lunes, 12 de octubre de 2026

Ángela Molina: o la naturaleza

 MÁS ALLÁ DE LA BELLEZA


Una generación de españoles asocia la sensualidad de la actriz con la vida naturista de Ibiza



MANUEL VICENT

25 JUL 2014


La actriz Ángela Molina retratada por Jordi Socías.

Todo en esta mujer parece de verdad. Ángela Molina ha dejado madurar el rostro a su aire, más allá de la belleza, sin afeites que no sean el agua clara y un poco de cera en los labios, una actitud que, tal vez, obedece a un compromiso formal con los cuatro elementos que, según los presocráticos, conformaban la naturaleza: la tierra, el agua, el aire, el fuego. Con estos cuatro materiales suele construirse un alma y también una forma de vivir.

Ángela te lleva a pensar en esas tanagras de barro con que los alfareros de los litorales de Asia Menor representaban a las diosas de la fertilidad. Esas figuras participaban de una cultura popular y permanecieron enterradas en la ruinas hasta que fueron afloradas por cualquier pastor o labriego y elevadas luego a las vitrinas de los museos de Creta y de Atenas. Hasta allí llegó Picasso con un cuaderno de dibujo para robar la expresividad de esos rostros, la construcción dispar de sus cuerpos, un ojo en el occipital, maternidades de anchas caderas, labios largos, que también servían de vasos o recipientes de vino o de aceite o de lámparas votivas.

La sensualidad que despide la imagen de Ángela Molina lleva también al agua de mar, al légamo de algas, a los baños de barro de l’Espalmador. Una generación de españoles ha asociado a esta actriz con la vida naturista de Ibiza. Esta isla se convirtió en paradigma de la libertad en los primeros años de la Transición. Realmente fue descubierta por los bohemios locos, años cincuenta, que la asaltaron para vivir una inspiración que se inventaba cada día. Vida barata, gente sencilla, silencio, cigarras, paredes de cal, lagartijas. Artistas, escritores, golfos de oro, establecieron su estética sobre una esfumada polonesa de Chopin, los pantalones masculinos de la señora George Sand y la luz áspera de la sequía que iluminaba la filosofía de Walter Benjamin. Posteriormente fue exaltada por el hipismo auténtico y luego vulnerada por impostores de receta, por la especulación, la moda y el turismo masivo. Cada día los barcos descargaban jóvenes guerreros que iban a librar batallas de sexo. Todos se sentían vencedores. Frente a esta Ibiza falsificada, la de Ángela Molina parece que aun es aquella de verdad. Parir hijos dentro del agua, coronarse con la sombra de una higuera, permanecer desnuda de noche señalando las constelaciones, vivir la vida beata al margen de la ansiedad de estar siempre en primer plano, ser sincera y distinta. En los años setenta comenzó en nuestro país a establecerse el nudismo como una actitud higiénica y natural. También fue una conquista de la libertad de los cuerpos que iba pareja a la libertad política y acompañada por la cocina vegetariana, la teoría de las semillas, pulseras energéticas, infusiones de percepción, recetas de la abuela, ascensión a la salud mediante el kéfir y el yoga.

De los cuatro elementos que componen la naturaleza presocrática el aire trabaja de escultor; es el que ha tallado el cuerpo de esta actriz y ha dejado en los rasgos fuertes y abiertos de su rostro un dramatismo maternal inquietante. Fue el aire limpio de la Ática el que limpió con el tiempo los colores de las esculturas, de los templos y no cesó de soplar hasta que el mármol no recuperó el blanco esencial del hueso. Por muchas vueltas literarias que uno da al perfil de Ángela Molina siempre se acaba atraído por la historia de ese aire de Ibiza que la ha esculpido.

Ángela nació en Madrid, en 1955, hija del cantaor flamenco Antonio Molina, aquel que dejaba sin respiración a los españoles en la época de la autarquía con los jeribeques que realizaba con la voz en el aire. Cantaba Soy minero y nos hacía saber que la vida era muy oscura trabajando en el carbón. Ángela y sus hermanas crecían al amparo religioso de este flamenco y mientras tanto el fuego que la niña mayor llevaba en sus entrañas la reservó para tener cinco hijos, Olivia, Mateo, Samuel, Antonio, María Isabel, fruto de dos nupcias formales. El afán de la maternidad que esta actriz conjugaba con la armonía vital a ras de la naturaleza no impidió que algunos directores de cine, Buñuel, Gutiérrez Aragón, entre otros muchos, desvelaran el fuego que lleva dentro este animal de pantalla. Su rostro puede ser un símbolo de ese objeto oscuro del deseo que rodó con ella Luis Buñuel en 1977 cuando este país estaba rompiendo aguas en un parto difícil, puesto que la libertad venía de nalgas. Sexo misterioso y profundo, masoquista, turbulento, esta película puede leerse ahora como una metáfora de los turbulentos azares de aquel tiempo. La libertad de nuestro país también ha sido un largo viaje en tren donde un caballero cuenta el infortunio con una bailarina que juega con su obsesión amorosa inseparable del odio y la frustración. Una mujer al alcance de todos los deseos y a la vez tal lejana y natural. Una cocinera en la mitad del cielo.



