domingo, 26 de septiembre de 2021

No hay mejor herencia que un globo terráqueo y dos pistolas

En ‘El rajá blanco’, Nicholas Monsarrat, autor de ‘Mar cruel’, se basó en la historia de James Brooke en Sarawak para escribir una arrebatadora novela de aventuras


JACINTO ANTÓN

18 SEPT 2021 


Un fotograma de 'El rey del fin del mundo' (2021), la película sobre James Brooks, el auténtico rajá blanco.

A veces la vida tiene premios inesperados. Recalé en la librería Taifa de Barcelona en busca de algún olvidado ejemplar de Mar cruel, la gran novela de Nicholas Monsarrat sobre la guerra en el mar, que está descatalogada, para hacerle un regalo a un amigo (no le iba a dar el mío y en internet piden desde 190 euros, eso sí es crueldad). No lo encontré, pero —voilà el premio— fui a dar con otro libro del mismo autor, El rajá blanco, en una edición de Plaza & Janés de 1963 algo baqueteada, como si viniera del Este de Java. Con ese título y su promesa de aventuras indonesias —era clarísima la alusión a James Brooke (1803-1868), el histórico rajá blanco de Sarawak, el archienemigo de Sandokán en las novelas de Salgari—, por no hablar del nombre de Monsarrat, era imposible que no me hiciera con el volumen. La verdad, habría pagado lo que me pidieran, incluso con mi cuerpo, pero me costó solo seis euros. Es alucinante la cantidad de aventuras que puedes vivir por seis euros, que es lo que cuesta un lote de calcetines de tenis.

Salí de la librería como un zorro de un gallinero, apretando el tomo contra mi pecho y mezclándose ya por ósmosis los latidos de mi acelerado corazón con los truenos de las tormentas en el archipiélago malayo, los cañonazos de los praos piratas en el estrecho de la Sonda y el barritar de los elefantes pintados de escarlata en los dorados palacios de Borneo.

No sabía que Monsarrat hubiera escrito sobre esas época y zona, de la que Robert Payne, en su ensayo de referencia The White Rajahs of Sarawak (Oxford, University Press, 1986) sobre Brooke y su estirpe (1841-1941), anotó: “Aquellos que no han estado nunca en el Este se han perdido la mejor parte de la Tierra”; imagino que descartaba la pequeña molestia de los cazadores de cabezas dayaks y sus incómodos puñales parang y sus cerbatanas. Para mí, Monsarrat (1910-1979) vive para siempre en el gris océano Ártico, en una helada corbeta en el centro de un convoy acechado por submarinos nazis de camino a Múrmansk y Arcángel. Comprenderán mi expectación por ver cómo se desenvolvía en atmósfera tan diferente. Finalmente, he devorado las 414 páginas de El rajá blanco casi sin respirar y lo he pasado tan bien que estoy investigando si queda por ahí todavía algún reino que conquistar o al menos si están libres las corresponsalías de Sarawak o Mompracem.

El arranque de la novela, tipo El señor de Ballantrae, de Stevenson, no tiene desperdicio. Es 1850, conocemos a Richard Marriott, retoño menor de un baronet con extensas posesiones en Gloucester. Mujeriego, exaltado, jugador y bebedor, orgulloso, susceptible, autodestructivo y pendenciero, el joven e impetuoso Richard vive una existencia de calavera a la espera de heredar para seguir con la juerga. Pero al morir el progenitor se encuentra con que todo pasa a las manos de su hermano mayor, un estirado capitán de la Armada, y a él su padre, además de un vergonzante secreto, sólo le ha dejado un globo terráqueo y dos pistolas, dos armas magníficas, eso sí, con incrustaciones de plata. El chico se lo toma a la tremenda y se marcha dando un portazo, pero no antes de que su viejo preceptor (un personaje maravilloso) le sugiera que su padre lo conocía y amaba más de lo que imagina y que su herencia no es baladí: el mundo y las armas para conquistarlo.

