martes, 30 de junio de 2026

Una mirada lúcida y algo despiadada a la justicia

El abogado y escritor Javier Melero, autor de la novela Crímenes decentes (Tusquets). QUIQUE GARCÍA (EFE)

Adscrito a un subgénero no muy frecuentado en España, el libro del abogado y escritor Javier Melero es un retrato sobrio y a ratos poético de un universo bien construido

Por Juan Carlos Galindo

La hiperactiva ficción criminal en España ha tenido castigada en un rincón a la novela judicial. No ha habido aquí nada parecido a la tradición de la literatura en inglés, representada con fuerza por nombres como John Grisham o Steve Cavanagh, pero puede que esa sequía se haya acabado. O, al menos, que exista una novela que abra un camino. El abogado Javier Melero presenta en Crímenes decentes (Tusquets) un libro ajeno a modas y tendencias, lleno de virtudes y escrito con una prosa sobria y cuidada.

El argumento no resulta nada extraordinario, como procede cuando las defensas del libro pueden ser otras más allá de la sorpresa al final de cada capítulo. El abogado Rovira es contratado por uno de los hombres fuertes de la ciudad (millonario sin escrúpulos, influyente y poderoso sin freno) para que defienda a su hijo, acusado de asesinato. Lo que parece un asunto entre yonquis (el niño pijo entra y sale de la adicción continuamente) se complica en una doble vertiente: el caso en su representación más legalista y el caso en cuanto que escarba en asuntos oscuros del pasado familiar. Todo esto aderezado con conversaciones del abogado Rovira con su amigo Foch, un personaje para el recuerdo que está metido en un lío, o más bien se quiere meter en un lío. Por honor. Y su colega se va a complicar la vida para ayudarlo. Es gente antigua y orgullosa, no del todo limpia, pero leal. Ya saben de qué tipo de personajes estamos hablando.

Hay en estas páginas inteligencia narrativa, personajes al borde del cinismo pero con suficiente carácter como para resultar atractivos. El protagonista no es un héroe. Es un tipo honesto, al menos consigo mismo, que sobrevive en un mundo cruel y lleno de mentiras con las herramientas que se ha dado, que no son pocas. Valora la amistad y de ahí vienen algunas de las mejores páginas de una novela que sabe salir de la trama judicial sin aburrir o distraer al lector. Ocurre lo mismo con Barcelona, excelente escenario alejado de la ciudad de postal; también con las lecturas y los libros y la música y el whisky, referencias que fluyen de manera orgánica y no como una simple lista de los gustos del autor transferidos al personaje (aunque, imaginamos, algo de esto también habrá).

No sabemos cuántos lectores han llegado a Melero, pero sí que los respeta a todos: las referencias culturales o las metáforas y frases cáusticas del héroe no se explican. Tampoco se recurre a un tiempo pasado tramposo, a una narración en dos épocas, para masticar bien la trama y que el receptor la reciba sin atragantarse. La claridad esta en la prosa del autor, no hacen falta trucos. Alguno igual habrá levantado una ceja al leer ciertas expresiones, elegantes eso sí, sobre la anatomía femenina. Pero esas son cosas del personaje, que ni es perfecto ni ha de serlo. No se confundan.

La trama, no hay que olvidarla nunca en el género, fluye a lo largo de las casi 400 páginas a un ritmo constante, a veces en primer plano, otras como telón de fondo de la vida del protagonista. Incluso cuando comete los excesos narrativos más peligrosos, la historia aguanta. Y lo hace porque antes ha construido una arquitectura moral de los personajes, sobre todo de Rovira, en la que se arraiga la verosimilitud.

Supone Crímenes decentes una mirada lúcida y algo despiadada, pero exenta de demagogia, a la justicia, un acercamiento en el que el autor aporta su experiencia para enriquecer los matices en la descripción de sus miserias y no para soltar soflamas morales que le digan al lector qué pensar.

Narrada en una primera persona muy sólida, de esas que hacen imposible pensar en la historia escrita de otra forma, la novela tiende a la melancolía y el final, poético, nada justiciero y poderoso, deja abierta la puerta a más entregas. Serían más que bienvenidas.


