viernes, 1 de mayo de 2020

¡Viva el periodismo, cabrones! Manuel Rivas

Leí a Javier Valdez de un tirón, una noche, en Guadalajara. Ahora sé que escribía con técnica espectral.

EL PERIODISMO está vivo y por eso lo matan. Por eso han asesinado a Javier Valdez Cárdenas, en Culiacán, México, poco después de salir del semanario Riodoce, con su habitual despedida: “Que Dios me bendiga”. Su compañero Óscar le respondió: “Y que además te agarre confesado”. Conversaciones de irónico exconjuro que se hacen costumbre cuando cada día vives en un llano en llamas. El último libro de Javier Valdez se titula Narcoperiodismo. Lo leí de un tirón, una noche, en Guadalajara. Ahora sé que escribía con técnica espectral. Que cuando vea un texto sobre el crimen, la impunidad y el poder en México, o en cualquier otro lado, habrá información esencial, espectral, de Javier en los espacios en blanco. Las revistas Proceso y Riodoce publican un reportaje estremecedor sobre las últimas horas de su compañero: El día que nos rompieron el corazón. Sí, nos rompieron el corazón, pero no acabarán con el periodismo, cabrones.

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El explorador y misionero escocés David Livingstone, el primer europeo que recorrió África de costa a costa, es recordado en la historia convencional por una frase que ni siquiera pronunció. La del reportero Stanley, cuando lo encontró después de una búsqueda de ocho meses: “El doctor Livingstone, supongo”. Pero Livingstone debe figurar en un lugar de honor dentro del periodismo entendido como un activismo contra la indiferencia. El 15 de julio de 1851, en Nyangwe (Congo), fue testigo de un horror más allá del horror. La masacre de la población por parte de tratantes de esclavos. Escondido, Living­stone no tenía papel ni tinta. Arrancó una página de un viejo ejemplar del London Evening Standard y escribió con zumo de baya una de las crónicas más punzantes de la historia del periodismo. En un libro excepcional, Exploradores. Cuadernos de viaje y aventura (publicado en GeoPlaneta), aparece reproducido el original y la imagen espectral que permite descifrarlo. Me asombra lo natural que resulta a la mirada. En la dictadura, fuimos adiestrados para leer entre líneas y tal vez nuestro mejor periodismo sigue siendo espectral.

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El biólogo Daniel Pauly acuñó en 1995 el concepto “estándares base cambiantes” (shifting baselines), modificaciones de apariencia lenta en un ecosistema, que él utilizó para alertar sobre los niveles de tolerancia en los procesos de degradación en la naturaleza. Lo que viene a decir es tremendo: estamos ciegos ante lo que está pasando, porque nuestros estándares de medición también se han degradado. Nuestro medio ambiente se va llenando de desapariciones. La destrucción se acelera por la falta de una memoria histórica ecológica. Sin memoria, ya no somos fiables ni para los zarapitos.

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De los zarapitos y de los estándares de la memoria ecológica habla Kyo Maclear en Los pájaros, el arte y la vida (Ariel, abril de 2017). Este libro es como una redoma donde vuela y se agita la terrible belleza del mundo. En el cielo de Mimico (Toronto) todavía pueden verse las maravillosas columnas de zarapitos. Kyo se pregunta por cuánto tiempo y hace bien. No ha inutilizado su memoria para despreocuparse. No. Sabe que de este mismo cielo, y de todos, desapareció hace tan solo un siglo la paloma pasajera (Ectopistes migratorius). Estas palomas salvajes eran tan abundantes en 1860 que se veían bandadas de millones de ejemplares y un cazador podía matar 10 aves de un solo tiro: “Cincuenta años más tarde la especie había desaparecido”.

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Gonzalo, 78 años, se quedó sordo por causa de una meningitis a los cuatro años de edad. No recuerda nada de su tiempo de oyente. Ningún sonido. Vivía en la ciudad marina, al lado del antiguo matadero. Sobre las cinco de la madrugada comenzaba la matanza industrial de reses. Un amigo y vecino le explicó un día con signos desesperados que había tenido suerte. Tú puedes dormir, venía a decir. No te imaginas lo que es despertar todas las noches con los bramidos agónicos de las vacas. Gonzalo no oía los lamentos, pero al día siguiente veía el mar teñido de sangre, la aflicción de las olas por la espesura del dolor.

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“El aburrimiento es inmoral”, escribió el oceanógrafo William Beebe. Y se sumergió a mil metros de profundidad.