Y ahí tenemos a Richard Marriot (en su apellido resuena el del famoso capitán Frederick Marryat, marino, aventurero y escritor), en aguas de Extremo Oriente, convertido en capitán pirata, contrabandista y mercenario al mando del bergantín Lucinda D (denominado como su antigua novia tránsfuga, al estilo de la Ethne Eustace de Las cuatro plumas, por cierto el barco de Brooke se llamaba Royalist) y con sus dos pistolas al cinto, bautizadas Cástor y Pólux, al frente de una tripulación de desesperados y recalando en una costa peligrosa para efectuar reparaciones. Es la isla de Makassang, en el mar de Java, a tiro de piedra de Borneo y tan ficticia como Mompracem (aunque se adjunta un mapa, para quien quiera buscarla). Y con muy mala fama. “Makassang… La sola palabra sonaba como una maldición”, escribe Monsarrat, “inmediatamente sugería peligro y horror; de todas las islas de aquellas aguas era la única que había que evitar a toda costa”. En el interior, cubierto por la selva, viven los dayaks, cazadores de cabezas, mientras que la costa septentrional, hacia Borneo, es un nido de piratas; existe una casta de revoltosos sacerdotes guerreros que regentan una extraordinaria pagoda y un rajá, Satsang III, que gobierna con mano de hierro, es un forofo de la tortura y bebe en una calavera. Una de las costumbres locales es fabricar collares “con los más íntimos órganos humanos”. La isla, que vive “encerrada en su maldad”, posee oro, plata, perlas, diamantes, especies y copra (y el caracol afrodisíaco conocido como trepang), pero a ver quién se atreve a coger nada.

Richard, con casaca robada a un almirante holandés y un arete en la oreja a lo Corto Maltés, se ve arrastrado en las intrigas de la isla, combate a los enemigos del rajá sin que nada le arredre (“el mañana le traería las cosas de la vida que más amaba: la lucha en el mar, el peligro y el oro”, sin olvidar a la princesa Sunara) y este le nombra heredero y tunku, príncipe. Vamos, que su carrera sigue los pasos de la del verdadero rajá blanco Brooke, al que ahora se ha dedicado un filme con Jonathan Rhys Meyers como protagonista, El rey del fin del mundo (Edge of the World). En la novela hay una mención al personaje, “pestilente individuo”, dice un agente inglés, y a los quebraderos de cabeza que da a Gran Bretaña: Richard dice no haber oído hablar de él. Es fácil encontrar otras referencias, aparte de que la búsqueda de un reino nos lleva, claro, a los predios de El hombre que quiso reinar, de Kipling. Hay parte del Jim de Lord Jim, de Conrad, en Richard Marriott, también le llaman tuan (señor en malayo); Makassang es su Patusán, hay una joven objeto de amor, unas pistolas significativas (como las de Doramin) y también tiene Richard un enemigo que es su doble oscuro. Si en la novela de Conrad se trata del siniestro capitán Brown, aquí es Black Harris, Harry el Negro, “espectro de un infame pasado”, un filibustero de la peor calaña, con la conciencia de un tiburón, que capitanea su propio barco, el Mystic, de 16 cañones. “Tener un enemigo de esta envergadura era casi como tener alguien a quien querer”, escribe Monsarrat.

No es El rajá blanco, publicada en 1961, la mejor novela de Nicholas Monsarrat, pues carece de la profundidad shakespeariana y melvilliana de Mar cruel, y hay momentos de gran violencia y crueldad. Y supongo que habrá quien detecte en la historia un canto a la supremacía del hombre blanco y a la empresa colonial y un menosprecio a las otras razas (lo que le ha criticado acerbamente a Monsarrat el escritor keniano Ngugi wa Thiong’o). Pero, ¡qué libro! Se ha dicho que toda la aventura se constituye en la frase de Salgari “el brillo del kriss (la ondulante daga malaya) centelleaba a la luz de la luna”. Pues eso es lo que hay en El rajá blanco.

Como suele pasar en las buenas novelas del género, las que nos afectan, podemos ver en ellas no sólo una satisfacción a nuestra sed de aventuras, sino algo que nos concierne personalmente. En mi caso no diré que mi padre me desheredara (en Gloucester teníamos más bien poco) y haciéndolo me convirtiera en pirata y me enviara a pelear por un reino en el Lejano Oriente; pero es cierto que al dejarle la fábrica a mi hermano mayor y a mí los libros y los sueños nos marcó un destino a los dos. El Jim de Conrad partió a forjar su leyenda en Patusán con un revólver sin balas y una edición barata de las obras completas de Shakespeare. No está mal pensar que también nos podemos mirar en el ejemplo más exitoso de Richard Marriott, ese Jim sin fatalidad, rumbo a Makassang con su globo terráqueo y sus dos pistolas. “¡Una ocasión magnífica!”, escribió en su novela Conrad. “Bueno, sí lo era”, añadió; “pero las ocasiones, en última instancia, son lo que los hombres hacen que sean”.


