni el cuerpo, ni el inconsciente. La persona es el diálogo de todo ello con la conciencia, de la que participa. Esa es la compleja urdimbre en la que hemos de transitar. Reducir la persona al cuerpo, a su ego o a su mente, resulta inaceptable. Y en esa línea trabajan los enemigos de la libertad. Quien muere con la muerte es una configuración particular de estas relaciones. Un ejército móvil de asociaciones, un hábito, extendido en el tiempo, y en proceso de transformación.

Seguimos sin saber de qué está hecho el universo. Shakespeare sugirió que del mismo material del que están hechos los sueños, los sufíes que de imaginación. Para la visión moderna, esencialmente fisicalista, de materia y energía. Los filósofos hindúes creen que el mundo está hecho de percepción y deseo. Esta última versión es la que mejor encaja con lo que el LSD nos dice de la mente. El ácido reduce la frontera del ego, creando una mayor conexión con el universo. Esa es la razón por la que es un buen remedio contra las cefaleas y la depresión (que es una forma de aislamiento, de ensimismamiento psíquico). Además, pone en contacto con la propia historia personal, con el itinerario cósmico que nos ha traído al presente. La investigación con psicodélicos podrá ayudar a la psiquiatría y la psicología convencionales a salir del laberinto en el que se hallan desde hace ya casi un siglo. Permitirá una nueva comprensión de los trastornos emocionales, de la vida del espíritu, de la violencia y la codicia humanas, de la sexualidad, la creación artísticas y la experiencia de la muerte. Un futuro prometedor.





Sueños de ácido. Historia social del LSD: la CIA, los 60 y más allá

Martin A. Lee y Bruce Shlain

Traducción de Luis González Castro

Página Indómita, 2023

528 páginas. 34,90 euros


Filosofía de la psicodelia

Chris Letheby

Traducción de Daniel McNamara

Bauplan Book, 2022

312 páginas. 22 euros


El camino del psiconauta

Stanislav Grof

Traducción de David González Rage

Kairós, 2022

424 páginas. 25 euros



El Pais. Babelia nº 1.633, Sábado 11 de marzo de 2023



viernes, 24 de febrero de 2023

El germen del mal de Lovecraft por José María Guelbenzu

En una ocasión le preguntaron al gran dramaturgo Arthur Miller de dónde sacaba los asuntos de sus piezas de teatro y él contestó: "Si supiera dónde está ere lugar, me dejaría caer por allí más a menudo". Pues este Cuaderno de ideas es el lugar en el que recogía y guardaba regularmente las semillas de sus historias H. P. Lovecraft, el maestro del horror de la literatura narrativa. No es que el modesto anticuario de Providence conociera de donde crecen las historias, sino que, como suele suceder a muchos autores, las ideas o las imágenes que sugieren las ideas suelen saltar como chispas en la mente en los momentos y lugares más inesperados. Incluso hay autores duermen con un bolígrafo y una libreta en la mesilla de noche. La recopilación y publicación de este Cuaderno de ideas tiene para cualquier escritor o lector de Lovecraft (y son muchos sus seguidores, cada vez más a medida que transcurre el tiempo) lo mismo que debe de sentir cualquier pescador aficionado al dar con una poza en el río llena de peces.

Las notas, tan breves en general que a veces parecen solamente menros recordatorios, muchas veces no tienen otro valor que el de un simple enunciado sin otra transcendencia que la anotación que uno lleva al supermercado, algo así como "no olvidar harina de maíz", pero para una persona tan imaginativa como Lovecraft contienen en potencia desarrollos que pueden acabar dando lugar a relatos como "El colo que cayó del cielo" o "El caso de Charles Dexter Ward". Por eso algunos son un mero recordatorio, pero otros van más allá, a ese punto de misterio en el que lo inquietante asoma ya en la anotación: "Alguien o algo profiere un alarido de espanto al ver salir la luna, como si se tratara de algo inusual"; o bien: "El superviviente de un naufrago descubre un pecio monstruoso y se embarca en él";o: "Un hombre moldea distraidamente una figura extraña. Cierta fuerza lo ha impelido a hacerla más deforme de lo que él puede comprender. La arroja con repugnancia lejos de sí. Pero en el exterior hay algo rondando en mitad de la noche".