El Pais Semanal Nº 2.123 04/06/2017


Viajantes de sí mismos Javier Cercas

Lo mejor que pueden hacer los lectores es no tomarse demasiado en serio lo que los escritores decimos de nuestros libros cuando los presentamos.


ESCRIBO ESTE artículo en un hotel de Ciudad de México, adonde he venido a promocionar mi última novela. Es lo que hacemos los escritores actuales después de publicar cada nuevo libro: viajar durante meses para dar a conocer a nuestro recién nacido, convertidos en viajantes de nosotros mismos, tratando de desempeñar con la mayor dignidad posible el “grotesco papelón de literato”, por decirlo como Sánchez Ferlosio. Eso, claro está, si tenemos suerte y conseguimos cazar algunos lectores aquí y allá y llegamos a vivir de lo que escribimos. Si no tenemos suerte, nada: a pasar hambre y a que nos lea nuestra madre (¡un beso, mamá!). Sólo si tenemos muchísima suerte podemos ahorrarnos papelones y pluriempleos, pero para eso hay que ser García Márquez, y ya de viejo, cuando solía decir que, por mucho dinero que gane, un escritor siempre es “un pobre con plata”. En resumen: el auténtico éxito consiste para un escritor de hoy en no tener necesidad de promocionar sus libros ni de dedicar un minuto de tiempo a hablar de ellos, sino sólo a su verdadero oficio, que se reduce a leer, escribir y pensar en las musarañas.

No me malinterpreten. No digo que, aparte de indispensable para la vida pública de los libros, su promoción sea sólo nociva para quienes los escribimos: al fin y al cabo, en ese tiempo viajamos gratis, comemos y bebemos gratis y solemos hablar sin que nadie nos interrumpa, tres privilegios nada desdeñables; a veces, incluso, lo que decimos o escuchamos puede resultarnos útil, abrirnos vías inéditas de trabajo o resolvernos problemas prácticos. Esto, seamos justos, también ocurre. Pero lo normal es que uno sienta con razón que lo que está es perdiendo el tiempo; más aún: a veces siente que, por su culpa, por su culpa, por su grandísima culpa, está perjudicando al hijo recién salido de sus entrañas a quien trata de dar a conocer. Pongo un ejemplo de esta paradoja perversa. Al hablar de su propia obra, todo escritor está proponiendo, de forma consciente o inconsciente, una interpretación de ella; esa interpretación puede ser honesta o deshonesta, buena, mala o regular, pero el caso es que inevitablemente coarta la libertad interpretativa del lector, que es quien completa el libro (sin lector no hay literatura: la mitad de los libros la ponemos los escritores; la otra mitad, los lectores). Esto puede tener consecuencias nefastas. En época de Cervantes, los escritores, mentira parece, no concedían entrevistas, pero eso no significa que no promocionasen sus libros, sin ir más lejos en los prólogos de sus libros. Y en el prólogo del Quijote, Cervantes afirma famosamente que su libro es “todo él una invectiva contra los libros de caballerías”. Nunca sabremos con certeza por qué Cervantes puso esa frase en el frontispicio de su novela —tal vez intentaba proteger a su vástago de críticas que de todos modos sufrió—, pero lo cierto es que la advertencia ha gozado de un éxito duradero, entre otros motivos porque la ­generosidad equivocada de los lectores nos entrega a los autores el monopolio de la interpretación de nuestras obras. Tampoco digo que, confrontada con la novela, la afirmación de Cervantes sea falsa; sí, que es insuficiente, porque comporta un empobrecimiento del sentido profundo del libro: tanto como decir que don Quijote es sólo un personaje ri­dículo —y no también heroico—, o que el Quijote contiene sólo una ridiculización del heroísmo —y no también su exaltación—. Y desde luego no digo que la frase de Cervantes fuera la única responsable de que el mundo tardase siglo y medio en empezar a entender de verdad su obra maestra; lo único que digo es que, creyendo favorecer con ella la lectura del Quijote, Cervantes contribuyó a propagar una interpretación reduccionista de él.

Es lo que solemos hacer los escritores cuando hablamos de nuestros libros. No siempre, pero sí a menudo; en todo caso, se trata de un peligro real. Por eso lo mejor que pueden hacer los lectores es no tomarse demasiado en serio lo que los escritores decimos de nuestros libros, y lo mejor que podemos hacer los escritores es hablar lo menos posible de ellos y dedicar todo nuestro tiempo a escribirlos.


