jueves, 30 de julio de 2026

Chuck Palahniuk Escritor

 Chuck Palahniuk: “La literatura transgresora en EE UU acabó con el 11-S, cuando todos nos convertimos en terroristas”

El autor publica en España su último libro mientras prepara el próximo y celebra los 30 años de la publicación de ‘El club de la lucha’ con un repaso a su dilatada carrera



El autor estadounidense Chuck Palahniuk, en su casa cerca de Portland, el 4 de enero de 2025.

Daniel Berman (Redux / Europa Press)


Laura Fernández

Avilés - 25 JUL 202

Hubo un tiempo en el que Chuck Palahniuk (Portland, EE UU, 64 años) acudía asiduamente a todo tipo de terapias de grupo. Era como su personaje en El club de la lucha, Marla Singer. Se hacía pasar, como ella, por alguien aquejado de lo que fuese de lo que la terapia trataba. Trabajaba en una fábrica de camiones por entonces. Había estudiado periodismo, pero el periodismo no le había hecho rico. Ni siquiera le daba para vivir. Mientras asistí al taller que el escritor Tom Spanbauer daba en su casa. "Cada semana teníamos que escribir un relato, y yo necesitaba ideas", recueerda.

Hoy es un autor de fama mundial. En 1996 publicó El club de la lucha y la adaptación cinematográfica que estrenó David Fincher en 1999 se convirtió en un clásico instáneo y sigue muy viva. Pese a ello, Palahniuk tiene una vida pequeña. No va de vacaciones desde 1988. "Me gusta estar en casa", asegura. Vive en un lugar aislado, en las afueras de Portland, en lo que se conoce como una "isla residencial", es decir, una casa sin vecinos, con más de tres kilómetros de bosques alrededor. Tiene un bonito jardín, que le encanta cuidar. ¿Su planta favorita? "Los geranios, porque siempre están floreciendo", responde en un encuentro con EL PAIS en Avilés (Asturias), adonde viajó la semana pasada para participar en el Celsius 232, el festival de fantasía, terror y ciencia ficción que se celebra en la localidad asturiana cada verano a mediados de julio. Y no deja de pensar en que cuando vuelva a casa, la pequeña Tick, una cachorra de bulldog francés gris y blanca, diminuta aún, "será ya enorme". Está cuidando de ella su marido, Mike. "A veces pienso que los escritores necesitamos poder comunicarnos sin hablar con otros seres vivos. Animales, plantas. Yo, al menos, lo necesito", dice.

En España se acaba de publicar su más reciente novela Inducción por Shock (Random House), pero sobre la mesa tiene un ejemplar de pruebas de la próxima, Galleria, que verá la luz a principios del año próximo. "Hago eso cuando viajo, corregir pruebas", confiesa. Galleria es un homenaje a Kilgore Trout, el escritor de ciencia ficción creado por Kurt Vonnegut, el más entrañable perdedor que ha existido nunca. "La idea es que el hijo de un escritor como Kilgore Trout, que escribió muchísimo pero todo lo publicó en revistas horribles, está tratando de reconstruir a su padre a partir de los relatos que escribió. No es fácil, porque tuvo cientos de seudónimos, de hombres y mujeres. Pero leyendo sus historias es posible seguir lo que le estaba pasando en cada momento. Y eso está buscando su hijo de 19 años", cuenta.

La novela, en palabras del autor, "es una especia de Crónicas marcianas, esas novelas que se hacían a partir de relatos con un hilo conductor. Un homenaje al formato también", explica. "No he tenido hijos, y me he perdido la posibilidad de revivir ciertos momentos, y repararlos. Creo que mis novelas hacen eso de alguna forma. Me permiten elegir otro camino. Verme desde fuera. Son un poco como los hijos que no he tenido", confiesa.

