A la novela de Navarro -que trabaja ahora en su traslación cinematográfica- se la ha calificado de "crónica wéstern". Una etiqueta que el escritor ve más como eso, un eslogan, que como una reseña fidedigna de su trabajo, que él asocia más, y con razón, a una vocación poética. "Yo me siento más vinculado a la creación desde la contemplación, a habitar los territorios de los que vas a escribir y estar sensibilizado con ellos, buscando el suceso, el símbolo o la imagen que te emocione y luego explorarlo, detalla. Pero algo lleva Perros de caza de la crudeza y violencia de ese genero.
En La fiesta del fin del mundo (Anagrama), ensayo que propone un recorrido por las crisis españolas recientes a través de las manifestaciones culturales apocalípticas, la académica Natalia Castro Picón emparenta el imaginario castellano con el lejano Oeste estadounidense. Con sus pioneros, sus héroes y la lucha de contrarios entre el bien y el mal, encarnada en los protagonistas de la novela de Jesús Carrasco Intemperie. Aquel libro de 2013, escribe la autora, nos transporta a la España rural (...) que evoca los antiguos valores de un mundo campesino, pero presentándolos desgarrados por una gran crisis climática. Es decir, nos ofrece la imagen rota de una forma de vida que, pese a sus miserias, permitía sostener comunidades sobre la base de los vínculos de reciprocidad y arraigo con el territorio". Si bien en otros términos, las historias de Navarro y Merino remiten también a esa fractura social e histórica.
Arriba, un fotograma de la película Bodegón con fantasmas, de Enrique Buleo. Abajo, ilustración del fanzine El ataque de los danzantes mutantes (2026), del colectivo Castillian Horror Book. CASTILLIAN HORROR BOOK
Para el historietista Luis Bustos (Madrid, 1973), más que como un Far West a la española, la llanura castellana podría explicarse como un "territorio psicológico. Meseta (Astiberri), su nueva novela gráfica, se embarca en un road trip desquiciado de Barcelona a Madrid con parada en mitad de la nada. El país anda sumido en un estado de excepción y tres desconocidos comparten un coche para trasladarse en medio de la noche. De nuevo, una triada como eje, que responde, cuenta el autor, "a los elementos para la transmutación alquímica". Fuego, agua y tierra, que se combinan y estallan en una iglesia románica en ruinas reciclada en prostíbulo de carretera. Allí, sin desvelar más de lo justo, habrá rituales y demonios, también de los de carne y hueso. "Además de la parte esotérica, el libro tiene un discurso político y social", concede Bustos. "Un: 'Cuidado, que los ricos nos devoran'. A veces literalmente".
Como ocurre en Epifanía y Perros de caza, el lenguaje de Meseta -cortante, sintético, a ratos soez- juega al servicio de la recreación de un paisaje que no hace solo las veces de contexto, sino que se reivindica como protagonista. En su condición de cómic, aquí se alía con el estilo del dibujo, de trazo expresionista y en un blanco y negro que suma un tono más de penumbra a la nocturnidad de la narración. "Los protagonistas no podían estar todo el tiempo hablando, tenia que ser una cosa casi silenciosa", explica el autor. "Y esos silencios son bastante reveladores porque hay una tensión que se palpa".
Igual que en Meseta, los relatos que David Roas (Barcelona, 1965) ha reunido en Territorios (Páginas de Espuma) toman como base el costumbrismo subversivo para abrirse camino hacia lo fantástico y lo escalofriante. Lo hacen desde los parámetros del agrohorror, un subgénero de nuevo cuño que surge, según explica el propio autor, de una tendencia que "se respira en el ambiente; un interés por lo cotidiano rural". Su origen puede rastrearse en el libro de 2025 Agrohorror. Cuentos de lo insólito rural (Eolas), cuya edición corrió a cargo de Roas y Ana Martínez Castillo, creadora del término.
En el agrohorror hay deformación, que no caricatura. Frente a la idealización, aporta extrañeza. Se le parece, pero no es folk horror. No se manifiestan fuerzas arcanas ni dioses paganos, aunque sí, como reconoce el escritor, se da una cierta persistencia del atavismo católico. También puede contener trazas de plant horror. Encajarían en sus límites novelas como Carcoma (2021), de Layla Martínez, y películas como Bodegón con fantasmas (2024), de Enrique Buleo. "Como el esperpento, el agrohorror bebe directamente de los caprichos y pinturas negras de Goya, del retrato de hombres matándose a garrotazos, de viejas comiendo sopas, de brujas en aquelarre", escriben Roas y Martínez Castillo en el prólogo de aquel volumen, en el que, junto a sus propios relatos, participan autores como Fernando Navarro o Pilar Adón.
"Desde Intemperie, y después con La España vacía, de Sergio del Molino, hay una vuelta al agrorrural desde otra perspectiva que no es la del cateto con boina, sino una mirada más respetuosa, abunda Roas, que es también crítico y profesor de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad Autónoma de Barcelona y acaba de editar, junto con Raúl Molina Gil, el volumen académico Agrohorror. Nuevas formas de lo insólito rural (Eolas). "A partir de ahí, los que hacemos fantástico, insólito o raruno, hemos encontrado en el mundo rural algo que no se había visitado".
No todos los relatos reunidos en Agrohorror ni los que Roas firma por su cuenta en Territorios se enmarcan en parajes castellanos. El agrohorror, subrayan sus creadores, no es solo de secano". Pero hay unos cuantos que saben sacarle el jugo a los infinitos campos de cereales y esa solana que solo pueden combatir las moscas. "Frente al bosque o el mar, en el paisaje castellano el elemento para provocar el terror está en las extensiones", sostiene Roas. "En esa superficie plana, sin una montaña, que se va totalmente". En septiembre de este año saldrá un segundo volumen de Agrohorror con relatos de autores como Manuel Moyano o Raquel Presumido, que formará parte de una colección dedicada a este género en la editorial Eolas.
No solo los libros se han fijado en el potencial expresivo de la cara oculta de Castilla para, en el fondo, hablar de muchos de los temas que gobiernan la agenda: crisis climáticas y económicas, feminismo, el problema de la vivienda, corrupción política, falta de oportunidades laborales. El dúo de artistas Castillian Horror Book, formado por Cristina Guerrero y Pablo González, estudia el folclore mesetario en clave de terror en fanzines colaborativos y en exposiciones como The Tortolilla Project, la falsa documentación de una aparición espectral en un pueblo perdido. "Se ha romantizado la idea de lo rural como un lugar para descansar, para desconectar de lo digital..", comentan los burgaleses. "Pero ahora los ritmos de trabajo pueden ser iguales en el pueblo y en la ciudad, y recurrir a estos temas puede servir también para denunciar ese ritmo acelerado".
Lecturas
Epifanía
Israel Merino
Temas de Hoy, 2026
240 páginas 19,90 euros
Perros de caza
Borja Navarro
Malas Tierras, 2026
152 páginas 18,50 euros
La fiesta del fin del mundo
Natalia Castro Picón
Anagrama, 2025
456 páginas 23,90 euros
Meseta
Luis Bustos
Astiberri, 2026
136 páginas 18 euros
Agrohorror. Cuentos de lo insolito rural
David Roas y Ana Martínez Castillo (editores)
Eolas, 2025
180 páginas 17 euros
Territorios
David Roas
Páginas de Espuma, 2026
104 páginas 16 euros
Babelia Núm. 1.804 Sábado 20 junio 2026
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