miércoles, 28 de enero de 2026

La humanidad involuciona, y la culpa es de los ricos

Rachel Kushner firma una potente novela de espías existencial en la que dispara contra el conservadurismo extremo de la época, el más feroz de los lobos

Por Laura Fernández

Bruno Lacombe es un ideólogo, una suerte de nuevo Mesías, el tipo que ha entendido que el capitalismo no se puede desmantelar, que lo único que podemos hacer para librarnos de él es apartarnos. ¿De qué? De la vida como lleva siendo entendida desde que el Homo sapiens sustituyó al neandertal, y permitió a nuestros prehistóricos antepasados abandonar las cuevas y empezar a demostrar de qué forma éramos mejores que los demás, cómo nuestro césped siempre es el más verde que el del vecino -o debería-. Bruno Lacombe vive en un cobertizo y desde allí predica Su Palabra en filosóficamente pomposos -puro narcisismo desatado- correos electrónicos que envía a sus adeptos- a los siguientes en la cadena de mando de su peculiar secta ecorradical afincada en la campiña francesa- y que la protagonista de la nueva novela de Rachel Kushner (Oregón, Estados Unidos, 57 años), Sadie, Sadie, Smith, está leyendo a escondidas. ¿Por qué? Porque Sadie es una espía. Pero una que hizo algo terriblemente mal y fue despedida del Gobierno. Ahora se dedica a trabajar para misteriosos clientes externos de los que nada sabe, ¿y no es eso peligroso?

Aquello alrededor de lo que gira la novela, una bomba meticulosamente construida -el destilado de las frases de Kushner persigue la perfección que ha hecho único a Don DeLillo, pero, en su caso, es una perfección no flotante, sino en extremo arraigada a la tierra-, es la perdición, es decir, la humanidad está por completo perdida, prácticamente desaparecida en un ir y venir de mensajes contradictorios -eso que se ha dado en llamar el turbocapitalismo, y que Lacombe prefiere considerar un capitalismo tardío, crepuscular, desesperado-, y, para encontrarse, está dispuesta a dar un par de millones de pasos atrás y volver a las cuevas. No la humanidad al completo, por supuesto, sino el tal Lacombe y su corte de seguidores. Un tipo en exceso privilegiado -un rico, un alguien sofisticado, clasista- que considera a los thales- así llama a los neandertales- sus iguales. No había en ellos, dice, la sed capitalista que dominó desde el principio, dice, a los Homo sapiens, ese querer ser mejor todo el tiempo, y aplastar al otro.

No admite Lacombe, ni siquiera se plantea, en esos correos electrónicos aceptados en la cueva, que nada de lo que le ha llevado a pensar así, a siquiera pensar, existiría sin esa ansia de progreso. Entiende el progreso como un atraso, y he aquí la flecha -el nido, en realidad, de ellas- que Kushner- no olviden, autora de Los lanzallamas, activista, a su manera, de un despertar de la conciencia ante la injusticia pasada, presente y futura- dispara contra el conservadurismo extremo de la época. Un conservadurismo que se presenta como un cordero al que el lobo trata de zamparse cuando es el más feroz de los lobos o, mejor, de los buitres, pues se alimenta de lo ya muerto, en el caso de Lacombe, de lo muerto hace millones de años, la especie no conectada y no superviviente, vendida como una exquisitez dedicada únicamente al pensamiento en sus cuevas, a solas, en una hipotética ucronía utópica. La mirada cínica, y poderosa de la descarriada agente Smith, convierte la aproximación a semejante burbuja en un apasionante tira y afloja metafísico existencial (muy muy terrenal).

He aquí pues una novela de espías en la que el objeto de estudio no es único porque, en un juego de espejos tan sutil que se vive como un viaje lector, la propia Sadie se disecciona a sí misma o a aquello que queda de ella después de haber sido invadida por su condición de espía, o pieza de una sociedad en la que ella misma no tiene tiempo de pensar, porque ¿qué es su vida sino servir a sus clientes? Hasta sus relaciones personales -el sexo, ningún tipo de amor- están marcadas por aquello que no puede dejar de ser, es decir, algo usable, un producto más del sistema que, desde la cueva, Lacombe critica. Sí, la reflexión está servida. Y es intensa. Y también muy divertida.