Manuel Vicent


El Pais 25 de julio de 2014



domingo, 4 de octubre de 2026

Anda, atrévete

MÁS ALLÁ DE LA BELLEZA

MANUEL VICENT

23 AGO 2014 



La actriz Maribel Verdú. JORDI SOCÍAS

A las ocho de la mañana en las paradas de autobús había pasajeros silenciosos e incomunicados bajo la marquesina, cada uno con sus sueños y problemas a cuestas, que se disponían a acudir al trabajo. En uno de los paneles laterales de cada parada el cuerpo adolescente de Maribel Verdú exhibía una lencería sugerente, mínimas bragas caladas, un sostén rebosante y un mohín oferente entre ingenuo y malvado en los labios. Era entonces Maribel una modelo publicitaria explosiva de 13 años, un auténtico pastel de carne. A muchos hombres no les importaba en absoluto que el autobús se retrasara, puesto que eso significaba seguir dándose un banquete mirando de soslayo aquellas formas desnudas adorables. Cuando los pasajeros subían al vehículo Maribel Verdú les seguía con la mirada intensa, incluso a través de la ventanilla, hasta doblar la esquina. Cada pasajero creía que aquella mirada oscura era exclusiva para él y parecía algo más que una invitación a comprar esas prendas íntimas. Era una tentación a romper con la vida anodina y a huir con aquella chica de la valla lejos, muy lejos, a cualquier paraíso perdido.

Después de un día de trabajo con todas las frustraciones y miserias que se acumulan al final de la tarde, los pasajeros se apeaban en la parada y allí estaba Maribel Verdú, sonriente e intacta, esperando con otra oferta en la mirada. Se trataba ahora de navegar la noche con ella más allá de los sueños. “Mira cómo estoy, quédate conmigo hasta la madrugada. Anda, atrévete”, parecía decirles a los jóvenes oficinistas, a los empleados honrados, solteros o casados, gente común, generalmente derrotada. Mientras ellos volvían a casa ella se quedaba allí a esperar a que alguien se la llevara y algunos caballeros soñaban de noche con esa chica y al día siguiente ella les volvía a invitar a una excitante e imposible huida. Ese era el juego excitante de cada día, invierno o verano, que también se repetía en las estaciones de metro. Desde el convoy, los pasajeros veían el panel donde la chica mostraba sus curvas malvadas como una ráfaga sobre la multitud que llenaba los andenes. Era un tiempo en que el ciudadano comenzó a interiorizar el cuerpo de esta chica como una categoría a priori de todos los sueños imposibles de alcanzar, los cinco sentidos que convergían en una mirada que te acompañaba bajo las acacias de la ciudad hasta el interior de la almohada. Pero una madrugada, Maribel Verdú fue secuestrada, cosa que no sorprendió a nadie. En varias paradas de autobús el panel había desaparecido. Un enamorado anónimo la había arrancado de cuajo, se la había llevado a casa y la había encerrado en un sótano amordazada solo para adorarla. No pidió rescate. Era ella misma el precio a pagar.

A la edad de 15 años, Maribel Verdú pasó de los spots publicitarios y los catálogos de modas al cine de la mano de Vicente Aranda, su más devoto oficiante. Desde el principio la actriz tuvo que pelear con su karma. El espectador se cabreaba si a los diez minutos Maribel Verdú no aparecía desnuda en pantalla. “¿Cómo, llevamos un cuarto de hora de película y todavía está vestida?”. Durante algunos años la gente se saciaba con su cuerpo y no trataba de ir más allá. ¿Para qué si, ya con la piel de aquella Lolita que olía a lavanda, con la alegría saludable que le manaba por todos los poros y su inocencia malvada que te llevaba cualquier perversión, había de sobra para dar vida a todos los fantasmas? La carrera de esta actriz ha sido el denodado esfuerzo para hacer olvidar su cuerpo y demostrar que era capaz de expresar hasta el fondo los sentimientos más sutiles y las pasiones más enrevesadas cuando la moldeaba un director de talento. Desde el primer momento el espectador supo que Maribel Verdú era una gran actriz solo a merced de quien supiera explorarla.

En el momento en que su cuerpo y su alma de artista se encontraron, este país pasaba por un tiempo pletórico de lujo, cuando nadie era nadie si no era rico. La corrupción política ya estaba aflorando y todo parecía oler a podrido. Pero la belleza de Maribel Verdú parecía un regalo que hacía olvidar otras miserias.