El Pais


sábado, 17 de julio de 2021

Dune por Frank Herbert


 Una invitación a aprender. Un muestrario completo y actual de los problemas de la actualidad, en clave de ciencia ficción, a pesar de tener casi 60 años. El éxito y el impacto de la novela llega a mi de una forma sesgada. Eran otros tiempos. Una película gestada en los 80 por un grupo de autores impresionantes: Alejandro Jorodowsky, Moebius, HR Giger para crear el aspecto visual y al final el terrible desenlace, con el rechazo total de David Linch, director del film, hizo que no acabara leyendo el libro. 

Y como no, ha tenido que ser otra invitación visual, una nueva película, la que finalmente me lanzó al libro. El director Denis Villeneuve se atreve con todo y hasta ahora me gusta lo que veo. En definitiva, como si fuese una deuda contraída con el pasado, he leído una novela de ciencia ficción impactante.

Siempre me llamó la atención como hablaban de la trama y del contexto de una complejidad enorme, con un gran número de personajes y grupos. Cuando no es así. Una estructura feudal a 10.000 años en el futuro. El mesianismo. La religión. La ecología. La economía. Y el desierto, omnipresente y omnímodo. 

Así, acompañad al joven Paul Atreides de la Casa Atreides en un viaje de dolor, amor y superación. Y cuidado, la saga es enorme, pasó de padre a hijo.




jueves, 1 de julio de 2021

El barco de libros de La Lata Peinada

LA VIDA POR AQUÍ | JUAN CRUZ



La librería La Lata Peinada de Madrid, en la calle Apodaca. / SANTI BURGOS

 A ellos no les gusta la palabra boom, les parece ya una marca de chicle, pero lo cierto es que esa explosión ocurrió por el enorme impacto que tuvo en el siglo XX la literatura que protagonizaron Cortázar, García Márquez o Vargas Llosa; y lo cierto es que ahora un barco impetuoso regresa a las estanterías de España (y del mundo) con una potencia que viene de todas las regiones de Latinoamérica, incluye los más variados estilos y apuestas, y al contrario de lo que ha ido ocurriendo con las sucesivas remesas de escritores de esa fértil región de la lengua española (y portuguesa), ahora junto a los autores vienen los libros.

En los años noventa del pasado siglo resultaba complicado promover en España la producción literaria de los herederos de Gabo, porque los libros viajaban mal y también porque los medios los acogían sin entusiasmo. Pero las cosas han ido cambiando. Los libreros han sido ganados por estos nuevos remeros de la literatura en las lenguas latinas y porque, además, unos aguerridos libreros han abierto una brecha por la que entran ya novedades que no vienen solo de la afluencia de los grandes grupos, sino que tratan de implantar aquí lo que allí hacen las nuevas editoriales. La más reciente iniciativa se llama La Lata Peinada, que es el nombre de dos librerías. Las fundaron con el título del autor argentino Ricardo Zelarayán, primero en Barcelona y ahora en Madrid los escritores Paula Vázquez y Ezequiel Naya, argentinos también; no sólo hay libros sino talleres que explican los libros y la pasión por hacerlos y por leerlos. Desde Buenos Aires Paula contaba este martes que ellos han querido que el dichoso boom ("y otras cosas que vinieron luego") no fuera el único protagonista de la literatura que se hace en Latinoamérica, sino que se conociera en España también "una nueva latencia sobre todo focalizada en las mujeres prescriptoras". Desde aquí comenzaron a hacer su catálogo, que ahora es como un barco abierto y lleno de libros procedente de las diversas capitales editoriales de las distintas partes de América.