El lago de la creación

Rachel Kushner

Traducción de Javier Calvo

AdN, 2025. 448 páginas. 21,95 euros.


Babelia Núm. .778. Sábado 20 de diciembre de 2025




sábado, 24 de enero de 2026

Los fantasmas que nos sobrevivirán

 Por Andrea Toribio


Estoy cansada. Estoy agotada. Estoy abatido. Estoy destruida. Estaba así hasta que cayó en mis manos Arterial, de María José Galé Moyano (L´Hospitalet de Llobregat, 50 años). Ahí la cosa mejoró, me entretuve para bien; fue como si las gasolineras volviesen a vender cintas de casete en esos expositores negros de metal que daban vueltas. Regresaba la ficción. De su mano una apuesta por la narrativa revolucionaria y una reflexión en torno a lo privado y lo íntimo en absoluto agradable, tal y como lo fue en su momento Sangre en el ojo, de la escritora chilena Lina Meruane.

En esta novela, Galé Moyano despliega tres historias, por decirlo así, que terminan trenzándose. En primer lugar, encontramos una voz narrativa que explora la teoría en torno a la sangre, ese líquido más viejo que el oro, y a sus múltiples significados, prácticamente desde el siglo XV: Inquisición, castellanos viejos, el caso del doctor Charles Drew vía Philip Roth; personalidades expertas en la materia como Henry Kamen o Jaime de Salazar y Acha. Luego nos topamos con una segunda voz, la de una artista de nombre Florencia D., que trabaja con la intimidad de los demás, entendiéndola de una forma extrema y radical. Esta  colabora con alguien del ala de cirugía de un hospital, y con el permiso previo de los pacientes los fotografía mientras están en el quirófano. Por último, Django ("Jango cabrón", que le han escrito una pintada frente a su casa), un muchacho de barrio en la veintena -un antihéroe escrito además en segunda persona- al que acaba de morírsele su madre, Rosa, tras una larga enfermedad y que, de indicar a unos chavales en un coche la dirección de un bar, acaba por azar en la exposición de Florencia. Todo esto, tras pasar la noche entera con ellos y con otros seres que le son familiares y que idealizó, como es el caso de Consuelo y de su hija, la Chelo. El pasado es ya una traición movediza en la memoria.

Hablo todo el rato del giro drástico de Galé Moyano porque eso es lo que aquí plantea, mostrar en ficción la cicatriz, no lo que ocasionó la herida. Tampoco quién. Exponer la sangre tal vez es lo obsceno y lo pornográfico, lo que se explica por sí solo y apenas necesita elaborarse. Porque ese es quizá el dilema al que nos enfrentamos a la hora de encarar hoy la ficción, ¿qué mostrar?, ¿qué no enseñar? La autora nos dice, un poco, que para ese viaje no hacían falta alforjas. Si lo exhibes, exhíbelo todo. atrévete. Si no, guárdatelo, guárdatelo para siempre.

En Arterial todo es nuevo y a la vez viejo. Aquí hablar de sangre, de la sangre, es disruptivo, de la sangre como fluido. La de esta novela es una prosa aguda que se permite jugar sin grandes aspavientos o experimentos inhábiles, lo que le permite huir de la pompa que destilan los libros a los que llamamos artefactos, por no saber dónde ponerlos, y de aquellos textos hechos a base de costuras y remiendos. Hay también códigos reconocibles en la novelística y, al mismo tiempo, hay escenarios que, gracias al pacto de ficción que establece Galé Moyano, generan en nosotros una necesidad de reacomodarnos para acomodarnos que pocos libros siquiera llegan a rozar.



Arterial

María José Galé Moyano

Candaya, 2025. 176 páginas. 19,76 euros


Babelia Núm. 1.782. Sábado 17 de enero de 2026