El Pais Semanal Nº 2.123 04/06/2017

Teoría de la mosca cojonera Javier Cercas

22 MAY 2016

Está incapacitada para callarse la boca, también para decir lo que todo el mundo quiere oír, y tiene ideas, no meras ocurrencias.


UNA VEZ le oí decir a José Saramago que un escritor de verdad era una mosca cojonera. Zoología aparte, una mosca cojonera es un incordio de persona, lo que los argentinos llaman un rompepelotas y los españoles llamamos un hinchapelotas, lo que los anglosajones llaman a pain in the ass y podríamos traducir, con alguna libertad, como un grano en el culo. No sé si Saramago era una mosca cojonera, pero su comparación me parece exacta.

Lo primero que define a una mosca cojonera es que no quiere ser una mosca cojonera; más aún, una mosca cojonera que quiere ser una mosca cojonera deja de serlo en el acto, porque el lema inicial de una mosca cojonera es el de Antonio Machado, que fue una gran mosca cojonera (aunque ya se nos haya olvidado): “En paz con los hombres y en guerra con mis entrañas”. La mosca cojonera es por tanto lo contrario de un polemista, no digamos de un camorrista, lo contrario de uno de esos pobres diablos que se dedican de manera sistemática a decir barrabasadas, a disparar a diestra y siniestra y a organizar escándalos, en definitiva a tirar cohetes para tratar de llamar la atención con naderías porque no tienen nada valioso con que llamarla. No obstante, a pesar de ser lo contrario de un polemista o un camorrista, la mosca cojonera se enreda a menudo en polémicas o escándalos, o los provoca sin querer. Tres razones explican esta paradoja. La primera es que la mosca cojonera está incapacitada para callarse la boca, así que, aunque hable poco y suela ser educadísima, dice siempre lo que piensa. La segunda razón es que la mosca cojonera está igualmente incapacitada para decir lo que todo el mundo quiere oír; de hecho, lo que la mosca cojonera dice casi siempre es lo que nadie quiere oír, lo que resulta desagradable e inconveniente o impertinente o molesto, aunque en su fuero interno muchos o algunos o incluso todos sepan que es cierto. La tercera razón es que la mosca cojonera tiene ideas, no meras ocurrencias, y, como dice Proust, las auténticas ideas no provocan el asentimiento sino la contestación, cuando no el rechazo. Por supuesto, en política hay moscas cojoneras de derechas y moscas cojoneras de izquierdas, sólo que las moscas cojoneras de izquierdas incordian sobre todo a la izquierda y las de derechas a la derecha; o dicho de otro modo: a quienes más incordia la mosca cojonera es a los suyos, a quienes están de su lado y piensan como él (a quienes no están de su lado, en cambio, la mosca cojonera casi no se molesta en incordiarlos: para qué). Esto significa que la mosca cojonera jamás se beneficia de los líos en que se mete o en que la meten; al contrario: con cada nuevo lío pierde amigos, o por lo menos lectores. Esto significa también que, como las águilas, la mosca cojonera nunca vuela en bandada. Ojo: hay mucha mosca cojonera de mentira, bravucones insolventes que viven de su falso prestigio inverso de moscas cojoneras porque no pueden vivir de otra cosa; la mosca cojonera auténtica vive a la intemperie pudiendo vivir en un palacio, mientras que la falsa mosca cojonera pasa con frecuencia de la intemperie al palacio gracias a los réditos de sus incordios de pacotilla. Dos de las máximas moscas cojoneras europeas del último siglo fueron obviamente Orwell y Camus; obviamente, dos de las máximas moscas cojoneras españolas de los dos últimos siglos fueron Larra y Unamuno. Como toreros que se arriman mucho al toro, todos ellos murieron jóvenes (y uno se pegó un tiro antes de cumplir 30 años), salvo Unamuno, que era una mosca tan sumamente cojonera que quería seguir siendo una mosca cojonera durante toda la eternidad. Y hablando de Unamuno: sobra decir que la mosca cojonera puede equivocarse mucho, sobre todo en política, pero tiene una habilidad diabólica para rectificar, lo que constituye un incordio suplementario; sobra decir también que al final el verdadero lema de la mosca cojonera, más que de Machado, podría ser de Unamuno: “En guerra con los hombres y en guerra con mis entrañas”.

Resumiendo: una mosca cojonera es un peligro público, una maldición, una calamidad para cualquier familia. Dios nos guarde de las moscas cojoneras.