En las estanterías se mezclan Nona Fernández con Juan Carlos Onetti (y con García Márquez, por cierto: en La Lata Peinada de Madrid exhiben la primera edición de Cien años de soledad), con Julio Ramón Ribeyro o Fernanda Melchor y con Selva Almada y Yuri Herrera. Editoriales de rango muy conocido con "editoriales independientes de allí" que hacen, en muchos casos, "un trabajo artesanal que ahora se podrá apreciar en España como una expresión de que la exportación en sentido contrario también es posible. Aliados españoles en la importación de literatura hecha en aquella otra parte del mar contribuyen a que el sabor de las estanterías acoja esta diversidad de la escritura que se escribe (y se edita) allí. Paula recuerda lo que Rodrigo Fresan publicó en Barcelona sobre "la absurda" rareza de que fuera tan difícil hallar en España libros escritos en una de las cunas más fértiles de la literatura de los recientes siglos. "Me avergüenza", dice Paula, "ver el déficit comercial de los libros que exportamos a España, nuestra puerta de entrada a Europa". Ella dice nombres propios que aún no se conocen aquí, reclama para ellos una atención que ahora se percibe pero que hace poco era nula, e insiste: "Lo que dicen estas estanterías es que hay, con respecto a lo que hubo en el boom, otro tipo de voces muy valiosas" Daniela Demar-ziani, escritora como los libreros fundadores, atiende en Madrid. Su entusiasmo llenó de libros la bolsa vacía del periodista, que pagó con mucho gusto.


El Pais, sábado 20 febrero 2021



domingo, 27 de junio de 2021

Una frase feliz basta para pasar a la historia

DESDE EL PUENTE / MANUEL VICENT


Dijo Borges: "Todos los escritores caminamos hacia el anonimato, solo que los mediocres llegan un poco antes". No obstante, la posteridad está al alcance de cualquier escritor que, al margen de su talento literario, se haya convertido en una fuente de anécdotas. Oscar Wilde dijo: "La diferencia entre un capricho y una gran pasión consiste en que el capricho puede durar toda la vida". Del mismo modo, frente a una obra maestra de un autor, cualquier anécdota de su vida es la que lo lleva a la inmortalidad. Solo por una frase feliz muchos han pasado a la historia. Pese a haber escrito más de cien libros, algunos muy notables, Francisco Umbral será recordado porque un día con alguna copa de más dijo en televisión aquello de "yo he venido a hablar de mi libro". Su gloria le llegará cuando esa frase también pase al anonimato y solo los muy eruditos sepan quién la pronunció por primera vez en el siglo XX. Requerido por el senador Joseph McCarthy para declarar ante el Comité de Actividades Antinorteamericanas, en medio del salón abarrotado del Congreso, Arthur Miller dijo: "No me siento tan inocente como para maldecir a otros que no han sabido ser fuertes". Ante ese mismo estrado, el director de cine John Ford había retado a los miembros del comité: "Tienen ustedes media hora para preguntarme lo que quieran. A las diez empiezo el rodaje". La muerte de un viajante y La diligencia están contenidas en esas respuestas, que son todo un desafío moral. Por su parte, Dorothy Parker resumió el caos de su vida con esta salida: "La primera copa la tomo sobre la mesa, la segunda debajo la mesa, la tercera debajo del productor".

Truman Capote se hizo este autorretrato: "Tengo más o menos la altura de una escopeta y soy igual de estrepitoso. Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio". Cuando en Palamós estaba escribiendo A sangre fría fue acogido por un diabólico dilema. Durante sus visitas se había enamorado de uno de los reos, pero necesitaba que los asesinos fueran llevados a la cámara de gas para que su novela tuviera éxito. Si Cristo, en lugar de ser crucificado, hubiera sido condenado a 12 años y un día, su vida habría carecido de interés y no hubiera existido la Iglesia.

A Samuel Beckett se le concedió el premio Nobel en 1969. Recibió la noticia en Tánger. Después de dar las gracias, exclamó: "¡Qué catástrofe!". Y a continuación se perdió por el desierto de África. Un día, Beckett fue acuchillado gravemente en una esquina de París por un vagabundo. Al salir del hospital lo visitó en la cárcel y le preguntó: "¿Por qué lo has hecho?". El vagabundo contestó: "No lo sé". En esa respuesta está sintetizada la esencia del absurdo que invade toda la obra de este inmenso escritor. He aquí un diálogo de su obra Final de partida. "Cliente: Dios es capaz de hacer el mundo en seis días y usted no es capaz de hacer unos pantalones en seis meses. Sastre: Pero, señor, mire el mundo y mire su pantalón".