Su relación con su padre fue compleja, una historia de violencia hasta el final. Su padre, Fred, había visto como su propio padre -el abuelo de Chuck- mataba a su madre. Tenía tan solo tres años. Y, durante la infancia y parte de la adolescencia del escritor,  le trató despectivamente. Luego se separó de su madre, y desapareció. Volvió a aparecer después del éxito de El club de la lucha, e hicieron algo así como las paces. Pero al poco, murió asesinado por el exnovio de una mujer a la había conocido por un anuncio de contactos, Donna Fontaine. El exnovio, un criminal convicto, amenazó con asesinar a cualquiera que estuviera con ella, y lo hizo. Los mató a ambos y quemó la casa en la que se encontraban. Palahniuk reconoce un gusto por lo macabro. Sus personajes son siempre alguien que ha sido expulsado del sistema y trata de volver a él macabramente y sin éxito. Dice que "los medios de comunicación hablan siempre de blanco o negro, o somos muy malos, o somos muy buenos, y a mí me interesa todo lo que queda entre medias, todo eso que también somos todo el tiempo", dice. También afirma que la "ficción transgresora", eso que hacen él y Bret Easton Ellis o Ryan Murphy con su antología televisiva American Horror Story, "se acabó después del 11-S". "Después del 11-S mis novelas fueron consideradas terrorismo. Ryan Murphy dio en el blanco en 2007 con su casa encantada. Llegó en el momento de la crisis económica, donde el terror empezaba en casa, y encerró a sus personajes ahí para siempre. Fue una genialidad. El terror es el único género que permite hoy la transgresión, el único que puede reflexionar sobre lo que estamos viviendo y atacarlo a la vez".

Sin ir más lejos, en Inducción por shock habla de un instituto de altísima reputación en el que se está dando una epidemia de suicidios que encubre un mercado donde los estudiantes prometedores se venden al mejor postor a cambio de poder. "Llevo un tiempo obsesionado con la hipnosis", dice. De hecho, durante su charla en el Celsius de Avilés, trató de hipnotizar al público -con cierto éxito- repitiendo "make a circle, make a gun" (haz un círculo, haz una pistola) y haciendo a la vez el gesto. "Es curioso. ¿Te has fijado en la manera en que Donald Trump da la mano? Siempre te lleva como hacia él, y esa es una técnica de la hipnosis, lo que se llama inducción por shock. Al llevarte a su territorio, te deja por un momento sin defensas, estás, de alguna forma, en su poder", relata.

Termina con una reflexión sobre la escritura: "De niño y adolescente, sonaban canciones en la radio que eran historias. Como el American Pie de Don McLean. Todo era maravilloso. Echo de menos las baladas de los setenta. La cosa es que yo leía a Francis Scott Fitzgerald y no entendía por qué había renegado hasta de la trama en sus historias. ¿Por qué no podía escribirse prosa como una canción y que la recordemos para siempre? Hoy, 30 años después de que se publicara El club de la lucha, aún hay quien me recuerda las reglas. Porque eran como el estribillo de la novela". Sonríe.


El Pais Sábado 25 de julio de 2026


viernes, 17 de julio de 2026

El sueño de la meseta produce monstruos.

Frente a la tentación de lo bucólico de cierta literatura neorrural, varios autores están explorando el vasto y complejo territorio castellano desde el realismo sucio, la fantasía y el terror

Por Silvia Hernando

A Israel Merino (Toledo, 2000), en el pueblo donde se crio le llaman el matón. No porque se haya llevado a nadie por delante o lo haya amagado: es una herencia familiar. De un bisabuelo materno, que una vez se ventiló de un puñetazo a un toro que se había escapado. O eso cuenta la leyenda. "¿Y por qué tengo que cargar yo con el mote de matón, si no tengo media hostia?", protesta el escritor al teléfono. Es lo que tienen los sitios pequeños, que a veces las identidades se comprimen en un apodo y que, para colmo, el mérito ni siquiera es propio sino que viene de serie, como una mancha mongólica. También, que los traumas, como los sobrenombres, se van enquistando y se extienden entre las generaciones. "A mí se me juzga por lo que mis antepasados han hecho, remacha Merino. "Y yo, pues no quiero ser un matón".

En su segunda novela, Epifanía (Temas de Hoy), hay algo de ajuste de cuentas con todo aquello: los motes, los traumas, la idea de pertenencia. Los rencores que nunca, jamás, se disipan, ni aun frotándolos con lejía o cal viva. Sucede en uno de esos pueblos que desbordan el nombre, lugares intermedios, suspendidos en un limbo demográfico donde al final no se puede rascar demasiado, ni lo pintoresco de las aldeas ni lo estimulante de las ciudades. En este que fabula Merino desde el recuerdo conviven (es un decir) dos clases de habitantes: los autóctonos, que dictan y tensan los códigos locales, y los forasteros, categoría que uno es susceptible de integrar aun habiendo nacido y vivido siempre ahí.