Lo que Lovecraft entendió claramente -y estos ejemplos ya lo contienen- es que el horror sólo se consigue evitando mostrar la figura que lo causa. Si recordamos la película Alien, la primera, el miedo no aparece en la horrible criatura que acompaña a los tripulantes de la nave (a la que no se ve, sólo se la presiente) sino en los aterradores pasillos desiertos de la nave en los que en cualquier momento la criatura escondida puede atacar al que los recorre. Las anotaciones rescatadas contienen ya este modo de terror. Al final de su novela corta En las montañas de la locura, el joven Danforth asciende en una furia ciega por el túnel que desemboca en el exterior de la montaña con la cosa espantosa a sus alcances. La imagen prodigiosa que concibe Lovecraft para mostrar el miedo consiste en que el pobre muchacho rompe a cantar y el que lo escucha desde la boca del pozo reconoce en ese canto los nombres de todas las estaciones del metro de Boston a Cambridge y "la nefanda analogía que lo había sugerido".




Cuaderno de ideas

H.P. Lovecraft

Traducción de Juan Andrés García Román y Carmen Ibáñez Berganza 

Periférica, 2023. 132 páginas. 11 euros


El Pais. Babelia nº 1.628 Sábado 4 de Febrero 2023


domingo, 5 de febrero de 2023

Valparaíso, qué disparate eres por Manuel Rodríguez Rivero

SILLÓN DE OREJAS 


CADA VEZ que leo la Oda a Valparaíso —de donde he robado el título de este artículo— o la Oda al caldillo de congrio, entierro más profundamente en mi memoria los horrendos, lacayunos, y a la vez sentidos versos que Neruda dedicó a su Capitán: “Ser hombres comunistas / es aún más difícil, / y hay que aprender de Stalin / su intensidad serena, / su claridad concreta, / su desprecio / al oropel vacío, / a la hueca abstracción editorial”. Pelillos a la mar, Ricardo Neftalí, le digo mentalmente al Poeta (llamándole por su nombre de pila), mientras me pregunto una vez más cómo pudieron salir de la misma sensibilidad, y casi simultáneamente, algunos de los engendros de Las uvas y el viento (1950-1953), incluyendo el largo poema dedicado a la muerte del sanguinario Bonaparte soviético, y el deslumbrante torrente lírico de las Odas elementales (1954). Releo con el mismo placer que la primera vez (allá en la prehistoria de mis lecturas adultas) los versos dedicados a la ciudad (“qué loco, / puerto loco, / qué cabeza / con cerros, / desgreñada”) en la que, el próximo 2 de marzo, dará comienzo el V Congreso Internacional de la Lengua Española, que durante cuatro días se convertirá en la suprema instancia del idioma que hablamos 450 millones de personas en este atribulado planeta. Poetas y narradores, filólogos y lingüistas, filósofos y científicos, periodistas y políticos (de todo pelaje), empresarios y economistas, y hasta el único monarca en ejercicio (por ahora) que tiene el español como lengua materna, se reunirán para debatir el presente y el futuro de la lengua común, considerada bajo sus más variados aspectos: desde espacio universal de comunicación (en es- pectacular crecimiento) hasta mercancía básica del cada día más floreciente negocio de las industrias culturales. Las tablas de la ley en las que se basará implícitamente casi todo lo que allí se hable es la flamante y voluminosa Nueva gramática de la lengua española (Espasa: 30.000 ejemplares vendidos), elaborada colectivamente por las Academias nacionales bajo la coordinación de la RAE. Don Víctor García de la Concha, el incansable muñidor (según la primera acepción de la palabra que da el DRAE) del proyecto, aceptará sin duda el merecido homenaje de sus cofrades, reunidos bajo techo académico mientras la ciudad que los acoge recibe indiferente el eterno “beso / del ancho mar colérico”. Ya en el congreso anterior (Cartagena de Indias, 2007) “el Director” por antonomasia estuvo a punto de levitar de emoción ante el reconocimiento de su triunfo (con Gabo y Clinton como espíritus tutelares y música de vallenato como banda sonora): espero que esta vez lo logre, y corone de ese modo un fecundo mandato que, definitivamente, ha puesto a la RAE en el mundo (real). Lo que más lamento de no estar allí es no poder disfrutar de un buen caldillo (“grávido y suculento”) de congrio, cuya nerudiana Oda sigue siendo la más salivógena (si se me permite el neologismo) receta que he leído en mi vida. Al fin y al cabo, y cómo expresaba con afectación el gran Lezama Lima, comer es “incorporar mundo exterior a nuestra sustancia”. Quizás por eso, sólo de pensar en ese guiso popular y sagrado, y en su “fragancia iracunda”, la boca se me hace no charco, sino océano Pacífico.