Cuando en 1881 Mitterrand le concedió a Julio Cortázar la nacionalidad francesa, en una pared de Buenos Aires apareció esta pintada: "Volvé, Julio, qué te cuesta". Cortázar volvió a Buenos Aires para visitar a su madre muy enferma y se le vio vagar como un extraño por el aeropuerto de Ezeiza sin que nadie lo reconociera ni hubiera ido a recibirlo. Nunca fue aceptado por ninguna autoridad establecida. Hoy en el barrio de Palermo de Buenos Aires hay una plazoleta con su nombre, de la que arranca la calle dedicada a Jorge Luis Borges. Cerca se alarga un paredón donde en la oscuridad se sacrificaban los travestís. En ese paredón estaba escrita esa plegaria para que volviera a casa.

Dylan Thomas entró en la taberna habitual de Swansea, al sur de Gales, con los cristales empañados por el vapor del alcohol y comentó con un colega acodado a su lado en la barra: "La primera obligación de un periodista es la de ser bien recibido en el depósito de cadáveres". Y dicho esto, encendió un cigarrillo y pidió una pinta, abriendo así la ola de cerveza sobre la que navegaría siempre hasta naufragar.

John Kennedy y Jaqueline se dedicaban a coleccionar celebridades para adornar algunas cenas privadas de la Casa Blanca. Por su mesa habían pasado Norman Mailer, Saul Below, Arthur Miller y los sinatras de mayor o menor tamaño. Incluso Pau Casáis había adornado con su violonchelo algunos postres exquisitos. Cuando Faulkner fue invitado, contestó a vuelta de correo: "Señor presidente: yo no soy más que un granjero y no tengo ropa apropiada para ese evento. Ahora bien, si usted tiene algún interés en cenar conmigo, con mucho gusto le invito a mi casa de Rowan Oak, en Oxford, Misisipi".

La historia de la literatura no es más que un cúmulo de anécdotas, que ocupan los márgenes en blanco de las obras maestras. Son las que llevan a sus autores a la posteridad.


 EL PAÍS    Sábado 19 de junio de 2021


 




miércoles, 16 de junio de 2021

Los libros curan

 

POR MARTÍN CAPARROS

La cifra me cayó por la cabeza y casi me lastima: el mundo produce un nuevo libro -un título nuevo, miles de ejemplares de cada título nuevo- cada 15 segundos. Son más de dos millones de títulos por año; si suponemos una tirada media de 2.000 ejemplares terminan siendo 4.000 millones de volúmenes que inundan todos los años el planeta, árboles cayendo en catarata, una lluvia de libros peor que el peor de los diluvios, un tsunami de libros. Era, por supuesto, más que suficiente para convencerme de no escribir nunca más -y sin embargo-.

Todos caemos en la trampa-libro: el libro es una marca prestigiosa. Aun siendo tantos, aun siendo tan dispares, la categoría libro conserva su reputación: pensamos libro y pensamos en un objeto respetable, portador de los saberes que el mundo necesita. Son taimadas las categorías: pensamos libro y les prestamos a todos el prestigio que merecen unos pocos. Caemos fácil en la tentación de suponer que el primer Quijote y el último MasterChef tienen algo en común -porque los dos manchan un hato de papeles unidos por el lomo-. Y sus fabricantes, faltaba más, aprovechan la confusión: piden condiciones especiales, mejoras impositivas, privilegios que el prestigio del objeto libro supuestamente justifica. Reivindican la importancia cultural de las elucubraciones de Mariló Montero o Paulo Coelho, defienden el peso social del Horticultor autosuficiente o el Manual práctico para hablar con los muertos.

Pero hay libros que te cambian la vida. O, por lo menos, eso dicen los "biblioterapeutas" de la School of Life, una institución que dirige en Londres el filosofador best seller Alain de Botton. "La vida es demasiado corta para leer libros malos", dice su presentación, "el problema es que, con tantos miles de libros publicados, es difícil saber por dónde empezar". Ellos quieren guiarte y, para comenzar, te explican las ventajas de los libros. Para mí, que nunca supe por qué leía o escribía, fue una revelación tras otra -o casi-: 

-que leer parece una pérdida de tiempo pero en realidad es un enorme ahorro, porque te presenta un arco de hechos y emociones que tardarías años, siglos en vivir;

-que leer es entraren un simulador de vida que te lleva a testear sin peligro todo tipo de situaciones y decidir qué te conviene más;

-que leer produce la magia de mostrarte cómo ven las cosas los demás y entonces te hace ver las consecuencias que tienen tus acciones y eso te hace, dicen, ser mejor persona;

-que leer te hace sentir menos solo porque te muestra que esas cosas raras que piensas las han pensado otros, que han sabido ponerlas en palabras que te describen aún mejor que lo que tú mismo podrías;

-que leer te prepara para eso que la crueldad del mundo moderno llama "fracasar", mostrándote la falsedad, la banalidad de eso que este mundo llama "éxito".