El Pais Semanal Nº 2.069 22/05/2016


El olvido y la palabra Hisham Matar

23 ABR 2017

El autor, de origen libio, recuerda su relación con los textos escritos desde su niñez en El Cairo. Por entonces, disidentes políticos frecuentaban su casa. Un buen día, uno llevó un discreto volumen blanco.

EL RECUERDO más antiguo que tengo de los libros no es de leerlos yo, sino de que me los leyeran. Me pasaba horas escuchando, observando la cara de la persona que me leía en voz alta. A veces apoyaba la cabeza sobre el pecho o el vientre del lector y sentía la resonancia de cada vocal y consonante. Así llegaron a mí muchos libros: Las mil y una noches; las obras maliciosas y brillantes de Al Jahiz; la poesía de Ahmed Shawqi y sus coetáneos de Al Nahda, el renacimiento literario árabe que tuvo lugar a finales del siglo XIX y principios del XX; varios libros sobre las vidas de los Sahabah, y las obras de una larga serie de historiadores que trataron de explicar cómo y por qué una guerra o una época concreta había empezado o terminado. En aquel entonces nunca se me ocurrió preguntarme por qué no había libros para niños en la casa; ninguno que yo recuerde, al menos.

Tras una vida entera de relaciones apasionadas con los libros –algunos, como descubriría más tarde, poco merecedores de mi juvenil fervor, unos cuantos con los que me topé en el momento equivocado y muchos otros que todavía iluminan estancias en mi interior– en dos lenguas formidables, el árabe y el inglés, me resulta extraño, ahora que ya tengo cuarenta y tantos años, que el libro que más me ha afectado sea uno que cayó en mis manos cuando tenía 10 u 11 años y sobre el que apenas sé nada. No lo he leído. Y, pese a mis muchos intentos de encontrarlo, ni siquiera he conseguido averiguar el título o el nombre de su autor.

Era una de aquellas tardes en las que nuestra casa en El Cairo se llenaba de disidentes políticos libios exiliados, algo frecuente en aquellos tiempos, de modo que no hubo siesta después de comer. Al contrario, quedó un grupo numeroso reunido en la sala de estar, entregado a una indolente conversación puntuada por las sucesivas rondas de fruta, té y café. El tiempo parecía infinito. El libro estaba sobre la mesita de café, entre platillos, tazas y ceniceros. Recuerdo que tenía una sencilla cubierta blanca, sin ninguna ilustración.

Era evidente que el huésped que había llevado aquel libro como regalo para mi padre olvidaba que era precisamente él quien se lo había recomendado algún tiempo atrás. Y como mi padre no quería decepcionar a su huésped, no reveló que ya lo había leído. Ahora me resulta curioso que semejante sutileza social se grabara en mi memoria.

Quizá fue por la naturaleza del silencio de mi padre, que, cómo no, hizo que el huésped tuviera más ganas todavía de expresar hasta qué punto apreciaba el libro. Lo cogió y se puso a leer en voz alta. Sentí que el efecto de las palabras reverberaba en la sala y hasta me pareció que vibraba en los muebles una vida interior. Ya no tengo a mi padre conmigo para preguntarle acerca de aquella tarde. Puede ser que me equivoque, quizá él no conocía en absoluto aquel libro y su silencio no tenía nada que ver con la educación, sino que era, más bien, su manera de responder al texto.

No recuerdo sobre qué trataban exactamente los pasajes leídos en voz alta. Lo que sí recuerdo es que transmitían los pensamientos íntimos de un hombre, de alguien que experimentaba una emoción hiriente o vergonzosa como el temor, los celos o la cobardía, sentimientos que siempre es complicado admitir, en especial para un hombre. En cambio, la franqueza de aquellas líneas, su capacidad de capturar esas reacciones cambiantes y vagas, era en sí misma valiente y generosa, el polo opuesto de la emoción que se describía. También recuerdo el asombro que me hizo sentir que las palabras pudieran llegar a ser tan precisas y pacientes y que ilustraran, en su devenir, lo que el niño que yo era entonces ya sabía de algún modo: que existe una distancia a la vez trágica y maravillosa entre la conciencia y la realidad.