Por medio de cinco historias conectadas por la tragedia de un accidente de coche, el escritor va ensamblando un thriller grotesco y sangriento, testosterónico y lisérgico. Suspense castizo que se despliega sobre el reverso mugriento de una Castilla donde no se avistan fortalezas sino esqueletos de edificios a medio levantar, unas afueras de las afueras a base de amalgamas de calles desharrapadas cuyos cascos viejos - que no antiguos- tienen como templo más concurrido un bar con hules y olor a rancio. En cierto modo, el libro exuda el mismo aire grasiento de copa, puro y escopeta de la serie de 2019 Matadero, un "Fargo ibérico" desatado entre los criaderos de cerdos de un pueblo ficticio de Zamora donde la droga, como en Epifanía, visita más casas que el médico.

Hecha de dos comunidades autónomas cosidas a base de injertos y amputaciones históricas, la idea misma de Castilla podría verse hoy como una especie de monstruo de varias cabezas. Un Frankenstein geopolítico. Hubo un tiempo en que se asimiló a la noción de España, pero aquel pasado ya marchó y hoy resulta un tanto más complejo definir de qué hablamos cuando hablamos de este territorio. Merino ubica una cualidad que cree que lo determina por encima de otras: "Que no hay ni un puto árbol. No hay agua, es una zona dura y muy grande. Y eso marca mucho el carácter". La proverbial austeridad castellana, empadronada en la vastedad de la meseta. "El castellano es una persona a la que la sociedad le gusta poco. Es una persona rara", se ríe Merino, que reconoce en el granadino Juarma a un precursor del realismo sucio rural de su libro. "Pero creo que faltaba contar lo castellano".


José Manuel Navia



Como Merino, otros escritores actuales se han aventurado a explorar el presente de esta periferia de interior, pletórica de belleza y todo lo contrario, fascinante y extraña, que ya cartografiaron en su momento los escritores de la generación del 98 y, después, autores desde Miguel Delibes hasta Camilo José Cela y Gustavo Martín Garzo. No todos se topan con el mismo paisaje o paisanaje, pero sí coinciden en sacudirse la tentación de lo bucólico que ha caracterizado a cierta literatura del neorrural. Por el contrario, estas historias recientes están atravesadas por lo oscuro, lo siniestro, lo desasosegante. En ocasiones, por una superstición ancestral que traspasa la línea de lo esotérico. No esconden sino exhiben las cicatrices, las orean.

En Perros de caza (Malas Tierras), de Boria Navarro (Valencia, 1994), un pantano putrefacto se erige, junto a los podencos que dan título al libro, en símbolo y atmósfera del hoyo al que nos arrastra: una Almansa en la frontera de un espacio de por sí liminar, una suerte de puente entre el desierto y el mar que, en esta narración, como adelanta su autor, se presentará como una salida, una "segunda oportunidad" para sus personajes.

La novela recrea una historia real y espeluznante, el famoso exorcismo de Almansa que copó titulares y noticieros de los años noventa. Pero esta es más que nada una coartada, un resorte, explica Navarro, "para hacer una disección de un pueblo concreto desde una perspectiva un tanto tenebrosa, con cierta desazón".

Navarro vive en Alicante, pero su familia política procede de Almansa y él lleva 12 años empapándose de sus calles. "Del exorcismo no me enteré hasta después, hará unos cinco", recuerda. "Pero me gustó la idea de que, desde entonces, el pueblo se queda maldito, su gente queda marcada". A partir de ahí imaginó a su protagonista, una joven que regresa a ese lugar decadente tras una decepción amorosa y profesional. La pestilencia de las aguas del embalse se funde con su halo de desesperación. Está enferma de tristeza y pasa los días entre una normalidad hedionda y la aséptica habitación de un hotel en el metaverso. Su terapeuta —que acabará reemplazando por una médium, remedio más de la tierra— la invitará a ordenar sus pensamientos sobre el papel.

Este mecanismo -donde el escritor sitúa el verdadero origen de la novela, más que en el exorcismo— le da pie a realizar una sensacional serie de descripciones de los lugareños en sus tres edades, niños, adultos y ancianos, equiparables a las proyecciones de pasado, presente y futuro y a los tres tonos que componen el libro, fabulístico, confesional y torrencial, todas flechas que acabarán convergiendo. "Ese esoterismo mezclado con la baraja de Caja Popular mientras se fuma un cigarro bajo el extractor de la cocina es una espiritualidad que yo veo en Almansa", apunta el escritor. "Es un entorno extraño, y para mí es especial".