Ilustración de Max


Reparto

EN EL EXTRAÑO y más o menos salomónico reparto periódico de las publicaciones de la RAE entre Planeta (vía Espasa) y Santillana ahora llega el gran momento de la segunda. No olvido que algunos editores (siempre ha habido envidiosos) se atreven a afirmar en privado (y a mi oído, siempre limpio de cerumen) que dicho turno editorial podría tener algo de oligopolio consensuado (y consentido), pero hoy no pretendo vadear terrenos pantanosos, sino sumarme a la fiesta editorial que, con motivo del congreso de Valparaíso, celebra Santillana con sendas ediciones conmemorativas (bajo el auspiciante logo de la Academia) de los dos premios nobel chilenos: Pablo Neruda y Gabriela Mistral. Del primero se publica una Antología General (en librerías a partir del 10 de marzo), y de la segunda En verso y en prosa, otra recopilación que no aparecerá hasta el 14 de abril. Ambas continúan la serie de “grandes” de nuestro idioma iniciada con El Quijote (con ocasión del IV Centenario) y proseguida luego con Cien años de soledad (publicada con motivo de la exaltación de su autor al Olimpo de la lengua, en Cartagena de Indias, 2007) y La región más transparente, de Carlos Fuentes, un regalo (difícil de explicar de otro modo) de la RAE y sus asociadas con motivo del ochenta cumpleaños de su autor, que sigue esperando otro más sustancioso con remite de Estocolmo. Además de las antologías conmemorativas mencionadas, Santillana publicará (también el 14 de abril) como plato fuerte y referencial un esperado Diccionario de americanismos (2.400 páginas) desti- nado a limar esos escollos y malentendidos léxicos que hacen que, por ejemplo, uno no pueda “coger” impunemente todo lo que quiera (incluyendo “conchas” en la playa) sin causar befa o escándalo al personal no gachupín.

Latinoamericanos

CON TOTAL SEGURIDAD, desde Rubén en adelante a los españoles se nos acabó el monopolio de la (gran) literatura en castellano. Y, desde mucho antes, al menos desde las independencias —ahora se conmemoran, también editorialmente, sus 200 años— los inquilinos de la áspera y adusta Piel de Toro no marcamos la pauta viva del idioma, ni somos sus amos en exclusiva. La RAE tardó en comprenderlo, quizás más preocupada en limpiar y fijar que en dar esplendor, pero ahora tiene bien aprendida la lección. Hoy más que nunca, la suerte del español se juega en América, cuya literatura se publica copiosamente en España, donde es premiada con los más prestigiosos galardones literarios (el Biblioteca Breve acaba de concederse a El oficinista, del argentino —inédito en España— Guillermo Saccomanno). En todo caso, desde el boom no se recordaba una eclosión semejante de abundancia (latino)americana en las librerías españolas. Conocer la obra de los jóvenes escritores de nuestro “lado de allá” (generalizando a todo el continente el “acá” de Horacio Oliveira en Rayuela) contribuye, como ya lo hizo espectacularmente en los años sesenta y setenta, a ensanchar el imaginario literario colectivo y el uso creativo de este antiquísimo idioma que fue sembrado en América (sin pedir permiso a los entonces propietarios de la tierra) hace cinco siglos. De lo último que me ha interesado (y limitándome hoy sólo a la narrativa) selecciono El fondo del cielo, de Rodrigo Fresán (Mondadori, novela), El mundo sin las personas que lo afean y arruinan, de Patricio Pron (Mondadori, relatos), Señales que precederán al fin del mundo, de Yuri Herrera (Periférica, novela) y Locuela, de Carlos Labbé (Periférica, novela). Además, y muy disciplinadamente, le he dado mi repasito anual (incompleto y a saltos) a Paradiso, de Lezama Lima, de quien este año deberíamos celebrar con pompa el centenario del nacimiento. Con o sin edición conmemorativa. 