Teniendo en cuenta los libros que ya me habían leído, no podía ser la primera vez que me encontraba ante una escritura semejante. Sin embargo, por algún motivo, en esa ocasión tomé plena consciencia de cómo me impactaba. También me produjo gran impresión el nuevo silencio que los pasajes dejaron tras su paso. Al menos temporalmente, crearon entre aquellos hombres de política, que me parecían regidos por el peso sólido de las certezas, un resonante instante de duda. Me sentí muy emocionado, alegre y melancólico, todo a la vez.

Tal vez sea ese el motivo de que aquel libro misterioso, según la lógica de mi memoria, haya engendrado cada uno de los que he leído desde entonces. Incluso los grandes libros a los que vuelvo siempre, como se vuelve a un paisaje favorito, parecen estar en deuda, no importa cuán fugazmente, con aquel texto desconocido e incognoscible. Cada palabra que he escrito se ha visto impelida por un entusiasmo que tiene sus raíces en aquella tarde de antaño, cuando era un niño y ni siquiera sabía todavía que los libros me hacían falta. Tal vez ese libro me haya resultado más útil así, perdido, que si hubiera podido encontrarlo.

El Pais Semanal


La diosa que nunca se fue Manuel Rivas


29 OCT 2017

A través de la relectura de ‘La diosa blanca’, de Robert Graves, una evocación de grandes novelas que en su día fueron rechazadas por los editores.


NO LEJOS de donde escribo, y en un lugar de abrigo de la Costa da Morte llamado O Cereixo, hay un árbol santo. Es un buen roble, en todos los sentidos. Confieso que voy con frecuencia allí, a abrazarme. No es por superstición ni tampoco por realismo mágico. No espero que el árbol me devuelva el abrazo ni me susurre historias de druidas ni se eche a andar llevando su sombra a modo de sombrero, aunque tampoco me importaría compartir con él la lógica del asombro. Voy porque me sienta bien. Y eso es casi todo.

Donde, de alguna forma, hablan los árboles, y toda la red de almas de lo existente, también como memoria e imaginación, es en dos obras que venero: La rama dorada, de J. G. Frazer, y La diosa blanca, de Robert ­Graves. En ambos se cumple esa alquimia de ver la naturaleza como un libro y el libro como un mundo.

La diosa blanca es un buen libro para abrazar. Y ojalá funcionara el abrazo como el rito de un contagio. Robert Graves publicó su primera obra cuando era un joven poeta gravemente herido en la batalla del Somme, en 1916, en la Primera Guerra Mundial. Aquel horror, y la desesperación ante la rápida desmemoria ambiental, le llevará a escribir la gran catarsis que es Adiós a todo eso (1929). Obras como Yo, Claudio (1934), que inspirará la serie ya mítica en la ficción televisiva, harán de Graves un autor tan popular como de culto. Cuando publica The White Goddess (1948), esa revolución óptica que sacude la antigua jerarquía patriarcal de lo divino, Robert Graves vivía en Deià, Mallorca, donde dirá su definitivo adiós a todo esto en 1985, a los 90 años.

La diosa blanca (existe una magnífica edición en castellano de Alianza Editorial, la de 2014) es ese tipo de exploración que va más allá de lo desconocido y en la que nos preguntamos no solo cómo alguien ha llegado hasta ahí, sino también cómo ha podido contarlo. Es muy difícil que tanta información, oculta o semioculta, se sustancie en maravilla poética. Tal vez Graves no podría haber escrito ese libro sin ayuda de la mismísima diosa blanca, esa musa que también nombramos como la Luna. Ver con luz de luna coincidiría con la sensibilidad óptica que Paul Celan describía así, abreviando: hay ojos que divisan un fondo y hay otros que van a lo profundo de las cosas. Graves escribía con esos ojos que no divisan un fondo, pero ven más profundo.

Puedo abrazar el árbol santo. Puedo abrazar La diosa blanca. Pero todavía con más fuerza después de descubrir algo que ignoraba sobre la propia historia del libro.

Al principio, y pese al historial literario y académico de Graves, nadie quería publicarlo. Hoy resulta inexplicable, al igual que el rechazo a Lolita, de Vladímir Nabokov, o a Rebelión en la granja, de George Orwell, o El señor de las moscas, de William Golding. La primera obra de Jack London fue rechazada en 600 ocasiones. No me extraña que a London le gustara el boxeo. A Nietzsche también le pusieron la proa, pero el genio estaba por encima de esas adversidades y entendió que había nacido antes de tiempo. En España siempre se cita el caso de Cien años de soledad. Me parece que, más que rechazo, lo de Barral fue un monumental despiste: se asustó con lo de los cien años.