A la novela de Navarro -que trabaja ahora en su traslación cinematográfica- se la ha calificado de "crónica wéstern". Una etiqueta que el escritor ve más como eso, un eslogan, que como una reseña fidedigna de su trabajo, que él asocia más, y con razón, a una vocación poética. "Yo me siento más vinculado a la creación desde la contemplación, a habitar los territorios de los que vas a escribir y estar sensibilizado con ellos, buscando el suceso, el símbolo o la imagen que te emocione y luego explorarlo, detalla. Pero algo lleva Perros de caza de la crudeza y violencia de ese genero.

En La fiesta del fin del mundo (Anagrama), ensayo que propone un recorrido por las crisis españolas recientes a través de las manifestaciones culturales apocalípticas, la académica Natalia Castro Picón emparenta el imaginario castellano con el lejano Oeste estadounidense. Con sus pioneros, sus héroes y la lucha de contrarios entre el bien y el mal, encarnada en los protagonistas de la novela de Jesús Carrasco Intemperie. Aquel libro de 2013, escribe la autora, nos transporta a la España rural (...) que evoca los antiguos valores de un mundo campesino, pero presentándolos desgarrados por una gran crisis climática. Es decir, nos ofrece la imagen rota de una forma de vida que, pese a sus miserias, permitía sostener comunidades sobre la base de los vínculos de reciprocidad y arraigo con el territorio". Si bien en otros términos, las historias de Navarro y Merino remiten también a esa fractura social e histórica.



Arriba, un fotograma de la película Bodegón con fantasmas, de Enrique Buleo. Abajo, ilustración del fanzine El ataque de los danzantes mutantes (2026), del colectivo Castillian Horror Book. CASTILLIAN HORROR BOOK

Para el historietista Luis Bustos (Madrid, 1973), más que como un Far West a la española, la llanura castellana podría explicarse como un "territorio psicológico. Meseta (Astiberri), su nueva novela gráfica, se embarca en un road trip desquiciado de Barcelona a Madrid con parada en mitad de la nada. El país anda sumido en un estado de excepción y tres desconocidos comparten un coche para trasladarse en medio de la noche. De nuevo, una triada como eje, que responde, cuenta el autor, "a los elementos para la transmutación alquímica". Fuego, agua y tierra, que se combinan y estallan en una iglesia románica en ruinas reciclada en prostíbulo de carretera. Allí, sin desvelar más de lo justo, habrá rituales y demonios, también de los de carne y hueso. "Además de la parte esotérica, el libro tiene un discurso político y social", concede Bustos. "Un: 'Cuidado, que los ricos nos devoran'. A veces literalmente".

Como ocurre en Epifanía y Perros de caza, el lenguaje de Meseta -cortante, sintético, a ratos soez- juega al servicio de la recreación de un paisaje que no hace solo las veces de contexto, sino que se reivindica como protagonista. En su condición de cómic, aquí se alía con el estilo del dibujo, de trazo expresionista y en un blanco y negro que suma un tono más de penumbra a la nocturnidad de la narración. "Los protagonistas no podían estar todo el tiempo hablando, tenia que ser una cosa casi silenciosa", explica el autor. "Y esos silencios son bastante reveladores porque hay una tensión que se palpa".

Igual que en Meseta, los relatos que David Roas (Barcelona, 1965) ha reunido en Territorios (Páginas de Espuma) toman como base el costumbrismo subversivo para abrirse camino hacia lo fantástico y lo escalofriante. Lo hacen desde los parámetros del agrohorror, un subgénero de nuevo cuño que surge, según explica el propio autor, de una tendencia que "se respira en el ambiente; un interés por lo cotidiano rural". Su origen puede rastrearse en el libro de 2025 Agrohorror. Cuentos de lo insólito rural (Eolas), cuya edición corrió a cargo de Roas y Ana Martínez Castillo, creadora del término.