Crimenes decentes

Javier Melero

Tusquets, 2026

384 páginas. 21,90 euros


Babelia Núm. 1.802 Sábado 6 junio de 2026


viernes, 26 de junio de 2026

Volver de la guerra derrotado y sin ojos

Miniatura del códice Skylitzes Matritensis. BIBLIOTECA NACIONAL DE ESPAÑA


Por Julio Núñez

La inspiración le tocó el hombro al escritor mexicano David Toscana mientras observaba unas vitrinas que exponían el manuscrito Skylitzes Matritensis, uno de esos códices bellamente ilustrados y tan maleables por el paso del tiempo que parecen un paño de gamuza garabateado. Entre la multitud de miniaturas de oro y lapislázuli, Toscana encontró la historia de la derrota de los búlgaros a manos del Imperio Bizantino en la batalla de Clidio, en el verano de 1014. El cronista Ioannis Skylitzes relataba en pocas líneas el desenlace: el emperador Basilio II ordenó como represalia cegar a 14.850 soldados prisioneros y dejar tuertos a otros 150 para que sirvieran de lazarillos de aquel ejército ciego de regreso a su patria.

Con esta anécdota envuelta con retoques legendarios, Toscana se lanzó a escribir El ejército ciego, una novela espléndida cargada de ironía, humor negro y en la que varias historias entrecruzadas dibujan un relato sobre las tinieblas de la guerra y la luz escondida detrás de la ceguera. No es una novela histórica. El prosista mexicano va más allá y crea una obra literaria extraordinaria, que nos acerca hacia el paramo que se abre paso tras perder la vista y adaptarse a una nueva vida donde la única realidad que ha cambiado es la de uno mismo.

Para ello construye personajes apasionantes: Zósimo, el maestro sacaojos que se reconvirtió en el encargado de encajar canicas en las cuencas vacías de los soldados ciegos. Sóndok, el guerrero lector, que tras regresar de la fatídica batalla se ponía delante de sus orificios oculares la Primera carta de San Pablo a los corintios para intentar descifrar de nuevo aquellas letras. Seráfim, que volvió sin sus ojos azules a la casa y taller de pergaminos de su padre, guiado por su hermano tuerto Tódor.

Todas ellas son melodías de una canción coral, trufadas en 62 capítulos cortos y numerados con el alfabeto del antiguo eslavo eclesiastico, que componen la aventura de 15.000 hombres humillados, a los que sus familiares y patria acogieron como un lastre más difícil de cargar que el luto por la pérdida de un ser querido en la guerra. Dentro de esas sombras, especialmente, Toscana retrata también la dignidad de estos hombres y su ilusión por la vida.

El ejército ciego se imprimó y salió a la venta este marzo con el sello del Premio Alfaguara de novela 2026. Y ciertamente merece esa distinción por su relato novedoso, su estilo, estructura y ritmo. Así apuntó el fallo del jurado literario: "El autor crea una fábula oscura y poderosa, alejándose del relato histórico convencional para ofrecer una lectura simbólica, casi mítica, sobre la guerra, el poder y la resistencia. La novela adquiere un tono oral y poético que mezcla testimonio, leyenda y humor negro. Una gran épica sobre los vencidos"

El ejército ciego es una gesta sugerente, escrita con una voz propia, la de Toscana. Una novela que no es de un solo uso, pues en sus historias yace esa magia que te encadena a sus páginas y, cada cierto tiempo, uno regresa para reencontrarse con sus personajes y diálogos. Con las infinitas realidades de los soldados sin ojos. Como entona el guerrero narrador en el libro: "Los ojos malgastan tiempo, páginas y tinta. Cuando uno deja de ver la vida lo que hace es vivirla".




El ejército ciego

David Toscana

Alfaguara, 2026

229 páginas. 19,90 euros


Babelia Núm 1.795 Sábado 18 de abril 2026

lunes, 22 de junio de 2026

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El filósofo Santiago Alba Rico aborda algunas cumbres de la literatura, del Quijote y El idiota a Moby Dick y Tintín, y construye un patrón intelectual de lectura tan coherente como libre.

Por Anna Caballé


'Don Quijote y Sancho Panza' (ca. 1895-1900), óleo del polaco Jacek Malczewski (1854-1929).

Heritage ART Images / GETTY IMAGES


¿Es posible atravesar el aguacero de la Historia sin que nos moje una sola gota? ¿Podemos cruzar el mundo bajo una lluvia de átomos y regresar a casa completamente secos? ¿Se puede detener el tiempo? Son algunas de las preguntas que se hace Santiago Alba Rico en su maravilloso ensayo Elogio de la literatura. Obras paralelas, donde, de una forma tan libérrima como respetuosa con la tradición literaria, este pensador, guiado por sus gustos, aborda el comentario de una serie de novelas, de Kafka a Proust, pasando por Austen, Melville, Dostoievski, Cervantes, Hergé, Potter, McCullers, Mary Shelley, Dickens y Hasek. Más que resolver los problemas que plantean las preguntas que se hace el autor, Alba Rico los disuelve extendiéndose en las posibilidades de reflexión que ofrecen.