Pero ¿por qué el rechazo a La diosa blanca? Tal vez no sea tan extraño. Podemos imaginar la turbación de lectores y editores. En un principio, las culturas matriarcales tenían un poder divino femenino. El dominio de las menores divinidades masculinas fue paralelo a la imposición del patriarcado.

Fue visto como un libro peligroso. Y lo era. No sabían los editores hasta qué punto.

En un trabajo de Eugénio Lisboa sobre los más llamativos rechazos editoriales en Jornal de Letras leo que el primer editor que no quiso saber nada de La diosa blanca falleció pocos días después de un ataque al corazón. El libro llegó a un segundo editor, que también lo rechazó indignado. Al poco tiempo apareció ahorcado. Llevaba puesto un sostén y unas bragas de mujer. El libro fue enviado a la editorial Faber & Faber. Le correspondió a T. S. Eliot dictaminar la publicación o no del libro. Su informe era más que positivo. Había que publicar y de inmediato La diosa blanca: “¡Cueste lo que cueste!”.

Todo el mundo habla ahora de los abusos del depredador Harvey Weinstein, el productor de Hollywood. En su estupor de falso dios de cartón piedra, seguramente ignora que quien lo hizo caer fue la diosa blanca.

El Pais Semanal


viernes, 24 de abril de 2020

ENTRE LINEAS

'UNA HISTORIA DE LA LECTURA'

TODO NO QUEDA DICHO CUANDO EL ESCRITOR HA TERMINADO SU OBRA. LOS LECTORES TIENEN LA FACULTAD DE INTERPRETAR Y COMPLETAR LAS NOVELAS, ENSAYOS Y POEMAS QUE CAEN EN SUS MANOS. LEER TIENE SUS CLAVES.

El Libro 
Desde las tablillas de arcilla hasta el CD-Rom, pasando por los manuscritos en rollos o los libros convencionales, han sido ya unos cuan¬tos los formatos en los que los textos han llegado a los lectores a través de los tiempos. Es el primer paso (después de haberse decidido por la lectura, claro): elegir el volumen. Parece una frivolidad, pero también hay que dejarse llevar por el aspecto, el color, la portada o, incluso, por el olor.

Un crítico literario italiano, Roberto Cotroneo le recomienda a su hijo respetar únicamente los buenos libros, es decir, valorar el contenido y no el objeto (Si una mañana de verano un niño. Taurus). Un volumen deleznable no merece ocupar espacio en una estantería. El novelista francés Daniel Pennac asegura que si un libro se le cae de las manos a un lector... pues que se le caiga (Como una novela. Anagrama).

Nada de esto, por supuesto, está reñido con el fetichismo, con la necesidad de guardar tomos que se sabe que nunca serán releídos. El placer de contemplar un biblioteca bien surtida, creada tras muchos años de búsquedas y de innumerables hallazgos es irremplazable y, a veces, necesario.

Cómo leerlo
EI Antiguo Testamento debía leerse (todavía lo hacen así algunos judíos ortodoxos) balanceando el cuerpo siguiendo la cadencia de las frases. El novelista Henry Miller decía, provocando: "Mis mejores lecturas las he hecho en el baño". El poeta Shelley prefería desnudarse y sentarse sobre las rocas a leer al historiador Herodoto: "Hasta que dejo de sudar", remataba. La manera de sentarse y coger el libro determina el disfrute y el resultado.

Un sillón de orejas, la cama, un atril, un escritorio, la luz del sol, una lámpara, una bebida, música: los accesorios posibles para enfrentarse a un texto en las mejores condiciones son infinitos. La postura y la actitud del lector han cambiado y cambian. Pero en la historia, algunos descubrimientos han mejorado mucho las condiciones de la lectura.

En el siglo IV, San Agustín, viendo al obispo San Ambrosio, reparó en la posibilidad de leer en voz baja: las bibliotecas y sus usuarios se lo agradecerán eternamente. Las gafas también han contribuido, sin ninguna duda, a que el interés por los libros (y por lo que cuentan) se haya mantenido: lo prosaico no está reñido con el intelecto, ni muchísimo menos.

Para qué leerlo
Kafka aseguraba que "uno lee para hacer preguntas". Es decir, para aprender, descubrir y conocer el mundo.

Un erudito alemán que conocía de memoria muchos textos clásicos los recitaba a sus compañeros de campo de concentración, entreteniendo así, dentro de lo posible, el cautiverio. Los usos de la lectura son, pues, muy variados y ni siquiera los grandes literatos se han puesto de acuerdo.