En el agrohorror hay deformación, que no caricatura. Frente a la idealización, aporta extrañeza. Se le parece, pero no es folk horror. No se manifiestan fuerzas arcanas ni dioses paganos, aunque sí, como reconoce el escritor, se da una cierta persistencia del atavismo católico. También puede contener trazas de plant horror. Encajarían en sus límites novelas como Carcoma (2021), de Layla Martínez, y películas como Bodegón con fantasmas (2024), de Enrique Buleo. "Como el esperpento, el agrohorror bebe directamente de los caprichos y pinturas negras de Goya, del retrato de hombres matándose a garrotazos, de viejas comiendo sopas, de brujas en aquelarre", escriben Roas y Martínez Castillo en el prólogo de aquel volumen, en el que, junto a sus propios relatos, participan autores como Fernando Navarro o Pilar Adón.

"Desde Intemperie, y después con La España vacía, de Sergio del Molino, hay una vuelta al agrorrural desde otra perspectiva que no es la del cateto con boina, sino una mirada más respetuosa, abunda Roas, que es también crítico y profesor de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad Autónoma de Barcelona y acaba de editar, junto con Raúl Molina Gil, el volumen académico Agrohorror. Nuevas formas de lo insólito rural (Eolas). "A partir de ahí, los que hacemos fantástico, insólito o raruno, hemos encontrado en el mundo rural algo que no se había visitado".

No todos los relatos reunidos en Agrohorror ni los que Roas firma por su cuenta en Territorios se enmarcan en parajes castellanos. El agrohorror, subrayan sus creadores, no es solo de secano". Pero hay unos cuantos que saben sacarle el jugo a los infinitos campos de cereales y esa solana que solo pueden combatir las moscas. "Frente al bosque o el mar, en el paisaje castellano el elemento para provocar el terror está en las extensiones", sostiene Roas. "En esa superficie plana, sin una montaña, que se va totalmente". En septiembre de este año saldrá un segundo volumen de Agrohorror con relatos de autores como Manuel Moyano o Raquel Presumido, que formará parte de una colección dedicada a este género en la editorial Eolas.

No solo los libros se han fijado en el potencial expresivo de la cara oculta de Castilla para, en el fondo, hablar de muchos de los temas que gobiernan la agenda: crisis climáticas y económicas, feminismo, el problema de la vivienda, corrupción política, falta de oportunidades laborales. El dúo de artistas Castillian Horror Book, formado por Cristina Guerrero y Pablo González, estudia el folclore mesetario en clave de terror en fanzines colaborativos y en exposiciones como The Tortolilla Project, la falsa documentación de una aparición espectral en un pueblo perdido. "Se ha romantizado la idea de lo rural como un lugar para descansar, para desconectar de lo digital..", comentan los burgaleses. "Pero ahora los ritmos de trabajo pueden ser iguales en el pueblo y en la ciudad, y recurrir a estos temas puede servir también para denunciar ese ritmo acelerado".

Lecturas 

Epifanía
Israel Merino
Temas de Hoy, 2026
240 páginas 19,90 euros

Perros de caza
Borja Navarro
Malas Tierras, 2026
152 páginas 18,50 euros

La fiesta del fin del mundo
Natalia Castro Picón
Anagrama, 2025
456 páginas 23,90 euros

Meseta
Luis Bustos
Astiberri, 2026
136 páginas 18 euros

Agrohorror. Cuentos de lo insolito rural
David Roas y Ana Martínez Castillo (editores)
Eolas, 2025
180 páginas 17 euros

Territorios
David Roas
Páginas de Espuma, 2026
104 páginas 16 euros

Babelia Núm. 1.804 Sábado 20 junio 2026 

sábado, 4 de julio de 2026

Llamadme Sisifo Por Javier Cercas

 PALOS DE CIEGO



Como cada domingo, me levanto eufórico, contentísimo por no tener que pasarme el día en el despacho estrujandome los sesos y dispuesto a gozar con mi familia de un día de merecido descanso. Después de hacer mis abluciones cantando mi canción favorita de Chenoa, bajo a desayunar. Mientras desayuno, en la radio hablan del machismo, y en algún momento alguien da una definición de machista; entonces, tratando de iniciar una de esas maravillosas conversaciones de desayuno que llenan las novelas profundas, le pregunto a mi mujer qué es para ella un machista. "¿Y tú me lo preguntas, querido?" , me dice, clavando en mí su pupila azul, aunque sin dejar de trajinar por la cocina. "Un machista eres tú". Mi mujer se ríe; yo también, pero menos.