El Pais. Babelia nº 953, sábado 27 de febrero de 2010


sábado, 4 de febrero de 2023

Argumentos de autoridad por Manuel Rodríguez Rivero

SILLÓN DE OREJAS 




Ilustración de Max.


MUCHO ANTES de la invención de los tipos móviles y de la producción en serie de libros, los editores ya recababan con variable insistencia el compromiso de los autores en la difusión de sus obras: los bibliopolas romanos, por poner un ejemplo imperial, les organiza- ban la correspondiente lectura pública para calcular, por las reacciones de la audiencia, a cuántos copistas tenían que contratar. Uno podría pensar que bastan- te hace el autor con dedicar tiempo y energías a escribir el libro, pero no: el editor —que es el que, si el “producto” se vende, más saldrá ganando— pretende, además, que le haga parte del trabajo. En nuestra época, en la que algunos autores se comportan como pequeñas celebridades, las exigencias de los editores coinciden a menudo con ciertos pliegues de su ego, lo que les lleva en ocasiones a someterse a las grotescas “sugerencias” de expertos en mercadotecnia que respetan la literatura tanto como el imán de Cunit a las mujeres libres. Se conoce que con la crisis se ha evaporado el viejo pudor que ponía límites a las obligaciones de cada parte: hoy los escritores que no están en la cumbre del ranking se ven más presionados que nunca para que se “mojen”. Menos grave resulta la costumbre de introducir en los paratextos (cubiertas, fajas) —y a modo de mantras de pretendida autoridad moral— supuestos avales de escritores-fetiche que “recomendarían” al autor. Hoy esos nombres-talismán son, cansinamente, los de Larsson y Bolaño. Se diría, por sólo referirme al último, que mal lo tiene el autor del que el difunto novelista chileno (que era extremadamente generoso con sus colegas) no hubiera dejado constancia favorable. Mientras derechohabientes, agente y editores siguen rescatando sobras más o menos completas (pentimentos varios y novelas malogradas que no añaden mayores prendas a la reputación del autor, pero que avivan la transnacional bolañomanía), son muy pocas las voces que se atreven a alzarse contra el intento de sacralizar (blindándola) la obra entera de Bolaño. Una de ellas es la del siempre ponderado Alberto Manguel, que en su reciente reseña (en The Guardian) de La literatura nazi en América (1996) caracterizaba algunas de sus obras de “ligeros, juguetones experimentos, no muy afortunados, con poca inteligencia y menos ambición”. Estoy de acuerdo: mi Bolaño es el autor de obras como Estrella distante, Los detectives salvajes, y dos o tres más. Con ellas ya tengo suficiente para rastrear su importancia y su impronta en la literatura en español (y no sólo) de los últimos quince años.