El autor de En busca del tiempo perdido, Marcel Proust (Sobre la lectura. Pre-Textos) mantenía que el acto de leer no debe tener un papel preponderante en la vida, que es un medio de la actividad intelectual y no un fin. Creía que era necesario subordinar la lectura a la actividad personal y convertirla en "la más bella de las distracciones". La relación con los libros era, para él, la de una amistad "pura y tranquila": unos amigos con los cuales pasar una velada únicamente cuando realmente se tienen ganas y a quienes a me-nudo se deja a disgusto. □ José María Goicoechea

Una historia de la lectura. Alberto Manguel.
 Traducido por José Luis López Muñoz. Alianza Editorial-Fundación Germán Sánchez Rupérez, Madrid. 1998. 3.500 pesetas.


El Pais de las Tentaciones, viernes 1 de mayo de 1998


lunes, 6 de abril de 2020

Nacido para asustar

Fotograma de El Resplandor (1980). Everett Collection (Cordon Press)



POR JACINTO ANTÓN

Paseando el otro día se hizo de noche. Sucedió cuando aún me faltaba un trecho para volver a casa, en la montaña. Y justo junto al dormidero de cornejas que se encuentra en los cedros de la vivienda de unas vecinas excéntricas. Esa casa de amplios tejados, porches oscuros, jardín descuidado y ventanales que aparentan mirar inquisitivamente parece una mezcla de la mansión Marsten de El misterio de Salem's Lot y el hotel Overlook de El resplandor: no es el mejor sitio para que te pillen las tinieblas. Las cornejas chillaban histéricas en sus nidos y revoloteaban, sombras sobre sombras. Cuando empecé a pensar en los siniestros gorriones de la Mitad oscura, en Susan Norton atrapada en el sótano donde se despereza el vampiro Barlow, en Jack Torrance apartando la cortina del baño de la habitación 217, en el payaso Pennywise, en los niños del maíz, en el gato Church, eché a correr sin disimulo ni pudor algunos, y no paré hasta llegar a la puerta de casa.*Mientras trataba de meter la llave en la cerradura, tenía la absoluta seguridad de que algo terrible me acechaba a la espalda y que si me giraba estaría perdido. "La muerte", escribe Stephen King, "es cuando te atrapan los monstruos".

Hay que ver lo que nos ha hecho King. Con sus novelas y relatos —y las películas basadas en ambos—, ha puesto nombre e imágenes a nuestros peores miedos y pesadillas (a lo que espera debajo de la cama, o en el armario, al Mal Lugar o a la cosa en el sumidero), haciendo surgir lo escalofriante en medio de lo cotidiano. Y ahí sigue el escritor, casi medio siglo después de empezar a asustarnos. En terrorífica forma. Hasta le ha premiado Obama (National Medal of Arts, 2015).

Es novedad en España (donde solo en los últimos 10 años ha vendido más de un millón de libros) la penúltima novela de King, Quien pierde paga (Plaza & Janes, 2016), con los mismos héroes de Mr. Mercedes (2014) y en la que vuelve al tema (Misery) de la obsesión de un lector con su autor favorito. La editorial acaba de publicar también un completo y utilísimo recorrido por la abundantísima obra de King (75 libros, 59 de ellos novelas), Todo sobre Stephen King, a cargo del irreductible fan argentino (lleva el Facebook oficial del escritor en castellano, wwwfacebook.com/todostephenking/) Ariel Bosi, capaz de retratarse él mismo frente a la puerta de la habitación 217 del hotel Stanley de Estes Park (Colorado) que inspiró El resplandor.

Bosi llegó a King a los 14 años a través de su madre, que le leía pasajes de Maleficio. Considera que el éxito del autor se debe principalmente a que "fue quien modernizó el horror, aggiornándolo al siglo XX". Afirma que King "ha logrado captar al lector popular, quien no tenía un referente en el género de terror. Siempre se ha mantenido activo y ha hecho una marca registrada de su nombre. Ha sabido conquistar a ese público ávido de historias y no lo ha dejado escaparse".