Para eso, dicen, no hay que tratar la lectura como un entretenimiento, un pasatiempo playero, sino como un instrumento para vivir y morir con más sentido y más sabiduría. O sea: una terapia. La biblioterapia, su creación, consiste en entrevistar al "paciente", escuchar sus problemas, sus gustos, sus experiencias lectoras y recomendarle los tres o cuatro libros que mejor pueden ayudarlo. Cada cita no cuesta más que 110 euros -unos cinco o seis tomos-. No hay, todavía, estudios sobre su eficacia; por ahora se sabe que el invento ya avanzó hasta Francia -y amenaza cruzar el Pirineo-.





El Pais Semanal Nº 2.018 Domingo 31 de mayo 2.015

domingo, 13 de junio de 2021

Santo Patrono del Padre Brown por Fernando Iwasaki

Además de novelista, poeta, ensayista, dramaturgo, cronista de viajes, escritor de cuentos policiales, crítico, polemista y creador de la doctrina económica distributiva, Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) tenía abierta desde 1958 una causa por su beatificación, reactivada hace menos de un año. Por lo tanto, Chesterton está en carrera de santidad y cuando el Vaticano certifique un milagro podría ser elevado a los altares.

En la mayoría de librerías inglesas es imposible encontrar sus libros, porque no es un autor que reediten con frecuencia las editoriales británicas. Tampoco en Estados Unidos, donde existen numerosas sociedades que honran su obra y su memoria como The American Chesterton Society (www.chesterton.org). Sin embargo, en España y América Latina nunca faltan reimpresiones y nuevas traducciones de Chesterton, porque el creador del padre Brown es uno de esos autores que gracias a Borges ha devenido clásico para el lector de habla hispana y por eso se continúa reeditando en México (FCEy Sexto Piso), Argentina (Losada, Emecé, Lohlé y Ágape) y España (Acantilado, Renacimiento, Pre-Textos, Espuela de Plata, Valdemar, Alta Fulla, Ciudadela, Acuarela de Libros...). ¿No es un milagro que un autor inglés fallecido hace casi un siglo sea más popular en el idioma de Cervantes que en la lengua de Shakespeare?

Chesterton no tuvo una especial formación religiosa, pues de adolescente practicó la ouija y el espiritismo. Más tarde se declaró agnóstico e incluso se adornó con más de una ironía anticlerical, hasta que en 1901 se casó con Francés Blogg, convirtiéndose de pronto a la religión de su mujer: el anglicanismo. No obstante, atraído por la religión y él mismo poseído por una fe voraz, comenzó un proceloso acercamiento al catolicismo durante el cual publicó los ensayos Herejes (1905), Ortodoxia (1908) y La superstición del divorcio (1920), así como las dos primeras entregas de las aventuras del padre Brown, divertido detective inspirado en la figura del sacerdote católico John O'Connor. A lo largo de aquellos años Chesterton polemizó más de una vez con escritores agnósticos como H. G. Wells y Bernard Shaw, quienes fueron sus rivales pero jamás sus enemigos, porque el humor y la inteligencia le depararon cariños y admiraciones a pájaros. En 1922 Chesterton se convirtió al catolicismo sin decirle nada a su mujer, pero ella se convirtió también en 1926. Para entonces Chesterton ya había publicado la biografía de san Francisco de Asís (1923), el ensayo El hombre eterno (1925) y el poemario La reina de siete espadas (1926), textos que sin duda terminaron de animar al papa Pío XI a concertar una cita con Chesterton en Roma en 1929. El escritor colombiano Juan Esteban Constaín ha dedicado una deliciosa novela -El hombre que no fue jueves- a la secreta misión que el Papa le encomendó a Chesterton, aunque no es menos novelesco que Pío XI lo declarara Defensor Fidei cuando falleció. ¿No es milagroso que después de batirse en nombre de una fe minoritaria contra todos los estamentos religiosos e intelectuales de Inglaterra Chesterton muriera en olor de simpatía y multitud?