Cuando estoy a mitad del desayuno, aparece mi hijo y me amenaza con armarme un pollo salvaje si no le monto de inmediato la mesa de pimpón que le trajeron los Reyes y que intento en vano montarle cada domingo desde hace más de un mes, cosa normal si se repara en que es muchísimo más dificil montar esa mesa que hacer una torre Eiffel con palillos; pero como, ya que no puedo ser un marido ejemplar, por lo menos aspiro a ser un padre ejemplar, me levanto con el desayuno en la garganta y, después de hacer unos ejercicios de calentamiento, me pongo a montar la mesa de pimpon en el jardín. Dos horas más tarde la mesa ha adoptado un aire como de torre Eiffel, de lo que deduzco que he vuelto a equivocarme, pero me consuelo pensando que al menos hoy no tendré que regar el jardín, porque con lo que he sudado ya no hace falta; luego, gritando que voy a salir a comprar el pan, arranco a correr por la casa perseguido por la furia asesina de mi hijo, de la que consigo librarme de milagro dándole con la puerta en las narices.

En la calle recobro el aliento, me seco el sudor, me peino con los dedos, me arreglo la ropa. Luego carraspeo y, con las manos a la espalda y mirando el cielo optimista de la mañana, echo a andar sin más compañía que la de Chenoa. Aún no he recorrido treinta metros cuando veo a mi vecino, y ya estoy anticipando una gratísima conversación futbolera cuando mi vecino cruza de acera; impasible el ademán, me niego a aceptar la sospecha de que mi vecino acaba de leer mi articulo de hoy en el periódico y decido irme casa de mis padres. Mi madre me abre la puerta y, antes de que pueda hablarle de mi mujer y de mi hijo y de mi vecino, me doy cuenta de que tiene un porro en la boca y un whisky doble en la mano; como, ya que no puedo ser ni un marido ni un padre ejemplar, aspiro por lo menos a ser un hijo ejemplar, le digo: "¿No crees que últimamente se te está yendo la mano con la bebida?". "Ay, hijo", me contesta, sentándose delante de la tele. "Desde que tienes éxito te has vuelto insoportable". En la tele echan Gran Hermano; miento: mi madre ha grabado Gran Hermano y se lo echa a sí misma en la tele. Después de contemplar a dos chicos que están tumbados en una colchoneta sin decirse absolutamente nada durante media hora de reloj, pregunto: "¿Qué, te gusta?". "Me encanta", dice mi madre. "Es como una película de Antonioni. Qué digo: comparadas con esto, las películas de Antonioni son como las de Indiana Jones". Entonces le pregunto si cree que yo soy un machista; increíblemente, consigo que me haga caso. "Qué machista ni qué machista", me dice. "¡Pero si tú ni siquiera has terminado la carrera!". Me levanto y voy a ver a mi padre, que esta terminando su tercera torre Eiffel de palillos de la semana. "Te veo en baja forma", le digo, porque de alguien tengo que vengarme y porque hace solo unos años mi padre armaba cinco torres a la semana. "Tienes razón", dice. "Estoy pensando en empezar a montar mesas de pimpón. Y, por cierto, ¿cuándo vas a dejar de escribir esas tonterías que escribes en el periódico para dedicarte a algo serio?". En vez de echarme a llorar, me vuelvo a buscar a mi mujer y a mi hijo y, pensando que a la familia no la eliges tú, pero a los amigos sí, los meto en mi bólido y me voy a comer con los amigos. Como somos doscientos, los del restaurante nos encierran en una habitación con la música a tope y un ventilador incomprensible girando en el techo. El guirigay es fabuloso. "He leído tu artículo", me dice a grito pelado un amigo, al tiempo que trata de evitar que su hijo tire la tercera croqueta al ventilador. "¡Cojonudo!". "¿De verdad?", le digo, con ganas de comérmelo a besos y sin apenas notar que mi hijo me está pisando con saña la boca del estómago. "Sí", insiste. "¡No he entendido ni una sola palabra!". En aquel momento, mientras miro el reloj para averiguar cuántas horas le quedan todavía al domingo y siento un deseo irrefrenable de encerrarme en mi despacho a estrujarme los sesos, pienso: "Dame, Señor, coraje y alegría / para escalar la cumbre de este día". Pero pienso también que, el domingo que viene, volveré a intentarlo. •

El Pais Semanal Nº 1.376 Domingo 9 febrero de 2003