Se diría que su autor adopta, tal vez consolida, un giro en su trayectoria intelectual, y de una filosofía inclasificable, por singular, en obras como Capitalismo y nihilismo o Penúltimos días. Mercancías, máquinas, hombres, pasa a una filosofía -porque sin duda es el libro de un filósofo- centrada en la sensibilidad y en el atractivo de las ideas que las obras seleccionadas sugieren. En todo caso, los libros de referencia de dichos autores - La metamorfosis, Moby Dick, Don Quijote de la Mancha, El idiota, Tintín en el Tíbet...- constituyen una especie de santuario personal al que Alba Rico afirma haber vuelto una y otra vez a lo largo de su vida, y sin duda es así a juzgar por el dominio que ostenta de tramas y personajes. Digo ostenta, pero ninguna ostentación hay en su obra y eso, la humildad con que se sitúa moralmente, hace su lectura intensa y cautivadora. Nada de dar lecciones, nada de sentirse fortalecido por la rectitud de sus opiniones, Alba Rico es solo un lector y como lector rendido a la idea de que la creación lo es todo. Un hombre, en definitiva, que adora la literatura y ha hecho de la lectura una profesión de fe, como ya anticipaba en un libro anterior titulado Leer con niños (2007).

Confieso que soy reacia a los elogios y defensas de la literatura concebidos como un microgénero ensayístico. No entiendo muy bien de qué hay que defender la literatura: ahí está, sosteniéndose por sí misma, como todo verdadero arte. Y así, con cierta prevención, abrí el ensayo. Parecida prevención a la que sentí de inmediato ante la defensa cerrada que se hace de la ficción y de su autonomía, es decir, de la separación del escritor con respecto a su creación, planteando la superioridad de las obras con relación a los autores que las concibieron. A esta distancia (epistemológica) autor-obra la define como disforia narrativa. Un planteamiento que a partir del formalismo ruso está comúnmente aceptado en la teoría literaria. Pero ¿está Alba Rico en lo cierto? Yo dudo de esta forzada separación o disforia y me entristece pensar que debo escamotearle a un hombre o a una mujer la grandeza de haber sido el responsable de una obra que admiro. ¿Por qué la obra debe considerarse superior al que la gestó con sus entrañas, con sus pensamientos y obsesiones, con sus pasiones o desánimos? Simplemente, son dimensiones distintas: realización humana y resultado no admiten comparación.

Dicho esto, con el ánimo, sin embargo, de seguir pensando en ello, no tuve más que dejarme llevar por los densos e inteligentes comentarios que se prodigan en el libro para olvidarme de cualquier reparo teórico y comprender que estaba ante un análisis literario finísimo y un modo de abordar el comentario de un grupo de novelas, emparejadas a lo Plutarco, capaz de construir un patrón intelectual de lectura tan coherente como libre. ¿Cómo opera dicho patrón? En primer lugar, de una forma desentendida de cualquier metodología crítica. Alba Rico trenza su escritura mediante la vertebración de todo tipo de asociaciones -emotivas, estéticas, analíticas, filosóficas y también biográficas- según le convenga, sacando a la luz las tensiones -sea la de la relación yo-mundo si hablamos de Austen; la fundación de una psicología del tiempo en Proust; la compasión que siente Dostoievski con los oprimidos...- que trascienden la comprensión de la novela que trate en cada momento. Y como toda investigación genuina, el resultado no puede ser más gratificante. Dicho en dos palabras: el libro es un grito que clama contra la contracción cultural de nuestro tiempo, mostrando con la fuerza de las ideas la pluralidad de intereses que contiene una gran novela. ¿Con todo ello puede cambiarse el mundo? La respuesta es no -lo confirma el propio Alba Rico-, pero la literatura ayuda a ensanchar sus fronteras y en este sentido demuestra que es imprescindible.

Curiosamente, la pieza dedicada al Quijote, en la que el autor parece tener menos confianza y sentirse más inseguro, es donde alcanza, en mi opinión, su mayor logro analítico. La forma de abordar una novela, ahondando en la dureza de la cultura española y en la fragilidad del personaje, es un ejercicio soberbio al vertebrar todos los factores involucrados en la obra de Cervantes. En resumen, ¿tenemos algo que agradecerle a Santiago Alba Rico? Si más no, una cosa y es que nos conduzca, como lectores suyos, al corazón palpitante de la literatura. Un festín.


Elogio de la literatura. Obras paralelas

Santiago Alba Rico

Akal, 2026

552 páginas. 26,90 euros



Babelia Num. 1.802 Sábado 6 de junio de 2026