El 10 de marzo de 2013 el cardenal arzobispo de Buenos Aires -promotor en 2005 de la I Conferencia Iberoamericana sobre Chesterton organizada por la Sociedad Chestertoniana de Argentina- solicitó la reapertura de la causa por la beatificación de Chesterton y tres días después fue proclamado Papa. ¿No es un milagro que Borges y Bergoglio sean piezas de una trama digna de El secreto del padre Brown?




El Pais Semanal Nº 1.970 Domingo 29 de junio 2.014

El atrevimiento civil de la revista ‘Ínsula’

Víctor García de la Concha destacó el hispanismo literario de sus páginas y consolidó sus suscripciones

JUAN CRUZ

Madrid - 06 FEB 2021


Detalle de la portada del número conmemorativo de la portada de Ínsula. Imagen de Cristina Almodovar.

En 1946, cuando España estaba rota en dos y una de ellas, la republicana, vivía el exilio americano, un grupo de amigos capitaneados por el profesor Enrique Canito puso en marcha en una librería de Madrid la revista Ínsula. Fue un puente de palabras entre los que se quedaron en el interior y los que mantenían en el exilio la cultura del país que debieron abandonar. Un atrevimiento: hacer convivir en los quioscos de España los nombres de Antonio Machado y de Vicente Aleixandre, la diáspora y la resistencia de un país marcado por una zanja de sangre. Ahora, setenta y cinco años después, aquel abrazo contra el olvido que constituyó Ínsula sobrevive arrostrando las sucesivas amenazas de cierre que, ya en época democrática, pende en España sobre las revistas culturales. Ya estuvo a punto de zozobrar en 1983, pero Espasa Calpe (que fue luego adquirida por Planeta, que la sostiene) y Víctor García de la Concha la mantuvieron a flote. El que luego sería director de la Academia de la Lengua estuvo a su frente veinte años, “rescatando un símbolo de la cultura española muy querida, además, por el mundo universitario de las dos orillas”. De La Concha subrayó de Ínsula el hispanismo literario, consolidó sus suscripciones y puso en pie de nuevo “un emblema de fidelidad histórica a un símbolo que no podía perecer”. Tras esa época de reconstrucción se puso al frente Carlos Álvarez Ute, prematuramente fallecido, y desde hace quince años la dirige Arantxa Gómez Sancho, en cuyo tiempo aparece el número 889 con el que la vieja revista resucitada cumple sus 75 años. Para Arantxa, Ínsula es ahora su desvelo, hasta el punto que, cuando hablamos con ella esta semana, acababa de soñar que José Luis Cano, el compañero de Canito en aquella aventura, le decía: “Con Ínsula seremos mejores”.

"Fue un puente con el exilio", dice Arantxa... Enrique Canito y José Luis Cano eran leyenda en la historia literaria de aquellos años, pues en torno a ellos se juntaron "la España heterodoxa y liberal y la España del exilio". El número que conmemora ahora ("y a todo color, algo que ya no puede ser frecuente") combina una nomenclatura que abre los ojos a todo del siglo XX, desde Juan Ramón a Rubén Darío, desde Alberti a Lorca. Atentos a la literatura extranjera (Valèry y Rilke estaban en su número 1, con un cuento de Carmen Laforet), no descuidaron la comunicación de lo que hacían también los escritores hispanoamericanos y los españoles del interior, cuya voz, sin Ínsula,  hubiese sido un eco deslucido. De la Concha recogió ese testigo, amplió las suscripciones en las universidades extranjeras y la hizo flotar como aquel barco velero de 1946 como si fuera un reactor que desembarcara cada mes en las universidades del mundo. La crisis de 2008 (y sucesivas) cortó subvenciones hasta dejarlas en una miseria e, igual que ha pasado con otros emblemas del mismo carácter, ahora Ínsula sobrevive con la calderilla que el Estado otorga a publicaciones así, sea cual sea la apuesta de su tradición.

Un poema de Joan Margarit, inédito hasta ahora, resume la época en que nació Ínsula y de la que proviene el último Cervantes: "De la pobreza viene mi alegría". Contra viento y marea, desde los tiempos en que escribir y publicar era llorar en un desierto. Ínsula sobrevive como un sueño de Cano y de Canito, dice Arantxa, "para transmitir desde hace 75 años el atrevimiento civil de pedir respeto por el otro".


El Pais sábado 6 de febrero de 2021