Leyendo este ensayo —con cosas tan buenas como que para grabar la escena del hacha de El resplandor, con Jack Nicholson, Kubrick hizo destruir 70 puertas, o que la mano que emerge al final de la adaptación de Carrie, de Brian de Palma, en el mayor susto de la edad moderna ("Carrie White arde en el infierno"), es la de la propia actriz protagonista, Sissy Spacek-, recuerdas cuánto ha escrito King y revives viejos y nuevos horrores. Cada uno tiene sus historias favoritas (para mí, El misterio de Salem's Lot, que tengo dedicada, y Cementerio de animales; en cambio, no puedo con La torre oscura). Es lugar común denostar novelas y etapas enteras de la producción del autor (o al propio autor, como hace Harold Bloom). A veces tan insufriblemente prolijo, a veces tan vulgar. Decir que es un escritor en decadencia. Pero a él le trae al pairo y sigue reinventándose. Así han llegado cosas espléndidas como 22/11/63 (2012),. sobre un viaje en el tiempo para impedir el asesinato de Kennedy, con pasajes de devastadora emoción. O Doctor Sueño (2013), la estupenda continuación de El resplandor, por la que no dábamos un céntimo.

Todo empezó con Carrie. Recuerdo la impresión que nos causó en 1974. Carrie cambió nuestras vidas, sobre todo porque cambió la de Stephen King convirtiéndole en escritor de éxito y abriendo la espita que lanzó la nube de sus terrores sobre el mundo. De dónde salía todo eso apenas lo aclaran las biografías y los recuerdos del propio King, un chico estadounidense aparentemente del montón, de clase media baja—hasta vivió, de recién casado, en una caravana, y tuvo que vender sangre y ¡robar hamburguesas!—, que ilustra muy bien el sueño americano del selfmademan y el precio que se paga por ello (adicciones incluidas).

Nacido en Portland el 21 de septiembre de 1947 —justo cuando el año cruza la frontera entre las mieses doradas del verano y los estremecimientos del otoño, como bien habría señalado su admirado Ray Bradbury, quien escribió: "Si vinieras de visita a mi tumba, trae una manzana para los fantasmas"—, Stephen Edwin King tuvo una llegada milagrosa: su madre no podía concebir hijos. El padre, en todo caso, no quedó muy impresionado, pues a los dos años se largó de casa para no volver.
Se señalan como hitos en el advenimiento del autor de terror más influyente de la literatura moderna —sí: King está a la altura de Poe, de Machen, de Lovecraft— la noche en que de pequeño escuchó la adaptación radiofónica de 'La tercera expedición', cuento de Bradbury incluido en las Crónicas marcianas; el hallazgo en el desván, en una caja de su padre, de una antología de Lovecraft, y el lanzamiento del Sputnik I en 1957, que llenó de pavor a EE UU y a él le pilló viendo en un cine La tierra contra los platillos voladores. Le influyó también que, cuando tenía cuatro años, regresó mortalmente pálido a casa después de que el niño con el que jugaba fuera arrollado (y muerto) por un tren. Y algo habrá tenido que ver el que, por falta de presupuesto, para ir a la escuela en secundaria, en vez de autobús escolar, usaran en su pueblo de adopción (Durham) un coche fúnebre reconvertido... Quizá eso le inspiró para comprar la camioneta que le atropello y casi le mata en 1999.
En su ensayo Danza macabra (Valdemar, 2006), King señala algunas claves del género, como que inventamos horrores ficticios para hacer más llevaderos los reales, y revela alguno de sus mecanismos: pulsar los puntos vulnerables, "puntos de presión fóbica" (ratas, espacios cerrados, la oscuridad, la locura, la muerte de un hijo). Dice que las cosas más terribles a menudo pasan en el baño: descubrirte un bulto, ver sangre, observar cómo te vuelves calvo. La verdad es que él conoce los rincones más oscuros del bosque. Tiene ese don, terrible como los que poseen algunos de sus personajes. Nacido para asustar.

Miren qué inquietante este comentario suyo: "Hay una casa vieja, ruinosa y abandonada en cada pueblo, excepto, quizá, en Stratford, Connecticut, pero allí tienen sus propios problemas". ¿Cómo puede hacer King que suene escalofriante hasta una frase de Robert Frost: "Hogar es el lugar en el que cuando llegas, tienen que dejarte entrar"? Recuerdo, para acabar, un "chiste" macabro de Stephen King del que, como de todo lo suyo, ya nunca puedes deshacerte. ¿Cuál es la diferencia entre un camión lleno de balones y otro lleno de bebés muertos? Que el de balones no puedes descargarlo con una horca. Ahí queda, mientras anochece.


El Pais Domingo 6.11.2016