En el papel de drogadicta en una película de Armendáriz rompió su propio molde y en Belle époque, de Fernando Trueba, era la más descarada y la que aceptaba el sexo como un fruto alegre y natural de la vida. Pero es Amantes, de Vicente Aranda, la que marca su ruptura, y a partir de ahí comenzaron el éxito y los premios en cine y teatro, toda una carrera en la que la actriz ha trascendido la edad, toda una mujer muy bien hecha por dentro, en favor de la estética, un don que es más profundo y que va más allá de la belleza.



Manuel Vicent


El Pais


sábado, 3 de octubre de 2026

Una casa, un libro



Por Maruja Torres

Mientras se escribe un libro, uno se mueve en una casa que al mismo tiempo va construyendo y modificando. Empezar un capítulo es a menudo inventar una habitación con la que no contábamos, luego hay que ir pensando en ampliaciones, nuevos personajes, escenas. Sigilosamente, el autor -la autora- traslada los muebles de lugar, reduce o aumenta la distancia entre el techo y el suelo, propone que una mujer se asome a un balcón e inventa o recrea el paisaje que los ojos de la mujer contemplan. Medidas a la medida de lo que se quiere contar. Durante el proceso, los personajes, que ya son personas, al igual que la casa es ya un habitáculo, podrían ser borrados del mapa como lo son los seres y los edificios de verdad por una catástrofe natural, una guerra o un túnel en construcción. En el caso de la ficción, su fragilidad resulta aún más temible porque basta con una pequeña catástrofe privada, un desastre al que sea sometida una sola persona -quien escribe, para que la entera construcción se vea en peligro. Por eso hay autores que nunca se meten en la cama mientras tienen un libro a medias, por miedo a no despertar y a condenar a sus criaturas a la aniquilación, o a esa otra forma de desaparición en la falacia que es la publicación final a cargo de unas manos vicarias, cuya voluntad o conocimientos nunca suplantarán las infinitas posibilidades de quien creó y sabía.

Todo esto viene a cuento porque acabo de terminar un libro muy extraño. Y aunque es cierto que, como siempre, me ha salido más o menos una casa con gente y con historias, y que he sentido, al escribir la última palabra, que una puerta se cerraba detras de mí-la puerta de la que ahora es su casa, la de los personajes, aunque todo eso ha vuelto a ocurrir, se han añadido experiencias nuevas. Porque ya he dicho que es un libro extraño.

Es algo que he escrito mientras la realidad -novelera-ocurría en torno a mí y en mí, y al tiempo que yo misma, de-liberadamente, influía en esa realidad para obtener de su manipulación un capítulo más, una línea a seguir. O bien me he metido a ciegas por caminos desconocidos, caminos físicos y caminos del corazón qué palabra tan devaluada, lo siento-, solo con el objeto de experimentar sacudidas que pondrían a prueba mi forma de describirlas.

Al escuchar el seco golpe de la puerta de mi libro y con la misma mano que, por angustia, me llevaba a la garganta, he tomado después la lave real y he dado tres vueltas, y antes de eso he echado una ojeada a la casa de verdad que quise para mí-y que mantengo- en la ciudad, Beirut, donde transcurre mi ¿novela? No sé cómo llamarlo.

Por las noches, en la cama, yo no temía que, si un ataque al corazón me impedía despertar, la casa y sus habitantes desaparecieran: porque lo harían en mi libro, pero no en la vida que me he dado en otra ciudad y en otro ámbito, una vida que pasa por mi libro como si caminara de una página a otra.

Y a todo esto ocurre que, cuando me dispongo a recuperar la otra vida que tengo en Barcelona, la que incluye la publicación del libro y su promoción -y, en cierto modo, su protección sentimental-, mientras me encamino hacia la ciudad señorial y entera en la que nací, voy convirtiéndome en un personaje que actúa para desarrollar su papel tal como estaba previsto. La escritora desaparece y recupero el rol que he de jugar. Siempre lo supe, que era un juego, y ademas lo desempeño muy a gusto, con mucho placer y con inesperadas sorpresas.

Pero esta vez -enfrentada a la dicotomía que existe entre las dos ciudades con B, lo que ambas representan- descubro que en la última literatura que inventé en la ciudad deshilachada, en la otra orilla, no sólo soy la persona que soy, sino también aquella que quiero ser.

Por eso cuando aprieto la llave de mi piso de Hamra, detrás del Commodore y de otro arruinado hotel al que Arafat solía invitar a sus visitas, el Wiener; cuando aprieto esa lave y recuerdo los vestidos que dejé colgados en el armario, el perfume del jabón de tocador y la luz que entra por los bal-cones, sé que a esa ficción volveré. •


El Pais Semanal Núm. 1.575 Domingo 3 de diciembre de 2006