Naturaleza

BASTAN UNOS violentos temporales y un invierno casi tan frío como los de antes para que, reavivadas sus esporas mediáticas por las lluvias, se multipliquen como hongos los negacionistas del cambio climático. Y conste que no olvido lo del escándalo de los informes erróneos de la ONU, que han hecho más por la causa de los que quieren que todo siga igual que la orgía de meteoros desencadenados. Ahora, crecidos como el suflé, los negacionistas contraatacan. Incluso el Parlamento archirrepublicano de Utah ha adoptado una moción contra los “alarmistas climáticos” en la que se ponen en entredicho las bases científicas del calentamiento global. Según algunos, los ecologistas “formarían parte de una conspiración para destruir el modo de vida americano y controlar la población del mundo a través de la esterilización obligatoria y el aborto”: una paranoia que recuerda a la de los “protocolos de los Sabios de Sión”. Tonterías parecidas, muta- tis mutandis, pueden escucharse, entre nosotros, en las tertulias de las radios de la ultraderecha (para las que Rajoy resulta casi trotskista). Y, sin embargo, el deterioro avanza y se agrava, como queda patente en el estudio Destrucción y construcción del territorio. Memoria de lugares españoles (editorial Complutense), cuyo cuarto y último volumen (dedicado a Canarias y Extremadura) culmina con una encuesta sobre el “desorden territorial” realizada a prestigiosos expertos. La serie, editada por Aurora Fernández Polanco, Magdalena Mora y Cristina Peñamarín, propone una reflexión imprescindible (a partir de la opinión de geógrafos, urbanistas, paisajistas, activistas medioambientales, escritores y artistas visuales) para reabordar el problema del reiterado maltrato del medio ambiente, y superar la ausencia casi generalizada de auténtica voluntad de planeamiento. Una obra cuyo espíritu e intención enlazarían, en cierto modo, con los de aquellos pioneros regeneracionistas seguidores o contemporáneos de Giner de los Ríos, y de cuyas actividades y preocupaciones se ocupa el historiador (y biólogo) Santos Casado de Otaola en Naturaleza Patria; ciencia y sentimiento de la naturaleza en la España del regeneracionismo (Marcial Pons y Fundación Jorge Juan), un libro im- portante que nos habla con rigor y amenidad de aquella atribulada época española en la que, ante la ansiedad identitaria y la incertidumbre por el futuro, un puñado de ciudadanos esclarecidos buscó fundamento y bálsamo en la naturaleza. Ojalá se nos pegara (algo de) su entusiasmo.


Literatos

SEGÚN LA TEORÍA de los seis grados de separación, cualquiera puede estar conectado a cualquier persona de este mundo a través de una cadena de conocidos de sólo seis enlaces. La teoría, esbozada por Frigyes Karinthy en 1929 y verificada por Stanley Milgram en los años sesenta, ven- dría a certificar que, en efecto, el mundo es un pañuelo. Y, ya de mi cosecha, el mundo literario uno aún más pequeño, pero también con sus mocos y todo. El índice onomástico de Egos revueltos (Tusquets), el último libro (premiado con el Comillas) de Juan Cruz, cuenta con 683 entradas de autores y personajes vivos y muertos, así que, con que sólo le interesara a un 10% de los citados y a sus conexiones, podría convertirse en un best seller planetario. A todos los nominados —de Aristóteles a Zúñiga— los conoció Cruz ya sea directa o indirectamente (a través de alguno de los seis grados). A pesar de su aseveración de que lo escribió sin apenas consultar sus notas, Egos revueltos es un prodigio de medida (quizás interiorizada): Cruz —más de cuarenta años en el periodismo (casi todos en este diario, que también es el mío) y seis como director de Alfaguara— nunca ha dado una puntada sin hilo. Y en cuanto al texto: hay de todo, al estilo de los libros de “reminiscencias” de ciertos editores británicos proclives (¿por pudor?) a primar, a la hora de convocar la memoria, el anecdotario. Y algo importante: todo el mundo queda (al menos, moderadamente) bien (hasta Ignacio Echevarría, antes bête noire). Porque (mensaje implícito), a pesar de sus inflados egos, en el mundillo literario (casi) todo el mundo es bueno, y los giros de la vida son imprevisibles. Y el más bueno de todos: el autor. Quod erat demonstrandum



El Pais. Babelia nº 952, sábado 20 de febrero de 2010