PALOS DE CIEGO
Como cada domingo, me levanto eufórico, contentísimo por no tener que pasarme el día en el despacho estrujandome los sesos y dispuesto a gozar con mi familia de un día de merecido descanso. Después de hacer mis abluciones cantando mi canción favorita de Chenoa, bajo a desayunar. Mientras desayuno, en la radio hablan del machismo, y en algún momento alguien da una definición de machista; entonces, tratando de iniciar una de esas maravillosas conversaciones de desayuno que llenan las novelas profundas, le pregunto a mi mujer qué es para ella un machista. "¿Y tú me lo preguntas, querido?" , me dice, clavando en mí su pupila azul, aunque sin dejar de trajinar por la cocina. "Un machista eres tú". Mi mujer se ríe; yo también, pero menos.
Cuando estoy a mitad del desayuno, aparece mi hijo y me amenaza con armarme un pollo salvaje si no le monto de inmediato la mesa de pimpón que le trajeron los Reyes y que intento en vano montarle cada domingo desde hace más de un mes, cosa normal si se repara en que es muchísimo más dificil montar esa mesa que hacer una torre Eiffel con palillos; pero como, ya que no puedo ser un marido ejemplar, por lo menos aspiro a ser un padre ejemplar, me levanto con el desayuno en la garganta y, después de hacer unos ejercicios de calentamiento, me pongo a montar la mesa de pimpon en el jardín. Dos horas más tarde la mesa ha adoptado un aire como de torre Eiffel, de lo que deduzco que he vuelto a equivocarme, pero me consuelo pensando que al menos hoy no tendré que regar el jardín, porque con lo que he sudado ya no hace falta; luego, gritando que voy a salir a comprar el pan, arranco a correr por la casa perseguido por la furia asesina de mi hijo, de la que consigo librarme de milagro dándole con la puerta en las narices.
En la calle recobro el aliento, me seco el sudor, me peino con los dedos, me arreglo la ropa. Luego carraspeo y, con las manos a la espalda y mirando el cielo optimista de la mañana, echo a andar sin más compañía que la de Chenoa. Aún no he recorrido treinta metros cuando veo a mi vecino, y ya estoy anticipando una gratísima conversación futbolera cuando mi vecino cruza de acera; impasible el ademán, me niego a aceptar la sospecha de que mi vecino acaba de leer mi articulo de hoy en el periódico y decido irme casa de mis padres. Mi madre me abre la puerta y, antes de que pueda hablarle de mi mujer y de mi hijo y de mi vecino, me doy cuenta de que tiene un porro en la boca y un whisky doble en la mano; como, ya que no puedo ser ni un marido ni un padre ejemplar, aspiro por lo menos a ser un hijo ejemplar, le digo: "¿No crees que últimamente se te está yendo la mano con la bebida?". "Ay, hijo", me contesta, sentándose delante de la tele. "Desde que tienes éxito te has vuelto insoportable". En la tele echan Gran Hermano; miento: mi madre ha grabado Gran Hermano y se lo echa a sí misma en la tele. Después de contemplar a dos chicos que están tumbados en una colchoneta sin decirse absolutamente nada durante media hora de reloj, pregunto: "¿Qué, te gusta?". "Me encanta", dice mi madre. "Es como una película de Antonioni. Qué digo: comparadas con esto, las películas de Antonioni son como las de Indiana Jones". Entonces le pregunto si cree que yo soy un machista; increíblemente, consigo que me haga caso. "Qué machista ni qué machista", me dice. "¡Pero si tú ni siquiera has terminado la carrera!". Me levanto y voy a ver a mi padre, que esta terminando su tercera torre Eiffel de palillos de la semana. "Te veo en baja forma", le digo, porque de alguien tengo que vengarme y porque hace solo unos años mi padre armaba cinco torres a la semana. "Tienes razón", dice. "Estoy pensando en empezar a montar mesas de pimpón. Y, por cierto, ¿cuándo vas a dejar de escribir esas tonterías que escribes en el periódico para dedicarte a algo serio?". En vez de echarme a llorar, me vuelvo a buscar a mi mujer y a mi hijo y, pensando que a la familia no la eliges tú, pero a los amigos sí, los meto en mi bólido y me voy a comer con los amigos. Como somos doscientos, los del restaurante nos encierran en una habitación con la música a tope y un ventilador incomprensible girando en el techo. El guirigay es fabuloso. "He leído tu artículo", me dice a grito pelado un amigo, al tiempo que trata de evitar que su hijo tire la tercera croqueta al ventilador. "¡Cojonudo!". "¿De verdad?", le digo, con ganas de comérmelo a besos y sin apenas notar que mi hijo me está pisando con saña la boca del estómago. "Sí", insiste. "¡No he entendido ni una sola palabra!". En aquel momento, mientras miro el reloj para averiguar cuántas horas le quedan todavía al domingo y siento un deseo irrefrenable de encerrarme en mi despacho a estrujarme los sesos, pienso: "Dame, Señor, coraje y alegría / para escalar la cumbre de este día". Pero pienso también que, el domingo que viene, volveré a intentarlo. •
El Pais Semanal Nº 1.376 Domingo 9 febrero de 2003
